Hi guys! I made my first post, but I haven't introduced myself, so here are some facts about me:
I'm from Spain, so sorry for the bad english jsjsj, I think it was really shown in the fact that I spelt 'firts' in my last post
I have diabetes type one
I like cats
I have watched Good Omens, Sherlock BBC, Brooklyn 99, The Office and House (not finished), and other stuff I don't really remember
I could say my favs from house are Kutner, Taub, Wilson and House. But I just live them all in general, so, yeah
I like to draw, sometimes, but I don't really do it. I have a lot to do for high school, so I don't have much time. Also, I'm in like the technology and engineering branch (I don't know if you can say that, but I tend to make up my own language, so thats it) so drawing it's not really my thing.
I would love to write fanfics about house, especially Taubner, cause it's my fav ship, and there are like 6 fanfics about them, and it's actually frustrating. But I don't have experience, nor time, so it's like a fantasy I guess JSJS
I think that's all. I don't think I'll post a lot, but anyways, here's my presentation 😛
Mikel y tú os conocéis desde que tenéis memoria, y por supuesto que quieres que cumpla sus sueños. Entonces, ¿por qué de repente te duele tanto que se vaya a Madrid tan solo unas semanas?
4,9k words
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¡¡Hola!! Una pequeña advertencia antes de empezar: con este fanfic no pretendo afirmar nada de la vida del jugador, y mucho menos privar en su vida personal. Mis mayores respetos tanto a él como a su mujer y familiares, ¡escribo esto por puro ocio y por funsies! No tengo mucha idea de fútbol ni de clubes, pero gracias de antelación a todas las que me leéis.
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Mikel y tú os conocéis desde que tenéis memoria. No ha habido verano en el que no os pasarais corriendo uno en casa del otro o comiendo los macarrones con tomate de su madre después de pasar la tarde entera jugando al fútbol en el parque. Al principio era divertido y siempre te animabas a jugar con él y con vuestros amigos del cole, pero con los años y gracias a sus entrenamientos cada vez más intensos, empezó a superarte, así que te limitaste a observar desde el banco grafiteado con una bolsa de pipas Tijuana en la mano.
En el instituto os pasabais los patios juntos, incluso en la distancia. No había día que no le vieras el balón en los pies y una sonrisa triunfante cuando regateaba con éxito al pringado de turno que le tocara hoy ser su víctima. Entrabais de vuelta a clase rodeados de chavales saludándoos con los ojos muy abiertos y en alabanza a las capacidades que seguro que en un futuro brotarían en fruto. Se te acercaba al borde de la valla con el pelo aún húmedo del sudor, pero no le podías negar el abrazo que implicaban sus brazos, ni la sonrisa que te sacaba el susurro en tu oreja: "¿Te vienes hoy a comer?" Le mirabas con complicidad. ¿Lo dudabas?
Por más cansada que estuvieras aquel día de estudio, toda fatiga se evaporaba de tu cuerpo cuando veías a su madre abriros la puerta, la sonrisa radiante y de donde te asegurabas que la había sacado su hijo. La casa era acogedora, y con los años (y la insistencia de la familia) aprendiste a dejarte llevar y no preguntar antes de ir a la cocina o al baño, a echarte encima del sofá con un suspiro, o a subir directamente a la habitación de Mikel a esperar mientras él se duchaba antes de comer. Para ti esos días eran momentos de paz y tranquilidad; no habría mejores palabras para definirlo. Bajabas la guardia, te sentías como en casa, como una más. Para él, tu casa era igual. Tus padres adoraban enormemente al chaval; incluso en ocasiones creías que lo querían más a él que a ti con los WhatsApps que decían "¿Viene Mikel ya a casa?" en lugar de "¿Vuelves ya?".
En los días que no había nada que hacer y él se encontraba muy fatigado para bajar a la plaza, os quedabais en casa viendo alguna peli que encontrarais en el videoclub local; cuanto más chorra, mejor. Esos días, pensabas en la intimidad; eran de los mejores para ti. Se hacía tarde fuera y la casa parecía que os dejara solos, compartiendo una manta y el silencio que os envolvía por encima de la televisión. Muchas mañanas os encontraban en una esquina del sofá, posiblemente babeándole el pecho, su brazo protegiéndote del frío o de lo que sea que estuviera soñando. Y eso no lo cambiarías por nada. Evidentemente, vuestras madres no tardaron muchos años en darse cuenta de que vuestra amistad era especial. No forzaron nada, ni mucho menos; pero con cada cumpleaños, cada despedida con un beso en la mejilla y cada "¡Bajo a ver al Miki!" que salía por tu boca, entendieron que las palabras sobraban.
Para ti, Mikel era tu mejor amigo. No recuerdas un momento en el que él no estuviera ahí, con su serenidad y hasta timidez que te encantaba chinchar de vez en cuando, sobre todo cuando notabas que le gustaba una amiga tuya. Admirabas su talento para el futbol, pero también la capacidad de tener las cosas claras y el rumbo que quería tomar con su vida, su familiaridad y positividad hasta cuando las cosas salían mal.
Para él, tú eras su mejor amiga. No recuerda un momento en el que tú no estuvieras ahí, con tu presencia y carácter que compaginaba tan bien con el suyo. Admiraba tu seguridad y agradecía que estuvieras a su lado para, de vez en cuando, darle un choque de realidad cuando lo necesitaba, para recordar dónde estaba su hogar. No fallabas a ningún partido, ni amistoso ni en la plaza, y le encantaba escucharte la primera vitorear sus goles como si del mundial se tratara. Erais inseparables.
Hasta que lo inevitable tuvo que ocurrir.
Con tan solo 17 años y sin saber dónde meterte, a Mikel lo aceptaron en el Real Sociedad. En esos instantes te diste cuenta de lo grande que iba a ser tu mejor amigo, y desde muy temprano empezaste a hacerte con la idea de que podría irse. De tu vida, de San Sebastián, de donde fuera, pero lejos de ti. Y eso te dolía más que a nadie.
Él viajaba bastante de por sí, e incluso de vez en cuando te acoplabas a los viajes de familia y os ibais por toda España. Pero esto podía ser diferente; esto implicaba pasar semanas sin verle, verlo a través de la tele, apenas hablar por teléfono en los momentos que se encontraba libre para hablarte de la liga o de la razón por la que estabais a tantos kilómetros de distancia. Te costaba aceptarlo, pero era una realidad que cada vez se hacía más posible. Pero hasta entonces, tendríais todo el tiempo del mundo.
No fue hasta los 20 que esas preocupaciones volvieron a resurgir. Necesitabas su calma para encontrar el norte de nuevo, para recordarte que no te estaba abandonando y simplemente estaba viviendo su éxito contigo, aunque fuera en la distancia, aunque cada vez os vierais menos, incluso viviendo a 5 minutos. Habiendo acabado el instituto, ya no tenías excusa para verle todos los días. En el transcurso de esos tres años nunca se lo mencionaste, nunca le dijiste que echabas de menos un pedacito de él. No porque no pudieras confiar en él, sino porque tenías miedo de ralentizar su recorrido de vida. No querías ser una carga; tú pertenecías a San Sebastián, él pertenecía al mundo.
Explotaste un día cualquiera, una tarde milagrosa en la que no tenía entreno y el cielo veraniego estaba nublado.
Mikel te llevó al mirador de la playa. Antes de tener coche, os apañabais subiendo con el bus o un familiar se dignaba a llevaros, pero ahora que tenía el carné, no encontrabais el momento. La música a tope rebotaba en vuestros oídos, contentos de poder respirar por fin con las ventanillas abiertas y el pelo volando por los aires. Sus manos firmes giraban el volante, sonrisa radiante al verte tan despierta después de semanas. Porque sí, el chaval se daba cuenta, sabía leer tus silencios tan bien como tú sentirlos.
—Te hacía falta salir de casa —se burló suavemente, concentrado en la carretera, pero observando tu reacción por el rabillo del ojo.
—Cállate, anda, si salgo más de fiesta de lo que tú entrenas. —Soplaste de vuelta, no sin sonreír—. …Aunque esto es mejor. —Agregaste más tranquila, sintiendo que hacía falta la aclaración aunque permaneciera entre líneas.
El resto del trayecto surgió en paz, hablando de chorradas que no implicaban ni entrenos ni futuras universidades o viajes, solamente de la cámara o las pipas que traías. Una vez aparcó, suspirasteis de alivio al verlo todo vacío. Todavía era temprano, pero estaríais allí hasta que el sol bajara y os aburrierais del banco que daba las vistas a toda San Sebastián y el cielo nublado que hacía correr el aire. Os colocasteis en el respaldo de la madera y mordisqueasteis cáscaras de pipa entre anécdotas y carcajadas. Definitivamente te hacía falta ese momento.
No llevabais ni una hora allí cuando el silencio cómodo que compartíais siempre se tensó con el peso de sus palabras.
—Mañana me confirman si voy a Madrid —soltó de golpe, mirando hacia delante sin cesar de masticar las pipas con una habilidad aprendida durante largos años.
—¿Cómo? —respondiste, parpadeándole rápidamente a su perfil mientras él parecía ignorarte—. ¿Para qué?
Un intensivo con el director de la Liga. —Finalmente decidió mirarte a los ojos; sus ojos verdes, tan tranquilos como siempre, solo lograron desesperarte más. —Estaré unas semanas.
—¿Por qué no me lo has dicho antes? —Bufaste y dejaste las pipas todavía cerradas dentro de la bolsa. Esa conversación requería toda tu atención. Mikel hizo lo mismo.
—No te he visto estos días y… tampoco quería hablarlo por teléfono.
Asentiste y giraste la mirada. Finalmente, se hicieron realidad tus temores; no desaparecería de tu vida ni por asomo, pero ese viaje implicaría un cambio en su carrera y te afectó lo suficiente como para sentir que ya no tomarías lugar en la parte más importante de su vida.
—Ya, entiendo. —Esta vez el silencio te ardió en el pecho. El mar bajo el balcón del mirador se movía con el viento y el olor a mar te produjo náuseas. O al igual fue la ansiedad. No lo tenías claro. Sacaste de tu bolsillo una caja de cigarros industriales que solías fumar de fiesta, pero te pareció una situación adecuada para hacerlo.
Vio cada uno de tus movimientos con aquella serenidad que ahora solo te daba más rabia. Inhalaste el humo despacio, el sabor ajeno sin reconocer el alcohol de tu lengua cuando lo pruebas.
—No sabía que fumabas —dice cálidamente, la sorpresa clara en sus cejas.
—Tenía la caja por casa. —Te encogiste de hombros. No sabías qué decir, y no te veías capaz de mentirle a la cara y decirle que estabas contenta por él. Porque lo estabas, estabas orgullosísima de lo que había logrado, sea un intensivo con no sé quién o jugar en no sé dónde o salir en no sé qué canal de televisión. Pero no creías que te fueran a salir los halagos sin parecer egoísta. —Aun así lo intentaste. —Me alegro, Miki.
Mikel no era tonto. Te leyó como si de un libro abierto te trataras, por más que fingieras no serlo.
—¿Qué pasa? —Tu nombre salió de sus labios, aquel apodo que te ponía siempre y que jurarías que es lo que ponía en tu DNI, solo que ahora te sonaba raro—. ¿Hm?
Respiraste hondo y exhalaste el resto del humo en tus pulmones en un suspiro rápido.
—Todo te parece muy sencillo. —Lo soltaste con rabia. Viste de nuevo sus cejas subir en la sorpresa y sus labios partirse, dejando atrás la sonrisa tonta de tranquilidad. —Lo tienes todo clarísimo. Te piras por ahí, entrenas hasta que te revientan, te lesionas y te quedas tan tranquilo. No va así, Mikel.
—¿De qué me estás hablando? —insistió. Te levantaste de golpe del banco y te quedaste frente a él, el cigarro consumiéndose entre tus dedos cuando estiraste los brazos con incredulidad.
—¡No me puedes dejar aquí! —La voz se te alzó más de lo que querías, pero seguiste—. No puedes abandonar todo lo que he supuesto para ti tan deprisa. Creía que- que al menos dudarías, que me esperarías. Pero cada vez te veo menos y ya no sé nada. —Sollozaste. En este punto, las lágrimas te brotaban de la rabia. Cuando volviste a mirarlo, la vista borrosa, seguía sin decir nada.
—No te quedes pasmado, Mikel, ¡respóndeme, joder! —Te acercaste dos pasos y se puso de pie enfrente de ti, preocupación y culpa brotando de sus facciones—. No quiero que te vayas.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. —Te tapaste la boca, ahora llorando abiertamente, mirando a vuestros pies sobre la tierra. Llorabas de rabia, de tristeza, de miedo, pero sobre todo por el afecto que nunca te atreviste a nombrar, aunque fuera el hilo que os mantenía unidos. Lo escupiste, casi sin querer, en un susurro que esperabas que hiciera daño más que dar vergüenza. —No quiero que te vayas porque te quiero, Miki.
No te atreviste a mirarle durante un largo rato. No sabes si lloraba también, si te miraba, si suspiró. Fueron largos minutos de penitencia por haber roto lo que llevabais construyendo durante décadas y temías que él rompiera con su distancia, para que finalmente fueras tú la que lo destrozara con tus palabras.
Solamente cuando te calmaste, alzaste la vista. Ya te estaba mirando, ojos brillantes nadando en miles de emociones que no sabías descifrar en aquellos momentos.
—Olvídalo. —xhalaste por fin, tirando el cigarro a un lado con pasividad fingida, y empezaste a caminar—. Es que soy idiota.
—¡Espera! —él reaccionó por fin, caminando deprisa detrás de ti para alcanzar tu brazo.
—No, Mikel, da igual, ya está.
—No lo sabía.
—Pues claro que no lo sabías —te giraste, mirándole a los ojos e ignorando el ardor de tu pecho al ver su expresión, rota y llena de ternura. En su mente rápida navegan todos los veranos que pasasteis juntos, los cumpleaños en los que eras la primera en llegar y la última en irte, los partidos donde parecías ser la única que buscaba entre las gradas—.
Para Mikel, este momento siempre lo tomará tan desprevenido como la realización de que siempre has estado ahí, y no se imagina una vida en la que no estés. Negaste con la cabeza.
—No hace falta que me digas nada. N-no sé si podré vivir con la respuesta.
El silencio permanecía doloroso para los dos. Su mano se cerraba firme en tu muñeca, pero no molesta, solo lo suficiente como para no dejarte ir como sabría que lo harías si tuvieras la oportunidad.
—Llévame a casa —cerraste los ojos, no podías verle más, no cuando su propia visión se inundaba de lágrimas—.
Así que simplemente… te llevo. Os subisteis al coche, esta vez sin música, el silencio tenso e incómodo. Tus pensamientos lo llenaban. Te culpabilizabas por haber perdido a quien más quieres de la forma más estúpida posible, por haber saboteado al tiempo antes de que él hiciera su curso y os desprendiera del otro como debía ser. Lloraste bajito; sus manos giraban el volante con prudencia, únicamente dirigiéndote miradas cuando se te escapaba algún que otro sollozo.
Cuando reconociste vuestra calle, te soltaste del cinturón de seguridad y te limpiaste la cara con el dorso de tu sudadera, preparándote para salir.
—Eh —su voz era suave, como siempre. Casi se te sale del pecho el corazón de lo rápido que iba. —, mírame.
Lo hiciste. No te sorprendió ver su angustia, pero sí te sorprendió la sonrisa que te dirigió, tierna y suave como siempre que te veía llorar.
—No me vas a perder —afirmó, voz honesta y convencida—, no voy a desaparecer. Me tienes siempre. —Sus palabras lograron apaciguar tus ansias, aunque fueran por un momento—. No voy a fingir que sé qué decirte, porque no lo sé. Pero no me da miedo.
—Lo siento. —Te apresuraste a decir, seca de lágrimas pero aún agitada.
—No te disculpes. Solamente me has dicho la verdad.
Le dedicaste una sonrisa propia, pequeña pero genuina, antes de deslizarte del asiento hacia la acera y entrar a casa, muerta de dolor y de la vergüenza, pero también de un amor que hasta entonces no entendías.
Pasaron cinco días sin veros ni llamaros. En retrospectiva, era poco, y trataste de convencerte a ti misma de que no debías depender de Mikel, tu Miki, aunque era difícil pensar que ese era el problema cuando la última conversación que tuvisteis fue una confesión torpe de amor sin respuesta. Tampoco obtuviste respuesta respecto a su viaje de Madrid, pero esa preocupación duró poco.
Tu móvil vibró sobre el escritorio. Estabas en la cama, persianas bajadas para evitar el sol del mediodía. Pensabas ignorar toda señal de vida externa, pero la vibración insistente del dispositivo te desesperó lo suficiente para levantarte de un bote. Te detuviste de golpe cuando viste quién era que llamaba.
Ama de Mikel, leía tu pantalla. Te dolía el estómago con la idea de que Mikel le podría haber dicho algo, que aquello había escalado hasta el punto de que tendrían que intervenir vuestras madres a solucionarlo. No parecía tan mala idea. Todo era mejor que la vergüenza de haber dejado las cosas incómodas. Respondiste en el último tono.
—¿Hola?
—Ay, hija, ¡pensaba que no contestarías nunca! —Reconocías la sonrisa en su voz; te relajó por unos instantes—. Supongo que sabrás que Mikel se va a Madrid el Miércoles de la semana que viene, ¿qué te parece venir a comer el Domingo y le despedimos todos juntos? Hace tiempo que no os vemos a los dos, que ya sé que estáis muy ocupados, y seguro que le hace ilusión…
Su voz pasó a segundo plano cuando viste el calendario de tu pared. Era Jueves ya. Tragaste saliva; no sabías qué decir una vez más. No habíais hablado todavía y no sabías si podrías verle sin sentirte una idiota. Pero joder, si no te morías de ganas de hacerlo, de verle sonreír otra vez, de que te abrace tan fuerte que te deje sin aire y que te mire con esos ojos verdes que hablan más que mil palabras. Porque contigo le sobran las palabras.
—Yo… —Vacilaste. No sabías cuánto tiempo llevaba la mujer esperando tu respuesta, y el recuerdo de Miki te hizo vomitar una excusa barata—. He quedado con unas amigas el Domingo. Hace tiempo que lo tenemos planeado, y…
—Ay, cariño. No te preocupes. Ya os veréis entonces, ¿no?
—Sí, sí, claro —con la culpa de la mentira te despediste en voz baja, disculpándote por no poder asistir, y tiraste el móvil a la cama una vez ella había colgado. No podías escuchar más sus insistencias.
Para cuando llegó el Sábado por la mañana, te volvió a hablar, esta vez por mensajes de texto.
"Segura que no puedes venir?? Miki estará semanas fuera…"
Te mordiste el labio. Miraste la pantalla durante mucho rato.
"Lo siento, de verdad. Ando liadísima estos días. Cuando vuelva, vale??"
Supiste que mentirle a tu segunda madre no fue buena idea cuando esa misma tarde tu propia ama te sacó el tema. Le ayudabas en la cocina, secando los platos que ella fregaba después de comer. No hablabais de mucha cosa en la concentración y se te hundió el pecho con lo poco que dijo.
—¿Todo bien con Mikel? —su voz parecía inocente, preocupada. Sabía que la razón por la que llevabas días en cama no era nada más que él. Aun así y una vez más, trataste de mentirle. No parecías tú, mintiéndole a tanta gente a la que quieres.
—Sí, ¿por? —te miró por el rabillo del ojo. Te leía a kilómetros de distancia.
—Por nada. Su ama me ha dicho que hace días que no vas a comer, y se va la semana que viene, ¿no es así?
—Estoy ocupada.
—Ya, y yo soy la presidenta —resopló. Se secó las manos con un trapo despacio y se giró a verte, una mano en la encimera—. Mira, no quiero meterme, pero os conocéis desde que tenéis uso de razón. Y ahora resulta que no os veis.
—Está liado.
—No os habláis… —insistió—. Y cuando pregunto por él, me cambias de tema.
Te congelaste, pillada en tu sucia mentira. Te querías morir de la vergüenza, del dolor de haberlo dejado todo mal. Temías que fuera así vuestro fin y al final la cagaste sola tratando de evitarlo.
—Hija… —Te habló, pero tú ya estabas llorando. Su voz era tierna, no era reproche, aunque sonara a las siete trompetas del apocalipsis—. ¿Qué ha pasado?
—La he cagado —sus manos tomaron tu cara como si tuvieras siete años otra vez en lugar de veinte. Le hablaste entre sollozos, incapaz de mirarle a los ojos—. Le he dicho que le- que le quería.
Parpadeó en su sorpresa durante una milésima de instante antes de sonreír con un suspiro largo.
—¡Menos mal!
Te apresuraste a secarte las mejillas para verla, nariz líquida.
—¿Qué?
—Que ya era hora.
Tú seguías pasmada, aún preparada para su discurso. Ya te la imaginabas: "¿Pero por qué has dicho nada? Ahora será todo incómodo." Ella sonrió ante tu incredulidad con la suya propia, juguetona mientras te secaba la cara.
—Lleváis veinte años mirándoos como si fueseis el mundo del otro. Vosotros creíais que lo escondíais muy bien, pero las madres hablamos, ¿sabes? Llevamos años diciendo: "O estos dos se casan, o dejan de hablarse". Lo vuestro no es una amistad cualquiera, cariño.
Escuchar de tu propia madre lo que no querías poner en palabras hizo que te mordieras el labio, insegura.
—Pues parece que gana la segunda.
—No lo sé —negó despacio—, pero si este es el mismo Mikel que lleva toda la vida buscándote cuando te pasaba algo… no veo por qué vaya a ser diferente esta vez —te vio callada, pensante, y siguió—. Dale tiempo, ¿hm?
Después de esa conversación se te hizo el dolor más ameno. Te viste capaz de encontrar tu vídeo favorito de los dos y reproducirlo por milésima vez. En él salís en el Reale Arena, tras un duro partido de noventa minutos más prórroga. Recuerdas lo angustiada que te sentías al verle, más de una vez cayendo al suelo por las torpezas que trae el deporte. Pero finalmente logró marcar dos goles en los últimos veinte minutos. Cuando acabó de celebrar con sus compañeros, corrió hacia ti, te hizo saltar la valla y te alzó en sus brazos, girándote sobre el aire mientras te aferrabas fuerte. Tus gritos de emoción e incluso miedo sonaban por el altavoz de tu móvil. Lo apagaste y te fuiste a dormir.
El Domingo dudaste si ir a la comida una vez más, y aunque ahora no pudieras esperar para verle, todavía había tiempo antes de que se fuera. Vaya, seguro que se pasaba por casa antes del Miércoles, o eso esperabas. Esta vez te estirabas en el sofá, viendo cualquier chorrada en la tele mientras esperabas a que pasara la hora de comer y que ya no hubiera vuelta atrás. Sin embargo, alguien llamó al timbre. Se te subió el corazón a la garganta.
—¡Ama, abre tú!
Deseabas que fuera alguien más, no sabías si podrías tener la conversación en esos instantes, pero algo dentro de ti se alivió mares cuando escuchaste a Mikel hablar en euskera en la puerta de tu casa.
—¡Hija! Mikel dice que tiene algo tuyo.
Frunciste el ceño. ¿Algo tuyo? No recordabas dejarle nada.
—Déjalo ahí —señalaste la mesita de café delante de la tele. No tenías fuerzas para levantarte—.
Tu madre te miró. No se movía.
—No. Sal tú.
—¿Por?
—Porque lleváis diez días haciendo el capullo.
—Ama…
—Ni ama ni hostias. Sal.
No podías discutirle mucho más. Te morías por verle, por pedirle perdón, por solucionar las cosas y dejarlo todo como antes. Por decirle que le adoras y que le quieres. Te temblaban las piernas camino al portal. Estaba serio, pero no duró mucho. Te sonrió al instante y se lo devolviste, apoyada en el marco con una camiseta suya antigua que ya no usaba, su apellido en grande en la espalda: "Oyarzabal" La reconoció, por supuesto, pero no hacía falta decir nada al respecto. Te tendió algo con la mano.
—Te dejaste esto en el coche el otro día —era tu caja de cigarros. La cogiste, ni siquiera te acordabas. Estabas tan jodida que se te olvidó por completo—. Perdóname por no haberme pasado antes.
—No —negaste al instante, moviendo la caja entre tus manos en un pobre intento de tranquilizarte antes de guardártela en el bolsillo—, perdóname a mí.
Le oíste inspirar. Se le veía nervioso también, como era de esperar. Era refrescante verle reaccionar, con la de veces que se ha bloqueado en su propia tranquilidad y que tanto te desesperaba.
—Oye —dijo tu nombre, suave, tomó otro paso adelante. Tú saliste más hacia fuera, segura de que tu madre estaría escuchando—, de verdad que no quería que aquello fuera así. Sé que a veces me quedo callado más de la cuenta, aun cuando me toca a mí decir algo, pero…
Esperaste a que acabara, le miraste a los ojos, los tuyos propios rojos de tanto llorar.
—Pero no quería que interpretaras mi distancia con el hecho de que no te quiero.
Te dolía la garganta de aguantarte las lágrimas y te frustraste contigo misma. Llevabas toda la semana igual; esto no iba a ser diferente, no cuando te miraba así y te rompía el alma de lo guapo que podías estar hasta en desesperación.
—Miki —empezaste, pero te dolía el pecho. Negaste rápidamente, pero no pudiste no cogerle en brazos. Te lo devolvió enseguida, acurrucándote en su hombro mientras te rodeaba la cintura. Le sentías respirar rápidamente, probablemente emocionado también, cosa que el latido de su pecho te confirmó por la fuerza con la que te agarraba—. No es eso, no- no es tu culpa…
Respirasteis juntos, profundo, ignorando el resto del mundo durante un buen rato, simplemente sintiendo su pelo bajo tus dedos y su mano acariciándote la espalda. Fue solamente una semana, pero te diste cuenta de que no había mundo en el que te vieras sin él, no con la espina de poder decirle apropiadamente lo que sientes. Cuando te viste capaz, le hablaste cerca.
—No me enfadé por tu silencio, Miki, me enfadé porque sentía que me abandonabas… —él seguía acariciándote, escuchando lo que tenías que decir—. He sido una egoísta, de verdad que lo siento. Estoy tan orgullosa de ti, de que viajes, de que juegues donde quieres… si es que estás cumpliendo tus sueños.
Se apartó a mirarte, definitivamente emocionado. Las lágrimas amenazaban con caerle por las mejillas y rozarle los lunares. Los sentiste con el pulgar, suave, hipnotizada por lo guapo que podía estar cuando se dejaba llevar. Era evidente que durante estos días, con Madrid en su mente y un futuro brillante por delante, no podíais evitar haber considerado lo que significabais para el otro.
—Ya te lo dije —suspiró suavemente, inclinando la cabeza hacia el lado donde le sostenías—, me vas a tener siempre. Creía que… que sería más fácil, para los dos, este cambio. Y ya no es que me vaya a Madrid o a donde sea, que me preocupe. Es la idea de una vida en la que no estés conmigo.
Te sorprendieron sus palabras; mirabas a todos lados menos a donde él estuviera; se te escapaba el aire.
—Yo no tendría que haberte preocupado, son paranoias mías.
—Calla, tonta —se rió. Le miraste de nuevo, esa sonrisa tan suya y de la que no te cansarías nunca resurgiendo entre ojos verdes, ahora rojos de emoción—. Si ya te conozco… Ya sé que te preocupas. De la misma manera que sabes que puedes contarme lo que sea. Aunque sea que me quieres.
Volviste a girar la cabeza, bajando las manos sobre su pecho firme mientras te subía la sangre a las mejillas. Sus dedos se deslizaron de tu cintura para cogerte la barbilla con suavidad, tu nombre en sus labios.
—Yo también te quiero —lo dijo tan bajito que casi ni lo oyes, si no fuera por la distancia. Distancia que cerrasteis una vez pronunció sus palabras; no tuvisteis que pensarlo mucho más.
No fue tan intenso como fue de aliviante. Fue como respirar de nuevo; sus labios contra los tuyos y el roce de su barba de tres días que tanto te gustaba. Tu mano se aferró a su camiseta con fuerza, un pequeño ruido escapándose de su boca que te hizo temblar las rodillas. Años de miradas, besos en la mejilla que se quedaban medio segundo de más, noches compartiendo sofá porque "os quedabais dormidos", parecían tonterías. Solamente te apartaste porque necesitabas aire, bañarte de nuevo en sus facciones y en el pelo que ahora tenía alborotado por tu agarre. Ya no era solamente tu mejor amigo, ahora era mucho más.
Te sonrió incrédulo y no pudiste evitar besarle de nuevo, esta vez más suave, casi como un suspiro. La próxima vez que os separasteis fue del todo, observando el desastre que habías hecho de su camiseta plisada.
—Lo siento —repetiste en el silencio mientras la estirabas con una mano torpe. No solo te disculpabas por eso—.
—Te perdono si vienes a comer —te miraba expectante, casi pícaro, echándote en cara la peor discusión que habéis tenido nunca—.
—¿Lo dudabas?
Cuando salisteis de casa, ya vestida apropiadamente y mucho más tranquila, no dudó en cogerte la mano. Detalle que no se le pasó a tu madre cuando os despedisteis, ni a la suya cuando llegasteis a su portal. Por suerte, no mencionó nada, pero su mirada lo decía todo, y el "ama…" de Mikel también. Ayudaste a poner la mesa; ya casi estaban todos allí; los primos y tíos de siempre hacían parecer la mesa interminable, pero tú encontraste tu lugar a su lado. La comida era la misma explosión de sabor que siempre; el ruido era el mismo; el euskera volaba por el comedor en forma de bromas de cuñados que te desmoronaban de la risa y que a él apenas le producían una pequeña carcajada. Pero lo que esta vez había cambiado, y parece ser lo único, era que cuando te girabas a mirarle y le encontrabas los ojos, ya no fingía querer mirar a otro lado.
it must suck to be an Argentina fan when you see a 19-year old teenager, Lamine Yamal, have more respect, professionalism and maturity than grown ass men. so embarrassing fr
but i keep seeing people say "oh but you said it was rigged and arg didnt win" and "this is just a hate campaign its embarrassing" and "now you cant claim the refs were paid off bc we lost" and im sorry but did we watch the same match 😭
bc yeah, spain won but it sure as hell wasnt fair
arg played fucking dirty man, like they did so many mean fouls and deserved so many more yellow cards AND red cards, like idek remember who it was that pushed olmo IN FRONT OF THE REF, that should have been a red card 😭 and dont even get me started on the two goals they took from spain, i still cant believe nico williams goal didn't count, that was not a fucking foul that guy literally pushed himself
the refs were not fair, arg didnt need to win for it to be unfair or rigged, and it was like that from the start, if any other team played the way arg did today? they would have had so many more cards and been so fucking criticized
this isnt hate towards arg itself tho, your team was just sucky and received special treatment this world cup and you have to blind not to recognize it, and just ignorant not to understand why other countries didn't want you to win
and the thing is that like its a talented team idek why yall needed special treatment, if they played fairly people would be rooting for them, but they didn't, so we don't root for them, and its really quite sad, that their talent was shadowed by that unfair treatment