FANNY OCH ALEXANDER (Ingmar Bergman, 1982)
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FANNY OCH ALEXANDER (Ingmar Bergman, 1982)
SANXIA HAOREN (STILL LIFE) (Jia Zhangke, 2006) FENG LIU YI DAI (CAUGHT BY THE TIDES) (Jia Zhangke, 2024)
Hace unos días pude asistir a la proyección de Caught by the Tides en el Festival Internacional de Cine de Gijón, poco antes de cerrar con Miséricorde, de Alain Guiraudie. El pase tuvo una acogida bastante fría pero, ¿quién sabe?, yo mismo me encontraba perplejo, con un sentimiento a medio camino entre la estupefacción y el entusiasmo. La irreflexión y ciertos automatismos mentales me llevaron a pensar de inmediato en las películas de Dziga Vertov y Chris Marker mientras se reformulaba en pantalla la visitación a un material filmado por Jia Zhangke a lo largo de los últimos veinte años. Una miscelánea de colores soportada en formato digital y, también, litografiada en celuloide de 16 mm y 32 mm que de nuevo reproduce un viejo mundo que se desvanece, algo ya preludiado y mostrado en largometrajes como Unknown Pleasures y Still Life. Se descubren entonces esas mismas imágenes abismadas en lapsos temporales. Algunas de ellas libertadas del descarte y otras como resultado de un proceso de tratamiento, reedición y redefinición. Pareciera que la propuesta de Jia Zhangke girase en torno a la representación de la representación cinematográfica de una realidad en constante proceso metamórfico. Laberíntico e inabarcable ejercicio de volición acerca del audiovisual y de la forma en que vemos, percibimos y entendemos el cine.
Me quedaré, por tanto, con esa magistral construcción de personajes vehiculares que asisten por décadas a los diferentes cambios geográficos, arquitectónicos, sociales, económicos y políticos de la China contemporánea, sincrónica para con ellos mismos y para con el espectador, puesto que se propicia una relación dialéctica entre las imágenes, la narrativa ficcional y las experiencias personales, aduciendo así a la teórica de Roland Barthes acerca del tercer sentido. La imbricación culmina con la evocación de una memoria auditiva modulada desde el eclecticismo que nos permite transitar tiempos y lugares (la utilización de música diegética se desplaza desde las populares canciones de Jody Chiang al Under Sun Remix del tema "Liquefaction").
Me quedo también con esa plasmación del olvido como profunda forma de memoria —que diría Borges— y con el paso del tiempo sobre los rostros de unos actores reconocibles para aquellos que estén familiarizados con la filmografía de este trascendental director.
En el último tercio de la película se origina y manifiesta la expresión visual de la experiencia emocional, cerrando así una indagación memorialista que reverbera en un sincretismo cinematográfico del que existen muy pocos precedentes.
Las imágenes que figuran en esta publicación asonantan en plática de quinces un laborioso trabajo y se corresponden con la parte central de Caught by the Tides y esa monumental película del año 2006 que en España llevó por título Naturaleza muerta.
NOUS NE VIEILLIRONS PAS ENSEMBLE (Maurice Pialat, 1972)
ANSELM: DAS RAUSCHEN DER ZEIT (Wim Wenders, 2023)
HERE (Bas Devos, 2023)
SMOOTH TALK (Joyce Chopra, 1985) DEATH PROOF (Quentin Tarantino, 2007)
Un plano periférico en 360º que curiosea en la idiosincrasia de los personajes y una frenética y adrenalínica persecución final, servirían para justificar el valor cinematográfico de una película como Death Proof. Los deliberados, inverosímiles y defectuosos cambios de rácord, así como un celuloide dañado y envejecido, contextualizan las imágenes y los sonidos en un momento concreto para la cinefilia nostálgica de programa doble. No es de extrañar el entusiasmo que por ella han manifestado Claire Denis, Apichatpong Weerasethakul (¿quizá por la particular e insospechada ilación que la película mantiene con Syndromes and a Century?), Arnaud Desplechin, Kiyoshi Kurosawa o Bertrand Bonello. Prosigo con otra enumeración, la de aquellos cineastas cuya impronta puede identificarse entre las múltiples y pródigas referencias introducidas en la película: Russ Meyer, Richard C. Sarafian, Paul Bartel, Monte Hellman, Peter Yates, Samuel Fuller, Sam Peckinpah, Brian De Palma e incluso el Hitchcock de Psicosis (por dos coyunturas fundamentales: una significativa fractura narrativa y la escena que Tarantino nunca rodó pero sí imaginó, en la que Michael Parks explicaría minuciosamente a su joven ayudante la patología del especialista Mike). Inevitable también mencionar Dazed and Confused, representativa y paradigmática hangout movie. Ahora bien, poco o nada se ha dicho y escrito acerca de Smooth Talk, con la que Death Proof no solo guarda una preclara correspondencia visual sino también un manifiesto ideario común. En ambas encontramos diálogos poco realistas que se perciben legítimos y elocuentes, personajes femeninos que frecuentan similares atmósferas, presencias amenazantes enfatizadas por una sonoridad estridente y motorizada, la persistente concomitancia entre hombres y mujeres de diferentes edades y estrato social que deviene en comportamientos juguetones, condescendientes y, finalmente, humillantes y abusivos (en el caso de Tarantino representados mediante una violencia explícita y no soterrada). Por otra parte, también Smooth Talk se segmenta y diverge en dos películas perfectamente cohesionadas entre sí. Desconozco si actualmente se considera o continúa relegada al olvido y la clandestinidad pero, como toda gran película, perdura y perdurará.
LA BÊTE (Bertrand Bonello, 2023)
Tres diferentes épocas convergen en esta película para conciliar una génesis común que mediante innumerables correlaciones alegóricas reflexiona acerca del extrañamiento ante el cambio. Un pasado indescifrable, un presente figurado y un inminente futuro. Cronografía de un delirio cinematográfico plagado de referencias y en cuyo eje transversal y espiritual se sitúa un personaje concéntrico: Gabrielle. El sonido del Evergreen de Roy Orbison pareciera un eco de su In Dreams en Blue Velvet, y el título de aquella canción, además, adquiere un doble sentido en la película de Bonello, que comienza con los desesperados gritos de Léa Seydoux sobre un verde que se fragmenta y difumina policromáticamente. En cierta forma y aunque audibles, podrían considerarse los gritos silentes ante la revelación de la bestia a la que Henry James alude en su aflictivo relato. Este sería el oxímoron resultante ante la depauperación existencial como consecuencia de la falta de atrevimiento y viveza en la toma de decisiones. No decidir también es decidir. Recelar del amor es tenerle miedo y, al final, solo queda echar la vista atrás, darse cuenta de que ya es tarde para comenzar de nuevo. La monotonía impera y la tragedia se encamina hacia su dodecafónico acto final: "When love is evergreen, evergreen. Like my love for you"...
CHIME (Kiyoshi Kurosawa, 2024)
LA CHIMERA (Alice Rohrwacher, 2023)
Komorebi: PERFECT DAYS (Wim Wenders, 2023)
LOVE LIES BLEEDING (Rose Glass, 2024)
"Don't ever fall in love, OK? It hurts"
LES CHAMBRES ROUGES (Pascal Plante, 2023)
MUSIK (Angela Schanelec, 2023)
"The joys of love but a moment strong. The pain of love endures. A whole life long"
THE ZONE OF INTEREST (Jonathan Glazer, 2023)
Cuando vi esta película por primera vez en el Festival Internacional de Cine de Gijón, inmediatamente se me vinieron a la cabeza obras como 2001: A Space Odyssey o There Will Be Blood. ¿Qué motivos impulsaron a Jonathan Glazer a tomar decisiones formales tan arriesgadas? ¿Por qué ese arranque? ¿Por qué esa obertura? Quizá, de una forma paradójica y alegórica, se pretende enfatizar la idea de que las imágenes que otorgan entidad a la película intentan rebelarse contra sí mismas para no ser mostradas. Resulta entonces imposible ignorar la figura de Claude Lanzmann y su memorable digresión en torno a la ética, la moral y la exposición de la infamia.
Dado que la película se filma desde el punto de vista de lo inconcebible, adopta un carácter observacional, flemático y ascético que, en ocasiones, podría disociarnos de la atrocidad y acercarnos a un escenario costumbrista y rutinario. Ahora bien, si el medio es el mensaje —tal y como afirmaba Marshall McLuhan— o, si se prefiere, la forma crea el contenido —deducción archiconocida de Chabrol en referencia al cine de Hitchcock—, entonces lo verdaderamente revelante y relevante para entender esta película se localizaría en el formato utilizado, así como en su óptica y sonoridad. Elementos que aluden de forma constante al contraplano que jamás se muestra y que, por ello, trasciende aún con mayor contundencia y hondura. Al otro lado de esos muros de contención quizá podríamos descubrir al miembro de los Sonderkommandos Saul Ausländer de la película de László Nemes pero, en The Zone of Interest, la materialización fílmica de esa evocación se nos muestra en formato termográfico, habitando un terreno aparentemente ilusorio cuya transmutación en realidad se consuma cuando la narración retorna a los quehaceres domésticos y mundanales que viabilizan la preservación del punto de vista heterodiegético.
Aquellos que hayan leído la novela en que se basa se habrán percatado de que Jonathan Glazer tan solo la utiliza como punto de partida, si bien es cierto que para con algunas de sus escenas funciona perfectamente como subtexto de acompañamiento. Martin Amis ficciona una trama y la sitúa en un momento histórico determinado. La película, sin embargo, se aleja de este enfoque, lo que permite que incida con mayor profundidad en su condición empírica y cáustica.
Los momentos en que la pantalla se satura por completo de colores elementales, incorporan fugaces instantes de reflexión ante unas imágenes que supeditan sus formas de arte y representación a la realidad misma que las fundamenta. Esta explicitación articula la parte emocional. La inverosímil y admirable composición musical de Mica Levi converge con el material filmado para convulsionar el relato y el ideario subyacente. Es aquí donde volvemos a la intersección de una disonancia inarmónica que se superpone a ciertos sonidos y situaciones sumidas en la más absoluta cotidianidad. Por otro lado, la ceremonia litúrgica que abre y cierra la película entre tinieblas, el blanco cegador despojado de su pureza o el rojo sangre como encarnación de lo abominable, serían ejemplos paradigmáticos de este aparataje sensitivo.
En su parte final, Rudolf Höss nos devuelve la mirada y desdibuja la línea temporal que se había mantenido hasta ese momento. Jonathan Glazer se transforma entonces en un pseudodocumentalista para mostrarnos imágenes recientes del Museo de Auschwitz y la película nos recuerda que ninguna situación pasada, presente ni futura debería permitirnos tomar distancia ante determinados sucesos que fueron, son y serán.
En el año 2019 Jonathan Glazer filmó un cortometraje basándose en la obra El sueño de la razón produce monstruos de Goya y, en él, anticipa buena parte de este planteamiento. Los personajes de esta pieza de cámara ocultan sus rostros y cuerpos bajo disfraces, de lo cual se puede inferir que cualquiera de nosotros podría ser uno de ellos. Llegados a este punto, quizá no resulte tan sencillo obviar la ignominia que nos rodea.
Se trata de una mera coincidencia, pero tras asistir a la proyección de la película estuve leyendo la novela Stella Maris de Cormac McCarthy. De su pluma y de la mente esquizofrénica del personaje de Alicia Western surgió de repente un pasaje que rápidamente identifiqué como una derivación de lo que había visto en pantalla. Es este:
"Coges una serie de imágenes fijas y las pasas en tándem a una determinada velocidad ¿y qué es eso que parece la vida misma? Nada más que una ilusión. ¡Anda! ¿Y qué es eso? Bah, qué importa si así haces que vuelvan los muertos. Lógicamente ellos no tienen gran cosa que decir. ¿Qué quieres? Llame antes de excavar. Habrá quien piense que el truco está en encontrar la pista de alguna realidad colateral. Por si no pillas la falacia implícita. La pertinente malicia. Puedes aportar vectores nuevos, aunque eso no es señal de que vayan a funcionar. ¿Te parece una buena idea? ¿Y si la gente quiere volver? La gente no puede volver. Así me gusta. La gracia está en que nunca vas a tener una pantalla en blanco. Y por supuesto lo que cuenta no es lo que se ve sino quién lo puso allí. Si en un momento dado miras y no hay nada en la pantalla ya lo pondrás tú misma, por qué no"
The Magnificent Ambersons es la película más íntima y personal de Orson Welles, también su preferida junto a Falstaff – Chimes at Midnight.
Welles no tuvo control sobre el montaje final por no contar con la aprobación del público tras proyectarse en Pomona y la película pierde algo más de 43 minutos. Los 88 restantes resultan tan discontinuos, desconcertantes, enigmáticos y brillantes, que reconvierten la experiencia en un paseo por las ruinas de lo que había o habría sido (David O. Selznick no consiguió que delegasen una copia íntegra al Museo de Arte Moderno de Nueva York). Se nos ha negado, por tanto, su compleción. Esta mutilación deviene en una misteriosa narrativa que evoca The Searchers, The Wings of Eagles, El Sur o casi cualquier película de Mizoguchi (entre tantos otros ejemplos).
El año en que se estrena, Stefan Zweig se suicida con su esposa en Brasil, desesperados ante la posible propagación mundial del nacionalsocialismo. Casualmente, tanto Letter from an Unknown Woman (novela corta del autor llevada al cine por Max Ophüls) como la película de Welles atesoran algunas de las mejores secuencias que se hayan filmado jamás sobre personajes que transitan escaleras (como podréis comprobar en el vídeo que acompaña esta publicación). A colación de lo anterior, conviene recordar a Tourneur, que también rodaría ese año otra portentosa película en el mismo decorado por el que deambulan los Amberson.
Algunos planos picados de la película recuerdan aquello a lo que tan admirablemente aludía Clarín en La Regenta. De ese mundo contemplado desde las alturas en clave alegórica, nos vamos a otro distinto en los falsos contrapicados, al de Tierra, de Aleksandr Dovzhenko.
Shakespeare, Proust y Chéjov casi siempre están presentes en las películas de Welles, como también el ideario que subyace tras aquella célebre aserción elegíaca de Cocteau: filmer la mort au travail, cuya aplicación y extensión más representativa podría encontrarse en el personaje de Jedediah Leland en Ciudadano Kane.
Se han mencionado grandes autores con los que Welles establece diafonías y correlaciones, pero me resulta inevitable citar el hilo invisible que une esta película con buena parte del cine de Paul Thomas Anderson, ya que su adyacencia a nuestra contemporaneidad quizá no resulte tan evidente. El contrapunto podría localizarse en la primera aproximación a la novela de Tarkington en la que se basa The Magnificent Ambersons y que lleva por título Pampered Youth (adaptación en la que su director, David Smith, estuvo trabajando aproximadamente durante los años 1924 y 1925).
En la escena que figura a continuación, Orson Welles enclaustra dos corolarios fundamentales: la falta de autoridad en el seno de los Amberson y el sometimiento fantasmagórico y opresivo con el que George pretende dominar a su madre, alentado por su convencimiento de que Eugene —tal y como describe Shakespeare en Hamlet— se había precipitado con premura al tálamo incestuoso. En previsión de dicha catástrofe, decide acechar con vigía y desde una atalaya sombría mientras conspira para perpetuar la materialización de sus convicciones aristocráticas. Bernard Herrmann ilustra y enfatiza la insidia del personaje con su particular Ostinato.
Dado que el paso del tiempo y el tiempo perdido podrían considerarse dos de las obsesiones preponderantes y recurrentes en la filmografía de Welles, sirva de homenaje al esplendor y posterior decadencia de los Amberson esta joya poética de Manuel Alcántara:
"Yo no sé qué voy a hacer cuando se me vaya el tiempo y no pueda irme con él. Tengo los días contados, y él ha perdido la cuenta del futuro y del pasado. El tiempo siempre es presente y pasa mientras se queda, por eso nunca se entiende. Jamás es pronto o después, por más que pasen los años no pasa el tiempo por él. Ni lo pierdas ni lo ganes, el tiempo sabe que tiene todo el tiempo por delante. No sé qué va a ser de mí el día que yo me vaya, y él no se quiera venir"
AQUERONTE (Manuel Muñoz Rivas, 2023)
Serenata de otoño: KUOLLEET LEHDET (Aki Kaurismäki, 2023)