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Asintió ante lo que pareció una afirmación planteada por el suizo; porque claro, venía de ahí, sin embargo, la francesa no creció ni se crió en los mejores barrios de la ciudad, tampoco se quejaba, pues su estancia en el otro continente no había sido mala: altos y bajos, como siempre. Su ceja derecha se elevó, analizando el contexto de toda la situación— Sí. En especial porque eso de subirme a un auto no me da buena espina, pero uh, supongo que fui yo quien te buscó, si fueras un secuestrador… La historia sería diferente. Y, vamos, que en las cajas no hay nada de mucho valor. Pañales para adultos, quizá, o preservativos. —mencionó, elevando la comisura izquierda de su boca en una sonrisa casi imperceptible, la cual terminó por extinguirse cuando el siguiente comentario fue planteado— Gracias, Evian. —le dijo con un impecable sarcasmo detallando cada sílaba, frunciendo discretamente sus labios— No sobreestimes los veinte o veintidós centímetros que me llevas. —aseguró un segundo después, ya en un tono más confiado y, tal vez, con matices entretenidos. Luego de entregar las cajas, se acercó para trasladar las que ahí quedaron olvidadas; caminó detrás de su castaño interlocutor— ¿A qué te dedicas, hm? —quiso preguntar con el único objetivo de aplacar ese silencio que de pronto tomó protagonismo.
Una sonrisa se dibujó en su rostro ante la idea de que, por lo menos, la joven era lo suficientemente lista como para no confiar en un desconocido del modo en que todos por allí parecían hacerlo, y es que siempre le resultó un tanto curioso el modo en que todos se fiaban de que trataban con una "buena persona" al encontrarse con él.— Aún así, no puedes descartar nada —opinó, alzando una ceja en tanto le echaba una mirada fugaz.— Quizá sólo me estoy aprovechando de la situación —pronunció, sin intenciones de crear más inseguridad en la muchacha.— ¿Sólo eso? ¿Nada de drogas para la depresión? Me contaron que suelen tener efectos curiosos en quienes no padecen la enfermedad —comentó, todavía con sus labios ligeramente curvados en una tenue sonrisa. Se encontraba entretenido con aquel encuentro, y resultaba evidente.— No hay porqué —le respondió, acentuando la expresión en su rostro, conforme con la reacción de la castaña.— No creo que los esté subestimando —frunció el ceño con ligereza.— Creo que tú los estás sobrestimando si crees que podrías conmigo —la observó arqueando una ceja, preguntándose si aquella "provocación" sería considerada como tal por parte de la castaña.— Uhm, ¿es relevante eso en esta situación? —preguntó, evasivo.— O quizás este es el tipo de excusas que utilizas para hacer nuevos amigos —opinó, únicamente con el deseo de molestarla.
Dio un pequeño paso hacía atrás cuando el castaño abrió la puerta, pero sus ojos fueron al cachorro y se aproximo a este con una notable sonrisa.—Bach. — sentenció, dejando al suizo en segundo plano. Sus manos acariciaron el lomo del pequeño, notando que entre el pelaje nívea sus patas eran oscuras y levanto la mirada hacía el muchacho; — Evian. — soltó de repente, como si hubiera olvidado algo y volviera velozmente. —Supongo que aprovecho tu jardín. —sacudió un poco la cabeza, orgullosa de su perro pero a su vez disgustada porque hacía menos de dos días lo había bañado. No era la primera vez que hacía esto, todavía recordaba cuando ataco sus macetas y dejo los restos de sus flores por la casa, era incontrolable cuando se le daba algo de libertad.—Gracias por no llevarlo a una perrera. —intentó mantenerse seca, el joven no le agradaba, si fuera otra persona hasta llegaría a abrazarlo pero él parecía distante.—¿Podrías bajarlo? Quiero ponerle la correa.
Cualquier rastro de seriedad en su expresión consiguió desaparecer ante la mención de su nombre, siendo reemplazada por una sonrisa que no logró lucir sincera.— ¿Supones? —preguntó, casi como un reproche, mientras accedía al pedido de la joven y dejaba al canino sobre sus cuatro patas, las que pronto terminaron por ser únicamente dos, pues comenzó a saltar un tanto emocionado por la presencia de su dueña.— ¿Puedo preguntar con qué lo alimentas? Su energía no parece ser capaz de desaparecer jamás —opinó, observando al animal.— Y no tienes que agradacerme; pero sí podrías comenzar a comentarme de qué manera piensas reponer el daño que tu adorable mascota ha provocado en mi jardín delantero —respondió.
La fémina al ver que el muchacho no había respetado el previo aviso que ella misma se había tomado el tiempo de darle; soltó la copa con cierta violencia sobre la barra y se volteó a la figura masculina, agarrándolo de la camisa que llevaba puesta el mismo con fuerza.— ¿No entiendes lo que es está ocupado, pedazo de mierda? —Preguntó lo suficientemente fuerte como para que las personas que se encontraban a su al rededor la escucharan, y luego soltó con brusquedad la pulcra camisa que llevaba puesta el hombre; ahora con un par de arrugas.
La comisura de sus labios se alzó en un gesto que demostraba lo típica y ridícula que encontraba la actitud de la fémina, rescatando el vaso que el bartender acababa de servirle para beberse su contenido de un solo trago, para luego indicarle que le sirviera otro. Optando entonces por alzarse en toda su estatura, enfrentó el cuerpo de la fémina, colocándose ligeramente junto a su posición.— Ten cuidado con lo que haces, bonita —casi susurró, sin despegar su mirada de la ajena.— No estás en el chiquero en el que seguramente te han coronado reina —pronunció, haciendo referencia a la vulgaridad que sentía palpable en cada acción y palabra que abandonaba los labios ajenos. Acto seguido, rescató el vaso que el bartender acababa de servirle, y se dispuso a alejarse de la figura femenina.
Evian.
Después de una extensa conversación por teléfono, la americana salió de su hogar. Con una correa enrollada y oculta en mano, camino por un sendero marcado mentalmente, recordando la dirección dicha por suizo. Sabía que tarde o temprano alguien iba a llamarla, ya que Bach tenía un llamativo collar con indicaciones por si se perdía, jamás creyó que eso algún día pasaría. La grandiosa idea de soltarlo en el parque acabó con la americana recorriendo cada rincón del espacio verde, preguntando por él a toda la gente que pasaba por allí y al cabo de una hora decidió esperar a que alguien la llame. No le agradaba la idea de que él lo haya encontrado, no después de su actitud y raro no le parecía que ella tenga que ir, vago pensó al instante. Analizó el número de la calle y luego el de su casa, bastante pintoresca y agradable a la vista; todo lo contrario al dueño. Toco el timbre un par de veces y se cruzó de brazos en esperaba, mientras un hormigueó de ansiedad nacía por toda su complexión.
Aquél demonio en cuatro patas había conseguido colarse en su hogar en un descuido de la empleada, y sin que ésta se percatase en lo absoluto del pequeño cachorro con complejo de topo que acababa de permitir que ingresase en su propiedad. En un tiempo récord, el animal había conseguido decorar su jardín delantero con un millón de hoyos, ocasionando que el suizo estuviese a un paso de perder por completo su paciencia. "Sólo es un cachorro" le dijo Greta, enternecida por la innegable belleza de ese animal al que él observaba como si fuese una abominación; "Y parece que tiene dueña" había agregado más tarde, ocasionando que sus planes de dejar al cachorro en la calle cambiasen instantáneamente. ¿Por qué dejarlo ir como si nada cuando podía reclamarle a su dueña por los desastres que su adorada mascota había ocasionado en menos de quince minutos? Con el cachorro elevado en el aire a la altura de su cabeza, sostenido únicamente por el agarre de su mano (que cubría su pecho y abdomen casi por completo), el suizo observaba atentamente los oscuros ojos de aquel que no hacía más que intentar morder sus dedos, en lo que parecía ser un gesto juguetón. El sonido de su timbre interrumpió cualquier intento de ocasionar en el animal el miedo que su mirada deseaba (inútilmente) provocar; parecía ser cierto que los cachorros percibían cuando alguien era una amenaza y cuando no. Se encaminó hacia la puerta a un paso tranquilo, anunciando a Greta que él recibiría a su visitante, y percatándose de cargar consigo a aquel que había sido bautizado bajo un nombre que, suponía, había sido inspirando en el gran Johann Sebastian.— Ophelia —saludó, con una tenue y poco confiable sonrisa dibujándose sobre su rostro.
La rubia se movió automáticamente hacia el escritorio de la recepción, colocándose detrás de este para revisar cada uno de los libros. Frunció suavemente el gesto y regresó la mirada hacia el hombre que se encontraba frente a ella. “Oh, en realidad, no sé qué hacer en este caso.” Comentó algo apenada y volvió a bajar la mirada, los libros se encontraban en excelentes condiciones. “Estos libros fueron retirados antes que yo comenzara a trabajar aquí.” Pausó y elevó nuevamente los ojos hasta los azules del contrario. “No tiene que pagar nada.” Decidió y abrió uno de los cajones del escritorio, buscando el nombre que el hombre había mencionado y sacando la tarjeta que contenía todos los libros que el hombre había sacado. “Tienes que firmar en al lado de los que acabas de devolver y listo.” Le explicó, dándole la tarjeta y entregándole segundos después un bolígrafo.
Guardó silencio por tanto como le llevó a la joven el ponerse al tanto de lo que sucedía con el caso que acababa de plantearle, deduciendo que, por las facciones juveniles del rostro de la fémina, era probable que ella ni siquiera contase con la edad suficiente para llevar un trabajo como aquel para el momento en que su hermano tramitó el préstamo de aquellos libros.— Pude imaginar algo como eso —admitió, permitiendo que sus inquietos dedos tamborilearan sobre la mesa del escritorio, esperando hasta que la joven acabase de ordenarse.— ¿Sólo trabajas aquí, o eres dueña de este lugar? —inquirió, y es que tomar la decisión de no pedirle ni un centavo aún pese al enorme retraso que había tenido en devolver aquellos libros, consiguió que fuese inevitable aquella duda se formase en su mente. Su mirada viajó desde el rostro de la joven hacia el bolígrafo que le extendía, sin tardar en tomar el mismo para disponerse a cumplir con aquello que ella le indicaba.
Enarcó su ceja derecha, desviando su clara mirada hasta las cajas que reposaban como testigos estáticos. El desconocido guardaba un punto, sin embargo, distaba de ser algo realmente preocupante— A favor de la ciudad, debo decir que la he visto tranquila en comparación a Paris, pero no, jamás hay que fiarse de las personas. —creyó imprescindible añadir, mordisqueando el interior de su mejilla antes de proseguir— Si estas cajas fueran realmente importantes para mí, no le pediría a cualquiera este favor, lo admito. —nuevamente, sus ojos buscaron los opuestos de parecido color, delineando sus facciones con una delicada sonrisa pasajera. —Danaë, un gusto. —una ironía implícita podía sentirse en su timbre de voz, mas no fue intencional, simplemente lo largó natural. A continuación, elevó la comisura derecha de su boca, impulso que ocasionó el comentario planteado; no era primera vez que alguien había mencionado algo similar. Y es que era cierto, quizá una parte de su personalidad, le agradaba mandar: y, por ello, terminaba en discusiones con sus compañeros de trabajo— Me disculparé por eso solamente porque no te conozco, pero sí, usualmente la gente me lo dice. Creo que lo heredé de mi padre: un profesor bastante estricto. O eso contaban sus alumnos. —se desplazó hacia las cajas amontonadas, seleccionando tres para llevarlas hasta el suizo— Merci beaucoup.
—París, ¿eh? —repitió para sí mismo, tratando de invocar en su mente cualquier recuerdo sobre aquella ciudad que aún fuese conservado por su memoria. Era imposible conocer demasiado sobre los problemas de cada lugar que visitaba, sobre todo cuando sólo se pasaba allí una pequeña temporada. Además, dudaba que un problema como el planteado por la joven fuese demasiado evidente en alguno de los sitios normalmente destinados a recibir a la gran masa de turistas que aparecía año tras año.— Entonces admites que estás siendo un poco irresponsable al confiar en mí —comentó, dejando que su mirada recorriera el sitio en donde se encontraban aquellas cajas con las que la castaña necesitaba un poco de ayuda.— La diferencia está en que en este caso, tú te ves más como la alumna de los dos —pronunció, con el único propósito de hacer referencia a la pequeña contextura de la castaña. Aún sin conocerla en lo más mínimo, no se encontraría sorprendido si la joven resultaba ser una de aquellas mujeres físicamente pequeñas pero con un temperamento que las hacía sonar gigantes.— Mi francés está un poco oxidado —se excusó, aceptando las cajas que la joven le ofrecía para luego comenzar a encaminarse en dirección a su coche.
—Diez de diez, veinte de veinte, cien de cien — respondió tras un momento de estar en silencio, queriendo dejar en claro que siempre le otorgaría todos los puntos positivos, pese a que estuviera exagerando la situación. ¿Qué podía decir? Tampoco se consideraba una experta en lo que a alimentos se refería, pues la mayoría del tiempo recurría a la comida congelada que compraba los fines de semana, o cuando contaba con el tiempo suficiente como para darse una vuelta por el supermercado. Entonces sí, la comida de la cafetería era sumamente deliciosa si comparaba todo lo que consumía cuando se encontraba en casa (que por lo general era muy poco tiempo, pues de eso se había encargado ella misma). —Siempre será la calificación más alta, te lo aseguro — añadió, solamente por si no había quedado claro con anterioridad.
Giró el rostro con delicadeza, permitiendo que sus orbes recorrieran las facciones ajenas durante una mínima fracción de segundo, esperando de dicha forma obtener la información necesaria para saber si le conocía de algo o si era la primera vez que entablaban una conversación. Dibujó una pequeña sonrisa de satisfacción en sus labios, inmediatamente percatándose de que su memoria funcionaba de maravilla. —Por supuesto que no, ¿por quién me tomas? — el tono empleado para formular la cuestión le dejaba bien en claro que se encontraba ofendida, pero el tinte bañando sus facciones indicaba todo lo contrario. —¿Te ha gustado el trato que te ha brindado el hospital y quieres regresar? — ladeó el rostro, pestañeando un par de veces. —O, quizá, te enamorarás de la comida y no te vas a querer ir. Entonces harás todo lo posible para convertirte nuevamente en un paciente — asintió, como si se encontrase hablando totalmente en serio. —Evian, ¿cierto? — pese a que no estaba del todo segura, algo le decía que tampoco se encontraba muy alejada del verdadero nombre de aquella figura masculina.
—¿Mejor que en Blake's Place? —alzó las cejas, y sabía perfectamente que se estaba pasando un poco con tantas preguntas sin sentido. Había esperado que la conversación finalizara en cuanto la enfermera le diera su opinión, y sin embargo allí se encontraba, interrogándola más y más como si contara con tiempo de sobra para desperdiciarlo de aquel modo.— Estás poniendo en riesgo tu puesto de crítica gastronómica —comentó, desviando su mirada para inspeccionar el lugar en el que se encontraban, como si con aquello pudiese descubrir inmediatamente si la fémina decía la verdad o no. La sonrisa de la joven supo recibirlo en cuanto regresó su mirada a ella, consiguiendo que se preguntase si había hecho o dicho algo para que llevara aquella expresión sobre su rostro.— Una enfermera experta en mala praxis —arqueó una de sus cejas, entrecerrando levemente sus párpados para observar a la enfermera, aún cuando nada en ella le hacía sospechar que sus palabras estuvieran siquiera cercanas a la realidad.
Al escuchar el comentario de la fémina, su mirada volvió a perderse lejos de ella por un pequeño momento, un inútil intento por no dejar que aquella sonrisa que deseaba extenderse por su rostro finalmente consiguiera su cometido. Complacido y presumido, volvió a posar su mirada sobre la ajena, con rastros de aquella sonrisa todavía curvando con ligereza sus labios.— La verdad es que tu trabajo no me dejó del todo satisfecho la última vez... Siempre sospeché que mi experiencia con alguna enfermera sería diferente —pronunció, sin esperar o desear que la joven comprendiera el sutil doble sentido que envolvía a cada una sus palabras.— Quizá sólo esté planeando darte una nueva oportunidad —respondió, elevando sus cejas.— Sí, tú eres Murphy, ¿verdad? —aunque no se arriesgaría si no estuviese por completo seguro de que aquel había sido el nombre con el que la joven le había indicado que debía dirigirse a ella.— ¿Serás testigo de mi intoxicación, o prefieres fingir que nunca tuvimos este encuentro? —inquirió, haciéndole una indirecta invitación a que se uniese a él en aquella comida.
La americana regresaba a su departamento luego de hacer sus compras en el supermercado. Con ambas manos cargadas de bolsas caminaba rápido, ya que temía que se le cayeran o se rompieran en el proceso (varias veces se encontró con aquellos accidentes) sin embargo un pequeño detalle le llamo la atención y no pudo evitar dejarlo pasar;—¡Hey! — chistó, deteniendo sus pasos y dejando las cargas en el suelo. Con o sin bolsas no iba a correr hasta una persona y menos si no le beneficiaba. —Se te cayó dinero del bolsillo. — e hizo aún lado una de las bolsas, pues estaba segura que con el viento su advertencia quedaría nula y con el mentón los apunto. — Yo que tú los tomaría rápido antes de que me arrepienta. —bromeaba obviamente, no tenía intenciones de quedarse con algo que no era suyo, sólo quería ir a su casa.
Concentrado en enviarle un mensaje de texto a uno de sus socios, el suizo no había podido percatarse de aquello que una joven desconocida le hacía saber. Su mirada se dirigió hacia el sitio al que la fémina apuntaba, observando los billetes que por causa del mismo movimiento que lo había llevado a retirar su celular del bolsillo (suponía) habían ido a parar el suelo. Con la pereza siendo evidente en cada movimiento realizado, se volteó para enfrentar a la figura femenina con sus cejas levemente alzadas.— Te agradezco. ¿Podrías alcanzármelo? —inquirió, por un momento desviando su mirada para enfocarla una vez más en su móvil, terminando de escribir el mensaje de texto que se había encontrado escribiendo para el momento en que la castaña decidió advertirle sobre su descuido. Era notable lo poco que le importaba si dichos billetes terminaban siendo arrastrados por el viento hacia cualquier otro sitio, o si la misma joven decidía tomarlos e huir con ellos; la idea de conservar la comodidad de no hacer nada para recuperarlos se le antojaba mil veces más tentadora.
Estaba terminando de acomodar algunos libros en uno de los tantos estantes de la pequeña librería, cuando escuchó la campana de la puerta sonar. Solo podía significar una cosa, un cliente había entrado. Los días en la librería no eran muy movidos, la gente iba y venía. Algunos entregaban libros y otros los buscaban, pero no muchos se quedaban ahí adentro, por ende Sky pasaba la mayor parte del día sola organizando los libros. Dejó dos libros sobre el carrito y movió su delgado cuerpo entre los estantes, para asomar la cabeza, observando a la persona que acaba a de entrar. “Buenas, ¿le puedo ayudar en algo?” Ofreció gentilmente con una delicada sonrisa en los labios.
El suizo había ingresado en la biblioteca con tres libros bajo su brazo, mismos que Greta había insistido que devolviera en la biblioteca de la cual habían sido retirados, en lugar de romperlos, tirarlos, o quemarlos como él había sugerido en más de una ocasión. Los libros eran aquellos que su hermano había retirado tiempo antes de su fallecimiento, razón por la que llevaban largos años olvidados en algún rincón de su casa, y nadie se había molestado en regresarlos. ¿Acaso no daba igual si los quemaba o tiraba, puesto que nadie se había tomado el trabajo de reclamarlos? Probablemente hasta habían olvidado su existencia. Y sin embargo, ahí se encontraba él; ahorrándole algunos minutos a su empleada porque la misma tenía demasiado trabajo como para realizar aquella tarea, y ese puesto que acababa de abrir para contratar a un nuevo empleado doméstico todavía no había sido ocupado. Sin explicar lo que, seguramente, resultaba evidente, dejó la pila de libros sobre el escritorio de la recepción.— Fueron retirados a nombre de Aizen Eberhart, hace más tiempo del que creo permitido. ¿Se supone que debo pagar algo por la tardanza? —consultó, y sus pocas ganas de encontrarse en ese lugar resultaban evidentes en cada palabra pronunciada.
“No” Espetó la fémina con su vista fijada en aquella estantería llena de botellas de diferentes colores y tamaños que estaba frente a la barra en la cual estaba sentada. Había notado por su rabillo del ojo a una persona intentando sentarse en la banqueta que estaba a la par de la de ella. “Está ocupado” Excusó (mintiendo, obviamente) para luego llevar su copa de vino para mojar sus labios en aquel líquido avioletado. ¿Tan difícil era tener un poco de privacidad?
Su mirada se detuvo en la fémina por apenas unos segundos en cuanto escuchó las palabras que brotaban de de sus labios; aún así, y como si no hubiese dicho absolutamente nada, en cuanto el bartender se acercó hacia ellos con intenciones de tomar su pedido, el suizo se encargó de pronunciar con tranquilidad:--- Un vodka tonic con limón ---solicitó con una amabilidad desacostumbrada, aún cuando se olvidó del tan importante "por favor".
Murphy, por lo general, era una mujer con una paciencia extraordinaria. Sin embargo, la energía que poseía una de las enfermeras de nuevo ingreso comenzaba a irritarla de una manera sumamente peligrosa. Fue Valarie la encargada de darle el recorrido obligatorio, ponerla al tanto de unas cuantas tareas que más adelante estarían bajo su cargo y, además, tuvo que escuchar el sinfín de comentarios salidos de entre sus labios. Era cierto que la comprendía de cierta forma, pues alguna vez estuvo en su lugar y, quizá, mostró la misma reacción para la persona que le habían asignado a ella en aquel entonces. Una vez terminado todo, la enfermera se despidió con la excusa de que tenía que revisar unos cuantos detalles respecto a un paciente que había ingresado recientemente. No era del todo verdad, pero tampoco era del todo mentira. Fue una fugaz visita al señor Jacobson antes de, como era costumbre a aquella hora, buscar el camino directo a la cafetería.
Una vez ingresó a dicho lugar, alzó la mano y dedicó un par de sonrisas en dirección a unos cuantos compañeros que se encontraban en su descanso. Jane, la encargada del comedor en aquel turno, la recibió con una gran anécdota que involucraba a su esposo y a sus tres hijos. Valarie, por su parte, la encontró tan graciosa que tuvo que obligarse a sí misma a no seguir riendo, pues a la larga resultaba sumamente doloroso. Cuando logró escuchar a la voz masculina, un atisbo de sonrisa todavía se podía apreciar en sus facciones. —Yo diría que un nueve, porque probablemente sería sumamente exagerado si le doy un diez; aunque, si me lo preguntas fuera de aquí, entonces te diría que realmente es un diez — posiblemente aquello tenía que ver mucho con que se llevara muy bien con la mujer que se encontraba en aquel turno. —Pero, sin duda alguna, no te arrepentirás —.
No era como si acabara de pedir la opinión de un profesional gastronómico (no era como si él lo fuese tampoco), o de alguien que, en su defecto, tuviese una clara idea de cuales eran sus gustos, preferencias y exigencias en cuanto a la comida. Estaba seguro de que allí no presumían de la cocina más sofisticada de la ciudad, o de los chefs más afamados, pero ¿qué tan malo podía ser? Dudaba que peor que esa comida con la que uno de sus amigos solía recibirlos en su casa, aquella proveniente de la casa de comida rápida de peor calidad en todo el país (según creía).— ¿Diez de diez, diez de viente, diez de cien...? —inquirió, pues aquel detalle era uno importante. Y pese a esa pregunta, estaba seguro de que la respuesta de la fémina sería la primer opción que le había sugerido, pues se veía bastante convencida de la calidad de comida que se servía en aquel lugar.
Su mirada se posó sobre el rostro de la joven, y con la rapidez de quien se jacta de una buena memoria, supo reconocer de quien se trataba.— Imagino que no deseas hacerme caer en una trampa que me provoque la intoxicación del siglo y me convierta automáticamente en tu paciente —una vez más. Pero aquello decidió guardárselo para sí mismo, optando por no correr el riesgo de que la mujer no lo reconociera tanto como él la reconocía a ella. Recordaba a la fémina siendo su enfermera en una situación sucedida un par de años atrás, una en la que no podía pasearse tan cómodamente sobre sus dos piernas por todo el hospital como lo hacía en aquella ocasión. Si ella lo reconocía a él... Eso parecía ser un poco más difícil, puesto que estaba seguro de que, a diferencia de él, que pocas veces tenía oportunidad de tratar con alguna enfermera, la joven de cabello platinado había tratado con cientos de pacientes en todo el tiempo que llevaban sin verse. Le hubiese encantado jurarse inolvidable (principalmente, por esa actitud de gruñón y mimado que lo había convertido, seguramente, en un paciente insoportable), pero lo cierto era que no lo creía de de ese modo.
Y yo hablaba de que puede moverse con los días—respondió de vuelta, quizá, sólo quizá, haciéndose la idiota con el camino que buscaba encontrar el dueño de ojos azules— ¿No lo crees? Mi torpeza y yo nos sentimos muy subestimadas. —soltó, con las esquinas de su boca dibujando una exagerada sonrisa, delatadora de qué tipo de comentario era aquel, igual de sarcástico que casi toda oración salida de ella— Oh, una lástima que no he tenido el honor de conocer esa cara, eh. —susurró, bajando su mirada sus botas y, al finalmente consumido cigarro que terminó siendo pisoteado por una de éstas. Alzó la mirada, negando con suavidad ante la interrogante— Me gustaría decir lo mismo—pronunció, pero aquel rostro resultaba ajeno a sus escasas memorias dentro de la ciudad —, ¿frecuentas muchos los bares? —inquirió de pronto, expectante de respuesta — Pero no, afortunadamente no lo hago, y tampoco soy de aquí, uh, algo así como turista. —sus dientes caminaron sobre su propio labio superior mordisqueando éste con una distracción inevitable— ¿Tú? ¿Mucho tiempo por aquí? —cuestionó, buscando y pensando que tal vez el hombre podía ser útil para sus dilemas.
Entrecerró sus ojos en un gesto que no buscó pasar desapercibido, con las comisuras de sus labios ligeramente elevadas en lo que parecía ser una tenue y casi imperceptible sonrisa (y lo era).— Es una idea temporal... Deja que te conozca un poco más —respondió, fingiendo ignorar por completo el obvio sarcasmo utilizado por la joven de ojos azules.— Tiempo, eso es todo lo que necesitas —aseguró, porque parecía dispuesto a responder a cada palabra que abandonara los labios ajenos como si creyese que eran pronunciadas con completa seriedad.— Quizá tienes un rostro muy común —opinó, y en aquel momento su tenue sonrisa se hizo un poco más notable. Era consciente de que acababa de decir una gran mentira.— Y no, no frecuento muchos bares, pero me pareció más probable que te hubiese visto allí que en algún otro lugar —y las razones permanecían desconocidas para el suizo.— ¿Por qué "afortunadamente no"? —inquirió, ahora por simple curiosidad.— Y yo, sí. Mucho más tiempo del que me gustaría —pronunció, y era casi imposible evitar que la frase terminase de aquel modo cuando pensaba en la cantidad de años que llevaba lejos de su tan amada Suiza.
Bufó, con el entrecejo sutilmente fruncido— Tal vez sean diez. Y no es que no quiera hacer dos viajes. Es que esta farmacia cierra y no puedo dejar la mitad de las cajas aquí solas. —explicó, cruzando sus brazos; ella no debía dar razones para lo que hacía o dejaba de hacer, sin embargo, el hombre seguramente accedería a su petición, o esperaba— Aunque gracias por darle una vuelta más al asunto y pensarlo. —tal vez, en una situación distinta, las discusiones formarían parte de la conversación, pues la francesa se molestaba con facilidad. Chasqueó su lengua, prestando minuciosa atención a las palabras contrarias. ¿Automóvil? Derecho total tenía a desconfiar, pero ella misma fue quien había interrumpido el objetivo de aquel desconocido— Está bien. Gracias…, uh, ¿cuál es tu nombre? —se dio la confianza de preguntar, caminando hacia el sector donde las cajas estaban ubicadas— ¿Las llevamos a tu auto o…? —una pregunta de trató de sonar natural, si embargo, seguía un tanto confusa por el cambio de parecer que tuvo el castaño.
Frunció los labios. La castaña había encontrado un pequeño fallo en ese juego de teorías que había comenzado únicamente con el deseo de insinuar que la joven era una holgazana. Sus razones eran más que válidas para que el castaño pudiese declararla inocente de aquella acusación.— ¿No confías en que los honestos ciudadanos de Bellevue jamás cometerían un crimen semejante al de robarse un par de cajas de contenido desconocido? —arqueó una ceja. Y la verdad es que no, él no consideraba que pudiera confiarse en los ciudadanos de Bellevue con algo como aquello.— A veces no puedo evitar cuestionar las intenciones de la gente —ladeó el rostro, entrecerrando sus párpados apenas un ápice para observar a la fémina.— Mi nombre es Evian, ¿y el tuyo? —inquirió, y no planeaba moverse de su lugar hasta que oyó a la joven hablando en plural sobre la tarea de llevar las cajas hacia el auto. Se encaminó detrás de ella, a un paso tranquilo y casi perezoso.— Desde que nos hemos conocido parece que no me dejas más alternativa que la de ayudarte en lo que requieras —comentó, y aún cuando no había nada en él que demostrara aquello, se encontraba en cierta parte entretenido por la actitud de la castaña.
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Con un enorme ramo de rosas rojas en sus manos y una tarjeta de "recupérate pronto", el suizo se había propuesto a ingresar en el hospital con un propósito que cualquiera podría haber imaginado que tenía que ver con transmitir fuerzas a algún ser querido que se encontrase visitando en aquella jornada. A decir verdad, lo suyo no era más que una burla y un modo de irritar a uno de sus mejores amigos, que por un accidente en su motocicleta ahora se perdía de una fiesta que él mismo había organizado en su propia casa, y que tanto el suizo como el resto de sus amigos habían decidido mantener en pie pese al accidente del anfitrión.
Aquella tarea lo había mantenido apenas una media hora en la sala de hospital donde se hospedaba el muchacho, pero su horario se encontraba tan ajustado que aquellos pocos minutos eran más que suficientes para llevarlo a decidir improvisar una cena en la cafetería del hospital. Al encontrarse un poco desconfiado sobre la calidad de la comida que se servía en dicho lugar, decidió acercarse hasta una de las enfermeras con una pregunta que poco tenía que ver con su trabajo, encontrándola de espaldas a su posición.— ¿Qué calificación le darías a la comida de la cafetería? Puedes considerarlo una pregunta de suma urgencia —pronunció con tranquilidad, inspeccionando a la joven de manera expectante y con cierto interés.