Estos días he recordado mucho como me sentía cuando estaba deprimida, cuando estaba mal, cuando estaba en el hoyo. No recordando eso en forma melancólica ni depresiva, o volviendo a eso mismo, sino recordando ese período en como justamente salí de ahí, como fue y ha sido el camino para salir, pero también como fue el camino de entrada.
Todo partió por la inconsciencia e inocencia de chica, una chica que escuchaba constantemente comentarios de las demás personas en relación a las demás personas, comentarios tipo “viste lo gorda/flaca que estaba?”, “te fijaste como haba, te fijaste como camina, te fijaste como se vestía?”, “claro con esa forma de ser jamás va a encontrar a alguien que la/lo quiera””es que no puedes ser así”, “es que acaso no se da cuenta de lo mal que se ve?”, “pobre de las demás personas que tiene que verla/o así, que atroz, es una falta de respeto para los demás”… etc, así un sin fin de comentarios que parecían inofensivos, pero con los cuales crecí y me formé en primera instancia. Comentarios que lo único que reflejan es cuán pendiente podemos estar de los demás, cuánto nos fijamos en todo lo que hace, no hace, vive y no viven los demás, nos volvemos jueces de los demás.
Podría haber quedado ahí y volverme solo una jueza de los demás, criticando y pelando a todo el mundo, pero la cosa, en mí fue más allá; pensaba, si yo me fijo en TODO esto del resto, ¿Cuánto se fijará el resto en mí? ¿Si voy juzgando a los demás porque no son “perfectos” para mí, cuántos estarán juzgándome a mí? ¿Cuánto derecho tengo a juzgar al resto si yo no cumplo ni un mínimo de los “estándares” que se supone que propongo dentro de mí misma?. Ahí fue cuando empezó la verdadera pesadilla para mí.
No entendía bien qué pasaba en lo concreto, pero se que empecé a obsesionarme con ser alguien que agradara en TODO SENTIDO a los demás, desde mi físico, mi forma de ser, pensar, vestir, hablar, comportarme, etc… y era frustrante porque siempre había alguien a quien no le agradara algo de mi o cualquier cosa, entonces en vez de conformarme con simplemente ser yo, quería ser alguien mas, ese alguien que agradase al resto sin importar nada más. Sin pensarlo mucho, sin hacerlo tan consciente dejaba que mi cuerpo sufriera todas las consecuencias de esta forma de ser; TENÍA QUE SER PERFECTA PARA TODOS LOS DEMÁS PORQUE SIEMPRE VI COMO JUZGABAN A QUIEN NO ERA PERFECTO Y NO QUERÍA SER MOTIVO DE COMENTARIOS NI PELAMBRES, COMO TODOS LOS QUE SIEMPRE ESCUCHÉ.
Odiaba mi cuerpo porque no se veía como lo que buscaba en internet ni en publicidad, mis piernas y caderas eran más anchas, si bien mi cintura era enana, no tenía pechugas, era plana, entonces eso hacía que mi poto se viera más grande aún. Si se sentaba y se me marcaba o percibía algún rollo o cualquier cosa era sinónimo de que estaba gorda, no gorda, OBESA! mi cara era fea, mi nariz ancha y no respingada, tenía espinillas, no tenía los ojos claros, mi pelo de color curioso era liso y fome, no tenía forma ni ondas, como se mostraba siempre en el prototipo de mujer o persona que agrada a la vista de los demás, mi voz era más grave que la de mis pares, mis movimientos no eran como los de todo el mundo “bacán”, mi forma de ser no era como lo que veía que llamaba más la atención. En fin, un sin fin de desperfectos que me hacían estar más y más lejos de esa persona perfecta libre de pelambres y libre de ser juzgada. Vivía con miedo al comentario “…de chica era tan linda, era estupenda, y ahora…. uf, parece una vaca la pobre, qué le habrá pasado no?”(generalmente entre risas y burlas). Todo eso hizo que me alejara cada vez más de mi misma, de mi centro, de mi esencia, y me volviera cada vez más hacia afuera, al comentario externo, a todo lo externo que existiera, dejando que los demás decidieran qué carrera estudiar, qué comer, qué vestir, con quién pololear, etc…
Mientras más hacia afuera me volvía, más desaparecía hacia adentro, donde se comenzó a ver en una baja de peso al borde de lo enfermizo, llegando a pesar cerca de 44-45 kgs, para mis 165 cm de altura, me ponía y sacaba ropa que claramente era ridículamente pequeña, pero quería más… porque mis caderas seguían anchas, me seguía persiguiendo el fantasma de la herencia que me haría tener las piernas gigantes siempre. Cuando nadie me veía o supervisaba, comía 1 manzana diaria y nada más, simulando o inventando siempre que ya había comido algo y que estaba bien, o que comería algo después, y si pasaba mi “propio supuesto límite” era capaz de hacer de todo, TODO, con tal de que desapareciera esa culpa inventada.
Todo mi ser interno estaba desapareciendo, y me estaba llevando a mi hacia el fondo del abismo. Tanta era mi atención hacia afuera que no lo veía, solo me sentía cada día mas irritada, triste y vacía… me despreciaba, tanto que quería hacerme más y más daño, cortándome, quitándome más comida, poniéndome ejercicio, privándome de sentir placer, amor o bienestar, nada estaba permitido, porque así me iba a relajar y no alcanzaría nunca la meta de ser socialmente perfecta, de ser socialmente intachable y libre de todo prejuicio o pelambre.
El tope estuvo cuando reprobé una practica en la universidad, cuando me di cuenta de que el resto me miraba con preocupación, cuando me notaban enferma y poco enfocada, parecía desinteresada con todo, me preguntaban qué me pasaba y no tenía respuesta, no tenía idea qué pasaba, solo sabía que no funcionaba bien. No sabía la respuesta a qué me pasaba porque no me había mirado en años, estaba totalmente alejada, disociada de mí misma. Ahí fue cuando, tomé la decisión de encontrar la respuesta a qué me pasaba, cuando me miré desde lejos y me fui maltratada, cortada, desnutrida, triste y sola.
Comencé de a poco con la meditación y algunos talleres de terapia grupal (constelaciones familiares), hasta que comencé a tomar cursos para aprender algunas técnicas terapéuticas. Terminé mi carrera y comencé a trabajar, sentía que me estaba conectando conmigo misma, hasta que comencé a subir de peso, de los 45-50 kgs que siempre había pesado, comencé a pesar 55-60, lo que me hizo revivir esa época antigua de desprecio corporal, no quería ser gorda, tenía “gordofobia”, me sentía obesa, me sentía mal, además ma sentía enferma, algo no estaba bien de todas formas… exámenes , estudios, frustración, no había respuesta de nada. Por un lado me decía a mí misma “Tranquila, es lo que siempre debiste haber pesado, solo que no estas acostumbrada, además ahora tienes cuerpo y es un cuerpo que usa un espacio en este mundo, ahora te notas…” pero por otro lado sentía que algo no andaba del todo bien.
Entre casi 2 años de estudio, hubo un diagnóstico, era celíaca y no estaba absorbiendo casi ningún nutriente, por lo que mi cuerpo estaba un estado de estrés constante almacenando todo como tejido adiposo. Cambié mi dieta y mi relación con la comida, en 4 meses me sentía de maravilla, además un par de años atrás había dejado la carne y alimentos de orígen animal, sin embargo en ese minuto todo comenzó a hacerme sentido. Había dejado la carne y me había vuelto vegetariana con la excusa de que era por la energía y todo lo que su manejo implica, lo cual en una parte era cierto, sin embargo, había otro fondo, sabía que una dieta vegetariana rica en verduras y baja en todo lo demás, me haría perder peso. Cuando entendí el fondo de esa acción reconstruí mi alimentación, ahora estaba segura de que no quería más sufrimiento en mi vida, no quería más estrés, no quería mas angustia ni dobles intenciones, me sinceré y transparenté conmigo. Si, soy ansiosa, si, tengo anorexia, si, una parte de mi aún busca complacer a otros, sin embargo quiero aprovechar el día a día, quiero vivir lo que viva, quiero estar limpia, libre y feliz, no quiero ingerir productos que impliquen sufrimiento, no quiero ingerir nada dañado ni que me haga daño, quiero vivir en completa armonía y consecuencia conmigo y mi entorno, dentro de lo que pueda. Dejé todos los alimentos de origen animal, también productos como ropa, productos de limpieza, cuidado personal, etc, me mantuve firme aprendiendo y desarrollando terapias y profundizando mi camino y practica de yoga, lo que me llevó a conectar más y más conmigo.
Hoy no puedo decir que estoy totalmente recuperada, totalmente sana, que vivo cien por ciento en armonía con el mundo y conmigo, aún estoy en proceso. Hay días en los que me siento totalmente conectada conmigo y ese propósito y siento que voy viento en popa, y otros días en los que me veo, y me encuentro ansiosa, inquieta, comiendo de más, me encuentro gorda y fea, y otros en los que me encuentro linda y estupenda jajajaja, pero he aprendido a amar todos esos días y tomarlos como parte de lo que soy, no soy lineal ni en blanco y negro, estoy llena de matices, y así mismo son mis días y semanas, hay procesos, hay encuentros, hay frustraciones, penas, rabias, alegrías, amores, etc.. Aún me falta mucho, aún me falta conectarme y permitirme mejor mi flujo emocional, encontrar lo que amo, me falta conocerme más y mejor, visibilizar mi miedo a mostrar mis emociones y poder vivirlas mejor, pero como me dije en un momento: “Quiero vivir día a día”, y es así, quiero que cada día cuente, cada día es único y cada día es un día, una oportunidad de ser alguien, de existir y estar, un día a la vez y vamos avanzando, paso a paso, encontrar la calma y la paz, junto con el movimiento y la energía en cada día, encontrarme cada día un poco más para nunca más perderme.