Latido, latido, pausa. Latido, latido, pausa. Latido, latido, pausa.
Con cada paso que daba, sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. Percibía el temblor de su pulso por todo el cuerpo, sacudiéndose en cada rincón de su interior. Joseph lo miraba de reojo, siempre con una amplia sonrisa sobre sus labios. ¿Qué podría salir mal? Inspirándose en su positivismo, el castaño respondió empujándolo levemente, como diciéndole que se apurara. El otro, en lenguaje de señas, le preguntó si estaba bien. Y Matías rodó los ojos, tragándose su nerviosismo y diciendo ¿Cuándo no? con sus manos. Su camarada de casi toda la vida rió y subió los peldaños hacia el escenario. La vista del español viajó hacia el bar, y su compañera de trabajo lo saludó con una sonrisita. Media hora antes se habían besado en el baño de empleados. Una pizca de suerte, le dijo ella. Ojalá funcionase, pensó él. Repitió los mismos pasos que el cantante, y cada escalón parecía ser más pesado que el anterior. Estaba nervioso. Tanto que las manos se deslizaban por la guitarra y tenía que volver a tomarla, asegurando el agarre. Finalmente, se sentó en la alta silla al lado de su compañero. Joseph hizo la seña que significaba cuál canción cantaría, y resultó ser Someday, de The Strokes. Matías asintió y con un largo y profundo suspiro, se abandonó a su suerte, acomodándose muy cerca de la guitarra y comenzando a tocar mientras miraba las cuerdas. Las vibraciones, todas diferentes, viajaban por su cuerpo hasta su cabeza, y todas se sentían armoniosas las unas entre las otras.
Así pasó la hora. Y la presentación resultó ser un éxito.
Matías bajó del escenario con los ojos brillantes y unas gotitas de sudor deslizándose por su frente. Su mejor amigo se ocuparía de guardar los instrumentos en su camioneta. En el camino hacia la barra, su jefe lo felicitó y le dijo que como siempre, era un prodigio respecto a la guitarra. El castaño sonrió amplio y asintió repetidas veces, un tono rosáceo se había instalado sobre sus mejillas. Por más genial que hubiese salido todo, el gordinflón aún así le hizo la seña para que se fuese a cambiar y siguiese trabajando. Bueno, así eran las cosas. Cuando llegó a su destino, el guiño bromista que le dedicó a su compañera no pasó desapercibido por nadie. Vio reírse a unas cuantas personas, y Matías gozó de la situación pavoneándose graciosamente de ello. Se posó detrás del largo mesón, y fue entonces cuando una figura encorvada sobre un papel llamó su atención. Sus ojos rebuscaron bajo las sombras del cuerpo ajeno y descubrió que el otro estaba dibujando. Sus manos se movían expeditas sobre el papel, y a medida que avanzaban los trazos, se iba liberando una imagen a la cual Matías no tenía completo acceso. Siendo víctima de su insurrecta curiosidad, el guitarrista movió su mano justo en frente de los ojos del tipo. Quería que el otro levantase la cabeza, para así poder ver lo que estaba retratando. De todas maneras, su excusa sería ofrecerle un trago.