California || Mila & Sergei.
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—Cierto, había olvidado eso. Es extraño, pensar que mientras yo estaba con Ann y mi primo de fiesta en el yate de algún hijo de empresario corrupto tu estabas en el barro mientras te gritaba un ex agente de la KGB que solía tomar té con Stalin o algo así—comentó en tono ausente, quedándose pensando en cómo la mafia tenía esas dos caras que no eran una sin la otra: el lujo y la violencia, insertados en un círculo recíproco que no acababa, del cuál ellos sólo eran instrumentos.
Se enocgió de hombros a la vez que reía ante su comentario.—Estoy pensando en comparación a tu enorme mansión…o la que está al otro lado de esa colina, ya que estamos—explicó burlonamente. Sonrió cuando el hombre besó el dorso de su mano, aprovechando para dejar una caricia en su mejilla antes de bajarse del auto. —Podemos comprar té ¿Sabes? Hay una pequeña zona urbana a quince minutos de aquí. El barrio es privado, no está aislado del mundo exterior—rodeó el auto para abrazarse a Sergei, colando juguetonamente sus manos bajo la camisa del hombre y acariciando su espalda—Vas a sobrevivir, te lo prometo—sonrió desde abajo.
Abrió la maleta del auto para sacar sus bolsos, mientras hacía girar entre sus dedos su propio juego de llaves de la casa, causando que repiquetearan al chocar con los anillos que llevaba.—La mejor parte es que viene completamente amueblada y de hecho esta decorada con bastante buen gusto. Salvo una enorme estatua de flamenco de porcelana pintada de un rosa chillón espantoso que está junto a la piscina. Haré que la encierren en una bodega y no vuelva a ver la luz del sol. Pero antes tienes que verla, porque juro que es tan fea que te reirás por días—. Finalmente se detuvo frente a la puerta y la abrió con un empujón de su hombro—Bueno, aquí estamos—sonrió, pasando al vestíbulo—Ven, estamos en el segundo piso. La habitación principal está en el primero para tener la vista panorámica de la playa.
“Quince minutos es mucho tiempo para mi, deberías haber pensado en mi bienestar, mujer. Le diré a Yvetta que me traiga algo en avión” bromeó, chasqueando la lengua como si estuviera ofendido por lo que estaba diciendo en ese momento. Le dejó un beso en los labios cuando se acercó a ella, prometiendo que iba a sobrevivir. Iba a comentar algo nuevamente sobre el ejercito, pero decidió callarlo ya que no tenía sentido comentarle esas cosas a Mila. Ella había tenido la suerte de vivir en esa vida de lujos y él no iba a romperle un poco la burbuja en la que había crecido, no era su papel.
“¿Una estatua de flamenco?” preguntó sorprendido, riendo un poco ante lo delirante. “Tal vez, solo tal vez, me guste y la compre para la mansión solo con tal de molestarte” aventuró, divertido mientras le sacaba la maleta de las manos porque era una locura lo que pesaba y no iba a dejar que la llevara.
“¿Ya me vas a llevar a la habitación? Por Dios, Mila, eres una secuestradora”










