Había olvidado las distinguidas clases catedráticas de la escuela de medicina, aquellas acerca de átomos, máquinas de músculos y bazos, mostrando como la muerte era encapsulada en más muerte para convertirla en vida a través de la teoría, en la cual, dos negaciones hacen una afirmación, y parecía funcionar; días enteros con profesores vestidos de invierno y frialdad, con barbas largas y anteojos llenos de sabiduría y soledad, cansados de cargar con el peso del mundo y su bienestar, sus manos blancas y la mirada pesada, ¿porque aquello, con tan poco y mucho, lograba cautivar más de la mitad de mi cuerpo? Tal vez me parecía que aquél conjunto de complejidades era bello, de hecho, era más que bello, era hermoso, era un profundo sosiego de silencios que vivíamos dentro sin siquiera notarlo, y además de eso, tenía esa peculiar cualidad de dependencia, tan nuestra, tan humana, no podíamos soltarle ni por un segundo pues se nos escaparía el alma, se apagarían las luces, y esta preciosa máquina quedaría estacionada en el suelo, como una más, con las manos extendidas, suplicando piedad de la manera más humilde que existe: con los ojos bien cerrados.
La medicina me tenía a merced de su corriente. Transitaba entre ciudades a su placer, mi funcionamiento social era parecido al de un nómada muy dependiente de la nada, la cual, parecía abundarme cada vez más a cada paso, a cada ciudad y a cada minuto. No llevaba más que un maletín con instrumentos básicos y una maleta pequeña para ropa, que aunque no era mucha, era de gran ayuda al pasar el mes. Entendí que la mirada se torna gris al pasar los días y se oscurece al pasar el mes, y es comprensible, si estás presente en tantos escapes de almas sería considerado un milagro que tu mirada siguiera sin que se le decolorara el iris. Es ahí cuando el mes significa pérdida y muerte también, y no porque el tiempo esté cargado de maldad, sino porque así debe ser, una vida a cuentagotas.
Nunca me quedaba más de un día en la misma ciudad, no quería que nada me atase y me obligara a echar raíces en una ciudad desolada, y aunque buscaba la desolación como cualidad por excelencia antes de escoger mi próxima ciudad, sabía que no disfrutaba las penumbras constantes o las noches largas, sin embargo, estas ciudades eran las únicas donde se asomaba poco el sol, y los edificios y casas eran pintados por un aire gris suave, y amaba eso, amaba que el aire frío me arrancara la piel para luego devolvermela en su tono argénteo, amaba el silbido del viento que hacía pedazos el silencio de las ciudades. Entendí que la desolación es más que tristeza y aflicción, también es compañía, es encontrarse, y me había encontrado, un transeúnte que se alimentaba del silencio en los ojos de los cadáveres,o de la falta de luz, o del gris en las paredes, o de lágrimas hechas río.
Había llegado por la mañana a la ciudad de Oradour-sur-Glane, una localidad y comuna francesa situada en el departamento de Alto Vienne, en la región de Lemosín. Durante horas había esperado que alguien se acercase a la puerta como solía pasar en otros lugares, era impresionante como un solo letrero puede congregar a tantos, pero hoy había sido distinto, no había nadie que si quiera caminara cerca, ni los niños que rara vez eran vistos jugueteando entre pastos. Cerca de las 6, sonó la puerta, y entró un hombre viejo, por supuesto que era amigo de los años pues cargaba muchos, y me dijo:
-"Buena tarde. Me llamo Raimundo. He escuchado que usted viaja de ciudad en ciudad para atender enfermos"
-"Así es"- le contesté.
-"Y ¿Qué debe tener esa ciudad para que usted le visite?"
Le conté mis caprichos exigentes y egoístas que debían cumplir las ciudades para que les visitara.
-"¿Cuántas ciudades ha visitado?"- me decía con menos aliento pero con cierta esperanza en las pupilas.
-"He perdido la cuenta, han sido años de trabajo"- le contesté.
-"¿Las recuerda todas?"
-"No"- contesté con frialdad
-"Que lástima que a su edad se le escapen tan fácilmente las memorias. Por mi parte, aun recuerdo cosas de infantes, los juegos, los sueños de ser parte de la infantería nacional y mis primeros amores, los ojos de mi madre, la manera como se sentaba mi padre a leer tragedias, y cuando nació mi hermana Benilda. Recuerdo sus ojos despampanantes y sus manos pequeñas, su sonrisa abundante entre las mejillas, de voluntad impasible y con ese peinado que mi madre habría de hacerle cada mañana. Desgraciadamente, también recuerdo el día en que se le escapó la alegría: había un lugar cerca de casa al que no se nos permitía ir, ella escuchó cuando Mamá habló de el, disfrazaba lo horrible de las historias que se contaban para que pudiéramos estar alerta y nunca cruzaramos hasta allá. Una tarde, sin decir nada, Benilda cruzó hacía aquél lugar, nadie lo había notado, comenzó a oscurecer y todos la buscaron. Pocas horas después, Papá la trajo a casa, envuelta entre sus brazos cariñosos. No habló durante algunos días. Nunca nadie habló de eso. Al pasar los años, Benilda hablaba solo un poco, tenía la mirada perdida y nada parecía importarle mucho. Muchos comenzaron a creer que había enloquecido, que estaba enferma, que aquél trauma se había llevado a esa niña de ojos felices para no volver jamás. Nadie se acercó jamás a preguntar por ella, se iba convirtiendo poco a poco en un fantasma. Un día Benilda se fue y nadie supo de ella por meses, hasta que un día llegó una carta, no decía mucho, solo unas cuantas líneas:
"Mamá, Papá, Rai. Decidí viajar a Breizch para vivir aquí. No deben preocuparse, conseguí donde quedarme, estaré bien. Beni". Desde ese día no la he visto. Usted comprenderá que ella se fue enferma para morir lejos de casa. Si aún no tiene su próximo destino, le pido de favor vaya a Breizch y visite a mi Beni, usted puede curarla, y si por algúna circunstancia no puede, solo entreguele este sobre, ella entenderá"-
El viejo Raimundo no esperó a que dijera un "sí", como esperando que inevitablemente sus palabras me comprometieran a viajar a Breizch sin tener la capacidad de negarme. No dije nada. Lo ví salir de esa sala justo como lo había visto entrar, a paso lento pero ahora con más segundos en la espalda y menos aliento que antes.
Hice algunas llamadas para investigar sobre aquél lugar. Como mi próximo destino, inevitablemente escogí ese pueblo abandonado casi totalmente llamado Breizch. Había escuchado muy poco de aquél pueblo, que a como me contaban, parecía abandonado por Dios: desde hace algunos años atrás, Breizch era invadido constantemente por un grupo de asaltantes franceses, por lo cual, no era recomendable recorrer tales rutas. No había exactamente un camino por seguir, solo una dirección. Las familias que anteriormente habitaban ahí habían sido asesinadas por los asaltantes o morían de enfermedades desconocidas por el hombre.
Eran las 8, tomé el autobus y emprendí el recorrido. Cuando llegué a Breizch no pude evitar cubrir mi nariz con las manos del olor que desprendía ese lugar de aspecto vacío y lúgubre. El polvo era parte del aire que me golpeaba la cara. Sin embargo, nada de lo anterior se comparaba con la tristeza que se hacía presente entre las sensaciones de quien se atreviera a visitar ese lugar. Decidí buscar un lugar donde podría atender a quien me lo pidiera. Descubrí que, en efecto, ese pueblo era casi fantasma, lo único que lo alejaba de ese termino era que había una casa que parecia estar habitada. Se escuchaban algunos ruidos semejantes a cuando se lava los trastes. Por la ventana se asomaban algunos cabellos plateados y un rostro callado. Toqué la puerta y de inmediato se apagron los sonidos que provenían de la casa. Esperé algunos instantes, entonces se abrió la puerta.
-"Buen día, soy el doctor Bernard Abdelbasset, estoy buscando un lugar para armar un consultorio solo por hoy. Todos podrán acercarse y serán atendidos"
No dijo nada. Abrió la puerta como si confiara totalmente en mí, fue como una señal de que debía entrar. Me indicó donde sentarme y apurada me ofreció con sus manos temblorosas un vaso con agua. Insití en saber sobre el lugar que necesitaba, ella no contestó. De todas las maneras posibles le hice saber mi necesidad, solo conseguí que me mirara atentamente por algunos segundos. Se me ocurrió preguntar si conocía a alguien a quien pudiera atender pues no quería perder mi tiempo en un pueblo sin gente. Solo sonrió ligeramente y se levantó, se acercaba lentamente a un pequeño mueble maderoso y viejo, y de entre los cajones tomó un lápiz y un pedazo de papel amarillento, en el cual escribió: "Nadie. Yo". No entendía el mensaje al principio, hasta segundos después cuando la falta de coherencia entre las palabras, inevitablemente me hizo pensar que aquella señora de cabellos plateados era analfabeta. Al saber que no había nadie más en ese lugar, y a juzgar por los múltiples silencios de aquella mujer, entendí que podría tratarse de la Benilda que el viejo tanto me encargó. Fue ahí que pregunté:
-"Además de usted, ¿Nadie vive en este lugar?".
Solo sonrió. Entendí que su manera de afirmar lo que sea era una ligera curvatura en el rostro.
Esto, inevitablemente, me hizo recordar al viejo Raimundo, aquél que se había acercado a mi puerta exigiéndome amablemente un favor. Sin duda, su valentía me parecía impresionante, más aun que el funcionamiento de las bombas de oxígeno que nos cargamos dentro, o los artefactos tan complejos y modernos, el viejo Rai estaba hecho de algo más que complejidad o modernidad, estaba hecho de las mismas piezas que todos, con el mismo número de brazos, las conexiones entre las arterias o venas, la fuente de vida y el río rojo que va de norte a sur, de rincón en rincón, la diferencia del viejo Rai a cualquiera era que conservaba aun esa esfera de pertenencias que nos hacen dibujar una sonrisa honesta, pronunciar una palabra sincera.
Conjeturaba múltiples teorías para descifrar el silencio de aquella mujer. Ella solo me miraba como esperando que pronunciara algo, como si supiera que había sido enviado por alguien de su conocimiento. Y entre tanto, le pregunté:
-"Disculpe el atrevimiento que mis palabras pueden provocarle, pero ¿Es usted Benilda?"
Me miró, y se le dibujó esa sonrisa pequeña.
Me sentí aliviado. Este es el tipo de cosas que no te enseñan en las facultades. El ambiente en esos lugares siempre es frío y hacen que todo se convierta en un invierno constante entre tu vida. Y por primera vez, sentí que mis hielos comenzaban a tomar corriente, haciéndose gotas, formando conductos y pequeños ríos. A un doctor nunca lo enseñan a sentirse aliviado, pues es el alivio mismo para lo que se le contrata. Entendí que para aliviar necesitaba ser aliviado, y así me sentía, gracias a alguien a quien me mandaron para aliviar.
Eran las 4, recordé el encargo especial del señor Raimundo, el sobre con quien sabe que cosas escritas dentro. Lo tomé de mi bolsillo y extendí mi mano al alcance de la Señora Beni. Sonrió una vez más y pronunció un suave "Rai...". Su voz era suave, tenía toda la semejanza de cuando alguien agoniza y suspira sus últimas palabras. Decidí que no era prudente quedarme, sino que debía irme, para que en paz pudiera leer aquello que había escrito el viejo Raimundo. Tomé mis cosas y me marché. En los últimos instantes, pude observar como sostenía confuerza aquél sobre, como si se aferrara a algo, como si fuera el mismo Raimundo quien estuviera en ese sobre. No la molesté más. Decidí romper mi regla de no quedarme más de un día en el mismo lugar, así que, busqué un lugar donde quedarme, tuve que caminar algunas horas hasta llegar al hotel más cercano. No pude dejar de pensar en toda la noche que podría haber escrito el viejo Raimundo, cual podría haber sido la reacción de la señora Beni, que pudo haber pasado bajo esta esfera de luz. Decidí que iría a visitar a la señora Beni en cuanto amaneciera.
Amaneció y en cuanto pude tomé el camino de regreso. Toqué la puerta, esperé algunos segundos como la vez anterior pero nadie abrió. Toqué una segunda, una tercera, una cuarta y hasta una quinta vez y nada pasó. Contra toda moral, abrí la puerta. El silencio me cubrió todo el interior al ver la escena que tenía de frente: la señora Beni había decidido quitarse la vida ahorcándose en el centro de su pequeño hogar. La carta que había enviado el señor Raimundo estaba en el piso, comencé a leerla:
"Beni, perdona que no haya ido a buscarte en todo este tiempo, papá y mamá nunca me dejaron hacerlo y cuando murieron sentí que debía respetar el que te fueras y el que me prohibieran irrumpir contra tu decisión. Perdona que no te haya cuidado aquél día, yo debía cuidar que nada te pasara, y te fallé. Nunca te lo dije pero siempre me culpé de lo que pudo haberte pasado, es por eso que cuando quería acercarme a ti, escribía esas pequeñas cartas donde te hablaba de todo, las deslizaba debajo de tu puerta. y cuando por fin abrías, sonreías como afirmando que entendías y que me querías. Tal vez esta sea mi última carta, un doctor que vi hace poco me habló de que solo me quedaban algunas semanas de vida por alguna enfermedad de la cual nunca me percaté y lo que esto derivó, me habló de que esperara tranquilo en casa y que me rodeara de mi familia, y solo me quedas Tú. Espero que estas palabras nos acerque terrenalmente, pues siempre hemos estado cerca. No se con quien voy a mandarte esto, pero alguien aparecerá, lo se. Tu hermano, Rai".
Imagino lo que pudo haber pasado por la mente de la señora Beni. Miré su mano pues sostenía fuertemente un papel donde escribió "Rai".
Si tuviera que emitir un diagnóstico para comunicar porque murió la señora Beni, sin duda, no fue por la cuerda que abrazó su cuello cruelmente, ni fue la gravedad quien terminó asesinándola, no, aquella mujer ya había muerto, y no murió por falta de oxigenación en su cerebro a consecuencia del acto...
la señora Beni murió de tristeza.