Es que uno no se da cuenta que está perdido hasta que ya es muy tarde, cuando ya se avanzo demasiado, cuando la senda andada es confusa y regresar ya no es una opción. Supongo que eso fue lo que me pasó, me perdí sin darme cuenta, aún con la seguridad que me daba mi andar pausado, siempre lento por lo accidentado del camino, creí haber cuidado mis pasos, creí ser precavida pero pronto me encontré en ese laberinto infinito, llena de confusión, de inseguridades, de dudas. Y me perdí, me perdí entre sus palabras, entre lo que yo deseaba de él, me dejé llevar por su voz, por sus letras, por su poesía y sus sueños se convirtieron en mis sueños, sus planes en los míos y me olvidé, me olvidé de mí, de lo era, de lo que quería, de lo que buscaba. Naufragué en su mar, en su universo, sedienta habité su desierto, implorando por las escasas lluvias que me daba, siempre hambrienta, siempre anhelando, siempre esperando. Un día sin saber muy bien cómo, lo comprendí, estaba estancada, perdida y para mí no había camino por delante, mi corazón era suyo pero algo me hacía falta, había en mí un vacío, un hoyo negro que se tragaba todo lo que yo quería darle, nos devoraba sin piedad, sin misericordia, negándome la oportunidad de amarlo como deseaba hacerlo. Yo quería que fuera él, él quería que fuera yo, pero al final ni yo era suya, ni él era mío.