Lo que me ocurrió por no saber este idioma...

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Lo que me ocurrió por no saber este idioma...
Pasaron los años, y no parece
Sigue mi mirada fija en tus ojos,
en ellos puedo ver nuestros sueños,
ellos demuestran amor, fidelidad y pasión.
En ellos se reflejan los años,
ellos me muestran la historia de una década.
Pasaron los años y no parece.
Cuántas cosas hemos vivido.
Amor, enojo, risas y llanto,
Pero todo el deseo, esa llama incandescente,
arde con más fuerza que nunca,
quema mi corazón, y lo envuelve en un cálido manto de caricias.
Sigue mi mirada fija en tu boca,
fuente del más dulce néctar,
música para mis oídos, y éxtasis para mi boca.
Pasaron los años, y no parece.
Seguimos tropezando. Somos dos pequeñas principiantes,
que descubren cosas que explorar, y exploramos nuestras palabras,
nuestro cuerpo, y cada caricia.
Exploramos las posibilidades, las metas, los retos y, las discusiones.
Conocemos nuestras demandas y negociamos, y volvemos al inicio.
Somos principiantes, somos amantes, esposas y amigas.
Pasaron los años y, no parece.
Hemos aprendido que somos dueñas de nuestra propia luna de miel,
y que aveces tenemos que salir de nuestra isla de placer, y discutir.
Sí, hemos descubierto que no todo es risa, pero todo lo podemos convertir en una oportunidad de conocernos más.
Y aún quiero conocerte, descubrirte, descifrar tus secretos y hacerlos míos.
Descifrar tus gestos, y abrazar tus líos.
Pasaron los años, y no parece.
Una década ha pasado, y sigue vivo mi anhelo,
de ser tu protectora, y fabricante de sonrisas.
Quiero tejer momentos, y verte abrigándote de suéteres de pasión.
Todos los días comienza una nueva historia.
Y llegará el día en que el espejo será testigo del tiempo transcurrido.
Pero, aún con ese reflejo, te veré a los ojos, mi amor, y te diré...
¡Pasaron los años, pero no parece!
El diario de Fede
Decisiones de todos los días.
La presión está ahorcando mis neuronas y pecho. Historias, múltiples historias bombardean mi mente. Veo que se mueven sus bocas y, los ojos me miran fijamente, pero mis oídos están temporalmente sordos; están absortos, sí, inmersos en miles de voces internas que gritan, y ¿ahora qué? ¿Qué hago? ¿Si me animo a decir la verdad, tendré que pagar las consecuencias? O ¿podré ganar? ¡Soy un cobarde!
-¡Hey! Fede, ¿me estás escuchando?
Salgo momentáneamente del aturdimiento, y contesto en automático.
-Sí, si. Sólo me tomé un momento para analizar tus palabras.
-Mentira, a ver qué te estaba diciendo.
Sabía que no sabía. Pero la lógica de la monotonía en nuestras conversaciones me llevó a la deducción de la conversación.
-Quieres saber cuando cobraré el adeudo de los inquilinos del 7.
-Ay, qué milagro. Sí que me dejaste con la boca cerrada, y bueno, ¿tu respuesta?
-No lo sé, maldita sea, aún no lo sé. Pensaba mientras mordía mi labio, y enfocaba mi mirada al piso.
-¿Fede? ¿En serio no me vas a contestar?
- Sí, hermana. Lo más probable es que sea el fin de semana.
El término fin de semana se convirtió para mi, en una promesa de mentira, de esas que juramos vamos a cumplir, y jamás hacemos nada para lograrlas.
El fin de semana, me iré de casa de mi hermana. El fin de semana renunciaré al trabajo de cobrador de renta, y me pondré a dibujar y escribir un manga romántico. El fin de semana me conseguiré a una chica linda, que quiera hacer el amor diario, y ver películas o jugar video juegos después. El fin de semana dejaré de ser un cobarde.
Cómo puedo cobrarle a los del 7, cuando no nos deben nada, en realidad el que debe, soy yo. Tengo problemas con el juego, y vaya que había perdido el dinero de las rentas. Los últimos meses, la cantidad de adeudo era considerable. Hasta el momento cada una mis tranzas había sido tan inocente que evadirlas, fue un juego de niños. Infortunadamente a los que somos malhechores, tarde que temprano nos alcanza la factura.
Capítulo 20: Consultorio dental
Haz una descripción del peor dolor físico que recuerdes.
Y si damos una vuelta-dijo mi padre.
¡Excelente idea! Contestaron mi abuela y mamá.
Qué ilusión me hacía salir en familia, era genial, me consentían mucho, compraban helado y bueno era mucho apapacho. Así que me emocioné y casi podía saborear el helado que me comprarían en la tarde.
Subimos al auto y emprendimos el viaje a no sé dónde, porque al parecer era una sorpresa. Al llegar a nuestro destino se me pusieron los vellos de punta, no era ni un parque ni el cine, sino un consultorio dental. Antes de aquel día no odiaba tanto a los dentistas, pero después de haber estado en esa fría silla, bajo una luz amarillenta apuntándome directo a la cara y con ese par de mujeres desquiciadas sosteniendo una jeringa bucal, digamos que un consultorio dental se convirtió para mí, en una pesadilla.
Por aquellos días fui sometida a mil cosas para mis dientes: Brackets, me sacaron dientes y a lo que adjudicó el peor dolor físico que recuerdo, la endodoncia, un procedimiento en el que se extirpa la pulpa dental para posteriormente rellenar y sellar la cavidad con un material específico; traducción, una aguja enorme destruyendo la carnita de los dientes, mientras uno permanece con la boca abierta siendo testigo de ese terrorífico y doloroso show.
Y es que en mis recuerdos albergo a la odontóloga y a su achichincle, como dos personas genuinamente malas. Estoy segura que no tenían idea del dolor físico que me estaban haciendo experimentar, porque mientras suplicaba entre lágrimas, ¡por favor paren, me duele! Ellas me decían que me callara. Ahora, cabe la posibilidad de que el miedo que sentía y los nervios me hayan hecho alucinar, porque sin exagerar, en aquel momento vislumbraba a dos figuras amorfas que sentían placer con el sufrimiento de pequeños.
El procedimiento habrá durado alrededor de hora y media, pero francamente se sintió lento, mucho más lento. Mientras el nervio de mis dientes frontales era aniquilado poco a poco, yo sólo podía pensar que esto no era más que un pretexto de individuos amantes de la santa inquisición en tiempos modernos.
Capítulo 19: Un día de película
Escribe sobre como pasas el día cuando estas enfermo.
Estoy segura de que me voy a enfermar, ya comencé a sentir el cuerpo cortado y el flujo de mi nariz es abundante, se me han erizado todos los vellos del cuerpo por los constantes escalofríos y mis ojos llorosos me hacen ver borroso. Estoy de mal humor, ya sé que es lo que pasará si voy al médico, una sala de colores apagados acompañada de lloriqueos, sorbos de nariz, tos, gemidos de malestar y ese rancio olor a enfermo con alcohol. En serio me deprime, es más, creo que ir al seguro me desanimará tanto que me enfermaré más, seré un gemido más que complementará a las mal encaradas recepcionistas que no saben ofrecer ni una sonrisa.
Ahora podría optar por ir a una de esas clínicas económicas particulares en las que una botarga botijona me recibirá bailando reggaetón, lo admito me parece graciosa su forma de hacer mercadotecnia, pero con el malestar que siento, el anciano Simi solo logrará crispar mis nervios en lugar de relajarme.
Así que al meditar cada escenario me parece que la tercera opción será la mejor, optaré por remedios caseros y tendré una terapia fílmica, es decir un día de película.
El ritual comenzará conmigo en pijama envuelta como sushi en las capas de sábanas y cobijas de mi cama, un olor a Vaporub con sudor inundará el cuarto, y al costado derecho de la cama en el pequeño buró café encontraré un cartón de jugo de manzana y unas palomitas recién hechas. Es momento de utilizar la pequeña pantalla de mi teléfono móvil como proyector de cine.
Mi cerebro ya comenzó a enlistar los títulos más llamativos para la terapia fílmica. Veamos, Kill Bill vol. 1 y 2 encabezarán la lista, más adelante la Lista de Schindler me ayudará a depurar con lágrimas a mi cuerpo, para quitar el nudo de garganta, la comedia Amelie ayudará, y para agregar algo un poco oscuro reproduciré El abogado del diablo y La célula; estoy segura que este combo me revivirá como lo hace el vuelve a la vida con los crudos, pero falta un cierre y creo que me iré por algo romántico, about time será la mejor opción para estar completamente revitalizada.
Para mí no hay mejor medicina que un buen kit de películas, sabanas y cobijas en una esponjosa cama y el apapacho de ese bello amor, que como se acostumbra leer en los votos de matrimonio, esta siempre contigo, en las buenas y en las malas.
Capítulo 18: Etapa escolar
Habla del colegio de curas y del instituto, luego habla de la universidad
Más que escribir sobre momentos vividos en años escolares, me gustaría mencionar a actores clave que fueron cimiento de lo que soy hoy profesionalmente. Una de las grandes bendiciones que he tenido en mi vida es haber estado rodeada de catedráticos con vasto conocimiento y pasión por su materia, cada uno de estos personajes plantó la semilla del liderazgo y disciplina en mí para dejarla crecer como el medio para lograr grandes cosas.
Desde pre-primaria comencé a conocer a grandes personas, una de ellas la maestra Laura o “miss Lau” como solía llamarle, era parte de la escuela Monarca que estaba ubicada en villas de la hacienda. El recuerdo es vago pero su valor inmenso; hasta donde me deja recapitular mi memoria, la miss Lau era una persona amorosa y dedicada, impulsora de ánimo a sus estudiantes para que consecuentemente no existieran metas imposibles, sino sueños conquistables. Desde aquellos tiempos ya contaba con ejes guías, que sabían inculcar preciados valores humanos en nuestras vidas.
Más adelante en la primaria y secundaria, volvieron hacerse presentes esas estrellas fugaces que lograron despertar en mí pasión, interés y compromiso por temas que en su momento consideraba aburridos o simplemente complicados.
La primera persona que me gustaría mencionar es al profesor de matemáticas, Hugo, un hombre cuarentón de tez blanca, cabello rubio y ojos azules, lograba imponer cuando entraba al salón y capturaba nuestra atención con su peculiar forma de enseñarnos los problemas del baldor o las fracciones más complejas. Tenía la costumbre de pegar con la palma de su mano en el pupitre del despistado que no estaba prestando atención y de paso el estruendo nos despabilaba a todos. Su forma de enseñar era fresca e innovadora.
En ese mismo lapso conocí a la miss Cony, que si bien no impartía una materia en específico, lideraba actividades artísticas en las que usualmente me encantaba participar, por ejemplo cuando la escuela iba a competir en poesía coral, la miss Cony era la que nos indicaba cómo coordinar la coreografía y entonar la voz para dar al público el sentimiento idóneo descrito en el verso que estuviéramos recitando. Igualmente, cuando participaba en oratoria o en teatro, era ella la coach que nos instruía. Recuerdo que nos inspiraba a practicar y practicar para ser siempre ganadores.
Y una materia que en su momento al estar en esa etapa escolar logró captar mi atención, fue biología, la responsable de aquel interés fue la maestra Rosaura, que nos aventuraba por la mitosis y meiosis haciéndonos dibujar el proceso de cada etapa celular para así ser partícipes de la magia de los organismos.
En la preparatoria los dos catedráticos que quedaron grabados en mi memoria fueron, el profesor Luis Miguel y la maestra Josefina, ambos tenían personalidades fuertes y eran bastante estrictos; el profesor aunque más bonachón no perdonaba una falta en las tareas, recuerdo que en alguna ocasión me había ido terrible en uno de los exámenes y como se acostumbraba, los padres asistirían a la escuela para que los profesores les dieran el reporte de calificaciones y conducta, yo sabía que estaba reprobada, lo que implicaría una dura reprimenda de mis padres, sentía todo perdido pero el profesor me dijo que me aprobaría con la condición de que me quedara todos los recreos con él para regularizarme, acepte en su momento a regañadientes, pero fue una excelente decisión, no sólo logré brillar en la materia, sino sentir verdadero interés por la historia.
La maestra Josefina, por otro lado era bastante osca, sonreía poco e impartía con suma concentración la materia de física, podía con una sola mirada petrificar de miedo al alumno en que cayera la reprimenda visual. Cuando se le llegaba a conocer se podía descubrir un interior blando y comprensivo, pero no por ello permisivo, de hecho me mandó a extraordinario por faltas aunque había aprobado la materia y finalmente logré calificar con excelencia gracias a su rectitud y asesorías.
Para finalizar, ya cursando la carrera y consecuentemente el posgrado, pude interactuar con formadores que ejercían su materia con excelencia, entre ellos: Armando Silva Baena, Rodrigo Zaras, Janine y Antonio del Pozo, que lograron nutrir con sus enseñanzas, mi pasión por la comunicación y todos los complejos procesos que la caracterizan.
Capítulo 17: Los náufragos
Haz una lista de amigos que ya no son amigos.
Tratar de escribir sobre amistad es algo complicado para mí, la conozco sí, pero jamás he sabido conservarla o nutrirla adecuadamente para que no se extinga. Pienso que el cuidado y dedicación que demanda una relación tan bella requiere de personas prestas a establecer vínculos por encima de cualquier cosa, y yo entre mis múltiples defectos tengo el de ser desapegada con prácticamente todo el mundo. Me visualizo como una especie de océano que tiene un triángulo de las Bermudas en algún punto, y que cuando navegas en él por tiempo suficiente tarde o temprano te encontrarás con ese inexplicable enigma que te transportará a un limbo relaciones fraternales del que no habrá vuelta atrás.
Comenzamos por la primaria, etapa en la que tuve a mis primeras amistades. La primera persona que encabeza la lista es Verónica o la ‘nena’ como le apodamos en mi familia, recuerdo haberla querido mucho y que la pasábamos bien juntas, el lazo se rompió en algún momento y dejé que se enfriara aún cuando años después me buscó e intento restablecer contacto conmigo, yo no mostré interés y eventualmente se alejó, ¡lo siento por eso!
En esa misma etapa, tuve un amigo con el que siempre jugaba después de la escuela, Arturo. Me encantaba jugar con él porque no pretendía ser lo que no era, si jugábamos a los caballeros del zodiaco no tenía que ser la princesa Saori, era Pegasso y luchaba contra él, que sí mal no recuerdo era Fénix. Igual que otros más, él también naufragó en mi triángulo de las Bermudas.
El siguiente grupo corresponde a mi segunda escuela, ahí finalice la primaria y secundaria después de que mi madre se fue. Dafne, Adlyn, Marco y Arturo 2, fueron personas que estuvieron en una de las etapas más oscuras de mi vida, tal vez no estaban conscientes de lo que me pasaba en esos momentos, pero pase memorables días a su lado. Desde aventuras y juegos atrapando luciérnagas, hasta nuestras primeras borracheras. Nos apoyábamos cuando alguno lo necesitaba, eran personas sumamente valiosas que simplemente dejé ir.
En la preparatoria coseché un grupo de amigas increíbles, nos decíamos ‘las delichus e hice clic fuerte con algunas de ellas; eran niñas inteligentes, sencillas, graciosas y con cero prejuicios, me aceptaron cuando salí del closet. Reíamos, salíamos y nos divertíamos mucho juntas. Se perdieron en mi limbo de relaciones fraternales. Sólo por medios sociales he visto que aún siguen en contacto, lo que me llena de felicidad, un grupo tan bello no merece menos. ¡Gracias Sabrina, Dany y Hannis por su amistad sincera, las quiero!
En la prepa, otra persona que acabó naufragando en mi triángulo de las Bermudas fue Alejandro. Fueron muchas las razones que nos llevaron a ese punto, pero supongo la principal fue que no hice nada por arreglar las cosas ni quise hacerlo.
En la universidad se repitió la historia de mi vida, más náufragos para la colección. Diana, Carlos y Mariana, otros estimados amigos que descuide y fuimos poco a poco perdiendo el contacto, ahora ya no sé de ellos más que por sus fotografías.
Esa es mi lista de amigos perdidos, les llamo así, porque con franqueza no sé si desearían saber algo de mí actualmente. En su momento ellos hicieron el esfuerzo por seguir en contacto y yo no valoré ese interés sincero. No sé qué vaya a pasar o si me anime a buscarlos, de lo que tengo certeza es de que el simple recuerdo de estos náufragos es preciado y tal vez en ese mundo en el que viven ahora reciban esta nota en la botella, que finalmente tuve el valor de arrojar al mar.
Capítulo 16: Efímero y eterno
Habla sobre la fiesta en la que perdiste un diente pero robaste un corazón.
Realmente no tengo ganas de salir- le dije.
¡Por favor amiga, sólo un ratito y nos regresamos! - contestó el.
Qué lata, no me siento con ánimos de sonreír a personas que no conozco o entablar absurdas conversaciones que sólo hacen gala de una profunda superficialidad. Todo es vacío, pensaba; mientras, Alejandro continuaba con su labor de convencimiento.
¡Por favor, te la vas a pasar bien! Insistió.
¡Ay, ok! Basta de lloriquear, vamos un rato.
Me arreglé con sumo desgano y emprendí el viaje rumbo a la zona rosa de la Ciudad de México para beber en alguno de los antros de ambiente que pululan en este sector. Decidimos entrar al lugar llamado Fusión, no hubo una razón específica, la selección fue completamente aleatoria.
Alejandro estaba ansioso por intimar con algún galán e iba enfocado en lograr el cometido; por mi parte, la haría de chaperona mientras cazaba a su presa.
¡Vamos a dar la ‘puti vuelta’! Decía emocionado.
Ok, contestaba yo.
A mitad de antro, me ofrecí para comprar dos caguamas que definitivamente serían el medio para lograr que la noche fuera menos pesada; la intoxicación entraría a mi cuerpo y adormecería mis sentidos para dejar de notar el paso de las horas.
En la barra atendía un muchacho bien encarado y bastante afeminado, su actitud era agradable, pero al contar con bastantes pedidos, se detenía poco a entablar cualquier tipo de conversación.
Dos caguamas, por favor- Solicité Claro linda, ¿quieres limones y sal? Sí, por favor.
Pague el pedido y tome las cosas como pude, di media vuelta para buscar a Alejandro, pero no logré encontrarlo por un buen rato. Permanecí cerca de la barra y comencé a preparar mi cerveza con limón y sal, cuando finalmente pude ver dónde se encontraba, me sorprendí, pues si bien estaba a un lado de un chico simpático, con quien mantenía una intensa conversación era con una mujer.
Mis ojos quedaron fijos analizando aquella conversación, pero sobre todo hechizados por aquella mujer, que movía sus caderas al son de la melodía y que aquel candente bamboleo la hacía resaltar de todos los que la rodeaban.
Tenía una figura delgada pero bien proporcionada, torso y cintura formaban perfectamente la silueta de una guitarra acústica, su cabello chino bastante corto acentuaba sus grandes ojos y pestañas. Su piel era tostada e iba cubierta de una camisa negra entallada y un pantalón de vestir pesquero del mismo color, calzaba unas zapatillas negras puntiagudas que acentuaban su altura.
Absorta en su figura, pude notar que tanto Alejandro como ella, me observaban; supongo me habré sonrojado, afortunadamente las luces y oscuridad del lugar escondían bien ese rubor. Con señas me dijeron, ¡acércate! Y yo, con el pulso a mil por hora, hice lo indicado. Ella es Lizbeth, amiga.
Hola, ¿cómo estás?, soy Evelyn, me acerqué a su oído para que me escuchara claramente, la cercanía dejo que llegara a mi nariz su humor, olía delicioso.
Muy bien, contestó. Y recorrió con sus ojos cada parte de mi cuerpo, sentí que me desnudaba, pero no fue algo molesto, sino, excitante. Me da gusto, conteste apenada. Y, así comenzaron las preguntas, platica y flirteo. Ella definitivamente me resultó fascinante; su conversación era transparente, real y divertida, no pretendía ser rica o fresa, intelectual o dueña de mil talentos, tan sólo era una persona auténtica.
La plática y conexión que establecimos se intensificó con el paso de las horas, cada vez deseábamos acercarnos más o robarnos más besos; poco a poco nuestras manos se hicieron más codiciosas y buscaban llegar a lugares inexplorados. Ella era atrevida y sus palabras eran fuego.
A las 12:00 de la noche aproximadamente, recordé que había olvidado que iba acompañada de Alejandro, despegué mis labios de aquel dulce néctar que ofrecía esta imponente amazona, y busqué con la mirada a mi amigo, al ubicarlo noté que estaba acompañado de un galán, pero no parecía pasarla bien. Me acerqué a él, y en tono suplicante me dijo, -Vámonos amiga, ya es tarde.
Y aunque no deseaba irme, no tenía el permiso de llegar a mi casa de madrugada, así que estuve de acuerdo en salir del lugar. Lo que no había notado era que el alcohol finalmente me había intoxicado, y con paso tambaleante comencé a caminar a la salida del lugar, acompañada de mi amigo y de Lizbeth. Nos despedimos algo decepcionadas de que la noche cayera tan rápido e intentamos intercambiar teléfonos, pero la verdad yo me sentía un poco mal y le pedí a mi amigo que diera mi número.
El tiempo pasó y jamás recibí su llamada, así que intuí que sólo había sido una relación efímera que disfruté bastante, admito que me sentí decepcionada porque realmente quería conocerla más.
Seis meses después volví a la zona rosa, por el cumpleaños de un conocido y vi una cara familiar, ¡era ella! No sabía donde esconderme, me apenaba verla y sentía herido el orgullo por no haber sido más que su noche de calentura. Pero sentí su incisiva mirada observándome, y no me quedo de otra más que enfrentarla con una sonrisa. Me saludó e hice lo mismo, lo demás es historia. Lo efímero se volvió eterno, y si bien no perdí un diente peleando por ella, si logré robar su corazón y perder el mío.
Capítulo 15: Villas de la hacienda
Recuerda la época de tu vida en la que te has sentido feliz.
Era el año 1996, y yo como acostumbraba después de hacer la tarea, emprendía en el patio de mi casa de aquel entonces ubicada en Villas de la Hacienda, alguna aventura que tenía lugar en un espacio lejano, tal vez en otra galaxia, o salvaba al planeta tierra de un enorme tornado controlado por villanos de otra dimensión, todo dependía de la ocurrencia que mi imaginación maquinara.
Después de vencer las tribulaciones de mis misiones imaginarias, entraba a casa, un bello espacio de un piso, en el que podía observarse al entrar, una modesta cocina de lado derecho, a la izquierda, una pequeña mesa de comedor con sillas de madera color caoba; al fondo del espacio, una tropical sala revestida con fundas selváticas, y en la esquina una tele de buen tamaño acompañada de una consola de Nintendo, con juegos como súper Mario Bross, Donkey Kong, entre otros.
Observaba después a mi madre preparar deliciosos manjares caseros, y mientras se dedicaba a ello, me preguntaba por la escuela, amigos y si había tenido mucha tarea; conversábamos entonces y contestaba puntualmente a sus preguntas. Culminada aquella plática y comida, pedía permiso para ir a ver a la ‘Nena’, una niña que vivía dos casas más adelante de la mía y si bien era mayor que yo, no tenía problema en jugar conmigo y armar rebuscadas telenovelas en dónde Brenda la muñeca al fin se había dado cuenta que Brandon era el amor de su vida.
Finalizado el drama amoroso de los juguetes, mi amiga emprendía el camino a su casa y yo, a regañadientes debo admitir, levantaba los juguetes.
Más tarde, se escuchaba la llave en la puerta que anunciaba la llegada de mi padre, esto era genial, porque veíamos dragon ball z, los caballeros del zodiaco o nos enfocábamos en terminar el videojuego que había comprado mi padre en el mercado de los fines de semana.
Aquella época estuvo llena de juegos, risas y travesuras; tuve la maravillosa oportunidad de vivir una buena infancia rodeada de imaginación y padres prestos a hacer travesuras conmigo.
Villas de la Hacienda guarda consigo esa grata memoria de infancia, en la que recuerdo haber sido muy feliz, y puedo decir que más de una vez al tener algún compromiso que coincidía por ese rumbo, mis ojos buscaban anhelantes esa pequeña casa en la colina que logró robarse mi corazón.
Capítulo 14: La bifurcación
Escribe sobre esas vacaciones en las que todo acabó.
Albergo en mi memoria un nostálgico recuerdo, de risas, conversaciones y convivencia de tres mosqueteros que solían estar siempre juntos.
Adriana, la primera guerrera, era pequeña de estatura, de ojos pícaros y apacibles, piel capuchino vestida de las arrugas que acompañan a los años; su cabello ya era blanco, pero el tinte rubio cenizo lo escondía con éxito; su voz era tierna y su actitud era siempre servicial.
Roberto, el hijo de la primera mosquetera, era de tez clara y cabello negro, espalda ancha con pecas, y piernas fuertes, producto de los múltiples entrenamientos de soccer a los que asistió cuando niño; tenía una inteligencia característica en matemáticas y era increíblemente sociable, el tipo de persona de la que todos desean estar cerca.
Por último, yo, la rebelde que siempre encontraba la forma de hacer travesuras o de colmar la paciencia de los demás integrantes de la banda.
Pese a las diferencias que nos caracterizaban, hacíamos una magnífica sinergia, nuestro equipo se complementaba con la debilidad del otro y cuando alguno flaqueaba, el otro protegía al cabo suelto.
En aquel año, se avecinaba el momento de disfrutar de las vacaciones; Roberto, que trabajaba arduamente durante todo el año, había solicitado el permiso para disfrutar del tiempo libre que por ley le correspondía. No recuerdo el motivo de haber decidido ir a Veracruz, pero sí, lo bien que la pasamos.
El lugar a dónde nos dirigíamos se llamaba ‘casitas’, que estaba bastante alejado del Puerto de Veracruz, y como aún no se estrenaba la nueva ruta de robustos túneles que atraviesan cerros para acortar el camino a tan sólo dos horas de trayecto, tomando como punto de partida la CDMX, el camino sería largo. Pero, aquello no trajo consigo fatiga o mal humor, sino, que pintó nuestra actitud de espíritu aventurero.
Degustamos en Papantla, tamal aguado y buen pozole, mientras observábamos a los voladores suspendidos en el aire, sujetados de tan sólo un pie, por un endeble lazo viejo; acto que crispaba nuestros nervios, pero ofrecía un pintoresco espectáculo regional. Después de esa pausa en el camino, pasadas algunas horas, llegamos a nuestro destino.
Un modesto hotel, que no era para nada del tipo pomposo, sino, humildemente completo; contaba con todos los servicios y lo más importante el acceso a una playa virginalmente hermosa. Disfrutamos de bellos momentos en aquel desolado lugar.
Aquella visita fue fecunda, dio a luz a una nueva colección de recuerdos, risas, sabores y buenas charlas.
Ese viaje, fue el último que realizamos los tres juntos. La bifurcación de la vida, nos llevó por distintas direcciones, cada uno de nosotros formó su hogar y comenzó su propia historia; que si bien, no significó una ruptura, si representó un nuevo comienzo, con nuevas responsabilidades y adiciones a la familia.
Seguimos siendo tres mosqueteros, pero ahora, cada uno de nosotros es cabeza de un grupo; todo lo aprendido en nuestras aventuras juntos, ahora son anécdotas que contamos a nuestros seres queridos. Ahora, cuando nos vemos, colectamos buenas charlas de lo que acontece en nuestro nuevo camino.
Capítulo 12: Cuando te toca amor
Escribe sobre tu primera relación sexual.
Podría contar la historia de caricias torpes y experiencia pobre, pero prefiero narrar sobre la experiencia cuando te toca amor, porque es ahí cuando se siente una explosión en cada parte del cuerpo; tiemblan las piernas, sudan las manos, revolotea la barriga y se siente cálido el pecho.
La palabra de amor tiene el poder de convertir a las emociones en una orgía de sensaciones tan placenteras, que asemejan al orgasmo físico, y su convivencia puede transformar todo momento en un vasto almacén de recuerdos alegres.
Ser tocado por amor es un estímulo a todas las terminales nerviosas que fueron creadas para experimentar placer, y al escucharlo, todo se convierte en una sinfonía de gemidos ahogados por besos pasionales.
Un orgasmo de amor es tan poderoso que puede transportar a las personas a un plano celestial que separa al alma de la carne para depositarla en un espacio hecho para los amantes.
Y culminada esta odisea corporal, se puede sentir como el aire entra de nuevo a los pulmones y el alma regresa a la carne; ahí se quita de neblina de los ojos y se observa a esa persona con la compartes tu vida. Es tan hermosa que sólo puedes entregarte a pensamientos de eternidad.
Capítulo 11: Extraño volar
Escribe sobre el sueño que se repite
Durante toda mi niñez y parte de la adolescencia, tuve un sueño recurrente. Todo comenzaba conmigo parada descalza al centro de una calle desierta alumbrada por la luz amarillenta de faros viejos. Sentía el aire frío en mis mejillas y vértigo en la barriga, luego sólo estiraba mi cuerpo y erguía mi cuello para comenzar a despegar los pies del asfalto; primero eran centímetros que la confianza convertía en metros rápidamente, cuando menos lo esperaba mi visión se deleitaba con una toma cenital de mi colonia y mis manos con la suavidad de las nubes. Disfrutaba la sensación de surcar los cielos con mis alas inexistentes. A ratos, disminuía un poco la altitud del vuelo para observar los detalles de los tejados, que ofrecían una bella riqueza de texturas. El viento cantaba una melodía que me relajaba; acto seguido, un silbido agudo que se intensificaba por la velocidad y daba la señal de aviso para disminuir mi intensidad.
De pronto, un abrupto descenso, ¿qué pasa? Me preguntaba siempre, y se presentaba otra caída inesperada que removía mis entrañas. Antes de poder despertar me convertía en un ladrillo volador; lo único que veía con claridad era al suelo acercándose poco a poco. ¡Despierta ya! Gritaba a todo pulmón. ¡Por favor, no me quiero estrellar! Repetía. Y justo antes de besar al suelo, abría mis ojos y veía mi cuarto. Me tentaba la frente y estaba bañada en sudor; pensaba, ¡seguro mañana logro volar sin caer!
Capítulo 10: La carretera asesina
Escribe sobre la vez que te pegaste con tu amigo dentro de un coche.
Fue una de esas veces que piensas, ¿por qué pasó? No estaba ebria y mi amigo tampoco; la pasamos bien aquella noche. Fue una fiesta de pueblo, y cómo podrán imaginar, la comida estaba buenísima. La anfitriona, madre de un conocido, ofreció un tequila casero tan dulce y ligero que parecía aperitivo; decidimos sólo probar un caballito para calentar nuestras gargantas. Recuerdo que queríamos quedarnos más tiempo, pero mi amigo había pedido el auto prestado a su mamá y teníamos que estar en casa antes de las 12:00 de la noche, pero estando en una edad caracterizada por la imprudencia, salimos de la fiesta con tan solo 20 minutos de anticipación y cómo impulsados por el látigo imaginario de un amo a sus caballos, trotamos al auto y emprendimos la marcha . La velocidad no era la debida, pero la vehemencia por cumplir la hora acordada era tal, que dejaron de importar los kilómetros por hora. No previmos que la velocidad sería fundamental para lo que pasaría aquella noche. La carretera que tomamos para regresar parecía sacada de un cuento de terror; monstruosos baches, tramos de oscuridad y bifurcaciones invisibles (estaban ahí, pero eran imperceptibles para el ojo humano). Una de aquellas características fue la que selló nuestro destino y regocijo a aquella asesina que con sus artimañas había seducido a tantos conductores a un catastrófico final. La bifurcación que llevaba a la vía rápida, era prácticamente fantasma y mi amigo no tenia vista de halcón, de hecho usaba unos lentes que parecían de botella. Todos esos factores explotaron en el momento menos esperado. Fue cuestión de segundos, ¡Pum! Apareció la banqueta de la bifurcación; acto seguido, el fuerte estruendo del metal achicharrado y un coro de gritos esperando ser ahogados por la culminación del accidente. Instantes después, un fuerte tirón que lanzó al auto como bola de pinball de izquierda a derecha, contra banqueta y poste consecutivamente y el sonido de los cuerpos chocando contra vidrio y plástico.
Después de la sinfonía del siniestro, un silencio sepulcral, y el eco de una macabra risa proveniente del asfalto que vestía a la carretera asesina. ¿Acaso habían acabado nuestra vidas? ¿Ya no volveríamos jamás a casa?
Inmersa en esos pensamientos vi a mi amigo salir más rápido que un rayo del auto y entablar un monólogo de obscenidades mientras jalaba sus cabellos. Yo, permanecía inmóvil observando el montaje teatral. Pasaron tan solo unos minutos para que se acercaran algunas personas y reprendiera a mi amigo diciéndole, ¡Ayúdala a bajar, wey! Él, comprendiendo que había olvidado que yo estaba en su auto, se acercó y abrió la puerta. Salí cuidadosamente y mire a mi alrededor, los transeúntes nos observaban. Saque mi celular y hable a mi familia; pareció teletransportación, porque más tardé en hablar que en que llegara mi tío en su motocicleta, me pusiera el casco y llevará a casa. Solamente el dolor de cuello me hizo recordar que aquella carretera infernal había cobrado una víctima más.
Capítulo 9: Una malteada de fresa
Describe tu cuerpo y sus pequeños detalles.
Receta de malteada fresa Ingredientes: -Una capa de leche entera. -Fresas. -Crema chantillí. -2 cerezas. -Chispas de chocolate -Canela Preparación: Agrega una capa de leche entera sobre un vaso de 1 metro con 56 centímetros, para obtener la lisa textura blanca. Toma un poco de leche y viértela en la licuadora con dos puños de fresas; una vez hecha la mezcla, déjala reposar un momento y agrégala al vaso para dar ese dulce color rosado en pies, manos, mejillas, labios y esos íntimos espacios de los que poco hablamos. Añade chispas de chocolate y deja que asienten para que adornen el cuerpo lechoso de múltiples lunares. Coge un cilindro de chantillí y presiona hasta obtener un pequeño óvalo; espolvoréalo de canela abundante, pues ahí es dónde los peluqueros tanto batallan cuando hacen un corte. Paso siguiente, agrega algunas chispas de chocolate decorativas en el rostro y finaliza con dos cerezas. El último paso, es disfrutar de esta compacta y dulce malteada, que si bien, no es para todos los gustos, siempre logrará endulzar tu vida.
Capítulo 8: El desayuno de valor
Salir del ataúd vertical de ropa, fue sumamente complicado. Involucró un proceso de cientos de pasos, para llegar a una solución inesperada.
Desde pequeña se me inculcó la base de una familia tradicional y como tenían que ser las cosas, bajo este contexto, caí en la cuenta de que mis gustos distaban mucho de lo que me habían enseñado, y eso era hiriente y confuso.
Yo no deseaba ir contra corriente, pero al intentar ser cómo debía ser, trastabillaba y me sentía incompleta. Siendo brutalmente honesta, creo que no habría dicho nada a mi familia, de no ser por el error que cometí hace varios años; este constó de un mensaje que acabó en el celular de mi madrina, quién me imagino que desconcertada, informó a mi abuela sobre el contenido. Nada pasó nada aquel día, pero sólo era la calma que antecede al huracán.
Un fin de semana por la mañana, cómo era costumbre, el aceite gorgoteaba en el sartén caliente y expedía un olor que abría nuestros ojos y lanzaba fuera de la cama; acto seguido, una voz: ¡Evelyn, Roberto a desayunar!, entonces mi padre y yo salíamos disparados al comedor en busca del festín. Mientras degustábamos los alimentos pasó algo extraño, la única boca que emitía sonido al masticar era la mía, ¿qué había pasado con mi papá y abuela?, estaba todo sospechosamente silencioso.
Levanté la vista para resolver el misterio de la falta de ruido, y los vi observándome fijamente, para después escuchar a mi abuela decir:
-¡Hija, queremos platicar contigo! No me sentí nerviosa al escuchar eso, sólo intrigada, así que contesté, ¿qué pasó, abue?
-¿Hija, ya no te gustan los niños?
-¿Cómo dices?, respondí atragantada.
-¿Te gustan las mujeres?, preguntó secamente.
-¡Qué te pasa, cómo se te ocurre preguntarme eso!, dije con enojo y me levanté frenética.
Comencé a trotar hacia mi cuarto sintiendo un intenso palpitar acompañado de una fría capa de sudor helando mis manos, ¿qué iba a hacer, ahora?
Pasaron probablemente minutos desde que llegué al cuarto y aseguré el cerrojo, pero, ¡dios, se sintieron como horas!
Fui bombardeada por cientos de caminos y alternativas para evadir la pregunta formulada por mí familia, pero, finalmente opté por decir la verdad a mi familia.
Fue difícil, pero saber que tomé la decisión que le era fiel a mis sentimientos, me enorgullece. Al embarcarme en este nuevo camino en el que podía ser yo misma, sabía que enfrentaría rechazo y que sería complicado; para mi sorpresa, me respaldaron las personas que más amo en este mundo.
Su apoyo e infinito amor sin importar qué, llena de regocijo a mi corazón. Por esta razón, mi familia que jamás me ha dado la espalda, que ha nutrido mi vida de valiosas enseñanzas y que hoy es el pilar que sostiene mi vida, son mi razón de orgullo.
Capítulo 7: Prostituta de la soledad
Inseguridades y dudas, es lo único que Sol ha dejado en mi vida. Trato de ubicar algún elemento positivo y no lo encuentro. Lo único que sé, es que tiene un poder sobre mí que demanda fidelidad y exclusividad.
Su nombre completo es Soledad, y es fácil caer en sus encantos. Es frío y encantador, con la habilidad de aislarte del mundo, cuando realmente no estás solo/a. Lo conocí cuando mi madre se fue, y su entrada a mi vida fue hipnótica, como si fuéramos el uno para el otro, aunque para él, yo sólo era una prostituta.
Él era mi proxeneta, y yo la mercancía con la que hacía negocio. Me subastaba a la merced del mejor postor. Cada que mi corazón decidía que amaba algo, lo que fuera; llegaba Sol, altivo y elocuente, y me susurraba al oído:
¡No eres suficiente, niñita! ¡Te vas a quedar sola! ¡Te van a abandonar! ¡Mejor no hagas el ridículo!
Entonces, me arrastraba de nuevo a la oscura madriguera donde él vivía, y lo abrazaba, mientras me acariciaba con sus esqueléticas manos en el rostro. Entonces con voz maternal, recitaba
-Si quién te trajo a la vida se fue, ¿qué puedes esperar del mundo? Mejor ven a mí, yo jamás te voy a dejar. Seré exclusivamente tuyo, y tú podrás ser de muchas personas, ¡para mí es buen negocio que andes de fácil!, así haré que te des cuenta, de qué tan insignificante eres.
Por mucho tiempo, viví esa mísera existencia. De celos, dudas e inseguridades. Un mundo en el que intentar hacer algo diferente, era equivalente a hacer el ridículo, y entregar el corazón significaba, salir lastimada.
Sol, sentía placer en placer en decirme con voz burlona: ¡Te lo dije, chaparrita!, y yo con lágrimas en ojos, pensaba: -Te vas arrepentir, maldito. Un día te tragarás tus palabras, porque no está en mi destino estar sola.
Y así fue…
Un día, que no tenía nada especial, conocí a una persona que simplemente no se iba. No importaba si tenía errores, o era mezquina. Me decía:
-Es que amo todos tus defectos a la par de tus virtudes.
Ahí fue cuando noté que Sol, comenzó a impacientarse, y eso fue un hecho notable. No estaba en su naturaleza la inseguridad. Pero, contra aquella persona que permanecía en mi vida, caía en desesperación.
Mientas más obstáculos sorteábamos, más crecía la furia de Sol, que escupía con recelo, -¿crees que eres especial para ella, ingenua?
Y yo, bajo el hechizo de los besos que depositaban en mi cuerpo, sabía que lo era. Poco a poco, dejé de ser prostituta para convertirme en un alma libre que amaba sin inseguridades.
Ella, logró ensordecer con sus palabras de amor, a mis oídos antes poseídos por la Soledad.
Ahora, sólo llegó a escuchar algún susurro, que si bien logra dejar su huella en situaciones cotidianas, en las que hago o dejo de hacer algo por miedo a fracasar, no lo suficiente para distraer mi atención de una meta anhelada o de su sonrisa, bellos chinos y tersa piel.
Porque ¿qué es la vida sin ese riesgo de salir lastimado o de ser de los pocos privilegiados que lograron encontrar el amor propio y correspondido?
Capítulo 6: El perro, el gato y yo
Resonaban en mis oídos los fragmentos de esta ridícula melodía del grupo ‘Guardianes del Amor’. Una cumbia absurda, pero que por el contexto que vivía me afectaba bastante .
Y nos quedamos solos el perro, el gato y yo. El perro, sin nadie a quién ladrar; el gato, sin nadie a quién maullar; y yo, bailando con mi soledad.
¿Por qué nos dejaste solos? Me preguntaba. Pero jamás obtuve una respuesta. Hablaba con las paredes como una lunática errante. Estaba aislada del mundo y no sentía ganas de abrir mi corazón con nadie, sino de cerrarlo, para que jamás pudiera entrar el dolor.
Sí, la mejor decisión que podía tomar dadas las circunstancias, era convertirme en un cascarón vacío para prevenir futuras fracturas emocionales.
Pero, esa maldita canción. No respetaba las barreras impuestas por mis sentimientos. Cada estrofa era como una víbora escurridiza que violaba mis entrañas, subía por mi intestino y ahorcaba a mi corazón hasta que sudaba amargas lágrimas de desconsuelo.
Son grandes sentimientos para un cuerpo tan pequeño. Y no me refiero a mi actual estatura, sino, a que esta orgía emocional, sucedió cuando era pequeña.
Ahí fue el parte-aguas para que esta absurda canción cobrara un sentido tan siniestro.
Hasta que un quinto llegó de improviso. Te hablo al oído de algún paraíso. Tú le creíste y nos dijiste adiós.
Siempre pensé que nuestra novela estaría conformada por miles de tomos y resultaron ser sólo algunos capítulos.
Pese a esto, encontré la delicia que pueden brindar las historias cortas; y que esta en específico, estuvo llena de momentos clímax que conserve cerca de mi corazón para arroparlo.
Sí, el perro y yo nos quedamos solos. Y hoy, sólo yo sigo aquí. Pero, descubrí que aún quedan miles de páginas en blanco para esta novela, y que mientras aún conservemos el hilo de vida que nos ha sido prestado, podemos escribir hasta que nos duelan las manos.