—Gladion, SABES BIEN QUE NUNCA ME ACUERDO DE LOS MAPAS.—Replicó, molesta.
¿Por qué él? De todos los magos del reino, seguía sin entender muy bien por qué tuvo que elegir a Gladion. En el fondo quizá quería volver a verle de nuevo… O simplemente era porque él era el único que jugueteaba con magia prohibida que no tenía nada mejor que hacer. Cyros parecía contento de verlos juntos de nuevo, así que por lo menos había alguien feliz.
La joven era una guerrera de mucho renombre hasta que se separaron. A pesar de su corta edad luchaba mejor que nadie, además que poseía una de las espadas legendarias. Parecía una espada normal, pero ardía a voluntad de la castaña. Poca gente creía en la existencia de esas armas, y se rumoreaba que Gladion se la consiguió con magia negra. Por supuesto era mentira. La historia de cómo la consiguió era casi peor.
Solo un unicornio, y serían ricos. No debía ser tan difícil. Atenea había trabajado este tiempo mayormente derrotando monstruos, esto era como un juego de niños. Pero claro, lo difícil era encontrarlo.
—¿Rurktown? La conozco. No es muy segura, hay muchos ladrones y gente sospechosa. No me fío mucho de tus contactos, pero supongo que no me queda otra.—Comentó, finalizando con un suspiro.
Tras un buen rato andando acompañados por un incómodo silencio, llegaron a la susodicha aldea. Atenea puso instintivamente una mano en el mango de su espada, que llevaba en su cinturón.
—¿Dónde decías que estaba tu contacto?
Por suerte el camino fue silencioso, Gladion no tenía ganas de hablar. Solo Cyros parecía estar contento, era como si no notase la tensión entre la guerrera y el mago. Quizás le daba igual. El caso es que nadie habló.
Su destino era Rurktown, un sitio con muy mala reputación. Allí era donde se llevaban acabo los trueques ilegales, los negocios sucios y la venta de objetos robados. Básicamente; no era el mejor sitio para pasar el rato. Siempre tenías que llevar algo encima que te asegurase tu seguridad, pues nunca sabías cuando alguien podía aparecer detrás tuya y quitarte todo lo que llevases.
La pequeña ciudad estaba rodeada por pasto y árboles muertos, y muchos de los adoquines de los caminos estaban salidos. Las calles eran oscuras y estrechas; las casas tenían las ventanas rotas y a los tejados les faltaban algunas tejas; y casi todas las tiendas tenían los escaparates rotos. No se veía mucha gente andando, pero las pocas personas que había no inspiraban ninguna confianza. En un momento incluso vieron como pasaba un hombre corriendo que iba cargado de cachivaches, seguramente robados. Por suerte (o por desgracia) el mago se conocía la cuidad perfectamente.
Gladion suspiró. La castaña se le hacía exasperante.
— No te llegué a decir dónde estaba. — Respondió fríamente.
Intentó tranquilizarse. Iba a ser un viaje muy largo.
— Te voy a decir un par de cosas. Uno: ¿Ves esa taberna de allí? La que tiene el cartel caído. Pues vamos ahí. Dos: No mires a nadie a los ojos, no hables con nadie y si aprecias tu vida no tropieces ni toques a nadie. Ah, y no saques tu espada, pero no la pierdas de vista. Cyros, — se dirigió al animal — quédate aquí, será más seguro. Si ha pasado una hora y no hemos vuelto entra a por nosotros.
Sabía de sobra que, aunque parecía algo disconforme con el plan, Cyros haría lo que se le había pedido. Además era un buen guardaespaldas, tenía una fuerza bestial, pero también perdía el control fácilmente (por lo que no sería buena idea que entrase con ellos).
Gladion se puso la capucha de su túnica (había gente por ahí que le guardaba cierto rencor) y entraron en el tugurio. Era un sitio de mala muerte, las mesas y las sillas, algunas tiradas por el suelo, estaban viejas; y a la barra le faltaba una esquina. Había varias personas peleándose, y un par de camareras servían bebida a los espectadores. Muchas mesas estaban ocupadas por personas que parecían comerciar con mercancía ilegal (en una de las mesas parecían estar subastando huevos de dragón, lo cual estaba penado con la muerte) y casi nadie dentro del establecimiento mostraba la cara.
No le costó mucho encontrar a su contacto. Estaba sentado, solo, al fondo del local; era un hombre más grande que Atenea, Gladion y Cyros juntos, e iba vestido con una armadura de color negro, pero se había quitado el casco. Nadie de allí tendría el valor de hacerle nada, era realmente temido. Tenía cara de pocos amigos.
— Por aquí Atenea. — La cogió de la mano para evitar que hiciese nada raro, no se fiaba nada de ella (sabía que la liaría tarde o temprano), y la guió hacia su contacto.
“Vaya, vaya... Pensé que no vendrías Gladion”- Dijo el cuasi-gigante. -”No sé por qué quieres un unicornio, pero seguro que para nada bueno. De todas formas tengo toda la información que necesitas, espero que me hayas traído algo bueno a cambio de ella...”
El mago se quedó en shock. No habían hablado nada de hacer un intercambio. Tenía que haberlo supuesto. Al guerrero no le gustaban los artilugios mágicos, y Gladion no llevaba nada más encima. No podían darle la espada de Atenea y ni mencionar a Cyros. Se pensó mucho la respuesta. Muchos de los hombres que estaban en el establecimiento intentarían matarles antes de ponerle la mano encima a aquel hombre, pues era quién sabía dónde conseguir cualquier cosa y además era el mejor asesino a sueldo que había pisado Rurktown. Mucha gente solía requerir de sus servicios.
— Mira Knight, — Así era como se le llamaba — he hecho un millón de cosas por ti antes. ¿No podrías hacerme este favor?
“Eso significa que no tienes nada, ¿no?”-Respondió Knight, fulminándole con la mirada. “Bien sabes que yo no doy nada de gratis. ¿Qué te parece si... -Miró a Atenea de una forma extraña. - me das a la chica? Seguro que no es nada comparado con lo que conseguirás con el unicornio. Y seguro que se lo pasa mejor conmigo...”. Ofertó, terminando con una risa.
— Buen intento, pero no está a la venta. — El contrario le miró mal, no estaba acostumbrado a que le negasen lo que pedía.
Gladion solo esperó que Atenea no dijese nada, o acabarían en serios problemas.