Recuerdos de una vida pasada. Parte I.
Publicado el 2 de noviembre de 2013.
El elfo se encontraba en el jardín de la majestuosa casa señorial donde servía, realizando tareas de limpieza. Normalmente ayudaba a su señor en sus asuntos, pero este había partido a las provincias a realizar unos negocios, por lo que se encontraba visiblemente menos ocupado. Se encontraba limpiando los barrotes de acero que separaban el cuidado bosquecito de hayas de la calle cuando un grito agudo le sorprendió. Inmediatamente se puso en pie y salió corriendo hacia la fuente del sonido, temiendo por la pequeña.
Se la encontró llorando, con sus dorados cabellos lisos alborotados y su pecoso rostro congestionado, a la par que se llevaba la mano a la boca con gesto de dolor. La miró con preocupación casi paternal.
¿Qué te ha ocurrido? – le preguntó, tomándola en brazos.
La niña, aún llorando y moqueando, no respondió pero sus miradas se fueron un par de veces al enorme rosal que adornaba la pared. Lo entendió enseguida.
A ver. Déjame verlo. – La tomó de su pequeña manita, observando la pequeña hendidura sangrante que alguna espina había dejado en el dedo de la niña, que sin duda ensimismada por la belleza de las flores había intentado coger una.
La niña se había calmado un poco, y aunque ya no lloraba seguía moqueando. Siempre con ella en brazos entraron en la casa. Tras llegar al enorme salón, presidido por el antiguo blasón familiar, el elfo dejó a la niña en el sofá. Tras dirigirse a uno de los muebles laterales sacó una cajita de metal, que abrió.
- Te voy a curar esa herida, ¿vale? Así no te pondrás malita. Pero ten más cuidado. Te he dicho muchas veces que los rosales tienen espinas. –
La niña asintió, convencida, y estiró el dedo. El mayordomo, con un hábil movimiento, empapó una gasa en un líquido suave y lo puso en el dedo. Después lo anudó con un trozo de tela. – Ya está – le sonrió a la niña, que mas calmada, miraba con curiosidad el improvisado vendaje. – Ahora espérame aquí.
Fuera de la casa se escucharon pasos y un par de golpes secos. Al instante, el mayordomo entró con una enorme flor encarnada, la más grande del rosal y la tendió a la niña. Ella abrió mucho los ojos, y tras tomar la flor y abrazar ligeramente la pierna del elfo, salió para seguir jugando.
…
Los ojos de Ithellian habían perdido momentáneamente el brillo oscuro, y él mismo había perdido el sentido de la orientación. Meneó un par de veces la cabeza y dejó atrás sus recuerdos del pasado. Alzó la cabeza para volver a mirar a su pequeña a los ojos, pero ya no lloraba, ni moqueaba, ni estaba herida en un dedo: montaba un brioso corcel esquelético y guiaba a las huestes del Culto a la Sombra hacia la victoria.

















