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It's not finished yet (details are missing) but I wanted to upload it JSJSJJ.
I was going to do more drawings of Jeff but I only wear this xdd
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The Ruin of the Kingdom (AU)
👀Something very strange is happening here
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thinking about that era people call the wild west of the internet -> thinking about dutch going from open source free software evangelist to a modern tech bro (sprinkle some cybercrime along the way) -> realize this au will never work because half these people would die sitting in front of a computer for several hours -> here's arthur playing oregon trail on a macintosh classic
Viaje en el tiempo(10)
Evelyn Marston creció entre silencios: un apellido borrado, fotografías escondidas, cartas que hablaban de tragedias antiguas. Nunca imaginó que las respuestas dormirían en un artefacto capaz de arrancarla de su tiempo y arrojarla al corazón del lejano 1899.
Allí, rodeada por forajidos y secretos, encuentra a Arthur Morgan, un hombre que no debería conocer… pero que está ligado a su sangre.
Mientras intenta sobrevivir en un mundo que no es el suyo, Evelyn descubre una verdad que la persigue con cada paso:
No es una visitante. Es un punto de quiebre. Un desvío en la historia.
Y aunque intente no alterar nada… el destino ya ha empezado a moverse alrededor de ella.
Cada cambio tiene un costo. Y algunos costos… son demasiado altos.
Toda acción, tiene una consecuencia...
Habían pasado varios días desde lo que paso con Mary Linton. Días algo extraños pero tranquilos con las chicas. Arthur parecía estar haciéndose el fuerte, siempre ocupando el tiempo en ayudar en cualquier tarea que lo mantuviera lejos de si mismo: ayudar trayendo suministros, medicina, revisar las armas, los caballos, incluso salió con John a una misión. Que Evelyn recordara, los dos tenían una relación "tensa" desde que llego.
El campamento seguía su rutina tranquila. Alguna que otra discusión por alguna tontería, escapar de algunas tareas de vez en cuando, estar todos en la noche frente a la fogata riendo por alguna historia. Todo iba genial.
Hasta que trajeron a Micah Bell.
Lo habían rescatado hacía apenas un par de días. Arthur había llegado con él cubierto de polvo y de mal humor, sin dar muchos detalles. Bastó ver a Micah sonreír enseñando los dientes para que Evelyn sintiera que algo se le apretaba en el estómago.
No sabía por qué, pero cada vez que Micah pasaba cerca, el aire se volvía más pesado, como si su mera presencia empujara una sombra sobre el campamento.
Arthur tampoco estaba contento. No hacía falta conocerlo demasiado para notarlo. Apenas miraba a Micah cuando hablaba, lo evitaba, respondía seco… con esa hostilidad sorda que Evelyn ya reconocía como señal de peligro.
Y aun así, Dutch lo recibió con exagerada calidez. Demasiada.
.
.
.
Esa mañana, Evelyn estaba ayudándole a Pearson a picar la verdura para el estofado del día, cuando escucho pasos rápidos, seguido de voces elevadas y el inconfundible tono de Dutch al estar en uno de sus discursos, le recordaban a los políticos de su época...
Vio a Arthur cruzar el campamento con el ceño fruncido, dirigiéndose hacia donde estaba ella, al estar cerca solo miraba hacia su costado, sin verla a los ojos.
—¿Todo bien? —preguntó Evelyn, limpiándose las manos en el delantal del mandil—. Te ves… molesto.
Arthur lanzó un gruñido breve, uno de esos que significaban “no quiero hablar pero sí quiero que notes que estoy molesto”.
—Dutch quiere hablar contigo —soltó finalmente, distraído, sin mirarla del todo—. Dice que te esta esperando en su tienda.
—¿Conmigo? ¿Por qué?
Arthur se encogió de hombros, pero la tensión en su mandíbula lo delato.
—Dice que te has integrado bien. Que eres… —buscó la palabra, arrugando la frente— …“interesante”.
El tono en que lo dijo no era cumplido. Era advertencia.
—¿Y eso te parece malo? —preguntó Evelyn suavemente.
Arthur dudó. Miró hacia un costado, donde Micah conversaba en voz baja con Dutch, demasiado cerca, y con una sonrisa que le recordaba a una culebra o víbora o cualquier cosa que fuera peligrosa.
—Creo que alguien anda llenándole la cabeza de cosas —murmuró Arthur—. Y parece que Dutch esta muy atento a todo lo que le dicen, parece... algo paranoico.
Evelyn siguió su mirada. Micah levantó los ojos justo en ese momento y le dedicó una sonrisa que no tenía nada de amable.
Ella trago saliva incomoda. Aparto la vista.
Arthur lo notó.
—No confíes en ese cabrón —dijo Arthur, sin rodeos—. Ni un poquito.
La joven asintió.
No hacía falta advertírselo: cada vez que veía a Micah, su intuición rugía como un animal acorralado.
—Voy a hablar con Dutch —dijo ella, respirando hondo.
El chasqueó la lengua, aun molesto.
—Ten cuidado, ¿sí?
Ella sonrió un poco, intentando aligerar el ambiente.
—Siempre tengo cuidado.
Arthur bufó.
—No lo suficiente…
**
Dutch la llamó con un gesto amplio, casi exagerado, como si estuviera invitando a una velada agradable y no a un interrogatorio disfrazado.
—Evelyn, querida —saludó con una de sus sonrisas perfectamente ensayadas—. Me alegra que vinieras. He notado… —sus ojos se entornaron con un brillo evaluador— …que te has integrado muy bien. Bastante rápido, diría yo.
El tono suave chocaba con el filo escondido detrás.
Ella sintió que el aire se espesaba, pero mantuvo la expresión neutral.
—Solo intento ayudar en lo que puedo —respondió despacio.
—Oh, lo haces de maravilla. Eso es lo interesante —murmuró Dutch, inclinándose hacia adelante—. Llegaste sin nada… sin historia… sin familia que te busque... curioso no crees? Arthur me dijo que no planeabas quedarte mucho cuando te trajo. Pero aquí estamos. Bien adaptada a la banda. Charles, incluso el confía en ti. Hasta Jack te sigue como si fueras un cuento andante.
La elogió… pero cada palabra era una cuerda tensada.
—¿Le preocupa algo? —preguntó Evelyn, intentando no sonar a la defensiva.
Dutch sonrió, pero sus ojos no se movieron un milímetro hacia la calidez.
—En tiempos como estos, uno debe saber exactamente con quién convive. De dónde viene. Qué busca. Ya lo entenderás… es cuestión de supervivencia.
“Supervivencia.”
Sonaba más a advertencia que a reflexión.
—No busco nada raro —dijo ella—. Solo sobrevivir… mientras hago mi parte.
Dutch la estudió durante largos segundos, como si tratara de ver si alguna grieta se abría en su fachada.
—Hosea habla bien de ti —comentó finalmente—. Y créeme, Hosea rara vez se equivoca con la gente.
Un pequeño alivio cruzó por Evelyn… hasta que Dutch continuó:
—Precisamente por eso… me intriga aún más todo esto.
Ella apretó los dedos contra su falda.
—¿Intriga… en qué sentido?
Dutch encendió la pipa con lentitud exagerada, disfrutando del silencio, disfrutando del peso que ese silencio ponía sobre la joven. Dejo salir el humo antes de seguir hablando.
—Es curioso, ¿no crees? —dijo—. Alguien que aparece de la nada, y en cuestión de semanas se gana la confianza de casi todos. Eso no pasa todos los días.
Evelyn tragó saliva.
—No estoy ocultando nada señor.
Dutch ladeó la cabeza, casi con ternura fingida.
—Todos ocultamos algo, querida. La diferencia está en si esto afecta a los demás.
Un ruido en la entrada interrumpió la tensión como un chasquido.
—O si nos afecta a nosotros —soltó una voz áspera detrás de ella.
Evelyn se giró, y hay lo vio.
Micah Bell estaba apoyado en el poste, con una sonrisa torcida y los brazos cruzados como si hubiera estado ahí desde el principio.
Dutch no lo invitó, pero tampoco lo detuvo.
—Micah —dijo Dutch con tono complacido—. ¿Algo que agregar?
—Solo escuché un poco, eso es todo —respondió Micah, clavándole los ojos a Evelyn—. Digo lo mismo que tú, Dutch. Es raro. Muy raro. Una chica sin historia, sin pasado claro… y medio campamento ya la trata como si llevara años aquí.
Evelyn sostuvo su mirada sin retroceder. Aunque se sintiera rodeada por miradas feroces que la escudriñaban.
—He trabajado para ganarme un lugar. Nada más.
—Ajá… —se burló Micah—. Qué útil.
Dutch levantó ligeramente una mano, cortando la fricción pero no disipándola.
—Micah ha expresado algunas preocupaciones —dijo, con la voz suave pero peligrosamente firme—. Y en tiempos de incertidumbre, es sabio considerar todas las opiniones. Sobre todo cuando la lealtad es… volátil.
Evelyn sintió un pinchazo de miedo en el pecho.
—No traicionaría a la banda —aseguró—. No tengo razones para hacerlo.
Dutch no respondió directamente. La observó como si las palabras fueran piezas que debía colocar en un rompecabezas invisible.
—Hosea confía en ti —repitió, esta vez con un matiz más oscuro—. Arthur también. Y cuando hombres tan distintos ven algo en una persona… uno debe preguntarse por qué.
El mensaje no era sutil. Ni buscaba serlo.
Micah sonrió de costado, satisfecho al ver la duda echando raíces.
Finalmente, Dutch se levantó, dándole a la conversación un cierre calculado.
—Puedes irte, Evelyn —dijo amable, pero frío—. Agradezco tu… transparencia. Solo recuerda que aquí la confianza es sagrada. Y se rompe más fácil de lo que crees.
Micah la siguió con la mirada mientras salía, como un buitre esperando el momento adecuado.
Dutch, detrás, expulsó una nube de humo que pareció llenar toda la tienda, y su mirada se quedó fija en la salida, en Evelyn, en la sombra de la duda que Micah había logrado sembrar con éxito.
**
El aire dentro de la tienda parecía más denso que de costumbre.
Pesado y sofocante...
Evelyn entró casi de golpe, bajando la lona con una brusquedad que nunca tenía. Como si cerrarla pudiera dejar afuera la mirada fría de Dutch… o la sonrisa venenosa de Micah que aún sentía clavada en la nuca.
Se arrodilló junto a su mochila, intentando respirar hondo, una, dos, tres veces.
No funcionó. La presión en el pecho seguía ahí, insistente, como un puño invisible.
¿Por qué Dutch actuaba así ahora? En todos los días que llevaba con ellos, él jamás se había mostrado tan… inquisitivo. Antes la saludaba con cortesía, con esa fachada de líder amable. Nunca había sentido esa sombra, esa sospecha envolviéndolo.
Pero la había sentido hoy. Y sabía por qué.
O mas bien por quien.
Micah.
Había estado viéndolo. Cómo se acercaba a Dutch en voz baja. Cómo susurraba con la seguridad de alguien que sabía exactamente qué semillas plantar. Parecía una maldita rata en todo su esplendor.
Y Dutch… Dutch era un hombre brillante, pero también vulnerable a cierto tipo de insinuaciones.
Había visto que cuando se trataba de algún posible espía, peligro o posible amenaza..
Evelyn tembló ligeramente.
No de miedo, sino de sentir que toda esta situación se sentía como estar caminando sobre una cuerda floja.
Necesitaba entender qué estaba fallando, qué se estaba desviando, qué había causado este cambio.
Sus manos fueron directo a la mochila, buscando las cartas. Si algo en el campamento estaba a punto de cambiar, las letras podrían haberse alterado.
Necesitaba respuestas.
Pero en cuanto abrió la mochila, un destello blanco iluminó el interior.
Evelyn se quedó completamente inmóvil.
El artefacto.
Sin que ella lo tocara, vibraba con una intensidad que nunca había mostrado. Un parpadeo rápido, ansioso, como si respondiera a algo fuera.
—¿Qué…? —susurró.
Lo tomó entre sus manos.
En cuanto sus dedos lo rozaron, el objeto dio un latido contra su palma.
Uno rápido, luego otro más fuerte.
La luz se intensificó hasta casi doler en los ojos.
—¿Qué estás tratando de decirme…? —murmuró, frustrada, inquieta.
No hubo respuesta. Solo otro pulso de luz.
Lo dejó junto a la manta, donde siguió brillando de manera intermitente, llenando la tienda de sombras vibrantes. Como un faro desesperado.
Evelyn respiró hondo y tomó lo único que sí podía comprender: las cartas.
Esas páginas antiguas, escritas por el futuro Jack, que parecían reescribirse solas cuando la historia se desviaba o se acercaba a un evento crucial.
Abrió la carta correspondiente a esos días.
Hace apenas unas noches apenas podía distinguir un par de trazos.
Pero ahora… lo que antes eran manchas era ahora tinta firme.
“…Sean …rescatado… …traído de regreso por Arthur… …Javier y Charles…”
El corazón de Evelyn dio un vuelco.
Esas palabras no estaban claras antes.
Ahora parecían recién escritas.
—Entonces… —susurró, con el ceño fruncido— Arthur… debería ir. Pero que tiene que ver con todo esto?...
Pasó su dedo por la frase. Sentía la garganta cerrársele.
¿Por qué esas líneas se revelaban justo ahora? ¿Por qué después de hablar con Dutch? ¿Había cambiado ya algo? ¿O estaba a punto de cambiar?
El artefacto vibró de nuevo, más fuerte, como si intentara responderle sin palabras. Como si estuviera… impaciente.
Evelyn tomó otra carta y la abrió con manos tensas.
Lo mismo.
Partes antes ilegibles ahora estaban casi completas. Un tejido de eventos que se estaba rearmando frente a ella, recordándole cómo debían pasar las cosas.
Pero antes de poder leer más—
Un grito rasgó el aire fuera de la tienda.
—¡¿Y QUÉ DEMONIOS QUIERES DECIR CON QUE VA ÉL, PERO YO NO?! —la voz de Arthur tronó como un disparo.
Evelyn se congeló.
Las cartas temblaron entre sus manos.
Se levantó rápido y apartó apenas la lona para ver.
En el centro del campamento, la tensión se podía cortar con un cuchillo.
Arthur estaba frente a Dutch, respirando agitado, la mandíbula marcada por la rabia… y la herida invisible del orgullo golpeado.
Dutch permanecía sereno, demasiado sereno, como si nada de lo que Arthur dijera pudiera moverlo de su decisión.
Micah observaba desde un poste cercano, con una sonrisa torcida, disfrutando cada segundo.
—No voy a discutirlo más, Arthur —dijo Dutch con fingida suavidad—. Micah irá. Tú te quedarás aquí.
Arthur dio un paso adelante, furioso.
—¿Y Sean? —demandó—. ¡Ese muchacho no merece ser rescatado por un imbécil que solo piensa en sí mismo!
Micah soltó una carcajada baja.
Evelyn sintió un nudo en el estómago.
Porque las cartas en su mano decían una cosa. Pero el mundo frente a ella… estaba cambiando.
Y por primera vez lo comprendió en un golpe frío:
La historia se estaba desviando.
Arthur ya no iba al rescate de Sean.
Y eso no debía pasar.
Retrocedió unos pasos sintiendo que su respiración se aceleraba. ¿Por qué habían cambiado las cosas?
Evelyn bajó la mirada hacia las cartas… y algo en su interior se tensó.
Había visto las letras aclararse antes. Había visto palabras confusas volverse legibles.
Pero jamás —JAMAS— había visto una frase cambiar.
Y sin embargo, ahí estaba. Una línea que antes no existía. Una frase recién formada, como si alguien la hubiera escrito segundos atrás:
“…Dutch cuestionó el juicio de Arthur por su cercanía con Evelyn…” “…Micah Bell aprovechó la duda… desviando la decisión del líder…” “…Arthur quedó fuera del rescate.”
El aire se escapó de sus pulmones.
Esa parte de la carta… no estaba así. Ni siquiera incompleta. Simplemente no existía. Era nueva.
Incluso salía su nombre en el pasado ahora. Como si el futuro se estuviera reescribiendo mientras ella lo leía.
Y todo por una razón que se clavó como un cuchillo en su estómago:
Arthur la había defendido. Había confiado en ella. Y Micah había usado precisamente eso para envenenar la mente de Dutch.
Evelyn sintió el corazón acelerarse, casi al ritmo del artefacto que vibraba y parpadeaba a su lado como un animal inquieto.
No necesitaba cambiar grandes eventos. No necesitaba intervenir directamente en la historia.
Simplemente por estar ahí.
Fuera, la discusión seguía subiendo de tono, voces afiladas en la noche. Dentro de la tienda, Evelyn se quedó inmóvil, apretando las cartas que ya no eran un registro confiable del futuro… sino un lienzo capaz de reescribirse según sus acciones.
Y una sola pregunta, fría y pesada, se instaló en su mente:
“Si esto cambió… ¿Qué más puede cambiar por mi culpa?”
Sin saberlo, aquello solo era el comienzo...
Viaje en el tiempo(9)
El apellido Marston siempre había sido una sombra en la vida de Evelyn. Un apellido susurrado en viejas fotografías, oculto en cartas descoloridas y cargado de un pasado tan misterioso como trágico. Su familia hablaba poco de ello, como si fuera una vergüenza recordar a los suyos.
Cuando encontró el artefacto (una reliquia que conectaba con su familia), Evelyn solo quería una cosa: respuestas.
Pero robarlo desató consecuencias que jamás imaginó mas que en puras fantasías.
Ahora, perdida en un mundo de polvo, pólvora y caballos que solo conocía por historias de hace decadas y fotografías antiguas, Evelyn Marston es encontrada por azares del destino con alguien cercano a los suyos.
Un forajido. El mas cercano en su árbol familiar.
Arthur Morgan.
Y mientras el sol de 1899 se alza sobre un futuro que ya no le pertenece, Evelyn entiende la verdad: no ha viajado en el tiempo solo para observar como transcurre la historia.
Ha viajado para cambiarla.
Aunque eso signifique enfrentarse a la banda Van der Linde… y a las consecuencias que pueda traer
Ya 9 capitulos, que rapido<3
Evelyn no durmió bien esa noche. Se sentía dividida.
Por un lado, el descubrimiento de la noche anterior seguía pesándole en el pecho como una piedra fría: ella había cambiado algo. Algo que no debía cambiar. No había sido malo —Hosea estaba bien, el jabalí estaba muerto, nadie había salido herido— pero aun así había sido un desvío, una pieza movida fuera de lugar. Y si un simple cambio como ese era suficiente para alterar lo que debía decir en la carta…
¿Qué pasaría con cosas más grandes?
Esa idea la había hecho dar vueltas en la cama toda la noche, preguntarse a si misma si tenía que alejarse, si debía regresar a su época antes de arruinar algo importante, antes de mover un hilo tan delicado que todo se desmoronara. Era lo lógico.
Lo mas responsable.
Y sin embargo… cada vez que llegaba a esa conclusión, otra parte de ella —esa parte que empezaba a sentirse viva por primera vez en mucho tiempo— la detenía.
Porque sí: volver a su época sería lo correcto. Pero… ¿quería hacerlo?
Ese pensamiento la llenaba de culpa.
Porque muy en el fondo, Evelyn tenía que admitir algo que le costaba aceptar incluso para sí misma: Le gustaba estar aquí...
…Pero no podía ser egoista.
.
.
.
Evelyn llevaba toda la mañana con un nudo en el estómago.
Había pasado horas despierta en la madrugada, dando vueltas sobre la misma idea una y otra vez: quizá tenía que empezar a alejarse. No desaparecer. No romper con nadie. Solo… dar pasos atrás. Mantener una distancia prudente. No involucrarse tanto. Así, si estaba cambiando cosas sin querer, quizá podría evitar seguir empeorándolo.
La idea le dolía. Más de lo que quería admitir. Pero la repetía en su cabeza como si intentara convencerse a la fuerza.
Cuando salió de su tienda, Mary-Beth la miró enseguida con esa sonrisa suave y ojos atentos que lo notaban todo.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja—. Te escuché moverte toda la noche. Pensé que no habías podido dormir.
Evelyn se tensó ligeramente, tragándose toda la maraña de pensamientos.
—Solo… se me fue un momento el sueño, supongo —dijo con una sonrisa demasiado pequeña—. Nada grave.
Mary-Beth no pareció creerle del todo, pero tampoco insistió.
Iba a decirle algo mas pero Tilly le estaba llamando a lo lejos, así que dándole un leve apretón a su hombro para hacerle saber que estaba aquí por si necesitaba hablar, y se fue.
Suspiró hondo, abrazándose los brazos. El campamento seguía en calma. Un par de voces lejanas, el sonido de las ollas de Pearson, el viento entre los árboles…
…y entonces, un barullo torpe interrumpió la tranquilidad.
Un golpe. Otro. Un siseo de maldiciones arrastradas.
Evelyn parpadeó, girándose justo cuando una figura tambaleante emergió entre los árboles, sujetándose la cabeza como si el sol le estuviera disparando directamente al cráneo.
Arthur.
Con la camisa arrugada, los ojos entrecerrados y una expresión que gritaba resaca legendaria, tropezó con una raíz que no estaba ni cerca de ser lo suficientemente grande como para causarle problemas a nadie que estuviera sobrio.
—Maldición… —gruñó, frotándose el rostro.
Evelyn sintió, inmediatamente, que toda la resolución que había cultivado durante horas —ese plan frío, racional, “prudente”— se le deshacía como azúcar en agua.
Distancia, había dicho.
No involucrarte tanto, había dicho.
Y ahí estaba él, vivo desastre ambulante, arrastrando los pies como un niño malhumorado, viendo el mundo a través de una punzada que seguro le latía en la sien.
Algo en su pecho dio un tirón.
Así se vuelve imposible, pensó.
Aun así, respiró hondo y contuvo ese impulso automático de correr hacia él… cosa que solo le duró exactamente tres segundos, porque cuando Arthur volvió a tropezar —esta vez con nada, absolutamente nada!— soltó un “¡hey!” muy indignado hacia la tierra, como si lo hubiera atacado a propósito.
Evelyn ya estaba caminando hacia él cuando lo escuchó murmurar
—El mundo me está… maldito girando. Maldita sea, Lenny… —y volvió a agarrarse la cabeza.
—Arthur… —lo llamó con suavidad.
Él levantó la vista, apenas.
Con una cara de me arrepiento de todas mis decisiones.
—…Evelyn —gruñó, como si pronunciar su nombre le costara esfuerzo físico—. ¿Desde cuándo hay… dos de ti?
Ella no pudo evitarlo. La carcajada le salió sin permiso.
—No hay dos. Solo soy yo —dijo mientras se acercaba aún más, intentando mantener la compostura.
—Ah… menos mal —murmuró él—. Una ya es bastante problema.
Ella parpadeó, ofendida en broma.
—¿Disculpa?
—Digo… que… —Arthur se frotó la cara con ambas manos—. Olvídalo. No estoy… capacitado pa’ hablar como gente.
Y verlo de esa manera solo hacia que una sonrisa de tonta se le plantara en la cara siempre, pero ella, recordando que ante todo distancia, prudencia, no involucrarte, se plantó firme y dijo:
—Bueno, solo venía a ver si puedo traerte un poco de agua.
—Agua suena bien… —dijo él, mirando al cielo como si suplicara piedad divina—. Pero si puedes traerme otra cabeza que no duela… mejor.
—No tengo repuestos —respondió ella.
Arthur la miró con los ojos entrecerrados. Estaba intentando decir algo, procesando lentamente.
Finalmente soltó:
—Igual… gracias. Por… ya sabes. No reírte de mí. Mucho.
Estaba por bromear hasta que se detuvo a verlo bien.
Ya estaba sentado sobre un tronco caído, hombros pesados, el sombrero mal puesto, una mano presionando la sien.
La imagen entera era tan... humana, tan lejos del forajido intimidante que conoció por primera vez...
Y ella sintió ese tirón en el pecho. Otra vez.
¿Cómo se suponía que iba a alejarse de esto?
—Voy por el agua —dijo al fin, tratando de mantener la voz neutral.
Pero antes de que pudiera darse la vuelta, Arthur alzó una mano y, sin mirarla, murmuró con una sinceridad que no esperaba:
—Me alegra que estés aquí. Aunque duela… demonios —se tocó la cabeza—. Todo duele. Pero… ya me entiendes.
Evelyn se quedó completamente inmóvil.
Las palabras de Arthur —sencillas, casi distraídas, casi murmuradas sin intención— le golpearon de una forma que no esperaba.
Me alegra que estés aquí.
Sintió que algo en su pecho se apretaba… y a la vez, muy dentro, aquella resolución fría de tengo que alejarme, volvió a levantar la cabeza. No desapareció. No se derritió. Solo… titubeó.
No puedes… no deberías acercarte más. Podrías arruinar cosas. Podrías cambiar el destino de personas que no merecen pagar por tus errores. Pero entonces miraba a Arthur, con el ceño fruncido por la resaca, con ese aire de niño grande que no sabía manejar su propio cansancio, y el pensamiento se debilitaba.
¿De verdad puedo alejarme? ¿De verdad debo hacerlo…?
Ese conflicto se quedó girando en su interior mientras ella se alejaba para buscar agua. Caminaba a paso firme, pero por dentro se sentía como si estuviera hecha de dos mitades tirando hacia lados opuestos.
Cuando regresó con el botecito de hojalata, Arthur ya estaba encorvado sobre el tronco, sobándose la sien y viendo el suelo con hostilidad.
—Aquí tienes —dijo ella.
Él tomó el agua con una torpeza casi adorable, la bebió como si fuera un remedio sagrado y soltó un suspiro largo, agradecido.
—Eso… ayuda un poco —murmuró.
Evelyn sonrió sin querer. Y ahí, otra punzada de duda:
¿Cómo se supone que me aleje si hasta sus quejas me provocan ternura?
Iba a decir algo más, tal vez un comentario ligero para suavizar el ambiente, cuando una voz femenina, suave pero clara, se escuchó detrás de ellos:
—Arthur… ¿interrumpo algo?
Evelyn se tensó.
Arthur también. Hasta demasiado, considerando que cualquier movimiento brusco debía dolerle la cabeza.
Mary-Beth estaba allí, con un libro bajo el brazo y un sobre marrón entre los dedos. Su expresión era amable… pero había una chispa de curiosidad en sus ojos, como si hubiera visto más de la cuenta al acercarse.
Evelyn sintió el rubor subirle al rostro. No había pasado nada, pero aún así… El momento había sido algo intimo. O al menos así lo sentía ella.
Mary-Beth carraspeó con suavidad.
—Arthur, llegó otra carta para ti —dijo, extendiéndosela.
Él la tomó, mirándola como si la tinta fuera demasiado brillante para su resaca.
Y Evelyn, desde su sitio, notó cómo su expresión cambiaba: primero sorpresa, luego incomodidad… y finalmente algo más cerrado, más difícil de leer.
Arthur tragó.
—Es de Mary… —murmuró, apenas audible.
Evelyn pestañeó confundida. ¿Mary? ¿Mary quién? Pero no preguntó. No era su lugar.
Y por cómo Arthur sostuvo esa carta, definitivamente no era un asunto ligero.
Mary-Beth sonrió con gentileza, aunque su mirada seguía saltando entre ambos.
—Pensé que debería dártela de inmediato —añadió—. Por… bueno, por si es importante.
Arthur asintió, doblando la carta sin abrirla aún.
Evelyn, que ya estaba enredada en sus propios dilemas, sintió otra oleada de preguntas: ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué Arthur se veía tan… incómodo? ¿Por que es Mary?
¿Que es una Mary? Bueno, eso ultimo no.
Arthur se levantó con un leve quejido por la resaca.
—Voy a… leerla —dijo sin mirar a ninguna de las dos, caminando un poco hacia los árboles.
Cuando se perdió entre las tiendas, Mary-Beth exhaló y de inmediato giró a Evelyn con una expresión que gritaba cuéntamelo todo, aunque no dijo nada.
Evelyn levantó las manos en defensa.
—No pasó nada —se adelantó a aclarar.
Mary-Beth solo sonrió más.
—No dije nada —repitió con un tono que dejaba claro que había dicho demasiado sin palabras.
Luego miró hacia la dirección en la que Arthur había desaparecido.
—Ojalá no sea nada malo, lo de la carta… —susurró suavemente.
Evelyn sintió un nudo extraño en el estómago. Celos no eran… no exactamente. Sino una preocupación al ver que quien quiera que fuera Mary, parecía haberlo afectado tanto como para verse ya mejor de la resaca... y no sabia si eso significaba algo bueno o malo.
**
Arthur salió de la tienda unos minutos después, frotándose la nuca como si aún sintiera los estragos de la noche anterior. Caminó directo hacia los caballos, revisando las cinchas, manteniéndose ocupado… o evitando a todos, como solía hacer cuando algo lo tenía inquieto.
Evelyn lo observó desde la distancia, intentando mantener su mente en silencio, pero las ideas seguían ahí, atoradas: aléjate un poco… no te involucres… será mejor así…
Entonces él levantó la vista.
Sus ojos se encontraron solo un segundo, pero fue suficiente para que ella sintiera ese tirón en el pecho que tanto estaba intentando ignorar.
Arthur caminó hacia ella.
—Oye… —dijo rascándose la barba, algo incómodo—. Creo que voy a tener que salir un
rato. Mary… —hizo una pausa, como si decir ese nombre le costara— …me mandó a llamar.
Evelyn asintió, intentando no reaccionar.
—¿Necesitas algo?
Arthur tragó, dudando. Sus dedos tamborilearon contra el cinturón, gesto claro de que estaba nervioso por algo.
—Pues… —desvió la mirada hacia el suelo— …si… si quisieras acompañarme… no sería mala idea.
Evelyn se quedó en blanco por un instante. Justo lo que no debía hacer. Justo lo que había decidido evitar.
Pero su voz salió antes de que pudiera detenerla.
—Sí… claro. Te acompaño.
Arthur levantó apenas la vista, sorprendido. No sonrió, pero algo en sus hombros se relajó.
Y Evelyn sintió ese nudo interno apretarse más. ¿Cómo se supone que iba a alejarse… si él seguía buscándola así?
.
.
.
El camino hacia las afueras de Valentine transcurrió en un silencio extraño. No incómodo… sólo denso. Arthur iba con la mirada clavada al frente, frunciendo el ceño como si cada pisada del caballo le retumbara la cabeza —la resaca seguía viva—, pero había algo más. Evelyn lo notaba. Algo interno. A pesar de estar dándole la espalda, podía notar sus brazos tensos al sostener las riendas.
Cuando por fin se acercaron a una pequeña casa color pálido, a las afueras de Valentine, Arthur detuvo su caballo.
—Aquí es.
Ella bajó también, aunque sin acercarse demasiado. No quería parecer metiche… ni cambiar cosas que no debía. Pero tampoco quería dejar solo a Arthur, no en ese estado.
La puerta de la casa se abrió antes de que tocaran.
Una joven mujer salió, llevaba un vestido azul claro, el cabello recogido con simpleza, las manos entrelazadas con nervios.
"Ella debía ser Mary."Pensó Evelyn.
El forajido se irguió como pudo, carraspeó y trató de verse presentable pese a la resaca.
Por un segundo, Evelyn creyó ver cómo ambos se tensaban al mismo tiempo: Arthur sorprendido… y Mary intentando ocultar algo parecido a celos o incomodidad al ver que él no venía solo.
—Arthur… —su voz tembló apenas, pero logró sostenerle la mirada—. Gracias por venir. Sé que… no es fácil.
Arthur inclinó la cabeza, serio, sin saber muy bien qué decir.
Mary respiró profundo, juntando fuerzas.
—Es Jamie —dijo al fin—. Mi hermano. Se fue con ese… grupo de charlatanes que dicen tener todas las respuestas. Los Chelonians.
Evelyn sintió cómo Arthur tensaba la mandíbula. Ella no dijo nada, solo escuchaba desde un paso atrás.
—Intenté hablar con él —continuó Mary, la voz entre frustrada y asustada—. Pero no quiere razón. No quiere regresar. Y… y temo que pueda hacerse daño. Que puedan… convencerlo de algo terrible.
Se sintió una eternidad donde el rostro del forajido estaba debatiendo si ayudar o no. Soltó un suspiro y asintió finalmente.
—Haré lo que pueda —dijo, firme pero resignado.
La mujer soltó un suspiro aliviada.
El se dio la vuelta y miró por fin a Evelyn, señalando hacia los caballos: —Quédate aquí. No tardaré mucho.
Ella iba a asentir cuando Mary añadió: —Puedes esperarlo adentro, si quieres. Tengo café recién hecho… Hace frío.
La invitación fue amable pero cargada de cierta intensidad que la joven no supo cómo leer.
Arthur montó sin decir nada más y se alejó.
Y de pronto Evelyn se quedó sola, con Mary Linton mirándola en la puerta.
—Ven —dijo Mary al fin, apartándose para dejarla entrar—. Me vendría bien algo de compañía… mientras espero.
Evelyn tragó saliva, estaba algo incomoda pero tampoco quería parecer grosera. —Gracias… supongo que un café no haría daño.
Al entrar, la casa era diminuta, cálida y ordenada. Un mantel bordado, un piano pequeño, una fotografía enmarcada de Mary y su familia. Todo oprimía un poco el pecho de Evelyn, como si estuviera entrando en la vida privada de alguien a quien no tenía derecho de conocer.
La mujer sirvió dos tazas, con manos que temblaban apenas.
Se sentaron frente a frente, Evelyn observando con curiosidad la decoración de la casa.
—Tu casa es… muy bonita —dijo al fin, con una sonrisa tímida—. Acogedora. Se siente tranquila.
Mary levantó la mirada algo sorprendida, para después sonreír.
—Oh… gracias —respondió con suavidad—. Pero no es realmente mi casa, es prestada en lo que venia de viaje. Mi hogar está en Saint Denis.
Evelyn bajó la mirada a su taza, asintiendo. —Entiendo. Pero aun así… tiene tu toque. Se siente como tú.
Y después de eso, ambas tomaron su café en silencio, no sabían muy bien que decir. Mary fue la primera en hablar:
—No esperaba ver a Arthur con… compañía.
Evelyn casi se atraganta con el café. —No soy… no somos… nada. Solo vine porque él… bueno, estaba resacoso, y pensé que podría necesitar ayuda para llegar.
Mary río suavemente, por primera vez sincera. —Sí… suena a Arthur.—Agrego.—Él suele presentarse como alguien duro… pero no lo es tanto —continuo Mary, mirando la taza—. No cuando lo conoces de verdad.
La joven dudó, pero al final contestó: —Bueno… en el campamento también tiene sus momentos.
Mary levantó la vista, estudiándola con una mezcla de curiosidad y cautela. —¿Y… te llevas bien con él?
Evelyn se detuvo a pensar en todo desde que lo conoció: en la forma en que Arthur la cuidaba sin querer... en cómo la hacía reír, en cómo la desesperaba, en cómo la tranquilizaba, en su presencia que la hacia sentirse cálida...
Y respondió la única verdad que no alteraba nada:
—Sí. Mucho.
La mujer apretó los labios. No con enojo… sino con un dolor suave, resignado. Algo en ella sabía que había perdido algo hace mucho.
—Me alegra —dijo al fin, aunque la voz le tembló—. Arthur se merece… gente buena cerca.
Ella sintió que la incomodidad entre ambas empezaba a ser menor, así que pregunto con cautela:
—Si no es indiscreción… ¿conociste a Arthur desde hace mucho?
Vio como la sonrisa de Mary se formaba en su rostro. Una sonrisa que dejaba ver nostalgia.
—Desde muy jóvenes. Éramos… —Empezó a rozar su anillo con su pulgar— algo importante el uno para el otro.
Evelyn asintió lentamente. Notando la melancolía en su voz.
Mary siguió hablando, quizá porque necesitaba hacerlo, quizá porque hablar con una desconocida era más fácil.
—Mi familia nunca aprobó su forma de vivir —explicó, en voz baja—. Y supongo que yo… terminé cediendo. Pensé que era lo mejor. Que él estaría mejor sin mí, lejos de mis problemas. Que yo también estaría mejor sin ese… mundo suyo.
Evelyn mantuvo sus manos alrededor de la taza caliente, escuchándola.
La mujer respiró hondo, revelando una verdad que llevaba guardada desde hacía años.
—Pero a veces —confesó— me pregunto si realmente fue lo correcto. Si alejarme… dejarlo… fue lo que debí hacer. Porque cuando lo veo así, cansado, solo… con esa mirada suya que finge ser dura… —sus labios se curvaron con tristeza— me pregunto si no fui una cobarde.
Al escucharla Evelyn sintió un nudo en la garganta.
Pensó en su propio impulso matutino de alejarse, de proteger la historia distanciándose de Arthur, de los demás… de todos aquellos a los que empezaba a querer.
Pensó en lo que habría significado para Mary tomar distancia “por el bien de todos”.
Pensó en lo que significaría para ella misma repetir ese patrón.
Mary continuó, sin saber el impacto que causaba:
—A veces… uno toma decisiones pensando que está evitando un dolor. Pero lo único que hace es cambiarlo por otro. —Miró sus manos, entrelazándolas— Y vivir con “qué habría pasado si…” puede ser un castigo peor que todo lo demás.
Esas palabras golpearon a Evelyn más fuerte que cualquier revelación del artefacto.
Porque lo que Mary había dicho… era exactamente lo que Evelyn estaba haciendo.
O intentando hacer.
Alejarse para no dañar nada. Para no cambiar nada. Para no sufrir luego.
Pero verlo desde afuera —verlo en Mary— mostraba el costo real: La soledad. El arrepentimiento. El peso inevitable del “y si…”
Evelyn bajó la mirada, en silencio.
Y por primera vez desde que llegó a ese tiempo, entendió que quizás tomar distancia no era proteger la historia… sino huir, como Mary.
La mujer suspiró y miró su taza vacía.
—Perdón, no quise… contarte de golpe cosas tan personales.
—No… está bien —respondió ella con sinceridad—. Gracias por decírmelo.
Mary ofreció una sonrisa débil.
—Supongo que necesitaba decirlo en voz alta.
Y Evelyn necesitaba escucharlo más de lo que esperaba.
Justo entonces, a lo lejos, el galopar de un caballo rompió el silencio.
Arthur volvía.
.
.
.
Arthur apareció entre la polvareda del camino, frenando el caballo con un tirón suave de las riendas. Detrás de él, sobre la montura, venía Jamie: despeinado, abrumado, con los ojos aún rojos de llorar y respirar demasiado rápido.
Mary se levantó tan de golpe que movió la mesa. Evelyn se puso de pie también, dejando la taza sobre el borde.
Jamie bajó torpemente, esquivando una piedra con el pie. Tenía la expresión de un muchacho que por fin había despertado de un sueño extraño y desagradable.
—Mary… yo... —murmuró, avergonzado.
Ella lo envolvió en un abrazo sin dudar. No fue un abrazo suave: fue uno fuerte, desesperado, como quien recupera algo que creyó perdido. Jamie hundió la cara en el hombro de su hermana, y Evelyn, de pie junto a la puerta, sintió que estaba presenciando algo privado, como tan bonito...
Arthur desmontó despacio, de una forma que se hacia ver que la resaca ya se había ido casi por completo. Levantó la vista, encontrándose en un segundo con los ojos de Evelyn.
Su mirada preguntó sin palabras: ¿Todo bien aquí?
Evelyn respondió con una leve inclinación de cabeza: sí.
Mary tomó la cara de Jamie entre las manos.
—¿Por qué hiciste algo así? —preguntó con voz temblorosa—. Eres un niño, Jamie… ¡un niño!
—Lo sé —susurró él—. Solo… solo pensé que ellos tenían las respuestas.
Arthur arqueó una ceja, murmurando en voz baja hacia Evelyn:
—Respuestas. En una secta de gente que adoraba a las tortugas o algo así
—Espera que?? Luego me vas a tener que contar
Mary se giró hacia Arthur.
—Gracias. De verdad… —sus ojos se suavizaron, aunque su voz seguía frágil—. No sé qué habría pasado sin ti.
El solo negó con la cabeza, incómodo con el agradecimiento. Ambos hermanos se metieron a la casa buscando algo.
Arthur y Evelyn aún estaban a unos metros de la casa cuando escucharon la puerta abrirse otra vez. Mary salió con Jamie a su lado; él cargaba una pequeña maleta y ella sostenía las riendas de su propio caballo, un animal tranquilo y bien cuidado.
—Nos iremos a la estación —explicó Mary, acomodando a su hermano en la montura—. Hay un tren que pasa esta tarde. Nos llevará lejos… lo suficiente, espero.
Arthur asintió en silencio.
Mary colocó un pie en el estribo, pero antes de subir volvió la vista hacia él. Lo miró con una mezcla de cariño, nostalgia… y resignación. Como quien observa a una vida que una vez quiso, pero que ya no le pertenece.
—Arthur… —empezó, y su voz se aflojó un poco— yo… tú eres…
Parecía buscar una palabra que cubriera todos esos años, todos esos recuerdos compartidos, todos esos “tal vez” que nunca llegaron a ser.
Al final, solo soltó un suspiro largo, triste y tierno a la vez.
—…tú nunca cambiarás —murmuró—. Soy consciente de eso.
No era un reproche. Tampoco un halago. Era simplemente una verdad… y una despedida honesta.
Arthur no contestó. No había palabras correctas. Ni las necesitaba.
La mujer subió al caballo, acomodó las riendas y se colocó detrás de Jamie. Antes de marcharse, inclinó la cabeza hacia Evelyn en un gesto amable, agradecido, como si quisiera incluirla en ese pequeño círculo de complicidad que se había creado entre ellas.
Evelyn devolvió el gesto.
Mary dio un leve chasquido con la lengua y el caballo empezó a avanzar. Jamie miró hacia atrás una última vez, levantando apenas la mano en una despedida tímida.
Ambos los observaron alejarse por el camino, hasta que las siluetas se hicieron pequeñas bajo el cielo anaranjado.
Cuando ya no quedaron más que polvo y silencio, Arthur soltó lentamente el aire.
—Bueno… —dijo al fin, sin mover la mirada del horizonte—. Ahí van.
Evelyn no respondió. No había mucho que agregar.
Arthur bajó el sombrero un poco, casi como si quisiera ocultar lo que sentía, aunque su postura lo delataba: algo tenso, algo triste… y acostumbrado —demasiado acostumbrado— a dejar ir cosas importantes.
—Será mejor que nos pongamos en marcha —añadió, acomodando el pie en el estribo—. Falta poco para que anochezca
Ambos montaron, solo que ella detrás de el. Arthur llevó el cigarrillo a los labios y dio una calada larga, como si necesitara humo para ordenar lo que no sabía cómo decir. Luego lo sostuvo entre los dedos, dejando que la ceniza cayera mientras el caballo empezaba a caminar a paso lento.
—Nunca pensé… —murmuró, sin mirar atrás— que volvería a verla así.
Evelyn lo observó desde detrás de él. El viento movía el borde de su sombrero, pero aun así pudo notar la tensión en sus hombros, esa que uno solo tenía cuando estaba procesando algo que le dolía en silencio.
—Mary es… alguien importante para ti —dijo ella con suavidad, sin intención de invadir, solo buscando que él no cargara solo el silencio.
Arthur soltó una respiración que casi sonó a risa, pero no lo era.
—Lo fue —admitió—. Hace mucho tiempo. Hizo rodar el cigarro entre sus dedos. —Pero su gente… su padre… su maldita familia siempre creyó que yo no era suficiente. Y quizá tenían razón.
Evelyn frunció ligeramente el ceño.
—Arthur… no creo que eso tenga que ver con ser “suficiente”.
—Tú no los conociste —gruñó con una media sonrisa amarga—. Gente fina, de dinero. De esas que miran a los demás como si olieran a establo. Sacudió ligeramente la cabeza. —Mary siempre intentó… ya sabes… hacer que todo encajara. Pero dos mundos tan distintos no se mezclan tan fácil.
Hubo una pausa larga. El caballo avanzaba por el sendero con el sonido de la tierra crujiendo bajo los cascos. Evelyn podía sentir perfectamente que él estaba reviviendo recuerdos que no tocaba desde hacía tiempo.
—Igual fue lo mejor —continuó él, más bajo—. Para ella, digo. Tiene una vida allá. Una vida que no incluye… esto. —Hizo un gesto amplio con la mano, señalando al mundo, a la banda, y a sí mismo.
Evelyn bajó la mirada al lomo del caballo.
Arthur apretó la mandíbula un momento, como dudando si decir lo que se le atravesaba en la garganta. Al final soltó un suspiro ronco.
—Tú tampoco deberías estar aquí —soltó, casi en un gruñido, pero no dirigido a ella, sino a sí mismo—. Mereces… no sé… algo mejor que andar metida en este lío con esta banda. Con nosotros.
El trote del caballo llenaba el silencio entre ellos, suave, constante. Arthur mantenía la mirada al frente, pero Evelyn sabía que su comentario anterior —eso de que no debería estar ahí, que merecía algo mejor— seguía flotando entre ambos.
Ella respiró hondo, aferrándose un poco al cinturón de su montura compartida.
—Arthur… —dijo al fin, con voz baja pero segura—. Me gusta estar con ustedes. Con la banda.
Él no respondió de inmediato, aunque sus hombros tensos parecieron aflojar apenas.
—No es… no es una mala vida, a pesar de todo lo que digas —continuó ella—. Y sé que tiene sus complicaciones, y peligros, y cosas que todavía no entiendo del todo. Pero… —sonrió un poco, mirando el paisaje pasar—. Me gusta este lugar. Me gusta cómo me tratan. Siento que… pertenezco, de alguna manera.
Arthur soltó un gruñido leve, uno que podía significar cualquier cosa, pero no sonó molesto. Si acaso, cansado. O sorprendido.
—Hmph… si tú lo dices —murmuró, aunque la rigidez en su voz se había suavizado.
Evelyn bajó la mirada.
Había pasado toda la mañana convencida de que lo correcto era alejarse. De que no podía seguir en un mundo que no era suyo, que debía evitar cambiar el rumbo de las cosas. Pero ahí, sintiendo la calidez del sol, el ritmo firme del caballo y la presencia cercana de Arthur… entendió que ya no era una opción.
Quizá era egoísta. Quizá estaba eligiendo algo que no debía.
Pero quería quedarse. Con ellos. Con su nueva familia. Con él.
Arthur la miró de reojo, apenas un segundo, pero suficiente para que Evelyn notara algo distinto en sus ojos. Un alivio silencioso. Como si, sin decirlo, hubiera temido que ella sí planeaba irse.
—Bueno —dijo él finalmente, carraspeando—. Mientras tú estés segura… supongo que… está bien.
Evelyn sonrió. No hizo falta decir nada más.
El caballo siguió avanzando por el camino, mientras el viento les revolvía el cabello y la luz del atardecer caía sobre ambos.
Ajena a las cosas que pasarían mas adelante...
Viaje en el tiempo(8)
El apellido Marston siempre había sido una sombra en la vida de Evelyn. Un apellido susurrado en viejas fotografías, oculto en cartas descoloridas y cargado de un pasado tan misterioso como trágico. Su familia hablaba poco de ello, como si fuera una vergüenza recordar a los suyos.
Cuando encontró el artefacto (una reliquia que conectaba con su familia), Evelyn solo quería una cosa: respuestas.
Pero robarlo desató consecuencias que jamás imaginó mas que en puras fantasías.
Ahora, perdida en un mundo de polvo, pólvora y caballos que solo conocía por historias de hace decadas y fotografías antiguas, Evelyn Marston es encontrada por azares del destino con alguien cercano a los suyos.
Un forajido. El mas cercano en su árbol familiar.
Arthur Morgan.
Y mientras el sol de 1899 se alza sobre un futuro que ya no le pertenece, Evelyn entiende la verdad: no ha viajado en el tiempo solo para observar como transcurre la historia.
Ha viajado para cambiarla.
Aunque eso signifique enfrentarse a la banda Van der Linde… y a las consecuencias que pueda traer
Holis xd.
Pasaron un par de días relativamente tranquilos en el campamento. Suficientes para que las cosas parecieran calmadas. Se había escapado alguna que otra vez de los regaños de la señora Grimshaw, ya que en sus palabras "no podía existir ninguna mujer que no sepa hacer un sencillo bordado!!!", pero era la excepción para su desgracia. Además, pasaba mas tiempo escuchando al pequeño Jack hablar sobre sus libros o jugar con el.
Una mañana, mientras todos desayunaban. Hosea se acerco a ella con esa sonrisa que parecía esconder un plan.
—¿Tienes algo que hacer hoy, Evelyn? —preguntó él, levantando una ceja.
—Yo? no mucho, hoy casi no tengo tareas
—Perfecto —asintió él—. Pensaba salir con Arthur a por algo grande, pero cambió de planes.
Evelyn levantó la mirada, curiosa.
—¿Cambió de planes?
Hosea soltó un suspiro cansado, aunque divertido.
—Micah se ha metido en problemas otra vez. Lo atraparon en Strawberry, y Lenny está hecho un torbellino desde que se enteró. Así que Arthur decidió llevárselo a Valentine a... —buscó la palabra con una mueca— calmarlo un poco. Ya sabes, un par de tragos, charla, evitar que haga alguna estupidez.
Al oírlo una leve sonrisa se formo en el rostro de la joven, siempre tomaba Arthur el papel de hermano mayor con ese chico, era el mas joven del grupo después de todo.
—Parece que realmente la paso mal Lenny.
—Así es —afirmó Hosea—. Lenny necesita que alguien lo mantenga con los pies en la tierra... y Arthur, bueno, a veces necesita una excusa para despejar la cabeza. No tiene por qué cargar él solo con todos los problemas de esta banda.
Le dio dos golpecitos suaves en el hombro a Evelyn.
—Así que hoy tú vendrás conmigo. Puede que no sea tan emocionante como beber hasta perder el sombrero, pero es útil. Y te servirá. Te prestare a uno de mis mejores caballos.
Evelyn parpadeó sorprendida como nerviosa.
"¿Qué yo que?" pensó.
—¿Yo? Pero... no sé montar bien todavía.
—Por eso mismo —respondió Hosea con tranquilidad—. Hoy vas a aprender. No te preocupes, no te voy a lanzar cuesta abajo ni nada peligroso. Solo un paseo suave y un poco de práctica. Además... —añadió con una de sus medias sonrisas— si vas a vivir entre forajidos, más vale que sepas moverte más rápido que tus problemas.
Cuando Hosea se alejó para alistar su caballo, Evelyn volvió a su tienda un momento para tomar su chaqueta y algo de agua. Abrió la mochila al escuchar un leve ruido de esta... y entonces lo vio.
El artefacto.
Lo sacó lentamente.
Estaba... Parpadeando, era luz tenue, parecía casi como un latido. Y vibraba, suave. Como un teléfono recibiendo una llamada. o como si algo dentro intentara activarse..
Evelyn se quedó inmóvil.
—No... ¿por qué ahora? —susurró, sintiendo la piel erizarse.
Lo tomó entre los dedos. No estaba caliente, ni tampoco parecía dañado. No tenía ni idea qué o por qué estaba haciendo eso, pero tenía un mal presentimiento al pensar lo peor.
Su corazón latió con fuerza.
¿Significaba que el artefacto se estaba activando como la otra vez?
¿La iba a devolver a su tiempo devuelta?
¿O alguien del futuro se estaba queriendo comunicar con ella?
Antes de que pudiera pensar más, la voz de Hosea irrumpió desde afuera.
—¡Evelyn! ¿Lista?
La joven guardó el artefacto de golpe, casi con culpa.
—S-sí, ya voy.
Se acercó a la salida, pero antes de correr la tela de la tienda, miró de reojo hacia la mochila.
Algo se le enroscó en el estómago, frío y denso. Lo dejó para más tarde. Tendría que hacerlo.
Salió rápidamente, intentando reacomodarse la expresión para no levantar sospechas.
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Hosea la esperaba junto a un caballo oscuro, elegante y tranquilo, con los ojos semidormidos. Sus riendas estaban gastadas, pero el cuero bien cuidado; las alforjas, llenas de herramientas y cuerdas. Claramente era un animal que Hosea usaba para su comercio y viajes.
—Este de aquí es Blackberry. No te preocupes, no muerde —dijo Hosea, dándole una palmada suave en el cuello—. A veces mastica mis guantes, pero eso es venganza personal.
Evelyn rió, todavía arrastrando la tensión del objeto oculto en su mochila.
—¿Está seguro de que puedo montarlo?
—Está más seguro él de ti que tú de ti misma —respondió Hosea con una sonrisa paternal—. Venga, sube. Te enseñaré despacio.
Evelyn respiró hondo, puso el pie en el estribo y trepó torpemente. El caballo se movió un poco bajo ella, pero no de forma agresiva. Hosea ajustó las riendas en sus manos.
—Bien. Primero, relaja la espalda. Confía en él. Si tú estás tensa, él también lo estará.
Ella trató de hacerlo. Un poco al menos.
—Eso. Ya ves, no es tan distinto de caminar... solo que ahora caminas encima de un ser que pesa media tonelada.
—Eso no ayuda —respondió Evelyn entre dientes, pero Hosea se rió.
—Tranquila. Vamos a empezar despacio. Sígueme.
Comenzaron a avanzar. Muy lento.
La brisa fresca con olor a los pinos la hizo distraerse de sus preocupaciones, el sol estaba tibio, y los cascos golpeaban la tierra de forma rítmica, calmada. Poco a poco, Evelyn empezó a perder el miedo. Incluso se permitió sonreír.
Blackberry soltó un bufido suave, casi aprobatorio. Trotaba con suavidad, moviéndose de forma casi perezosa bajo ella. Evelyn intentaba seguir el patrón del movimiento, rebotando un poco al principio, pero Hosea estaba a su lado, guiándola con voz tranquila.
—Eso es—agrego—.Relaja las rodillas. Déjalas caer, como si colgaran —le decía él, observándola de reojo—. Eso evita que sientas que el caballo te empuja hacia arriba.
Ella lo intentó. Y funcionó.
Trotó con menos torpeza, más acompasada.
—Oye... esto no está tan mal —admitió Evelyn, sorprendida de sí misma.
Hosea sonrió, satisfecho.
—Te lo dije. Solo necesitas paciencia y confiar un poco. Los caballos pueden sentirte, ¿sabes? Ellos saben cuándo estás asustada, cuándo estás triste... y cuándo necesitas que te lleven con más suavidad.
Evelyn acarició el cuello de Blackberry. El animal respondió con un resoplido tranquilo, como si aceptara su presencia.
—Creo que me agradas —le murmuró ella al caballo.
—No te emociones —bromeó Hosea—. Se comporta así con cualquiera que no sea John o Bill. Es un animal inteligente.
La joven soltó una risa auténtica, ligera. Una de las primeras del día.
Continuaron así un rato, entre árboles altos y aire fresco. Hosea le enseñó a tirar suavemente de las riendas para frenar, a hacer pequeños giros, y luego a dejar al caballo moverse por sí solo.
—No lo controles demasiado —explicó—. A veces, si les das espacio, te sorprenden con lo que saben hacer.
Ella lo intentó... y Blackberry caminó recto, confiado, como si supiera exactamente adónde ir.
Allí, subiendo una pequeña colina, con el sol calentándole la cara y Hosea guiándola con esa voz amable, Evelyn sintió algo extraño. Una mezcla de nostalgia y alivio.
Como si por un momento... Este tiempo, este mundo... No fuese tan ajeno.
Como si pudiera pertenecer aquí.
Pero la sensación se cortó tan rápido como llegó.
El recuerdo del artefacto activado en su mochila atravesó su mente como una aguja fría.
No pertenecía aquí. No del todo.
Hosea la observó, notando un cambio sutil en su expresión.
—¿Todo bien? —preguntó con suavidad.
Evelyn parpadeó, recuperando el aire.
—Sí... solo... estaba pensando —respondió, obligando una sonrisa.
Hosea la observó un segundo más, pero no insistió.
En cambio, ladeó la cabeza hacia el horizonte, donde el sol ya estaba subiendo del todo.
—Bueno —dijo con un toque de emoción tranquila en la voz—. Si aún te quedan
fuerzas... podríamos hacer algo más que solo dar vueltas con el caballo.
Evelyn frunció el ceño, curiosa.
—¿Qué tienes en mente?
—Bueno, cuando te dije que esperaba a Arthur para algo grande, me refería a algo muy valioso —dijo Hosea, bajando la voz con aire conspirador—. Pero creo que tu y yo podríamos contra esto juntos.
Ella lo miró sin comprender.
—¿Con valioso te refieres a..?
—Un jabalí legendario —declaró él, como si hablara de un tesoro.
Evelyn abrió los ojos un poco.
—¿Un... jabalí?
—Oh, pero no cualquier jabalí —corrigió con una emoción en su voz—. Este es enorme. Astuto. Casi imposible de encontrar de no ser porque lo vi hace poco en cierta zona. Y si lo cazamos bien, será una de las mejores pieles que puedas ver en tu vida.
La joven titubeó solo un momento... Pero Hosea, con esa energía calmada pero convincente, ya había encarrilado a su caballo. Y a los segundos ella lo siguió con Blackberry.
.
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El viento le golpeaba el rostro, enredándole el cabello. Blackberry avanzaba firme, seguro, y ella intentaba no perder el control ni retrasarse. Hosea, más adelante, giraba hacia ella de vez en cuando con una risa breve, disfrutando la carrera como un niño.
—¡Afloja los hombros! ¡Deja que corra! —gritó él por encima del viento.
A duras penas lo intento, tratando de relajarse.
A medida que avanzaban, algo en ella sentía la misma emoción que Hosea. El galope ya no la sacudía: la llevaba. Como si Blackberry la guiara a través de la hierba alta y las raíces del bosque.
—¡Esto es increíble! —gritó Evelyn, riendo sin poder evitarlo.
—Te dije que te gustaría —respondió Hosea.
No tardaron en llegar a una zona más salvaje, con árboles retorcidos y un olor fuerte a humedad. Ambos fueron bajando la velocidad poco a poco hasta detenerse.
Hosea fue el primero en bajar del caballo, seguido de ella, y se agachó para observar unas huellas profundas en el barro.
—Mira esto —le dijo—. Pesado, grande... está cerca.
Evelyn se inclinó también, pero frunció el ceño confundida. No veía nada que pudiera llamarle jabalí. Para ella era barro y ya.
—Yo... solo veo un hoyo —admitió.
Hosea soltó una carcajada suave.
—Y por eso te estoy enseñando. Vamos, sigamos el rastro.
Ambos continuaron lo que para ella eran "hoyos en la tierra" nomas. El bosque frondoso apenas y dejaba ver mas allá de unos pasos, pero aun así el paso de Hosea era seguro como confiado
—Los animales viejos son los más astutos —le decía mientras apartaba ramas—. No sobreviven tanto tiempo por casualidad.
—¿Y qué tan grande es este jabalí? —preguntó ella, algo inquieta.
—Digamos —el sonrió sin voltear— que si lo ves de frente y no estás lista... vas a desear estar en un árbol muy alto.
Y como si lo hubiera invocado, un gruñido profundo resonó cerca del arroyo.
Evelyn tragó saliva.
Hosea levantó la mano, indicándole que se detuviera.
Allí, entre matorrales densos, la criatura emergió: enorme, con cicatrices en el lomo, ojos brillantes y un cuerpo tan robusto que parecía un toro salvaje.
—Dios... —susurró Evelyn.
—Hermoso, ¿verdad? —dijo Hosea en voz baja.
El jabalí alzó la cabeza, atento a cualquier ruido cercano.
—Prepárate —indicó en voz baja Hosea, ofreciéndole el rifle.
Ella lo sostuvo... torpemente. Era más pesado de lo que pensaba. Su respiración tembló. Ya había jugado muchos videojuegos de disparos antes, así que no podía ser tan difícil, verdad?
—bien. Solo apunta... suavemente... y—
El disparo salió torcido.
Mas que torcido. No dio ni cerca. El jabalí salió corriendo con un gruñido que hizo vibrar el aire.
—¡Ay no, no, no! —gimió ella preocupada, mientras que Hosea solo se reía.
Corrieron a toda prisa, o al menos lo intentaron. Hosea aun siendo muy mayor lograba ir mas rápido que ella. Pero tampoco se iba a rendir tan pronto así que avanzo mas el paso.
El viejo forajido logró darle un disparo certero cuando el animal intentaba huir por un costado.
Cuando el jabalí cayo, el silencio reino de nuevo.
Ambos se acercaron con cautela. Hosea revisó el cuerpo del animal con respeto, casi solemnidad.
—Qué espécimen... —murmuró—. Pocas veces se ven así.
Evelyn lo observó, respirando todavía entrecortado, sintiéndose algo inútil por haber fallado pero también... emocionada.
—Lo siento —dijo al fin, rascándose la nuca—. Arruiné el disparo.
—No arruinaste nada —respondió Hosea—. Estabas nerviosa. Todos fallamos la primera vez. Dios, Arthur falló miles antes de acertarle a algo vivo.
Ella rió.
—Gracias por... tenerme paciencia.
Hosea la miró con esos ojos amables, cansados, pero cálidos.
—No es paciencia, Evelyn. Es... gusto. Se nota que realmente quieres aprender. No es común ver a una mujer intentando este tipo de cosas.
Ella sonrió, mirando hacia el jabalí tirado.
—Solo sé que tengo mucho que aprender.
—Y yo tengo tiempo —respondió Hosea, empezando a preparar el animal para llevarlo—. Al menos... mientras pueda.
La joven lo observo pensativa.
En lo poco que habían pasado tiempo el se sentía como una figura paterna. Le transmitía tranquilidad, confianza. Era lo que mas necesitaba al estar en este mundo nuevo.
Se imaginaba a Hosea mas adelante teniendo una vida tranquila, lejos del peligro. Era lo mas seguro.
—Gracias por traerme —dijo al fin—. Por... confiar en mí.
Hosea levantó la cabeza, sorprendido por la sinceridad.
—No te preocupes, querida. Si sigues así... algún día harás cosas grandes. Aquí, o donde sea que la vida te lleve.
Ella sonrió.
Y juntos, terminaron el trabajo, mientras el sol filtraba sus luces doradas entre las hojas del bosque.
.
.
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El sol ya estaba bajando cuando atravesaron las primeras tiendas del campamento, al bajarse de sus caballos y tomando ya cada quien su camino. El regreso había sido tranquilo, y Evelyn se sentía cansada, pero satisfecha. Vio a Mary-Beth sentada sobre un tronco, escribiendo en uno de sus cuadernos. Le levantó la mano en un saludo silencioso, a lo que la castaña respondió con una sonrisa suave antes de volver a su página.
Unos pasos más adelante, Evelyn se detuvo al ver a Jack tirado boca abajo sobre el suelo, las piernas levantadas en el aire y un cuaderno abierto frente a él. La lengua le sobresalía mientras escribía con concentración absoluta.
—Hola, Jack —lo saludó ella, inclinándose un poco—. ¿Qué estás haciendo ahí?
El niño alzó la mirada con un brillo orgulloso.
—¡Mi súper bitácora! —anunció—. Estoy anotando todo lo que ha pasado estos días. Para que cuando sea grande no se me olvide nada.
Evelyn sonrió enternecida. Desde donde estaba podía ver que las letras estaban torcidas, grandes, algunas al revés... pero eso lo hacia mas tierno por Dios.
—¿Y qué pusiste hoy? —preguntó.
Jack infló el pecho y volvió las páginas con cuidado exagerado, como si fueran un tesoro.
—Pues... que Tío Charles me enseñó a hacer un nudo... y que mamá se enojó porque me subí a un árbol muy grande... ¡ah! y que tú te fuiste con tio Hosea. ¿Qué hicieron?
Evelyn no pudo evitar reír por la emoción del niño.
—Fuimos a cazar. Un jabalí legendario... enorme. Más grande que tú.
Los ojos de Jack se abrieron como platos.
—¿¡En serio!? —y sin esperar confirmación, volteó su cuaderno y escribió "javAli mui muiii EnOmeee y lejendario aTapadO poR tio Hocea y Evlin" con mucha emocion en su rostro.
La joven sintió una ternura cálida subiéndole al pecho.
—Me gusta tu bitácora, Jack —dijo—. Vas a ser un gran escritor.
Él sonrió mostrando los dientes, mucho mas feliz que antes al alentarlo con su bitácora.
Evelyn lo dejó continuar garabateando y siguió su camino hacia su tienda compartida. El cansancio del día la golpeó en cuanto cruzó la lona. Dejó su morral a un lado... pero entonces recordó el parpadeo.
El artefacto.
Lo sacó con cuidado. La superficie metálica estaba fría, muda. Ya no vibraba ni emitía luz... pero la imagen del parpadeo persistente antes de irse la persiguió al instante.
Lo observó durante unos minutos. Nada. Silencio.
—¿Qué demonios fue eso...? —susurró.
Entonces, sin querer, se acordó de Jack. De su cuaderno. Y de lo que había escrito antes, los días anteriores.
Colocó el artefacto en su regazo y sacó de su mochila aquellas cartas que pertenecían a Jack adulto. Las cosas que pasaban o estaban cerca de pasar se veian con mas claridad que antes. De Hosea, Charles, Abigail, incluso encontró la lo que paso hace días en Valentine, casi.
Pasó las páginas arrugadas hasta que lo encontró.
Lo que hoy paso.
"Arthur y Hosea cazaron un jabalí muy muy enorme."
Su corazón dio un vuelco.
Tragó saliva, sintiendo un frío extraño recorrerle la espalda. Levantó el artefacto otra vez. No brillaba ya... pero ahora lo entendía. La vibración. El parpadeo.
Algo en la línea del tiempo se había movido. Algo que no debía cambiar.
Y ella había sido parte de ese movimiento. Esa casería, ese jabalí.
Ella NO debía estar ahí.
Estoy cambiando cosas... Estoy cambiando la historia.
El susurro se le escapó como si temiera que el aire pudiera escucharlo.
Se quedó un largo momento con la vista perdida en el metal inerte del artefacto. Y aunque el campamento seguía sonando a risas lejanas, ollas chocando y voces entre tiendas...
...por dentro, Evelyn sintió un vacío abrirse.
Había cruzado la línea sin darse cuenta.
Viaje en el tiempo (7)
El apellido Marston siempre había sido una sombra en la vida de Evelyn. Un apellido susurrado en viejas fotografías, oculto en cartas descoloridas y cargado de un pasado tan misterioso como trágico. Su familia hablaba poco de ello, como si fuera una vergüenza recordar a los suyos.
Cuando encontró el artefacto (una reliquia que conectaba con su familia), Evelyn solo quería una cosa: respuestas.
Pero robarlo desató consecuencias que jamás imaginó mas que en puras fantasías.
Ahora, perdida en un mundo de polvo, pólvora y caballos que solo conocía por historias de hace decadas y fotografías antiguas, Evelyn Marston es encontrada por azares del destino con alguien cercano a los suyos.
Un forajido. El mas cercano en su árbol familiar.
Arthur Morgan.
Y mientras el sol de 1899 se alza sobre un futuro que ya no le pertenece, Evelyn entiende la verdad: no ha viajado en el tiempo solo para observar como transcurre la historia.
Ha viajado para cambiarla.
Aunque eso signifique enfrentarse a la banda Van der Linde… y a las consecuencias que pueda traer
Este es un capitulo laaargo (porque segun eran dos partes, pero no sabia en que parte dividirlo y lo deje asi) espero les guste y diganme que opinan porfis<3
La semana pasó más rápido de lo que Evelyn quiso admitir.
El moretón del costado —aquella marca violeta que había iniciado todo— ya estaba casi completamente desvanecida, solo quedaba un leve tono amarillento que apenas dolía. Había dormido todas las noches en la tienda de Mary-Beth, quien resultó ser una amiga más fácil de lo esperado. Entre las tres —Mary-Beth, Karen y Tilly— hacían las tareas básicas: lavar ropa en el río, remendar ropa, clasificar provisiones, espantar gallinas que se metían donde no debían…
Y aunque ellas insistían en que “era huésped”, Evelyn detestaba sentirse inútil. Así que ayudó. Siempre que pudo. Así se ganó su lugar entre las chicas.
Lo único extraño de esa semana era… Arthur.
Casi no lo había visto. Cada vez que lo buscaba, él estaba fuera: Dutch le asignaba misiones, recados, cacerías o lo enviaba a revisar territorio. Cuando coincidían —algunas mañanas o noches— él siempre parecía cansado, o atento a otra cosa, o simplemente… distante. No grosero, solo ocupado.
Y ella no sabía si eso le frustraba un poco...
La joven terminaba de doblar unas mantas que Tilly le pidió cuando escuchó voces femeninas acercarse, animadas… y con una mirada de que estaban por hacer una travesura..
Karen fue la primera en asomar la cabeza por la abertura de la tienda que compartía con Mary-Beth
—¡Evelyn! Justo a quien buscábamos.
Detrás de ella, Mary-Beth apareció acomodándose un mechón de cabello y Tilly cruzó los brazos con una sonrisa traviesa.
—¿Qué pasa? —preguntó Evelyn, desconfiando un poco del tono.
Karen entró sin pedir permiso, como siempre.
—Hoy iremos a Valentine —anunció con orgullo, como si fuera una noticia de estado.—Y tú vendrás con nosotras—.Agrego
Evelyn parpadeó confundida.
—¿A Valentine…? ¿La ciudad?
—La misma —dijo Tilly—. Necesitamos un par de cosas de la tienda, y escuchamos que Dutch mandara a que Arthur vaya a Valentine.—Agrego sonriendo.—Así que ya tenemos una forma de llegar.
Evelyn dudó.
—No lo se chicas...
Mary-Beth avanzó, tomándole suavemente el antebrazo.
—Has estado trabajando muchísimo esta semana. Además, tu moretón ya sanó. Y sería bonito que vieras algo más que estas tiendas viejas.
Parte de ella quería decir que no; otra parte temía llamar la atención haciendo demasiadas preguntas o actuando “raro”. Pero Valentine…
Su curiosidad por conocer como es la vida diaria en el viejo Oeste la hizo emocionarse.
Era algo que quería ver con sus propios ojos.
Respiró hondo.
—Está bien… sí. Pero no quiero causar problemas.
Karen soltó una carcajada fuerte.
—¡Oh, cariño, los problemas ya existen! Tú solo ven a verlos de cerca.
Las chicas la ayudaron a elegir un atuendo que no llamara demasiado la atención. Mary-Beth le prestó otra falda y una blusa más sencilla; Tilly insistió en un chal ligero “por si refrescaba”; Karen le peinó el cabello con rapidez y sorprendente habilidad.
—Pareces todo un ser civilizado —bromeó Karen mientras se subían al carro.
—Es más de lo que puedo decir de ti —respondió Tilly, y ambas se empujaron entre risas.
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Arthur había terminado de hacer mover a Uncle de una buena vez. Lo menos que podía hacer era acompañarlo y traer los caballos para la carreta.
Cuando escuchó pasos, levantó la mirada.
Primero vio a las tres chicas. Luego vio a Evelyn detrás, algo encogida, como si estuviera dudando de si acercarse o no.
Arthur frunció ligeramente el ceño. No por molestia; más bien por costumbre.
—¿Y ahora qué andan tramando ustedes? —preguntó, acomodando el arma en su funda.
Karen se acerco sonriendo.
—Si vas a llevar al viejo Uncle ¿podrías llevarnos también?
—Si Arthur.—Agrego Tilly—.Llevamos mas de 2 semanas aquí y Karen va a acabar matando a Grimshaw.
Arthur le dio una calada a su cigarrillo.
—Bueno, la señora Grimshaw les da permiso?
Las tres muchachas soltaron una exclamación de ofensa.
—Que si nos da permiso? Arthur!.—Grito ofendida Karen.—Tienes aquí a 3 damas jovenes y sanas pidiéndote que las lleves a robar y te preocupan mas las tareas domesticas—
Mary-Beth se acerco con una sonrisa, una idea le paso por la mente al ver que Arthur aun no cedía.
—Si, además, Evelyn necesita un respiro del campamento. Y también para buscar ropa para ella—
Arthur parpadeó. Lentamente, giró la cabeza hacia Evelyn.
Ella sintió el peso de esa mirada y se encogió apenas, como si de repente recordara que no tenía nada de ropa propia. Las prendas prestadas hacían su trabajo… pero no eran suyas.
—¿Ropa? —repitió Arthur, arqueando una ceja—. ¿Y desde cuándo es urgente ir a Valentine solo para eso?
Karen bufó, cruzando los brazos.
—Desde que nuestra invitada no puede seguir vistiendo lo primero que encontramos en los baúles del campamento, Arthur.
Tilly añadió con una sonrisa:
—Y porque te viene bien la compañía, aunque no quieras admitirlo.
Arthur rodó los ojos.
Uncle, desde la parte trasera de la carreta, levantó las manos.
—¡Vamos, Arthur! Si no las llevas tú, van a convencer a alguien más, como a mi!. Y prefiero arriesgar mi vida contigo que con cualquiera de ellas manejando.
—¿¡Perdón!? —protestó Karen.
—Nada personal —respondió Uncle—, solo aprecio demasiado mis huesos como pa’ que los sacudan por ese camino infernal.
Arthur suspiró largamente, casi derrotado.
—…Está bien —murmuró por fin—. Pero ustedes tres se van con Uncle. Y Evelyn se viene enfrente conmigo.
Tres exclamaciones simultáneas.
—¿¡Qué!? —saltó Karen.
—¿Por qué ella contigo? —gruñó Tilly.
—¿Y a nosotras nos toca el viejo? —se quejó Mary-Beth.
Uncle chasqueó la lengua.
—Oigan, que sigo aquí eh!
Arthur señaló a Evelyn con el pulgar.
—Voy a la tienda de suministros, y si necesita ropa, es mejor que esté conmigo para elegirla. Además, si se pierde entre toda la gente de Valentine no voy a ir buscándola por salones, establos y burdeles…
—¡Arthur! —reclamó Mary-Beth cruzándose de brazos—. No digas eso frente a ella.
La joven solo fingió que no escucho lo escucho lo ultimo, uy que lindo ta el suelo..
Arthur carraspeó, como si hubiera dicho algo que no pretendía.
—Lo que quiero decir es que es más fácil si la tengo a la vista. Y punto.
Y así fueron acomodándose en la carreta: las chicas detrás junto a Uncle. Y Arthur se subió al asiento del conductor y a su lado Evelyn. Y en cuanto todos estuvieron listos, la carreta comenzó a moverse por el sendero.
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El camino a Valentine era irregular, lleno de baches y raíces que hacían saltar la carreta cada ciertos metros. Aun así, el ambiente era sorprendentemente… animado.
Uncle, acostado en unos costales de atrás, comenzó a cantar medio desafinado. Karen fue la primera en seguirle, luego Tilly y, por supuesto, Mary-Beth terminó uniéndose con una voz dulce que mejoraba un poco el desastre general.
“I got a girl in Valentine…”
El forajido, sin despegar la vista del camino, refunfuñó.
—Diablos… ¿por qué esa canción otra vez?
—Porque es pegajosa —respondió Tilly desde atrás, aunque Evelyn apenas alcanzaba a oírla.
La joven nunca la había escuchado, pero… era cierto. Era pegajosa. Y graciosa. Era mejor que escuchar las canciones que ponían en el autobús.. Arthur se dio cuenta de que ella observaba hacia atrás con curiosidad.
—No se preocupe —murmuro—. No tiene que unirse a eso.
Ella sonrió.
—Es… simpática, en realidad.
Arthur bufó.
—Esa no es la palabra que yo usaría.
La carreta avanzó entre árboles que poco a poco se abrían, dejando ver praderas amplias. El viento levantaba un poco el cabello de Evelyn, que intentaba no parecer demasiado fascinada por absolutamente todo.
Y al fin lo vieron. Las casas rusticas, los establos, La gente pasando, el polvo en el aire, las tiendas que parecían de una pelicula del viejo Oeste que vio hace tiempo.
Valentine.
Su estómago dio un vuelco.
La última vez había estado demasiado asustada y adolorida como para procesarlo. Ahora era distinto. Ahora veía el pueblo. El viejo Oeste, vivo, respirando, ruidoso, rústico… y precioso.
—Wow… —susurró sin darse cuenta.
Arthur la escuchó.
—¿Primera vez viendo un pueblo así… de día? —preguntó, con un comentario que parecía casual pero que en realidad era observador. Él recordaba lo golpeada y mareada que había estado la última vez.
Evelyn asintió.
—Es más… real de lo que imaginaba.
—Real es una buena palabra —dijo él, con una media sonrisa casi imperceptible—. También apestoso, desastroso, y lleno de gente que no sabe manejar un caballo, pero… real, sí.
Ella se rio en voz baja mirando a su alrededor de nuevo.
Cada pequeña cosa que veía lo absorbía como una esponja.
Si tuviera su celular tomaría muchísimas fotos.
Detuvieron la carreta frente al establo.
—Bien —dijo el forajido—. Aquí es donde nos separamos.
Uncle levantó las manos teatrales.
—Yo voy a ver si alguien vende caballos decentes. O whisky decente. Alguna de las dos no sería mala sorpresa.
—Nosotras vamos al salón —dijo Karen, ya bajando de un salto.
Mary-Beth le dirigió a Evelyn una mirada cómplice que ella no entendió del todo.
—Nada de preocuparse por nosotras. Solo haremos… trabajo de observación.
—Y de carteras —susurró Tilly con picardía.
Arthur torció la boca.
—No quiero que causen problemas.
—¿Desde cuándo queremos? —respondió Karen mientras se iba caminando con un contoneo extra.
Uncle siguió su camino refunfuñando y las chicas se perdieron entre la gente en dirección al salón.
Entonces Arthur bajó de la carreta y extendió una mano hacia Evelyn.
Ella dudó medio segundo, sorprendida, antes de tomarla para descender.
Arthur desvió la mirada de inmediato, como si ofrecer ayuda hubiera sido un acto reflejo que no quería admitir.
—Vamos —dijo, ajustándose el sombrero—. La tienda está justo por allá.
Caminaron lado a lado por la calle principal.
Evelyn seguía mirando a todas partes.
Caballos. Carretas. Mujeres con ropa polvorienta. Hombres saliendo del bar tambaleando. Un niño vendiendo periódicos con un grito agudo.
"Parece la escena de Volver al Futuro 3... en este caso yo seria Marty Mcfly?". Pensó la joven.
Arthur la miró de reojo.
—¿Le sorprende algo?
—Todo —respondió sin pensar.
Él sonrió apenas, de manera corta, sincera.
—Hmph. Pues prepárese. La tienda general también es un espectáculo.—Dijo con falsa emoción.
La puerta de la tienda se abrió con el típico tintineo metálico.
Un olor a madera, tabaco, café molido y cuero la envolvió.
Arthur caminó hasta el mostrador con la seguridad de un hombre que conocía
perfectamente el lugar. Saludó con un gesto al dependiente.
—Bienvenido señor, madan. Que necesitan?
—Necesito café, tabaco,… y la ropa donde la tienes?
—Al pasillo en la derecha señor.
Asintió con la cabeza y volvió su mirada a Evelyn.
—Escoge lo que necesites
—Pero es que, no tengo dinero para pagarlo-
—No dije si tenias dinero, anda. No te preocupes por eso—. Le interrumpió tratando de no ser brusco. Así que agradecida fue hacia el pasillo.
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Arthur dejó que Evelyn revisara tranquila mientras él trataba con el vendedor lo de los puros, balas y un par de botellas que Dutch había pedido.
Ella eligió dos blusas sencillas, de colores claros, y al llegar al estante de calzado ni siquiera dudó: botines resistentes, nada de esos zapatos finos que parecían hechos para torcerse el tobillo a la menor piedra. Mary-Beth habría dicho que “no son tan femeninos”, pero Evelyn se sintió segura al probárselos.
La parte difícil llegó con las faldas. Eligió tres: prácticas, no tan pesadas, de tejido resistente. Pero aun así… la idea de llevarlas la hizo sentir frustrada.
Cuando terminaron de pagar, Arthur sostuvo la bolsa grande sin esfuerzo y caminaron afuera. Pero no dejo pasar la mueca que hizo la chica cuando guardaban las cosas en la bolsa. Al salir vieron una banca en el porche de la tienda, el forajido fue el primero en tomar asiento.
El ruido del pueblo llenaba el aire: caballos, borrachos, gritos, el martilleo del herrero al fondo.
Evelyn se dejó caer en la banca con un suspiro frustrado, frotándose la frente.
Arthur la miró un momento, ladeando la cabeza.
—A ver… ¿y esa cara? —preguntó, entre curioso y divertido—. Pareciera que te obligué a comprar veneno en lugar de ropa.
Ella apretó los labios, sabiendo que era inútil disimular.
—No es nada… bueno, sí lo es —admitió finalmente—. No estoy acostumbrada a usar faldas. Me siento… torpe. Como si no fuera yo.
Arthur arqueó una ceja con calma.
—¿Ah, no? ¿Y en qué parte del Oeste viviste tú donde las mujeres no usan faldas?
La pregunta la tomó como un balde de agua fría. No por la sospecha, sino porque era tan… lógica. Cualquiera lo preguntaría.
Evelyn soltó una risa floja, nerviosa.
—Bueno… no es el Oeste en sí —titubeó—. Solo que… en mi casa, en mi familia… siempre me resultó más cómodo usar otra cosa. Mi mamá no era muy estricta con eso. Supongo que me acostumbré.
Arthur la observó con interés real, como si tratara de resolver un acertijo que no esperaba encontrar en ella.
—¿Más cómodo, huh? —murmuró, apoyándose contra la columna del porche—. No te culpo. Es más fácil montar con pantalones… correr, pelear, vivir.
Ella lo miró sorprendida. Él era el último que esperaba que la entendiera.
Arthur soltó una risa breve por su expresión. —Oye, solo digo. No me mires así. Nomás que… sí. Te entiendo.
Evelyn bajó la vista a la bolsa con las faldas nuevas.
—No quiero llamar la atención—confesó con voz baja—. No quiero que la gente piense que soy rara.
Arthur estuvo unos segundos en silencio. Luego levanto la vista hacia la gente que pasaba.
—Evelyn… la gente siempre tiene algo de que hablar. De alguien borracho, de alguien que hizo un desastre. Créeme, tú no vas a ser la cosa más rara que vean hoy —dijo, señalando con la barbilla a un tipo borracho que intentaba subirse a un caballo que no era el suyo—. Ya ves.
Ella soltó una carcajada suave, incapaz de evitarlo.
Arthur sonrió apenas, satisfecho de haberla hecho reír.
Además —añadió, bajando un poco mas su sombrero—, bueno. No te quedaría mal llevar pantalón.
Evelyn miro con una sonrisa al forajido, aquello la había hecho sentir algo... cálido, cálido y reconfortante dentro de su pecho.
—Gracias, Arthur —dijo con total sinceridad.
Arthur solo asintió, como si hubiera dicho algo obvio. —No hay de qué.
No paso mas de unos segundos, cuando un gruñido conocido se escuchó a unos pasos.
Uncle apareció tambaleándose ligeramente, pero no por borracho… sino por frustración. Con un bufido pesado se dejó caer justo al lado de Arthur, oliéndose de lejos el alcohol.
—Pues el trato no salió —anunció con dramatismo, como si trajera noticias de guerra—. Ese condenado trató de venderme un par de mulas flacas como si fueran caballos árabes. ¡Caballos árabes! —alzó la botella—. Así que mejor gasté el dinero en whisky. El único negocio que nunca falla.
Arthur soltó una carcajada ronca, no sabiendo si quería golpearlo o estamparle la botella contra la cara.
—Vaya sorpresa… el holgazán del campamento tampoco sabe hacer tratos —comentó, dándole una palmada pesada en el hombro, casi haciendo que Uncle se tambaleara—. ¿Qué será lo siguiente? ¿Qué tampoco sabes trabajar?
—¡Eh! —Uncle lo miró con indignación sincera—. Yo trabajo… cuando es necesario.
—Claro —respondió Arthur sin mirarlo—. Y beber también cuando es necesario… que, convenientemente, es todo el tiempo.
Evelyn tuvo que morderse la lengua para no reírse.
Uncle ya iba a defenderse otra vez cuando Mary-Beth apareció corriendo desde la esquina del porche, con el libro apretado contra el pecho y los ojos brillando con emoción y nervios.
—¡Arthur!—susurró agitada, como si temiera que todo el pueblo la escuchara—. Estaba husmeando un poquito en la estación…
Arthur levantó ambas cejas.
—¿Husmeando, huh? No suena como tú.
—Bueno… —Mary-Beth desvió la mirada—… digamos que estaba escuchando con mucha atención.
Se acercó más, bajando la voz.
—Y oí algo. Algo grande. Dos hombres estaban hablando de que un grupo de ricos comerciantes van a viajar en tren hacia el este en unos días. Con escolta mínima. Dicen que van a transportar dinero… mucho dinero.
La joven se irguió sin querer para poner mas atención. Arthur entrecerró los ojos, su expresión cambiando con esa mezcla particular de interés profesional y cálculo.
—¿Un tren lleno de ricachones… con poca vigilancia? —murmuró Arthur.
Mary-Beth asintió con entusiasmo.
—Lo escuché clarito. Mencionaron “maletas fuertes”, y uno decía que era mejor viajar pronto para evitar llamar la atención.
Arthur soltó un silbido corto.
—Dutch va a querer oír esto.—respondió él, poniéndose de pie—. Es buena información. Muy buena, de hecho.
Uncle se levantó también, aunque más por reflejo que por ganas, dándole otro sorbo a su botella.
Dejaron las bolsas en la carreta. Evelyn acomodó las blusas y las faldas dentro del pequeño baúl, mientras Uncle aseguraba su botella y Mary-Beth cerraba el compartimento posterior.
Arthur observó alrededor, frunciendo el ceño.
—¿Y dónde están Karen y Tilly?
Mary-Beth hizo un gesto hacia el Hotel Valentine, donde un letrero medio torcido colgaba sobre la entrada.
—Ahí. Las vi entrar hace rato. Estaban… “charlando” con dos borrachos en el bar del hotel. Embaucándolos un poquito antes de quitarles unos dólares.
—Pero —añadió Mary-Beth con una ligera arruga en la frente— ya tardaron demasiado.
Arthur soltó un suspiro cansado, acomodándose mejor el sombrero.
—Bien. Voy a ver si no se metieron en algún lío.
—¿Quieres que te acompañemos? —preguntó Evelyn de inmediato.
Arthur negó suavemente con la cabeza.
—Nah. Volveré enseguida. Quédense aquí.
Evelyn asintió. Pero lo siguió con la mirada mientras se alejaba, su silueta alargándose entre la luz rojiza del atardecer de Valentine.
***
Arthur no había caminado ni dos calles cuando escuchó un grito ahogado en un callejón.
Giró la cabeza y vio a Tilly, sujetada bruscamente del brazo por un hombre corpulento, con el rostro torcido entre rabia y despecho.
—¡Suéltame! —exigía ella, forcejeando.
Arthur no lo pensó.
Fue directo.
—¡Eh! —su voz sonó firme, como un golpe seco—. ¿Qué demonios crees que estás haciendo?
El tipo lo miró con fastidio.
—No es asunto tuyo, vaquero. Esta mujer me debe respuestas.
Tilly apretó la mandíbula.
—No te debo nada, Anthony. Eso quedó atrás.
Anthony. No era un nombre nuevo: un viejo conocido, uno del pasado de Tilly que nunca aprendió a dejarla en paz.
Arthur se acercó otro paso, y con él, la sombra de peligro puro.
—Te lo va a decir una sola vez más: SUELTALA. No le des gusto a nadie de que te acomode la cara contra ese muro.
El hombre dudó… pero la mirada fría de Arthur Morgan no invitaba a discutir.
Soltó a Tilly con brusquedad.
Arthur lo empujó hacia atrás, firme, claro.
—Lárgate —gruñó.
Anthony masculló insultos y se perdió entre los callejones.
Tilly exhaló profundamente, sacudiéndose el temblor.
—Gracias, Arthur… —susurró, avergonzada.
—Anda, vuelve con las chicas —le dijo él, sin juzgarla.—Donde esta Karen?.
—No lo se, solo mire que entro con un borracho hacia ese hotel—.Señalo el edificio de alado—.
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Mientras tanto, en la calle principal, Evelyn esperaba junto a la carreta con Mary-Beth y Uncle. Tilly llegó con paso rápido, todavía alterada, pero sin un rasguño.
—¿Todo bien? —preguntó la joven de inmediato.
Tilly asintió con una sonrisa tímida.
—Arthur me ayudó. Solo… un idiota del pasado. Nada más.
Mary-Beth suspiró aliviada.
Evelyn trató de relajarse, pero su mirada se mantenía inquieta en dirección al hotel.
Pasaron unos minutos..
Y mas minutos..
Hasta que por fin vio a Arthur salir del edificio con Karen caminando detrás de él.
La primera reacción de las tres fue de alivio. Luego, preocupación.
Karen tenía la mejilla enrojecida, hinchada por un puñetazo reciente. Ella lo disimulaba con una sonrisa descarada, pero Evelyn sintió cómo algo se le revolvía en el estómago.
—¿Karen? —preguntó en cuanto se acercó—. ¿Qué te pasó?
—Bah —Karen agitó la mano, restándole importancia—. Un cliente borracho que no sabía escuchar. Nada que no haya visto antes. Arthur lo dejó… más borracho. O más dormido. No sé. No me quedé a averiguarlo.
Arthur pasó junto a ellas sin decir nada más, directo hacia la carreta.
—Hora de irnos. —anunció.
Su voz era baja, controlada… pero Evelyn alcanzó a notar una tensión distinta en su postura, como si todavía estuviera conteniendo la rabia.
Todos subieron, sintiendo aun la tensión después de lo ocurrió.
Pero cuando el forajido estaba a punto de subir una voz desconocida se escucho a pocos metros.
—¡Oiga! Usted... yo lo he visto antes!
Evelyn giró la cabeza.
Un hombre bien vestido, de bigote pulido y sombrero caro, montado en un caballo oscuro, miraba directamente a Arthur con una mezcla de sospecha y nerviosismo. Parecía un comerciante o un viajero adinerado, no el tipo de persona que buscaba pleitos… pero su expresión decía que había reconocido algo que no debía.
Arthur se tensó.
—Disculpe… ¿me hablaba a mí? —respondió él con calma forzada.
El hombre frunció el ceño más.
—Sí. Usted estuvo en Blackwater. Recuerdo ese rostro. Estaba allí cuando... cuando todo ocurrió.
Evelyn notó cómo Mary-Beth y Karen dejaron de moverse. Tilly abrió la boca, muda. Uncle murmuró algo que sonó mucho a “Ya valió…”
Arthur dio un paso hacia el caballo del hombre.
—Debe estar equivocado —dijo con esa voz baja, peligrosa—. No sé quién cree que soy…
Pero el sujeto retrocedió con su caballo, nervioso, tragando saliva.
—¡No! ¡No estoy equivocado! ¡Yo sé lo que vi! ¡Ustedes... ustedes fueron los del asalto! ¡Ustedes—!
No terminó la frase.
El miedo le ganó.
Le clavó los talones al caballo y salió corriendo a toda velocidad por la calle principal, levantando polvo y dejando a todos en un silencio mortal.
El forajido maldijo entre dientes.
—¡Ah, para qué hablas de más…!—.Dijo entre dientes.
Se giró deprisa hacia los lados y vio un caballo amarrado frente al hotel.
Sin pedir permiso —o quizá sin tener tiempo para hacerlo— desató las riendas y montó.
Evelyn lo miró con sobresalto.
—¿Arthur?
Él la miró un instante.
No había enojo en su rostro… solo urgencia.
—Vuelvan al campamento con Uncle —ordenó con firmeza—. Esto lo arreglo yo.
Y sin más, salió disparado detrás del hombre, galopando fuera del pueblo.
El ruido de los cascos se fue haciendo más distante.
El silencio que quedó… era pesado.
Uncle dio un chasquido con la lengua, acomodándose incómodamente en el asiento de la carreta.
—Bueno… —dijo rascándose la barba—. Ninguno de nosotros quiere estar aquí cuando ese pobre idiota empiece a hablar de más. Arthur sabrá manejarlo.
Miró a las muchachas y luego a las riendas.
—Regresemos de una vez antes de que oscurezca.
Las chicas sin discutieron, lo cual ya decía bastante de la gravedad del asunto.
Cuando Uncle golpeó suavemente las riendas, el caballo de la carreta comenzó a moverse, alejándolos de Valentine y de toda la tensión que había quedado flotando en sus calles.
Mientras el pueblo quedaba atrás, Evelyn miró hacia el camino por donde Arthur había desaparecido.
Sentía el estómago cerrado…
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Cuando llegaron al campamento, la joven apenas entro en su tienda compartida, guardó con rapidez la ropa que le había comprado más temprano. Se dejó caer unos minutos sobre la pequeña cama, todavía sintiendo el cosquilleo en el pecho por todo lo que había ocurrido. Pero la inquietud empezó a colarse lentamente, como una sombra que se extendía por su espalda.
No podía dejar de pensar en Arthur.
No sabía exactamente qué le había hecho a aquel tipo… o qué podría haberle pasado después. Conociéndolo, Arthur no era de los que se quedaban sentados sin hacer nada cuando se trataba de problemas, pero justo por eso le preocupaba: él a veces cargaba con más de lo que debía, y ella no podía olvidar la manera en la que se su mirada cambio, como si se hubiera puesto la mascara fría de forajido sin remordimientos..
Cuando cayó la noche, la hoguera del campamento ya ardía fuerte, iluminando a varios de los miembros que reían, jugaban cartas o platicaban animadamente. Evelyn intentaba mezclarse con el ambiente, pero no dejaba de mirar, cada pocos minutos, hacia la entrada del campamento.
Hasta que finalmente lo vio.
Arthur venía caminando despacio, con ese aire cansado que a veces tenía al final del día. El sombrero le cubría medio rostro y parecía pensativo, tal vez incluso más de lo habitual. Evelyn sintió el corazón apretársele de inmediato. No sabía cómo acercarse. No sabía si preguntarle. No sabía si él quería hablar siquiera.
El solo saludó a un par de compañeros, dejó el caballo en su sitio y se encaminó hacia un punto más apartado, donde un viejo tronco servía a veces como banco improvisado. Se sentó ahí, en silencio, frotándose las manos y mirando hacia la oscuridad más allá del campamento. El brillo de la fogata apenas alcanzaba para dibujar su silueta.
Evelyn tragó saliva.
Tal vez era su oportunidad.
Se acercó despacio, sin querer asustarlo. Él levantó la vista al sentir sus pasos, y por un instante ella casi se arrepintió. Pero Arthur no dijo nada, solo le dedicó una mirada tranquila, como si estuviera esperando a ver qué quería hacer.
La joven respiró hondo mentalizándose y se sentó a su lado en el tronco, dejando un pequeño espacio entre ambos. El sonido del fuego y los grillos llenó el silencio por unos momentos, ninguno de los dos sin decir algo aun.
—Arthur… —corto el silencio con voz suave, sin saber bien cómo continuar—…Yo, cuando te vi salir antes. No supe qué pasó con aquel hombre… y… solo quería asegurarme de que tú estés bien.
Arthur bajó la mirada hacia el suelo. Tardó unos segundos en responder, lo suficiente para hacerle sentir a ella que quizá había tocado algo delicado. Pero él finalmente suspiró, apoyando los antebrazos sobre las piernas.
—Tuve que encargarme… —dijo él, con ese tono grave y resignado—. Y… sí, estoy bien, solo… cosas que uno no siempre quiere hacer.
Evelyn lo miró en silencio, tratando de leer más allá de sus palabras. Era curioso… Arthur siempre parecía más grande que el mundo cuando estaba sobre su caballo, cuando hablaba fuerte o cuando tomaba decisiones que otros no podían. Pero ahí, sentado en ese tronco, con la sombra de la fogata bailando sobre su rostro, se veía distinto. No débil… sino humano.
—Imagino que no siempre es fácil… —murmuró ella, girándose un poco hacia él—. Hacer todo eso que haces. Ser el que todos esperan que sea fuerte.
Arthur soltó una risa sin humor, baja, casi escondida.
—Bueno… alguien tiene que hacerlo —dijo, encogiéndose de hombros—. Y supongo que a mí me tocó ese papel.
Evelyn bajó un instante la mirada, sus manos jugando nerviosas con la tela de su falda. Entendía más de lo que creía. A veces veía la forma en que los demás acudían a Arthur para pedirle favores, ayuda o para que resolviera problemas. Y él lo hacía… aunque le pesara.
—Eso no significa que no te afecte —respondió ella suavemente—. No tienes que pretender que no te duele, Arthur. O que no te cansa.
Él guardó silencio unos momentos, la mandíbula tensa otra vez. Luego tomó aire profundamente, como si esas palabras lo hubieran agarrado justo donde más vulnerable estaba.
—No es que quiera andar por ahí… haciendo daño —dijo al fin, su voz grave y más baja que antes—. A veces uno solo… no tiene opción. O elige entre lo malo y lo peor.
Evelyn levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de él, y por primera vez notó el peso real que llevaba encima. No era culpa, exactamente… era el agotamiento de alguien que ha tenido que ser fuerte durante demasiado tiempo.
—Lo sé —susurró ella, casi sin darse cuenta de que había acortado la distancia entre ambos—. Y creo que… haces lo mejor que puedes. Incluso cuando no te lo reconocen.
Arthur la observó, sorprendido por la franqueza en su voz. La luz del fuego se reflejaba en sus ojos, dándole un brillo cálido que contrastaba con la dureza de su rostro.
Por un momento, el silencio dejó de ser incómodo. Era un espacio suave, un espacio donde ni él tenía que ser el hombre duro de la banda, ni ella la chica que siempre debía cuidarse de lo que decía o hacía. Solo eran Arthur y Evelyn, sentados juntos en una noche tranquila.
—Gracias —murmuró él al fin, con un tono sincero, mucho más íntimo de lo que ella esperaba.
Evelyn sintió un pequeño calor subiéndole a las mejillas. No sabía qué más decir… pero tal vez no necesitaban palabras.
La noche siguió ahí, quieta y amable, envolviéndolos mientras el fuego crepitaba a lo lejos, dejando que ese momento existiera solo para ellos.
Viaje en el tiempo(6)
El apellido Marston siempre había sido una sombra en la vida de Evelyn. Un apellido susurrado en viejas fotografías, oculto en cartas descoloridas y cargado de un pasado tan misterioso como trágico. Su familia hablaba poco de ello, como si fuera una vergüenza recordar a los suyos.
Cuando encontró el artefacto (una reliquia que conectaba con su familia), Evelyn solo quería una cosa: respuestas.
Pero robarlo desató consecuencias que jamás imaginó mas que en puras fantasías.
Ahora, perdida en un mundo de polvo, pólvora y caballos que solo conocía por historias de hace decadas y fotografías antiguas, Evelyn Marston es encontrada por azares del destino con alguien cercano a los suyos.
Un forajido. El mas cercano en su árbol familiar.
Arthur Morgan.
Y mientras el sol de 1899 se alza sobre un futuro que ya no le pertenece, Evelyn entiende la verdad: no ha viajado en el tiempo solo para observar como transcurre la historia.
Ha viajado para cambiarla.
Aunque eso signifique enfrentarse a la banda Van der Linde… y a las consecuencias que pueda traer
Un poquito de adaptación para Evelyn, en lo que Arthur no esta.
Evelyn despertó con la luz del día filtrándose entre la lona de la tienda. El olor a café recién hecho viajaba con la brisa fresca, mezclado con leña húmeda y el sonido distante de los caballos.
Por un momento… olvidó dónde estaba.
Esperaba encontrarse en su apartamento silencioso, con la alarma avisándole que ya era hora de ir a la universidad.
Ya la habrían puesto como desaparecida siquiera?
Se sentó lentamente, frotándose la nuca. La ropa que Mary-Beth le había prestado era bastante cómoda, aunque aun no se acostumbraba a llevar falda en vez de sus pantalones mezclilla.
Respiró hondo, reuniendo un poco de valor, hoy iba a ser un día largo, tenia que cuidar sus palabras. No hacer ver que no venia de este tiempo ni soltar algún detalle que la delatara. Se levanto a los minutos y salió.
Afuera, el campamento ya estaba vivo.
Mary-Beth le había enseñado a ubicar la mayoría de nombres de los integrantes. Las chicas Tilly y Karen reían cerca sentadas en una de las mesas de madera. Susan Grimshaw, una señora que había visto ayer en la noche, estaba dando ordenes a medio mundo; y Mary-Beth estaba sentada en un banco improvisado alado de las chicas, leyendo algo mientras movía el pie al ritmo de una melodía inexistente.
Ella fue la primera en notar que Evelyn había salido.
—¡Buenos días! —le dijo con un gesto amable—. ¿Dormiste bien?
La joven asintió, todavía un poco aturdida.
—Sí… gracias. Creo que necesitaba descansar más de lo que pensaba.
Karen, que tenía una taza en la mano y el cabello suelto, guiñó un ojo.
—Eso pasa cuando te rescata uno de los nuestros. Nada es normal por aquí.
Tilly la empujó suavemente con el codo.
—Karen… no la asustes tan temprano.
Evelyn se acercó con cierta timidez. Las tres mujeres la miraban con naturalidad… pero también con curiosidad palpable. Una chica desconocida, con ropa prestada, en medio del campamento de una banda de forajidos… no pasaba desapercibida.
Mary-Beth cerró su libro.
—Evelyn, ¿verdad? Ven, siéntate con nosotras. Las mañanas aquí siempre son más llevaderas si tienes a alguien con quien hablar.
Ella se sentó, agradecida.
Karen bebió un sorbo de café y la estudió un momento.
—Supongo que Arthur te trajo anoche por un buen motivo —dijo, sin malicia, solo con la franqueza típica de ella.
Evelyn bajó la mirada. Recordando lo ultimo que hablo con el forajido.
—Creo que… solo quería asegurarse de que estuviera bien.
Tilly sonrió.
—Entonces sí suena a Arthur.
Ella no supo qué contestar. Pero algo llamo su atención...
La cara de Tilly.
Luego la de Karen.
Después la risa de Mary-Beth
Eran idénticas. Eran idénticas que en las fotos antiguas que recordaba de la caja familiar: fotos donde estaban al lado de los hombres de aquí, que no tenían nada en común… pero sí se veían unidos.
—¿Te pasa algo? —preguntó Mary-Beth, inclinando un poco la cabeza.
Evelyn parpadeó y negó.
—Perdón… es que… creo que he visto sus rostros antes.
Karen arqueo una ceja divertida.
—¿Ah, sí? —dijo apoyándose en la mesa con una sonrisa ladeada—. No me digas que a nosotras también nos hicieron carteles de “Se busca”, ¿eh?
Evelyn parpadeó confundida.
—¿Carteles… de qué? —preguntó con total inocencia.
Se hizo un silencio breve entre las chicas.
Tilly dejó de limpiarse las manos con el pañuelo. Mary-Beth la miró de reojo. Incluso Karen, que estaba lista para reírse, pareció desconcertada por la pregunta.
—¿Cómo que “de qué”…? —murmuró Karen, entre burlona y confundida—. Pues de nosotras, claro.
Evelyn pestañeó de nuevo, más perdida que antes.
—¿Por qué tendrían que… hacerles uno?
Las tres mujeres intercambiaron miradas rápidas. De esas que dicen “esta chica no sabe absolutamente nada”.
Mary-Beth carraspeó suavemente.
—Bueno… —empezó con una cautela queriendo no asustarla—. Digamos que… no somos precisamente ciudadanas ejemplares.
Karen sonrió, orgullosa.
—Somos mujeres peligrosas, cariño.
Tilly dejó escapar un suspiro, como rendida.
—Somos… —hizo un gesto con la mano, buscando la palabra menos alarmante— forajidas, supongo.
—Delincuentes, dirían los Pinkerton —añadió Karen con fastidio.
Evelyn sintió un pequeño vuelco en el estómago. No miedo… sino un impacto extraño. Como si una pieza que llevaba años sin encajar finalmente encontrara su lugar.
—Pero no somos malas personas —dijo Mary-Beth enseguida, dando un paso hacia ella—. Nadie aquí lo es. Hacemos lo que hacemos porque… bueno, el mundo no siempre te da muchas opciones.
Tilly asintió, apoyándola.
—Algunos huían de la ley, sí… otros de la pobreza, de abusos, de cosas peores. Aquí nos cuidamos entre todos. Aquí nadie te deja atrás —le sonrió—. Si Arthur te trajo, por algo es.
Karen se inclinó un poco hacia Evelyn, estudiando su rostro.
—Además… no sé si has notado, pero tampoco pareces exactamente una damita de ciudad. Algo en ti dice que entiendes más de lo que crees.
Evelyn bajó la mirada, apretando los dedos contra su falda, sintiendo cómo su mente empezaba a encajar todas las piezas que la habían atormentado desde niña.
Las conversaciones cortadas de su abuelo. Las fotos viejas escondidas. Los silencios incómodos de su padre cuando preguntaba por sus antepasados. La frase que siempre le repetían: “Esa parte de la familia es mejor no recordarla.”
Y ahora estaba aquí. En medio de una banda de forajidos. Exactamente la banda que intentaban olvidar sus familiares
Evelyn sintió cómo cada palabra de las chicas desencadenaba una pieza más del rompecabezas que llevaba años sin armar.
"Así que… esto era. Lo que no querían contarme. Lo que mi familia escondió como si fuera algo vergonzoso."
El pensamiento apareció con fuerza, pero no pasó de su mente. Ella no dijo nada, solo miraba hacia sus manos, procesando en silencio.
Justo entonces se escuchó una voz cálida y un silbido aproximándose.
—¡Bueno, bueno! —dijo un hombre con acento mexicano mientras se acercaba con paso tranquilo, "Javier Escuella". Recordó Evelyn, de las fotos—. ¿Qué tenemos aquí? Parece que hay rostros nuevos esta mañana.
Javier saludó a Karen con un leve movimiento de cabeza, luego a Tilly y a Mary-Beth, antes de clavar los ojos en Evelyn con esa mezcla de curiosidad.
—Buenos días, señoritas. —Se apoyó ligeramente en su cadera, estudiando a la recién llegada—. Y tú debes ser la que trajeron ayer. La chica misteriosa.
Karen dirigió su mirada a el.
—Javier, apenas la asustas un poquito y te las veras con nosotras.
Él sonrió, encantado.
—¿Asustarla yo? ¿Cuándo he asustado a alguien? —sus brazos se abrieron teatralmente mientras Tilly bufaba divertida.
Mary-Beth intervino con una risa suave.
—Javier, te presento a Evelyn. Llegó anoche… y aún está aprendiendo dónde se metió.
—Ah, ya veo —dijo él, inclinando ligeramente la cabeza a modo de saludo respetuoso—. Bienvenida, Evelyn. Aquí todos somos un desastre, pero al menos somos un desastre unido.
Sus ojos chispearon con diversión mientras la evaluaba, sin malicia, solo curioso.
—¿Y bien? —añadió—. ¿Ya te contaron estas damas todos los secretos oscuros, o todavía te falta conocer lo peor?
Karen fingió ofenderse.
—¡Oye, nosotros somos lo mejor que este campamento tiene!
—Yo no dije lo contrario —respondió él con una sonrisa fácil.
Ella miro como se Javier se fue de donde estaban. Evelyn fue la siguiente en levantarse para tomar su porción de comida. Solo que esta vez se sentó a comer sola, ya que Grimshaw les había ordenado a las chicas que dejaran de holgazanear y se pusieran a limpiar.
El murmullo del campamento siguió, pero sin la risa de las chicas frente a ella, Evelyn se sintió de pronto muy sola.
Pasó los dedos por el borde del tazón ya vacío, escuchando los chasquidos del fuego y los pasos de gente moviéndose entre las tiendas. Todavía intentaba procesar todo lo que las chicas le habían dicho… y lo que no le habían dicho quizás.
Un movimiento pequeño a su derecha la hizo levantar la mirada.
Un niño.
Castaño, de ojos marrones, quien sostenía un libro gastado contra su pecho.
La observaba desde unos metros, como si fuera un animalito curioso que se acercaba por primera vez.
Evelyn tardó un segundo en reconocerlo.
Jack.
Jack Marston. Su… antepasado. El niño que cambiaría generaciones. El niño cuya foto había visto tantas veces en casa de sus abuelos.
Ahora estaba ahí, en carne y hueso, mirándola con esos ojos enormes y atentos.
—Hola… —dijo él finalmente, con una voz suave que apenas vencía el ruido del campamento—. ¿Tú eres la nueva… verdad?
Evelyn sintió que el corazón se le apretaba.
—Sí… —respondió con una sonrisa suave—. Soy Evelyn.
Jack se acercó un paso más.
—Soy Jack. —Hizo una pequeña pausa—. Todos hablan de ti, como si fueras... importante.
Evelyn soltó una risa nerviosa.
—Estoy bastante segura de que no lo soy.
Jack ladeó un poco la cabeza, observándola con una seriedad extraña para alguien de su edad. Se veía de no mas de 8 años de edad.
—¿De dónde vienes?
La pregunta se le clavó como un pinchazo.
Se había preparado para que Arthur, Hosea o Dutch la interrogaran… Pero no para que lo hiciera un niño.
—Muy lejos. —respondió finalmente—. Más lejos de lo que crees.
Jack pareció satisfecho… o quizá solo curioso.
—Te ves cansada. —comentó, sincero—. ¿Te duele algo?
Evelyn se llevó la mano al costado sin pensar.
—Un poco… pero estoy bien.
Jack abrió la boca para decir algo más, pero entonces otra voz lo llamó desde atrás:
—Jack. ¿Qué haces por ahí, cariño?
Abigail apareció entre las sombras, limpiándose las manos en el delantal.
Se detuvo al verlos juntos.
Su mirada hacia Evelyn no fue de desconfianza… pero sí de evaluación. De madre. De una mujer que ha vivido demasiado como para no medir a un desconocido.
—Hola —dijo la joven, algo tensa.
Abigail ladeó la cabeza y cruzó los brazos.
—Tú debes ser la muchacha de la que todos hablan.
Jack se pegó un poco a su madre, casi sin querer hacerlo evidente.
Evelyn tragó saliva.
—…Supongo que sí.
Abigail no sonrió. Pero tampoco frunció el ceño.
Solo la observó unos segundos, como intentando averiguar si era una amenaza, una víctima… o solo alguien que no sabía dónde estaba parada.
—¿Estás bien? —preguntó al fin.
Era una pregunta simple.
Pero la joven sintió que llevaba cargado un peso extraño, como si en realidad significara: ¿Hay algo que deba preocuparme? ¿Tengo que proteger a mi hijo de ti?
—Sí —respondió ella, con sinceridad—. De verdad. Estoy… mejor de lo que esperaba.
Abigail asintió, observando su costado por un segundo, como si viera más de lo que Evelyn pretendía mostrar.
—Bien. —Volvió a mirar a Jack—. Anda, ve a lavarte las manos. Vamos a comer algo más tarde.
Jack asintió, corriendo hacia una parte del campamento, sin antes decir:
—Nos vemos Evelyn! luego hablamooos
Abigail lo siguió con la mirada antes de volver a Evelyn.
—Jack no suele acercarse mucho a extraños —comentó, casi como advertencia y a la vez como halago—. Así que… si lo hace… más te vale ser buena gente.
No había amenaza en el tono. Solo una claridad absoluta.
Evelyn asintió.
—Lo soy. O… intento serlo.
La madre respiró hondo, relajándose apenas. Abigail dio media vuelta para regresar a su tienda.
—Descansa, muchacha —dijo sobre el hombro.
Evelyn la siguió con la mirada mientras se alejaba.
Cuando se quedó sola otra vez, su corazón latía descontrolado.
Jack. Había hablado con Jack Marston. Con su antepasado. Con el niño que escribiría las cartas… las cartas que por el pasar de los años no supo que contenían...
Un escalofrió recorrió su cuerpo, al pasar un nuevo pensamiento por su mente. Toda esta gente. Todo esta familia enorme que conformaba la banda.
"Que ocurrió con todos ellos?..."
***
Poco a poco, la luz del día comenzó a retirarse. La tarde pasó volando entre pequeñas tareas del campamento—alcanzar agua, acomodar mantas, limpiar cacharros—aunque las chicas insistían en que descansara y dejara de ofrecer ayuda cada cinco minutos. Aun así, ella no podía estar quieta. Necesitaba mantenerse ocupada para no pensar demasiado en… todo.
Cuando el cielo se tornó en un naranja profundo, Pearson encendió la hoguera principal y el olor a carne especiada empezó a llenar el aire. Javier afinaba su guitarra cerca del fuego, murmurando una melodía que le resultaba extrañamente familiar. Bill y Uncle discutían sobre algo que Evelyn no alcanzó a entender. No había visto a Arthur en todo el día, quizás aun no volvía del encargo que lo mando a hacer Strauss.
Evelyn se sentó cerca del borde del campamento, donde la luz de la fogata apenas alcanzaba. Miraba todo desde una distancia prudente, sintiendo esa extraña mezcla de nostalgia y desconcierto que la había acompañado desde que abrió los ojos allí.
¿Era esto lo que su familia no quería contarle? ¿Este mundo de humo, risas, polvo y música? ¿Este grupo de gente que, pese a ser forajidos, funcionaban más como una familia que muchos otros?
Los pasos lentos y pesados de un hombre mayor la sacaron de sus pensamientos.
—¿Puedo? —preguntó con su voz calmada, haciendo un gesto hacia el tronco junto a ella.
Evelyn asintió, y Hosea tomó asiento con un suspiro cansado, la edad le pasaba factura aunque no lo quisiera admitir.
—Te has visto muy ocupada para alguien que casi caía rendida hasta hace ayer —comentó, con una sonrisa suave.
—No quería… ser una molestia —respondió ella, encogiéndose de hombros.—Solo… quise aportar algo hoy para no sentir que estoy aquí sin hacer nada.
Hosea ladeó la cabeza, observándola de perfil. No con lástima, ni juicio; solo… viendo a una joven intentando encontrar dónde encajar.
—Todos hemos sentido eso alguna vez —respondió con naturalidad—. Nadie llega aquí sabiendo cómo moverse, ni qué hacer. Créeme, a este campamento le ha sobrado gente inútil. Tú ya hiciste más que muchos en su primer día.
Evelyn apretó ligeramente los dedos, sorprendida por lo mucho que esas palabras le aliviaron.
—Gracias… De verdad. Pensé que… no había hecho suficiente.
Hosea sonrió de lado, con esa calidez tranquila que parecía envolverlo todo.
—Aportaste algo, y con eso basta por ahora. Poco a poco te acostumbrarás aquí… si decides quedarte. —Hizo una pausa, más suave aún—. Y déjame decirte que no eres ninguna carga. Nadie que se esfuerce lo es.
Algo dentro de la joven se aflojó, como si por fin pudiera respirar sin ese peso atorado en el pecho que llevaba desde la mañana. Hosea no intentaba sacarle nada, no la presionaba, no pedía explicaciones de quién era o de dónde venía. Solo le ofrecía un espacio para existir.
—Me alegra escucharlo —respondió, dejando que la honestidad se le escapara sin pensarlo—. Supongo que… necesitaba que alguien me dijera algo así.
—Pues aquí estoy —dijo Hosea con una leve risa—. Y créeme, no necesitas explicarme nada que no quieras. Cada uno carga su propia historia, y no todas se cuentan de inmediato.
Evelyn levantó la mirada hacia él, sintiendo algo que no esperaba: confianza. Sencilla, cálida, casi familiar. Hosea era uno de esos hombres que inspiraban eso con solo sentarse a tu lado.
—Lo aprecio —dijo ella, esta vez con una pequeña sonrisa auténtica—. Prometo que seguiré ayudando en lo que pueda.
—Eso es todo lo que pedimos aquí —respondió él, incorporándose con un leve esfuerzo y sacudiéndose el polvo del pantalón—. Y recuerda: si alguna vez necesitas hablar… o solo un poco de guía, puedes venir conmigo. He tratado con gente mucho más complicada que tú.
Ella se río suavemente, casi sin darse cuenta.
Hosea empezó a alejarse, pero antes de dar más de dos pasos, se detuvo. No volteó del todo; solo echó un vistazo lateral, como quien suelta un comentario casual pero calculado.
—Ah, y… no te preocupes si crees que pasaste desapercibida hoy. Algunos tienen la mala costumbre de vigilar desde lejos para asegurarse de que todo marche bien. —Su tono era demasiado ligero para ser una acusación, pero lo suficientemente sugerente para que Evelyn entendiera de quién hablaba.
Su corazón dio un pequeño brinco. No lo entendía… pero lo dio.
Hosea siguió su camino, dejándola allí con la sensación inesperada —y reconfortante— de que, poco a poco se estaba sintiendo aceptada por algunos aquí.
Evelyn finalmente se levantó y caminó hacia el fuego, donde el aroma de la cena de Pearson hacía gruñir a cualquiera que pasara cerca. Compartió un plato con las chicas, y a pesar de lo cansada que estaba, se sorprendió de lo mucho que había llegado a reírse. Karen contaba historias exageradas; Tilly la corregía cada dos frases por ser vulgar frente a Evelyn; Mary-Beth solo rodaba los ojos con cariño, escribiendo algo en un cuadernito prestado por Hosea.
El campamento respiraba otro ritmo por la noche: más íntimo, más cálido, más real. Y Evelyn empezaba a sentir ese extraño hilo invisible que la conectaba con todo lo que la rodeaba.
Cuando el ruido comenzó a disminuir y algunos ya se retiraban a descansar, Mary-Beth se levantó de la manta donde estaban sentadas y se sacudió la falda.
—Bueno, creo que ya es tiempo de ir a descansar, vienes Evelyn—.Pregunto con amabilidad.
Evelyn asintió con la cabeza despidiéndose de Karen y Tilly. Para así seguir a Mary-Beth.
Mientras seguía a la castaña entre las tiendas, noto algo al mover la vista a su costado.
Arthur estaba allí, apoyado contra un barril, terminando de limpiar su arma a la luz tenue de una linterna de aceite. No la miraba directamente… pero sí la observaba de reojo, con esa forma cautelosa y nada disimulada que parecía natural en él. Sus ojos se encontraron apenas un segundo.
No dijo nada. Ella tampoco.
Pero Arthur inclinó ligeramente la cabeza, un gesto tan sutil que podría haberse confundido con una sombra movida por el viento. Aun así, Evelyn lo sintió como un reconocimiento. Una especie de “te vi, sigues aquí, estás bien”. Frío por fuera, pero atento. Distante, pero no indiferente.
La joven continuó caminando con Mary-Beth, y escuchó a lo lejos el suave clic del arma al ser guardada, como si él hubiera esperado a que ella pasara para retomar lo suyo.
Mary abrió la entrada de su tienda y la dejó pasar primero.
Evelyn se acomodó en el espacio que Mary despejó para ella, envuelta en una manta que olía a jabón casero y manzanilla.
—Mary… gracias por todo, de verdad.
La chica sonrió mientras se sentaba a desatarse los zapatos.
—Ya sabes que no es nada, es lo menos que puedo hacer—. agrego preocupada.—Como sigue el moretón?
—Ya duele menos que ayer, gracias
Mary-Beth sonrió al oírla. Apagó la linterna y murmuró desde su lado:
—Buenas noches, Evelyn.
—Buenas noches Mary.
Y con ello, descanso con tranquilidad por primera vez, había sido un largo día pero lo había llegado a disfrutar.
Viaje en el tiempo(5)
El apellido Marston siempre había sido una sombra en la vida de Evelyn. Un apellido susurrado en viejas fotografías, oculto en cartas descoloridas y cargado de un pasado tan misterioso como trágico. Su familia hablaba poco de ello, como si fuera una vergüenza recordar a los suyos.
Cuando encontró el artefacto (una reliquia que conectaba con su familia), Evelyn solo quería una cosa: respuestas.
Pero robarlo desató consecuencias que jamás imaginó mas que en puras fantasías.
Ahora, perdida en un mundo de polvo, pólvora y caballos que solo conocía por historias de hace decadas y fotografías antiguas, Evelyn Marston es encontrada por azares del destino con alguien cercano a los suyos.
Un forajido. El mas cercano en su árbol familiar.
Arthur Morgan.
Y mientras el sol de 1899 se alza sobre un futuro que ya no le pertenece, Evelyn entiende la verdad: no ha viajado en el tiempo solo para observar como transcurre la historia.
Ha viajado para cambiarla.
Aunque eso signifique enfrentarse a la banda Van der Linde… y a las consecuencias que pueda traer
Disfruten jsjsjs
Después de asegurarse que todo estaba bien, el forajido salió del cuarto con una ultima mirada a la puerta cerrada. Solo le dijo un "no le abras a nadie", no dijo "volveré", ni "cuídate" al menos. Sentía que no hacia falta decirlo.
Pero bajo las escaleras con el ceño fruncido, su andar era tenso, como si no quisiera alejarse de esa habitación aun.
Curtis lo miro de reojo desde el mostrador.
—¿Y la muchacha? —Descansando. —respondió Arthur seco. —¿Es familia, dijiste? —Lejana. —gruñó sin detenerse
No quería hablar del tema.
Desamarro a su caballo no sin antes darle una caricia y una manzana. Al montar en el salió del camino rumbo a un camino que ya conocía de memoria. Para cualquiera que pasaba a su lado solo podían ver a alguien concentrado en el camino que tenia delante, pero nada lejos de la realidad. Su mente estaba en un lugar muy aparte.
Porque apenas se alejo de Valentine, soltó un resoplido de esos que hacia cuando algo le revolvía mas la cabeza de lo que quería admitir.
"¿Quien demonios es esta mujer...?"
No confiaba en ella. Pero tampoco podía dejarla sola.
Aun con las mentiras que le había dicho, se notaba que ella no era de por aquí, estaba perdida como si todo lo que había a su alrededor fuera nuevo para ella...
No sentía que era lo correcto dejarla sola. Su código moral gano esta vez.
Cuando las luces del campamento se asomaron entre los árboles, Arthur enderezó la postura y respiró hondo.
De vuelta al caos familiar.
. . .
La fogata central estaba encendida. Se escuchaban risas, discusiones, el tintineo de platos.
Un día tranquilo por lo que veía.
Al verlo llegar Charles solo lo saludo con un gesto de cabeza. John solo lo miro de reojo desde donde estaba comiendo.
Arthur respondió al saludo con un gesto de cabeza, desmontando de su caballo.
—Miren quién llegó. —soltó Micah desde una silla, sonriendo con hipocresía—. Creí que estabas entretenido con cierto comerciante en Valentine.
—Cállate, Micah. —le cortó Arthur sin siquiera mirarlo.
Charles levanto la cabeza confuso.
—Todo bien?
—Más o menos. Necesito a Mary-Beth.
La muchacha levantó la mirada desde su tela bordada.
—¿Arthur? Vaya, eso no lo veo todos los días, que necesitas?
—Solo medicina. Algo para el dolor.
Ella frunció las cejas preocupada.
—Estas herido??
Arthur negó con la cabeza.
—No, para alguien mas
—¿Para quién?
Arthur exhaló, resignado a contestar.
—Para una chica.—Al decirlo escucho el resoplido de John alado suyo
—¿Te metiste en otro lío recogiendo gente del camino?
—No. —respondió frustrado de tanto interrogatorio—. La encontré herida. Eso es todo.
Mary-Beth dejo lo que estaba haciendo y se dirigió al carro de suministros para un ungüento y un pequeño paquete de compresas.
Antes de que volviera, Dutch apareció en escena, como si fuera un fantasma que decide materializarse justo cuando oye algo interesante o que le podria beneficiar.
—Arthur… hijo. ¿Una chica, dices?
Arthur sintió el peso de los ojos del líder encima.
—No la traje aquí, Dutch. Solo está en Valentine. Se lastimó. Necesita descansar.
Dutch sonrió, suave… demasiado suave.
—Oh, ya veo. ¿Y es… de buena familia?
El forajido se quedo frio por un instante al notar sus intenciones.
—Acaso importa?
—Solo pregunto.—Volvió a sonreír—. Ya sabes, a veces el destino nos puede poner oportunidades delante hijo. Seria una lastima dejar pasar algo que nos beneficiaria a todos aquí.
Arthur clavo la mirada en el.
—No es ninguna oportunidad. Solo es alguien que necesita ayuda.
Dutch alzó las manos como si lo disculpara.
—Como digas.
Entonces Mary-Beth volvió con la pequeña bolsa.
—Dale esto. Y que no duerma sobre el moretón, puede empeorar.
Agradeció guardando la bolsa, y después de aquello volvió a montar para ir de regreso a Valentine.
Mientras se alejaba, pudo sentir la mirada de Dutch en su espalda. Una mirada pesada que evaluaba. Sospechaba.
Arthur maldijo entre dientes.
***
El cuarto estaba silencioso. Más de lo que le gustaba.
Evelyn se recostó, pero su costado latía como si tuviera fuego bajo la piel. Y la ansiedad no ayudaba. Cada ruido en el pasillo la ponía en tensión.
Habían pasado no menos de unas horas, o eso creía, no había ningún reloj en la habitación y su celular se había roto en la caída.
Hasta que escuchó unos pasos más pesados, tambaleantes. Luego un murmullo grueso, arrastrado.
—¿Cariño?… ¿Dónde… dónde te escondes?
La joven se quedo helada al ver la sombra del hombre bajo la puerta. La manija se movió. Al abrirse vio a un hombre desalineado y con el rostro rojo por la bebida. Llevaba aun en su mano una botella casi vacía.
—Oiga… esta no es su habitación. —dijo ella con voz tensa.
El hombre empujó mas la puerta.
—Agh, vamos… solo busco compañía…
El olor a alcohol era mas que claro.
Ella sintió un escalofrío subirle desde la espalda.
—Por favor… váyase. —pidió.
El borracho solo se rio.
—Vaaamos... No seas tímida…
El hombre se acerco a paso tambaleante agarrándola con brusquedad del brazo y jalándola a su cuerpo.
—Suélteme!
—Cállate pequeña zorra... si bien que quieres...
Dio una rápida mirada a su alrededor alarmada. No veía nada con que defenderse. Hasta que vio la botella que sostenía el borracho, así que con rapidez se la arrebato.
CRACK.
Estrelló la botella contra su cabeza. Rompiéndose la botella. El hombre soltó un gruñido y cayó hacia atrás, desplomándose en el pasillo.
Ella quedó quieta, respirando como si hubiera corrido un kilómetro.
Sus manos temblaban. Mirando asustada al hombre tirado en el suelo. Soltó los restos de la botella como si la quemasen. Acaso ella había lo había
. . .
Los pasos firmes subiendo las escaleras hicieron eco.
Arthur apareció en el pasillo justo cuando Evelyn, temblorosa, dejaba caer los restos de la botella. Vio al borracho tendido en el suelo… y sus ojos cambiaron al instante.
Primero sorpresa. Luego enojo. Luego algo sutil: preocupación.
—¿Qué diablos pasó aquí? —preguntó en voz baja y enojada.
La joven tragó saliva.
—Quiso entrar…Yo... dije que se fuera… y no lo hizo…
Arthur observó al hombre inconsciente, valoró si debía rematarlo o simplemente dejarlo ahí. Pensaba seriamente ir a amenazar a Curtis por no cuidar quien entraba al maldito lugar. Pero se detuvo al verla.
Su cuerpo temblaba. Mirando con miedo al borracho en el suelo. Parecía a punto de quebrarse.
En ese momento Arthur tomo una decisión.
—No es seguro aquí. —dijo con firmeza, casi gruñendo.
Luego tomo la mochila de ella.
—Nos vamos
—¿A dónde? —preguntó ella, aún conmocionada.
Arthur la miró directo a los ojos.
—Al campamento. Estará mas segura que aquí.
Su tono dejaba claro que no aceptaba discusión. Que, quizá por primera vez, no iba a dejarla sola.
Y Evelyn sintió, por un instante breve, que podía respirar.
—Arthur… yo… —intentó decir.
—Luego hablamos. —respondió él, con voz más suave pero firme—. Ahora mismo, solo sígame.
La ayudó a salir, cuidando que no tropezara. Y mientras bajaban las escaleras, Evelyn notó que Arthur mantenía una mano cerca, sin tocarla… pero lista por si se caía.
Como si por primera vez, esa preocupación fuera sincera y no por obligación. De pensarlo Evelyn se sintió mas segura, estaba en buenas manos.
.
.
.
El atardecer había caído cuando salieron del lugar. La brisa fresca golpeando contra su rostro la hizo sentir aliviada, ya sentía una eternidad dentro de ese cuarto.
Arthur caminaba a su lado, no demasiado cerca, pero lo suficiente para que Evelyn supiera que la estaba vigilando. Vigilando en el buen sentido.
—Súbase. —dijo él, señalando el caballo.
La joven trago saliva. Tenía miedo de lastimarse más, pero aún más miedo de parecer una tonta frente a él. Finalmente, el forajido colocó una mano firme en la montura.
—Suba despacio. Pongo el pie aquí… eso es.
Cuando ella estuvo sobre el caballo, él montó detrás, no tan pegado como antes, dejando un espacio respetuoso que Evelyn agradeció más de lo que admitiría. Pero sus manos aún estaban cerca de las riendas… y eso era suficiente para que se sintiera un poco menos desprotegida por toda la situación.
El ritmo del caballo era suave, diferente al trote brusco anterior. Arthur lo mantenía así a propósito.
—Lo que pasó allá arriba… —dijo nerviosa—. Yo no quise…
—No fue su culpa. —la interrumpió él, tajante.—El tipo estaba borracho. —añadió—. Y estúpido. No había nada que usted pudiera hacer excepto defenderse.
Ella bajó la cabeza.
Arthur murmuró, casi inaudible:
—Hizo bien.
Evelyn sintió un nudo en la garganta. Que él lo dijera… se sentía como un alivio para su conciencia.
Las luces de la fogata se veían desde lejos, parpadeando entre los árboles. El murmullo de voces y risas llenó el aire cuando se acercaron.
Arthur desmontó y luego la ayudó a bajar. Esta vez lo hizo con más cuidado que antes, como si recordara el moretón bajo su ropa.
—Camine conmigo. —indicó él.
La chica lo obedeció.
En cuanto cruzaron la línea de carpas, las miradas se clavaron en ella.
Uno dejó de limpiar su arma. Escucho a otro silbar por lo bajo. Y una señora la evaluó de pies a cabeza con una expresión que decía “¿y esta quién es?”. Y un hombre bien vestido fue el primero en acercarse.
—Arthur hijo. —saludó con esa voz suave, encantadora, ensayada para caer bien—. Dijiste que volverías, pero no mencionaste que traerías compañía.
Evelyn se tensó, pero Arthur dio un paso un poco adelante, como un gesto automático para quedar entre ella y el hombre.
—Solo estará aquí esta noche Dutch. —explicó—.Nada mas.
El hombre conocido como Dutch sonrió aun más.
—¿Y cómo se llama nuestra invitada?
La joven abrió la boca, nerviosa, pero Arthur respondió por ella:
—Evelyn.
Dutch inclinó la cabeza hacia ella, inspeccionándola con la mirada.—Un nombre bonito para una chica que parece haber pasado por algo terrible.
Ella quería responder, pero la voz se le atoro. Algo en el hombre la hacia ponerse alerta, no sabia si era amable, manipulador, o ambas cosas. Sus ojos... parecían querer ver dentro de ella, que pensaba y así.
En eso apareció en escena una joven de cabello castaño, con su sonrisa cálida que contrastaba con todos los aquí presentes.
—¿Tú debes ser Evelyn? —preguntó dulcemente—. Soy Mary-Beth. Arthur me contó que estabas lastimada. ¿Puedo ayudarte con la medicina?
El alivio de Evelyn fue inmediato.
—S-sí… gracias.
Mientras Mary-Beth la guiaba hacia una de las tiendas, Arthur se giró a Dutch, que seguía observándola como quien evalúa una pieza nueva en un tablero.
—Es solo por esta noche. —repitió Arthur, su tono firme.
Dutch levantó las manos.
—Como digas, Arthur. Claro que sí.
Pero Arthur conocía esa mirada. Dutch estaba pensando. Calculando una posible ganancia monetaria.
John fue el primero en acercarse cuando Dutch se fue.
—¿Qué demonios pasó, Morgan? —preguntó en voz baja—. ¿Te encontraste a esa chica por caridad o qué?
Arthur resopló.
—La encontré en el bosque. Herida. Un oso casi la convierte en cena.
John lo miró con la misma duda que siempre tenia cuando el forajido hacia algo que no entendía, algo poco común en el.
—¿Y la traes aquí? ¿A Dutch? ¿A Micah? ¿A esta banda llena de idiotas?
—No iba a dejarla sola estando herida, y el pueblo no resulto tan seguro que digamos. —gruñó Arthur—. No pienses demasiado las cosas, Marston. Se te va a chamuscar el cerebro.
John chasqueó la lengua.
—Tch como sea.
Y así lo dejo de una vez.
.
.
.
Mary-Beth la había llevado a una carpa más tranquila. El ungüento tenía un olor fuerte pero agradable, a hierbas y mentol.
—Te va a arder un poquito. —advirtió
Cuando lo aplicó sobre el moretón, Evelyn apretó los dientes. Pero el dolor se mezcló con un alivio fresco inmediato.
—Arthur casi me sorprendió cuando pidió esto. —comentó Mary-Beth—. No suele preocuparse por nadie que no sea del grupo.
Evelyn bajó la mirada.
—No lo pedí… solo… pasó.
La castaña sonrió.
—Bueno, sea lo que sea… él no lleva a cualquiera aquí.
Evelyn solo pudo sonreír sin saber muy bien que decir. Solo pensaba que Arthur lo hizo sin ninguna razón.
Una vez que termino,
Mary-Beth ladeó la cabeza, observando a Evelyn de arriba abajo con curiosidad tranquila, pero evidente.
—Oye… espero que no te moleste que lo pregunte —dijo mientras tomaba una pila de sábanas—, pero tu ropa es… bueno, no es como nada que haya visto por aquí. ¿De dónde la sacaste?
Evelyn sintió un nudo en el estómago. Miró sus propios pantalones ajustados, su blusa demasiado moderna. Demonios…
Respiró hondo e improvisó:
—Ah… es algo que... hacía mi hermana, si —mintió—. Ella… modificaba ropa vieja y la dejaba así. Era como… su pasatiempo.
Mary-Beth abrió los ojos con un “¡ah!” comprensivo, como si la explicación hubiera encajado a la perfección en su mente, aún cuando no tuviera ningún sentido en ese siglo.
—Pues tu hermana tenía talento —dijo sonriendo—, aunque sí que es diferente. Pero si vas a quedarte un tiempo aquí… —Miró hacia un viejo baúl que tenia alado de su cama provisional.— creo que podría prestarte algo mío. Nada muy elegante, pero será más cómodo para ti… y bueno, menos llamativo.
Evelyn parpadeó, sorprendida por la amabilidad.
—¿En serio? No quiero causarte molestias.
—No es molestia —respondió Mary-Beth con una sonrisa cálida—. Somos varios aquí que hemos llegado solo con lo que traíamos encima. Créeme, te entiendo. —Se levantó, dejó las sábanas a un lado y abrió el viejo baúl—. Veamos… creo que tengo un vestido que te quedaría bien. Y un par de faldas que ya no uso mucho.
Evelyn no sabía cómo agradecerle sin sonar torpe.
—Gracias… de verdad. No tienes idea de cuánto lo aprecio.
Mary-Beth le guiñó un ojo.
—Solo prométeme que si tu hermana vuelve a hacer ropa rara como esa… me enseñas alguna prenda. Tengo curiosidad.
Las dos rieron suavemente. La tensión que Evelyn había sentido al entrar en el campamento se aflojó un poco. Y, por un momento, casi olvidó que estaba en un siglo que no era el suyo.
.
.
.
Arthur había regresado luego de haber tomado comido un tazón del guisado que preparo Pearson, llevaba en sus manos otro para dárselo a ella, ya que por todo esto ni había comido nada. Tuvo que aguantar la mirada curiosa de Pearson, que hasta el había querido chismear.
Una maldita noche tranquila no puede existir en este lugar, pensó mientras cruzaba entre las tiendas.
Estaba recordando todavía la conversación con Dutch cuando se detuvo en seco.
Evelyn estaba justo a la entrada la tienda de Mary-Beth, iluminada por la luz tenue de una lámpara. Pero… no llevaba su ropa extraña.
Ahora vestía una falda color marrón que rozaba sus botas, y una blusa color crema, además de verse con una sonrisa al hablar.
Le daba un aire completamente distinto: menos fuera de lugar… y, para desgracia de Arthur, mucho más difícil de ignorar.
Evelyn levantó la vista cuando lo vio acercarse.
—Arthur.
Él tardó un segundo en responder, como si su cerebro necesitara un momento para procesar el cambio.
—…Bueno —tosió, incómodo—,veo que Mary-Beth le consiguió algo que ponerse.
Evelyn sonrió tímidamente y se acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Sí. Fue muy amable. Dijo que… sería más fácil para mí moverme por aquí si no llamaba tanto la atención.
Arthur soltó una risa breve, seca.
—Sí, bueno. Aquí todos son buenos para hacer preguntas. Y para imaginar cosas que no vienen al caso.
Ella asintió como respuesta, bajando la mirada.
—Aunque yo, bueno... siento que me veo rara
Arthur negó con la cabeza.
—Nah. Es solo que… —buscó palabras, se rascó la nuca— se ve más como… alguien que encaja aquí.
Pausa.
—Menos… perdida.
Evelyn lo volvió a mirar, sonriendo de forma suave. Mendiga o no, ese pequeño halago la tomó desprevenida.
—Gracias… creo.
Arthur carraspeó y acerco la mano con el tazón del guisado.
—Traje esto. No ah comido en todo el día. Pearson tal vez no sea el mejor cocinero, pero nos mantiene con el estomago lleno.
Evelyn tomó el tazón con cuidado, rozando sin querer los dedos de él. Arthur fingió no notarlo, pero su mano retrocedió un poco más rápido de lo normal.
—Gracias, Arthur —repitió ella bajito.
El solo pudo asentir, incomodo al estar aun desencajado por verla.
Evelyn dio un sorbo al guisado, aún caliente, y un suspiro casi involuntario escapó de ella.
—Wow… esto está mejor de lo que pensé —admitió, sorprendida.
—No se lo digas muy fuerte a Pearson —gruñó Arthur con un amago de sonrisa—. Su ego se va a subir demasiado y no quiero aguantar su habladera en todo el día.
Ella rio, y por primera vez ese día, el sonido no sonó quebrado ni asustado.
Mary-Beth salió entonces de la tienda, secándose las manos en una manta. Miró a Evelyn, luego a Arthur, y una sonrisa suave—de esas que siempre parecían leer más de lo que uno decía—se formó en su rostro.
—Bueno… hice un pequeño espacio aquí adentro. —Señaló la tienda detrás de ella—. Para que Evelyn pueda dormir esta noche conmigo. No tiene sentido que duerma sola sabiendo que todavía está algo perdida y además dolorida.
Evelyn parpadeó, sorprendida.
—¿Estas segura? no quiero ser una molestia...
—No eres una molestia tranquila. —Mary-Beth le guiñó un ojo—. Te prometo que no ronco tan fuerte como estos sucios hombres de aqui.
Arthur soltó una exhalación breve que pudo haber sido una risa contenida.
—Mejor que esté aquí. —asintió él, serio nuevamente—. Con alguien que pueda
ayudarla si se siente mal.
Mary-Beth levantó una ceja divertida hacia Arthur, como si lo hubiera atrapado siendo más empático de lo que pretendía.
—¿Ves? Hasta Arthur está de acuerdo.
—No pongan palabras en mi boca —refunfuñó él.
Mary-Beth se inclinó hacia Evelyn.
—Cuando termines de comer, puedes entrar. Ya puse una manta extra por si te duele al moverte.
La joven asintió, agradecida.
La pelicastaña regresó a la tienda, dejándolos solos nuevamente.
Arthur se empujó el sombrero hacia atrás y resopló, incómodo por la quietud repentina. Trato de volver a su actitud de siempre.
—Bueno… —dijo rascándose la barba—. Si necesita algo, estaré por ahí.
Señaló con la cabeza hacia su propia tienda, más alejada del centro del campamento. Al ver que se daba la vuelta para irse, Evelyn bajo la mirada un momento, respirando hondo antes de atreverse a hablar.
—Arthur… —lo llamó suavemente—. Gracias. Por traerme aquí… por no dejarme sola.
Él se detuvo a unos pasos apenas, como si sus botas hubieran dudado de dar el siguiente paso. No se giró de inmediato, murmuro algo entre dientes, luego dejó salir un resoplido resignado.
Cuando finalmente la miró por encima del hombro, su expresión era seria… pero no dura.
—No significa que confíe del todo en usted. —advirtió, con ese tono grave y directo que usaba cuando quería dejar las cosas claras—. Ni que vaya a hacerlo mañana.
Evelyn tragó saliva, pero no apartó la vista.
Arthur continuó:
—Pero… —apretó la mandíbula, buscando la manera menos emocional de decirlo—. No iba a dejarla a su suerte en Valentine. No después de cómo la encontré. No sería… correcto.
La palabra “correcto” la dijo como si le pesara admitirla.
—Además… —añadió mirando al suelo—. Está herida, y no conoce este lugar. Sería una maldita locura dejarla sola.
Evelyn sintió una calidez inesperada que hizo que se sintiera tranquila, menos extraña en este campamento.
—Aun así… gracias —insistió ella, con una sonrisa suave.
Arthur negó con la cabeza, inquieto ante cualquier muestra de gratitud.
—No me agradezca. —gruñó, volviendo a su tono habitual—. Solo… haga caso. No se
meta en problemas. Y si pasa algo, me avisa. Eso es todo.
Se dio la vuelta de inmediato, como si temiera que quedarse un segundo más lo obligara a decir algo más amable de lo que quería.
—Buenas noches. —murmuró mientras se alejaba hacia su tienda.
Evelyn lo siguió con la mirada, sintiendo que, por debajo de ese caparazón rudo, Arthur Morgan acababa de mostrarle la primera grieta.
Viaje en el tiempo(4)
El apellido Marston siempre había sido una sombra en la vida de Evelyn. Un apellido susurrado en viejas fotografías, oculto en cartas descoloridas y cargado de un pasado tan misterioso como trágico. Su familia hablaba poco de ello, como si fuera una vergüenza recordar a los suyos.
Cuando encontró el artefacto (una reliquia que conectaba con su familia), Evelyn solo quería una cosa: respuestas.
Pero robarlo desató consecuencias que jamás imaginó mas que en puras fantasías.
Ahora, perdida en un mundo de polvo, pólvora y caballos que solo conocía por historias de hace decadas y fotografías antiguas, Evelyn Marston es encontrada por azares del destino con alguien cercano a los suyos.
Un forajido. El mas cercano en su árbol familiar.
Arthur Morgan.
Y mientras el sol de 1899 se alza sobre un futuro que ya no le pertenece, Evelyn entiende la verdad: no ha viajado en el tiempo solo para observar como transcurre la historia.
Ha viajado para cambiarla.
Aunque eso signifique enfrentarse a la banda Van der Linde… y a las consecuencias que pueda traer
A esa personita que le da corazon le mando un fuerte abrazo<3
El caballo redujo el paso al acercarse al pueblo.
Los primeros edificios de Valentine surgieron entre la bruma del amanecer: la herrería, el hotel, la taberna con el letrero torcido. Y el barro, Dios, tanto barro. Nada que ver con las calles que la joven conocía.
Los habitantes madrugadores levantaron la vista al verlos pasar.
Primero miraban a Arthur…
Y luego a ella.
A Evelyn.
Su cabello despeinado, la piel magullada, la ropa del siglo XIX que, irónicamente, no encajaba ni siquiera allí. Su ropa estaba sucia por la caída y el viaje, y su expresión de niña perdida no ayudaba.
Un hombre que cargaba sacos en la entrada del mercado murmuró:
—¿Qué diablos…?
Una mujer en delantal frunció el ceño, deteniéndose a medio paso.
Y un borracho de la madrugada soltó una risa ronca.
Evelyn sintió que cada mirada la empujaba hacia abajo, como si el pueblo entero supiera que no pertenecía a ese lugar.
Arthur, mientras tanto, no parecía afectado en lo más mínimo. No le importaban las miradas, ni los murmullos, ni el hecho de que ella parecía un venado recién nacido.
Solo avanzaba.
Con esa calma imperturbable que hacía que Evelyn sintiera más frío del que realmente hacía.
—¿Todos… nos están mirando? —susurró ella.
—No se preocupe por eso. —respondió Arthur sin mirar atrás—. La gente mira cualquier cosa que se mueva.
Ella bajó la cabeza. No era una respuesta reconfortante. Más bien una advertencia de que no esperara ayuda.
Cuando pasaron frente al salón, un grupo de hombres en la terraza se inclinó hacia delante, murmurando entre ellos. Seguramente también de ella.
Tragó saliva cuando el caballo se detuvo por fin frente a la estación. El edificio era pequeño, de madera envejecida, con un porche estrecho y un cartel que decía “Train Station & Post Office”. Un par de rancheros amarraban sus caballos cerca; uno de ellos la escrutó de arriba abajo con desconfianza.
Arthur desmontó primero.
Luego se giró hacia ella.
—Bájese. —ordenó.
Evelyn dudó. El estribo le quedaba lejos, y el dolor de costilla le punzaba más fuerte ahora que el caballo estaba quieto.
—No sé si… —murmuró.
Pero Arthur no esperó.
Le agarró del antebrazo con una firmeza que no dejaba espacio para protestas. No la lastimó, pero tampoco la trató con delicadeza. Era el trato justo que se le daría a alguien de quien no te fías: ayudar lo mínimo necesario.
—Salte. —dijo.
Ella lo hizo, cayendo al suelo de barro con un pequeño tropiezo, y por instinto la sostuvo de los brazos para que no se cayera, soltandola al ver que podia pararse. El impacto en la costilla la hizo aspirar aire con un siseo.
Arthur la miró de reojo, nada más.
No ofreció una mano. No preguntó si estaba bien. Simplemente amarró al caballo al poste y subió los escalones hacia la estación. Parece que en el siglo XX no existia la amabilidad...
—Venga. —ordenó desde la puerta siendo seguido por la chica
Cuando entraron, el silencio interior la envolvió. Había un mostrador de madera, un par de bancos y estanterías llenas de sobres y paquetes.
Detrás del mostrador había un hombre de mediana edad con bigote y el ceño fruncido, levantó la cabeza desde un montón de papeles.
—Arthur. —gruñó, sin sorpresa—. ¿Y esto qué es? ¿Te metiste a rescatar mujeres extrañas ahora?
Evelyn abrió la boca para defenderse, pero Arthur la cerró con una simple mirada.
—Necesita un sitio donde quedarse un rato. —dijo él—. Nada que debas saber.
El señor la miró con ojos entrecerrados, sospechosos.
—Esa ropa no es de por aquí… ni de ninguna parte que yo recuerde. Y tiene pinta de no saber ni dónde está parada.
Evelyn sintió que la garganta se le cerraba por sentirse el frijol en el arroz..
Arthur suspiró con fastidio.
—No te estoy pidiendo un sermón Curtis. Solo dime si puedes darle un cuarto unas horas. Yo pago.
Curtis levantó una ceja.
—¿Tú? ¿Desde cuándo pagas por desconocidas?
—Desde hoy. —respondió sin pestañear.
Curtis bufó.
—Bah. Está bien. Pero no quiero problemas.
El recepcionista dio un chasquido de lengua y se metió detrás de una cortina mugrienta que daba al almacén. Se escucho el tintinear de llaves y cajas moviéndose.
Arthur, apoyado en el mostrador, revisaba un pequeño fajo de billetes arrugados. Parecía indiferente… pero no tanto como antes. Cada cierto tiempo le echaba una mirada rápida, fugaz, como de evaluación.
Evelyn, sin embargo, la interpretaba como juicio.
—Deje de encogerse. La gente se fija más cuando alguien parece que va a romperse.
Ella bajó más los hombros.
—No me estoy encogiendo… —respondió en un hilo de voz.
—Claro que sí. —Arthur guardó el dinero en el bolsillo del chaleco—. Como un gato bajo la lluvia.
Ella frunció el señor sin saber si debía ofenderse o quien sabe, ya había notado que ser brusco era su forma de hablar. Curtis regreso dejando en el mostrador una llave
—Hay un cuartito arriba. —gruñó—. Nada especial. Y no quiero líos.
—No habrá líos. —Arthur respondió con un tono que no dejaba lugar a duda, tomando la llave y dándosela a la joven
—Puerta #2 al fondo del pasillo.—Explico el señor. La joven asintió, dispuesta a escapar del escrutinio de esos dos hombres, pero cuando dio el primer paso hacia la escalera, Arthur la detuvo con una mano apenas alzada
—Espere
Evelyn sintió un nudo en el estómago. ¿Qué había hecho ahora?
Arthur la miró directamente, lo que ya era intimidante. Pero su expresión era… distinta.
—Si alguien aquí le dice algo… no responda. —dijo con seriedad—. No se defienda. No discuta. ¿Entiende?
Ella abrió la boca para protestar, para decir que no era ninguna inútil, que podía valerse por sí misma… pero a mitad del impulso vio a través de la ventana las sombras de los hombres del salón, asomados y espiando hacia la estación. Incluso desde esa distancia, se les veía la búsqueda de problemas.
—Entiendo… —murmuró.
Arthur asintió una sola vez.
—Bien.
Hubo un breve silencio. Y luego, casi imperceptible, la parte empática de él se coló entre las grietas:
—...Y suba despacio. O se lastimara mas.
Evelyn lo miró sorprendida.
Arthur pareció arrepentirse de inmediato de haber dicho algo tan “considerado”. Se aclaró la garganta y desvió la mirada hacia la ventana.
—Eso es todo. —gruñó, recuperando su dureza habitual—. Suba.
Ella obedeció, sintiendo por fin un pequeño hilo de seguridad, algo que no esperaba encontrar allí… y menos proveniente de él.
Sin saber que en la mente del forajido se debatió una lucha mental entre su código moral. O estar atento hasta estar seguro de que estaría bien por si sola, o ser un insensible y dejarla a su suerte.
No lo sabia.
***
El cuarto era pequeño, apenas lo justo: una cama estrecha, una mesita de noche alado y un cofre donde habían toallas viejas. en la puerta de alado estaba un baño típico de época, junto a una palangana con agua y un jabón que había visto mejores días. La ventana dejaba pasar una luz tenue, perfecta para revelar cada mota de polvo. Ya empezaba a extrañar su apartamento
Cuando cerró la puerta detrás de sí, Evelyn exhaló por primera vez desde que entró al pueblo.
El silencio menos pesado que allá abajo.
Se acercó a la palangana. El agua estaba tibia al menos, lo suficiente para limpiar el barro y el cansancio. Se quitó la blusa con cuidado… y al levantar la tela, lo vio.
El moretón.
Una enorme mancha con tonos verdoso y violeta que se extendía desde la parte baja de su costilla hasta un poco más atrás, con razón le dolía demasiado..
—Mierda... al menos no me rompí la pierna.—murmuro tocando con delicadeza la zona.
Sentía que el corazón se le iba a salir del pecho de tan rápido que iba. Tantas cosas habían pasado ese día, escapar de la policía, el destello azul, acabar en medio de un bosque del siglo pasado, casi morir por un oso y por el precipicio...
Las lagrimas no tardaron en aparecer mientras se abrazaba a si misma, que pensarían sus padres si la vieran ahora?... siquiera volvería a verlos?
...Podria volver siquiera?
Recordó entonces el artefacto que traía en la mochila, y corrio esperanzada hacia la mochila para sacarlo, aquella vez junto eso a la caja y fue que se activo ese artefacto. Con lentitud puso en una mano la caja y en la otra aquel artefacto, si los juntaba volvería a casa, podría volver a su época como si nada de esto hubiera pasado! Con esa idea en mente estaba a punto de hacerlo. Pero algo la detuvo.
Realmente quería volver justo ahora?
Todo esto comenzó por algo, por descubrir la verdad de quienes eran sus antecesores, los Marston. Que había ocurrido realmente... Además, regresar seria como desperdiciar la única oportunidad de saber la verdad, de saber que paso con los Marston... con Jack...
...Con Arthur.
Su mano fue soltando la caja y el artefacto a extremos de la cama, entonces tomo un trapo cubriendo el artefacto de nuevo y guardándolos en su mochila otra vez.
Dejo escapar un largo suspiro, volver sonaba tentador... pero no lo correcto.
***
Sumergió un paño en la palangana y se lo presionó contra el costado. El frío le arrancó un jadeo. Luego dejó que el agua limpiara la suciedad del viaje, la sangre seca de la ceja y el polvo del camino.
No tardó mucho. Su cuerpo temblaba por la mezcla de frío, nervios y cansancio. Cuando terminó, volvió a ponerse su ropa antigua, todavía húmeda en algunos bordes.
Ojalá pudiera cambiarse con algo seco… pero era 1899. No tenía su ropa de su armario esperándola.
Estaba terminando de ponerse la blusa cuando escuchó un golpe suave en la madera.
Tres toques.
No era brusco. Tampoco impaciente. Solo firme.
Evelyn se quedó inmóvil. El corazón le dio un salto inesperado.
¿Quién…?
Se acercó con cautela, una mano sosteniendo su costado adolorido. Abrió apenas la puerta… y sus ojos se agrandaron al ver quién estaba del otro lado.
Arthur.
Estaba parado a unos pasos de la puerta, con su sombrero algo levantado viendo mejor su mirada la cual no terminaba de desifrar.
Ella parpadeo, sorprendida.
—¿Tocaste… la puerta?
Arthur frunció el ceño como si la pregunta fuera rara.
—Pues claro. —respondió con esa voz grave y tranquila—. No planeaba entrar si estaba… ocupada.
El “ocupada” lo dijo con una incomodidad tan visible que Evelyn casi sonrió.
—Puedo pasar? —añadió él, más formal de lo que esperaba.
Evelyn abrió un poco más la puerta y él entró sin invadir su espacio, quedándose cerca pero no demasiado. Cerró la puerta detrás de sí con un movimiento cuidadoso.
Ella no pudo evitar soltar decir:
—Pensé que… te habías ido.
Arthur la miró solo un segundo, evaluándola. Ese tipo de mirada corta, directa, que usaba para saber si alguien mentía… o si estaba a punto de caer al suelo.
—No soy tan cabrón. —dijo por fin—. Y no dejo a nadie tirado cuando claramente no puede ni caminar bien.
Le salió un humor seco, casi una broma… que al mismo tiempo era una admisión de que se había preocupado.
Arthur bajó la mirada a su costado, donde ella todavía sujetaba la tela.
—¿Puedo ver eso? —preguntó.
Ella dudó.
Arthur levantó ambas manos en un gesto de paz.
—No voy a tocarla. —aclaró, serio—. Solo quiero saber si va a necesitar que la lleve al doctor nada mas.
Evelyn respiró hondo y levantó un poco la blusa, mostrando el moretón semi violeta que cubría el costado de su torso. Arthur silbó entre dientes, bajo.
—Ese golpe fue fuerte como el demonio.
Sus ojos se suavizaron por un momento… una de esas expresiones rápidas que tenía antes de ponerse otra vez la máscara de hombre rudo.
—Debe doler. —murmuró.
Ella asintió.
Arthur se inclinó un poco, sin acercarse demasiado, solo lo suficiente para verla mejor sin cruzar límites.
—Bien. —sentenció—. No parece rota… pero si respira muy hondo y ve estrellas, me lo dice. No pienso cargarla.
Su tono era seco. Pero la intención detrás no lo era.
Ella bajó la tela, un poco avergonzada.
Arthur se enderezó, frotándose la nuca con esa incomodidad que tenía cuando decía algo demasiado… humano.
—Hablé con Curtis abajo. —informó—. Le dije que es una… pariente lejana que vino a visitar. O algo así. No va a hacer preguntas.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Eso dijiste?
—¿Prefería que dijera la verdad? —soltó Arthur, arqueando una ceja—. Que no sabe ni en donde esta, que la encontré en medio del bosque y que parece que nunca se hubiera subido a un caballo.
"Bueno, nunca se había subido a uno en realidad" pensó. El agrego:
—Solo intento ayudarla a no meterse en más líos de los que ya tiene. —bajó la voz, mirando de lado—. Aunque no sé ni por qué lo hago.
Lo dijo con cansancio… no con malicia.
Evelyn sintió que, por primera vez desde que llegó al siglo equivocado, Arthur le demostraba algo tras esa mascara de hombre frio y brusco que habia sido hasta hace unas horas, el se quedaba.
No por obligación. No por interés. Solo por… algo.
Un algo que Arthur ni siquiera entendía o no quería admitir.
Viaje en el tiempo(3)
El apellido Marston siempre había sido una sombra en la vida de Evelyn. Un apellido susurrado en viejas fotografías, oculto en cartas descoloridas y cargado de un pasado tan misterioso como trágico. Su familia hablaba poco de ello, como si fuera una vergüenza recordar a los suyos.
Cuando encontró el artefacto (una reliquia que conectaba con su familia), Evelyn solo quería una cosa: respuestas.
Pero robarlo desató consecuencias que jamás imaginó mas que en puras fantasías.
Ahora, perdida en un mundo de polvo, pólvora y caballos que solo conocía por historias de hace decadas y fotografías antiguas, Evelyn Marston es encontrada por azares del destino con alguien cercano a los suyos.
Un forajido. El mas cercano en su árbol familiar.
Arthur Morgan.
Y mientras el sol de 1899 se alza sobre un futuro que ya no le pertenece, Evelyn entiende la verdad: no ha viajado en el tiempo solo para observar como transcurre la historia.
Ha viajado para cambiarla.
Aunque eso signifique enfrentarse a la banda Van der Linde… y a las consecuencias que pueda traer
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El bosque parecía más oscuro ahora que Evelyn caminaba detrás de Arthur, tratando de no cojear demasiado para no mostrar debilidad. Cada paso le punzaba la costilla y, aun así, hacía todo lo posible por mantenerse erguida. Lo último que quería era parecer una carga.
Las botas de Arthur aplastaban ramas con un ritmo constante. Él no miraba atrás, pero Evelyn estaba segura de que la escuchaba respirar, de que sentía su torpeza, de que analizaba cada ruido que hacía.
Arthur Morgan no era un hombre descuidado. Ni confiado. Ni ingenuo.
Y sin embargo, la estaba guiando.
—No se quede tan atrás —gruñó de pronto, sin voltear.
Evelyn pegó un saltito.
—Perdón. Estoy.. estoy cansada.
—Sí. Y también golpeada. —Arthur señaló con la barbilla hacia su costado—. Le dije que no fingiera que estaba bien.
—No estoy fingiendo —mintió con la peor convicción del mundo.
Arthur soltó un sonido entre risa seca y resoplido.
—Claro.
Siguieron caminando unos metros más. Los árboles se abrían en un sendero estrecho y húmedo. El silencio era tan profundo que Evelyn escuchaba su propio corazón. Y cada tanto, un pajarito que no reconocía.
El ambiente olía a madera, lluvia y hojas viejas. Muy… real. Demasiado real.
Era imposible ignorarlo. No estaba en un bosque moderno. Estaba en el pasado.
—Arthur… —susurró sin pensarlo.
Él se detuvo en seco.
Giró la cabeza apenas, lo justo para verla con uno de sus ojos azules, fríos pero atentos.
—¿Quién le dijo mi nombre? —preguntó con tono bajo, cargado de sospecha súbita.
Evelyn sintió un vacío en el estómago.
Mierda.
—Y-yo… tú lo dijiste antes —balbuceó.
Arthur entrecerró los ojos.
—No. No lo hice.
Silencio.
Evelyn tragó saliva, mirando el suelo.
—Yo.. supongo que lo imagine..—murmuro, improvisando sin algo coherente que decir—. Creo que.. creo que me golpee cuando caí de ese barranco
Arthur la observo por unos segundos mas, largo e incomodo.
Ella contuvo la respiración sin atreverse a mirarlo a los ojos.
Finalmente, él apartó la mirada y siguió caminando.
"Hmph" Fue todo lo que dijo—. Entonces procure no desmayarse ahora.
Evelyn soltó el aire muy despacio.
No podía seguir equivocándose así.
Después de unos minutos, Arthur levantó una mano indicando que se detuviera.
—Quieta. —susurró.
Ella obedeció sin chistar.
Delante, entre los árboles, se veía un claro. El viento movía las hojas de manera suave pero cargada de intención. Algo estaba allí.
Ella se tenso, temiendo que fuera otro oso.
Pero Arthur solo chasqueó la lengua.
—Vamos, chico.
Y un caballo salió del claro.
Grande. Imponente. De pelaje oscuro y ojos tranquilos. Este se acercó a Arthur, quien le acarició el cuello con una suavidad que contrastaba con su actitud dura.
—Buen chico —murmuró.
Luego miró a Evelyn.
—Suba.
—¿A… al caballo?
—¿A qué más?
Ella miró la altura y se sintió pequeña, nunca en su vida habia subido a uno.
Pero Arthur no esperó.
La tomó del brazo ,rápido pero sin lastimarla, y la ayudó a montar.
Ella soltó un quejido por el dolor de la costilla.
Arthur frunció el ceño.
—Se lo dije. Está herida.
Él subió detrás de ella con un movimiento fuerte y preciso. Evelyn podía sentir el peso detrás suyo, el calor y el cuero del cinturón de balas rozando su espalda, vio los fuertes brazos de Arthur rodeándola para tomar las riendas .
—Agárrese.
Ella lo hizo sin protestar, temiendo caerse del caballo. El caballo comenzó a avanzar dejando atrás el bosque donde todo cambio.
Estaba montando con Arthur Morgan.
En 1989.
Y no sabia si aquello era la realidad o se trataba de un muy vivido sueño..
***
El trote empezó suave, pero cada movimiento del caballo enviaba un pequeño latigazo de dolor a la costilla de Evelyn. Aun así, apretó los labios y no emitió ni un quejido más. No quería volver a darle motivos a Arthur para que se la pensara dos veces y prefiriera lanzarla a patadas del caballo.. aunque seguramente ya lo había pensado antes.
Él la notó tensarse, porque murmuró:
—Falta poco para llegar, intente no desmayarse quiere?. —Asintió con la cabeza como respuesta.
Su vista se centro en otra cosa para no pensar en el dolor. El inmenso bosque termino reemplazado por un campo despejado, el amanecer nunca se había visto tan, bueno, tan REAL; Era como si su futuro fuera un pésimo intento de replicar esto, toda esta vida tan vasta, pagaría antes una vista así que cualquier atracción que hubiera visitado antes.
"Estoy en 1899.." . Sintió un mareo. No por el movimiento del caballo, sino por caer en cuenta de la situación.
Esto era REAL.
De verdad había viajado al pasado y ahora estaba con quizás un tatara tatara pariente de su familia del pasado.
El viento contra su rostro, el olor del caballo, la textura de los guantes de cuero de Arthur cuando las riendas rozaban su antebrazo. Nada de eso podía inventarlo su mente, que ella supiera no estaba drogada.
Arthur habló de nuevo, esta vez con un tono casi "curioso".
—¿De dónde dijo que venía?
Evelyn se tenso, pero dijo una verdad a medias. —Yo.. de Blackwater señ- Arthur.—Se corrigió nerviosa.
—Blackwater.. —Arthur apretó apenas las riendas, haciendo que el caballo bajara un poco el paso—.Y me dirá como una mujer que "dice" vivir en Blackwater termino en medio de un bosque de Valentine que esta a casi dos días ah caballo?
Ya lo había arruinado.
Arthur Morgan no necesitaba levantar la voz para intimidar, porque ya la tenia rezando por seguir en una pieza.
—Le preguntaré de nuevo —dijo él, lento—. ¿De dónde viene y qué hacía sola en ese bosque?
Pensó en mil respuestas, aunque ninguna buena.
No podía decir “ah si mira, vengo del futuro y soy posiblemente tu tatara no se que”. Tampoco que robó un artefacto gubernamental extraño que la lanzó a otra época. Sonaría loca, demente mas bien.
Evelyn tragó saliva. Hablar le secaba la garganta.
El caballo seguía avanzando a un ritmo lento, pero que parecía amplificar la presión sobre su costado.
Arthur esperaba.
Ese era el problema.
Arthur Morgan sabía esperar.
Y sabía detectar mentiras incluso antes de que salieran de la boca.
—Yo… —Evelyn apretó las manos alrededor del borde del sillín—. Es difícil explicarlo…
—Entonces inténtelo. —respondió él sin emoción alguna.
No levantó la voz. No la amenazó.
Solo dejó la frase caer como el peso de una roca.
Ella inhaló hondo.
—Dije la verdad… —empezó—. Soy de Blackwater, sí, pero no… no tengo familia allí. No realmente. Llegué hace poco.
Arthur no se movió detrás de ella, pero Evelyn sintió que algo en su postura se endureció.
—Ajá. —dijo, escéptico.
—Yo… estaba huyendo de unas personas. —dijo ella con cuidado, muy cuidado—. No eran… precisamente buenas. Y me escondí en el bosque para despistarlos. Eso es todo.
Luego de su respuesta lo acompaño un silencio. El tipo de silencio que hace que una persona quiera saltar del caballo y correr en la otra dirección solo para escapar de la presión invisible.
Arthur finalmente exhaló por la nariz.
—Está mintiendo. —dictaminó, tranquilo, como quien describe el clima.
El corazón de Evelyn se desplomó.
—N-no estoy mintie—
—Sí lo está. —la interrumpió en seco—. Está mintiendo y, francamente, está mintiendo muy mal.
La vergüenza la quemó viva.
Arthur continuo. —
—No sabe montar, no conoce los caminos, no habla como la gente de Blackwater, ni como la gente de ningún lado que yo haya visto. —hizo una breve pausa—. Y cuando le pregunté mi nombre, no titubeó. No lo estaba “adivinando”.
Evelyn sintió la sangre desaparecer de su cara.
Ya estaba acorralada. Muerta. O arrestada. O las dos.
—Escuche bien. —Arthur bajó la voz, acercándose lo justo para que sus palabras le rozaran la oreja—. No me interesa su vida personal. No me interesa su drama. No me interesa ni por qué corre ni de quién.
—Pero no voy a andar cargando con alguien que puede ser una ladrona, una soplona… o peor.
El caballo siguió avanzando mientras Valentine aparecía en la distancia, polvorienta y ruidosa.
Evelyn apretó los labios tan fuerte que sintió un pinchazo.
—No soy una amenaza. —susurró.
—Todo el mundo dice eso. —respondió Arthur, sin emoción—. Justo antes de voltear la espalda y clavar un cuchillo.
Evelyn tragó.
Arthur respiró hondo, cansado, como si la conversación fuera un lastre más en un día ya difícil.
—Le voy a dar una oportunidad. —dijo al fin—. Una. Porque no parece del tipo que sabe fingir mucho tiempo.
Evelyn parpadeó, confundida.
—¿Una oportunidad para…?
—Para que no me mienta la próxima vez que le haga una pregunta. —su voz sonó firme—. Si quiere que la ayude… no vuelva a tomarme por idiota.
Evelyn bajó la mirada.
—Lo siento. —murmuró, sincera por primera vez.
—Más le vale. —Arthur respondió sin mas, dando por terminada la conversación.
La entrada del pueblo se abrió por fin ante ellos.
El sonido de cascos, de carretas, de gallinas, de voces ásperas. Polvo en el aire. Vida del viejo Oeste frente suyo.
Arthur guio al caballo hacia la estación al margen del camino.
—Vamos a dejarla en un lugar donde pueda descansar. —dijo, mecánico, como quien cumple una tarea más—. Después veremos qué hacer con usted.
Evelyn sintió otro nudo en el estómago.
Pudo ser peor todo esto, al menos no la encontraron ladrones o asesinos.
Y Arthur Morgan, aunque desconfiado, no la había abandonado.
Aún.
Viaje en el tiempo(2)
Introduccion:
El apellido Marston siempre había sido una sombra en la vida de Evelyn.
Un apellido susurrado en viejas fotografías, oculto en cartas descoloridas y cargado de un pasado tan misterioso como trágico. Su familia hablaba poco de ello, como si fuera una vergüenza recordar a los suyos
Cuando encontró el artefacto (una reliquia que conectaba con su familia), Evelyn solo quería una cosa: respuestas.
Pero robarlo desató consecuencias que jamás imaginó más que en puras fantasías.
Ahora, perdida en un mundo de polvo, pólvora y caballos que solo conoció por historias de hace décadas y fotografías antiguas, Evelyn Marston es encontrada por azares del destino con alguien cercano a los suyos.
Un forajido.
El mas cercano en su arbol familiar.
Arthur Morgan.
Y mientras el sol de 1899 se alza sobre un futuro al que ya no le pertenece, Evelyn entiende la verdad:
no ha viajado en el tiempo solo para observar cómo transcurre la historia
Ha viajado para cambiarla.
Aunque eso signifique enfrentarse a la banda Van der Linde… ya las consecuencias que pueda traer
Bueno sin mas disfruten, que este sera un capitulo larguito
La noche caía pesada sobre el museo universitario. Evelyn sentía que le faltaba aire en los pulmones, el corazón golpeándole con fuerza mientras corría por el pasillo con el artefacto oculto dentro de su chaqueta
-¡Alto! ¡Distente o disparamos!— Grito un guardia a lo lejos.
Pero no se detuvo. No podía.
“Lo hago por ustedes… por mi familia… aunque seguro mis ancestros Marston estarían decepcionados por verme robar…” El pensamiento le paso como un rayo mientras empujaba la salida de emergencia y corría hacia uno de los cajellones.
La chica se resguardo entre las bolsas de basura y algunas cajas tiradas, solo de escuchaba como jadeaba cansada, no faltaba mucho para que la encontraran aquí también. Saco de su chaqueta aquel artefacto para guardarlo en su mochila, pero al abrir la mochila, comenzó a brillar y querer pegarse a la caja negra como si de un imán se tratase
—¿Qué demonios?...—susurro confuso
Las sirenas de la patrulla se escuchaban más cerca, acompañadas de las luces de las linternas acercándose a su escondite
—¡Ay no!— Chillo asustada abrazando la mochila, quedando pegado el artefacto contra la caja, entonces un chasquido y una serie de engranajes comenzaron a sonar desde el interior, seguido de una luz celeste cubriendo sus dedos.
—¡No, no, no…! —Evelyn intentó soltarlo, pero ya era tarde.
El mundo de distorsiono, los ruidos se hicieron mas ajenos como si nunca hubieran estado hay.
Su cuerpo se sintió ligero, luego pesado como si cayera desde una gran altura.
Gritó, o creyó gritar.
Ni siquiera estaba segura.
Y entonces sintio el golpe...
***
Evelyn sintio como el viento le arrancaba el aliento mientras caia contra el suelo. El impacto seguro le dejaria moretones por varios dias..
—Agh… —gimió, rodando sobre la tierra fría.
Cuando abrió los ojos, vio hacia el cielo.
Pero no era un cielo que no reconocio, nunca habia visto tantas estrellas en su vida, eran tan brillantes como si la contaminacion nunca las hubiera ocultado de la vista de todos.
Se incorporó torpemente, con los brazos temblando por la adrenalina y el cansancio de haber corrido tanto.
—¿D-dónde… estoy…? —murmuro adolorida, todavía sin poder tragar saliva.
Lo ultimo que recordaba fue las linternas de los oficiales acercandose al callejon donde se ocultaba, y aquel artefacto brillando y luego, termino cayendo en medio de un bosque que ni en su vida ah visto.
Saco de su mochila su celular tratando de abrir Google maps para ubicarse.
Sin señal, genial.
Luego de recuperar el aire se levanto con cuidado y comenzo a avanzar por el gran bosque que la rodeaba, si seguia recto podria llegar a alguna carretera cercana y pedir ayuda.
Click!
Evelyn casi soltaba un grito mirando hacia todos lados, hasta que noto que vino del artefacto dentro de la mochila.
—No vuelvas a hacer eso —le gruñó, como si este le pudiera obedecer.
De pronto, un sonido profundo retumbó entre los árboles.
Un gruñido de algo enorme.
Sintio el cuerpo frio y giro lentamente. Sus ojos se abrieron con miedo puro.
Un oso enorme, de ojos feroces puestos sobre ella, la miraba desde apenas unos metros. La miraba como un banquete servido delante suyo.
Entonces el oso se paro en dos patas y rugio tan fuerte como para hacer su cuerpo temblar, un solo pensamiento cruzo por su mente: CORRE!
Y corrió.
Corrió como nunca en su vida.
Tropezó contra piedras, sintio un dolor en sus brazos al golpearse contra varias ramas, pero la adrenalina le permitio seguir corriendo.
El oso no se quedaba atras, la seguia con gran rapidez, casi lo sentia respirando contra su cuello, como un monstruo salido de una pesadilla.
Vio cerca una bajada empinada de rocas mas adelante, sabia que iba a doler la caida, pero era eso o convertirse en la cena del oso.
Salto sin pensarlo rodando cuesta abajo, sintiendo como su rostro y piernas terminaban raspadas. Su mochila se abrió al rasparse contra las rocas y varias cosas salieron volando, excepto el artefacto que quedó colgando a casi nada de caerse por suerte.
—Arg!.— se quejo al estrellarse (por segunda vez en el dia) contra el suelo, mareada y con un dolor punzante en el costado, seguro se abria roto alguna costila. Pero almenos ya no escuchaba al oso.
Se levantó con dificultad, sujetándose el lado adolorido.
—Genial.. —escupió— me duele todo, estoy perdida y encima! ¡¿qué demonios hacía un oso suelto tan cerca de Blackwater?! —se detuvo en seco viendo que no. No estaba en Blackwater.No estaba cerca de nada que conociera por Dios!
Se agacho recogiendo las pocas cosas que no se cayeron en el barranco. .
Cling. Un sonido metalico la hizo levantar la mirada.
En lo alto de la colina, entre los árboles, no estaba el oso.
Estaba un hombre.
Llevaba en sus manos un rifle, la miraba como si no estuviera seguro de lo que veia.
Evelyn trago saliva
"Oh mierda.."
El hombre dio un paso mas cerca de la orilla, dejandose ver con mas claridad. Su voz sono grave, desconfiada
—Señorita… ¿se encuentra bien…?
Evelyn retrocedió un paso, su respiración se volvió agitada y sentia como su cuerpo entero temblaba
Porque ese rostro..
Ese sombrero..
Los había visto antes en aquellas viejas fotos de la caja familiar..
Ese hombre era…
Arthur Morgan.
***
Evelyn se quedó inmóvil.
El hombre al que había visto miles de veces en aquellas fotos estaba ahí, respirando, frente suyo en carne y hueso, con el ceño fruncido y el rifle sujeto con firmeza.
Mucho más imponente de lo que se llego a imaginar.
Arthur descendió por la bajada de forma mucho mas experta que ella, con pasos lentos y calculados se acerco, manteniendo la mirada fija en ella. No apuntaba directamente… pero estaba claro que podía hacerlo en un segundo.
—Parece que ha tenido usted un día complicado —dijo con voz grave, ligeramente ronca.
Evelyn tragó saliva. Su boca estaba seca como tierra agrietada.
—Y-yo… si, algo así… —murmuró, sin saber dónde poner las manos.
Arthur se detuvo a unos tres metros. Suficientemente lejos para disparar si era necesario, pero lo suficientemente cerca para ayudar si lo decidía.
Sus ojos azules la escanearon de arriba abajo. Ropa extraña. Mochila rara. Manos temblorosas. Raspaduras por todas partes. Y un pánico demasiado auténtico para ser fingido.
—¿Qué hacía corriendo por el bosque… sola? —preguntó, arqueando una ceja.
Evelyn abrió y cerro la boca.
No tenía una buena respuesta.
No tenía ninguna en realidad.
—Yo eh… estaba… perdida —improvisó.
—Si, se nota.
Un silencio tenso.
Él la miró como quien intenta decidir si está frente a una víctima… o a un problema.
Luego señaló con el mentón hacia la bajada empinada por donde ella había caído.
—Escuché un oso. ¿No la estaba siguiendo?
—¡Sí! —exclamó Evelyn casi sin pensar—. Bueno, creo que sí, Yo bueno… corrí.
Arthur ladeó la cabeza.
—Corrió.
—Sí.
—Hacia un barranco.
—…Fue una decisión apresurada.
Arthur dejo escapar un suspiro, colgándose el rifle de nuevo al ver que no era algún peligro, pero aun alerta.
—Tiene suerte de no haberse matado. O de que el oso no la alcanzara. O de que yo no la hubiera confundido con otra cosa —agregó sin suavizar nada.
Evelyn desvió la mirada.
—Si, bueno.. hoy no fue mi dia.
Arthur gruñó una especie de “hmpf”.
Luego, muy despacio, dio un paso más cerca.
—Está herida —afirmó, señalando la forma en que ella se agarraba el costado.
Evelyn se tensó.
—N-no es nada.
—No diga tonterías. Está blanca como un fantasma.
Ella quería decirle algo, cualquier cosa, pero su cuerpo ya no aguantaba más. El dolor le punzaba las costillas. Toda esa persecución, la caída, y la especie de viaje en el tiempo que la había arrancado de su realidad..
Un mareo la golpeó.
Arthur dio un paso rápido hacia ella, extendiendo una mano hacia ella, aunque aún con recelo.
—Ey. —Su voz se volvió más firme, menos agresiva—. Respire. Si se desmaya aquí, no la voy a cargar cuesta arriba.
Evelyn hizo una mueca.
—Seh.. eso me tranquiliza..
Arthur bufó.
—Nunca dije que fuera mi trabajo tranquilizarla.
Pero apesar de sus palabras,se acerco otro poco a ella. Como si apesar de su actitud, no pudiera permitirse dejarla caer en el suelo. Arthur no era de los que ayudaba a los desconocidos por capricho, pero no abandonaria a una mujer herida en medio del bosque.
—¿Cómo se llama? —preguntó finalmente.
Evelyn abrió los labios. Y ahí sintió pánico puro.
Porque su apellido… Marston…
¿Y si él lo reconocía?
¿Y si dañaba algo del tiempo?
Así que dijo la mitad de la verdad.
—Evelyn. Solo… Evelyn.
Arthur asintió, observándola como quien memoriza cada detalle.
—Evelyn. Solo… Evelyn.
Arthur asintió, observándola como quien memoriza cada detalle.
—Muy bien, “Solo Evelyn”. —Su tono tenía un deje de ironía seca—. Vamos. No puedo dejarla aquí. Se va a desangrar o la va a encontrar ese maldito oso.
Ella lo miró, sorprendida de que lo dijera con tanta naturalidad. No era una invitación amable. Era una orden práctica.
—¿A dónde.. vamos? —preguntó.
Arthur ajustó el sombrero, sin apartar la vista del bosque.
—A mi caballo primero. Después, a un lugar donde puedan echarle un ojo a esa herida.
Evelyn asintió con nerviosismo, a lo mejor la llevaría con el resto de vaqueros que vio en las imágenes, de pensarlo las ansias casi la consumían. Arthur la miro de reojo, percibiendo su nerviosismo.
—No haga nada extraño. Y camine detrás de mí.
¿Me entiende?
Evelyn asintió, tragando saliva.
—Sí… señor.
Arthur negó con la cabeza, un gesto leve.
—No me llame señor. Me hace sentir viejo.—Y sin más, se dio media vuelta y comenzó a caminar, guiándola entre los árboles. Ella lo siguió tambaleante, sosteniéndose el costado adolorido.
Nunca imagino que al buscar rastros de sus ancestros acabaría aquí..