Llevarla en brazos, hasta que estuviera a salvo.
A salvo puede ser un día de distancia a pie. Puede ser atravesar el río y los campos de arroz anegados. Puede ser hasta que pase el tiempo del monzón; hasta que la lluvia cese de empaparlo todo. Las cosas que están bajo el agua mucho tiempo pierden sus contornos. Se vuelven difusas. Pueden incluso, en los días de niebla, aparecer en otra parte.
Los que están perdidos sólo están idos por un rato. En la bruma.
Esperando ser encontrados. Salvados. Por una luz que surge en la noche. Alguien con un farol que viene a su encuentro. Comienzan a caminar hacia la luz. Pero a medida que se acercan, ellos, los perdidos, se alejan sin querer…como si una finísima línea de acero se mantuviera siempre igual, sin poder quebrar su distancia.
Plegar el tiempo entre las manos; como esos juegos de papel de abrir y cerrar de cuando éramos niños. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Elegir un color. Abrir. Y adentro, la palabra llave para salir del laberinto.
Doña Rata salió de paseo…por los campos dorados de trigo. Atardece; y luego cae la noche. Va por el caminito con su esperanza encendida. Pero los ojos a veces no encuentran lo visible…encuentran otras cosas. Se ve cada vez menos; es decir, más. A medida que oscurece, adentro surgen luces.
Alguien se pierde para un mundo, para nacer a otro. Sucede todo el tiempo. Pero estamos tan ocupados con el trajín de todos los días, que no nos damos cuenta. Apenas advertimos cuando se abre una flor; cuando alguien a punto de partir es sostenido. Cargado en brazos del amor. Con una promesa de espigas y mariposas; de, todavía, olor a primavera.
Cuando ya no se sabe si se va a vivir o morir, todo se suelta. Se avanza simplemente por la pradera, por la montaña o el pantano. Se avanza. Todo lo que sostiene a las personas cada día se ha perdido; hay un agua nueva; luminosa, creciente. Como para sumergir en ella las manos y tocar las frutas encantadas que tantos siglos costó labrar y sumergir allí.
El soldado llevaba a la anciana en sus brazos. No hablaban. Nunca habrían podido entenderse; hablaban lenguas diferentes. No era necesario hablar. Todo, en ese instante, se sabía. Todo lo que era preciso saber. En el horizonte, la silueta de un helicóptero acercándose podía significar protección o peligro. No importaba ya. Sólo avanzar y dejarlo todo en manos de Dios.
El rocío le mojaba los pies. Sus ojos eran tan, tan viejos. Había salido a buscar esos tiernos granos de oro que crecían en el sembradío. Sus barbas se le enredaban entre las manos. Iba sola por los campos. Por los montes. Era su vida.
Allá lejos, en la aguja blanca de la montaña más alta, ella deslizaba el cierre de la carpa. Se metía en la bolsa de dormir. La cerraba con sus dedos tan flacos, trémulos. Cerraba todo para quedarse quieta. Y esperar. No era ya a los que vendrían. Era esperar a su propio cuerpo. Esperarlo después de tantos días de hambre. De tanta espera. Escucharlo. Cada latido de su corazón, espaciándose. Con la nitidez del sonido del viento en las copas de los pinos; con la claridad de una mañana fría. Tan blanca. Tan perdida. Tan inmensa.
Y allá a lo lejos una luz. Los duendes…eran los duendes que venían a buscarla.
Guide me back…safe into my home…where I belong.
Al abrir el fanal, un enjambre de luciérnagas remontó vuelo y se perdió en la noche. Como un suspiro o la última bengala de la fiesta que se extingue, dejando tras de sí un reguero de chispas fugaces.
La encontraron allí mismo, apenas dos días después.
Lo que fue del soldado y la anciana sólo lo sabe el viento. En su canción lo dice. Pero nosotros no sabemos, porque no hemos aprendido a escucharlo.