Embajador de la prudencia, luego de echar un raudo vistazo por encima del hombro, dejó caer los brunos iris sobre su acompañante. “Nos encontramos en cuarenta minutos fuera del edificio Boreman, ¿bien?” remachó entusiasmado. Su único anhelo era desligarse de las obligaciones académicas al menos durante una miserable y nefasta hora. “Intenta que nadie se entere” pedigüeñas, las palabras florecieron.












