CONOCIENDO AL EXTRAÑO
Me han presentado personas y sin saber quienes son, o cuales son sus intenciones, muy amablemente me tomaba el tiempo de escucharlas, conversar e incluso conocerlas, personas que iban a compartir solo instantes en mi vida, personas que así como venían, iban a irse, pero nunca, me había tomado siquiera unos segundos para conocer profundamente a la única persona que estará conmigo siempre.
Parado frente al espejo por primera vez dejé de verme, para comenzar a mirarme. Aprecié con detenimiento cada lunar, cada mancha, cada cicatriz y cada brillo, intentando recordar por qué están ahí, de qué parte de mi vida son, cuál representa al paso del tiempo, un recuerdo o una lección. Por primera vez estaba dedicándome tiempo para conocerme, para aceptarme, para enamorarme del brillo, de la tristeza o del cansancio que puede haber en mi mirada, de mi ceño algunas veces fruncido, y otras tantas, aún más fruncido.
Normalmente, cuando un hombre le sostiene la mirada a otro, hay una intención bélica, pero, después de tantos años en lucha, comencé a amigarme conmigo.
Tarde o temprano llegaría el momento de entender la dualidad de mi ser, que nadie es completamente malo, ni completamente bueno, que negar las sombras no elimina su existencia, ni estar sumergido en ellas, la luz que hay en mí. Es muy delgada la línea que separa esa luz de la oscuridad, lo justo de lo legal, la vida de la muerte o la cornisa del suelo. Donde hay luz habrá sombras, y si hay sombras es porque en algún lugar hay luz.
Acepté que soy humano, que así como puedo ser osado, también tengo derecho de ser un cobarde, y eso es lo que me lleva a entender que no siempre podré estar parado en el medio, que en algún momento estaré completamente en uno de los lados, aunque sea por segundos, y cuando eso pase, debo recordar esta conversación, y que si paso mucho tiempo en uno, tenderé a desconocer o negar al otro, dejando de ser yo.
Es ahí cuando entendí, que para estar en equilibrio no es necesario estar parado en esa delgada línea haciendo malabares para mantenerme en equilibrio, sino que ese equilibrio lo consigo poniendo simplemente un pie en cada lado, para que mi cabeza quede en el centro, porque ambos lados hacen de mí lo que soy, negar uno es negar parte de mi ser, porque que así como tengo derecho a reír, puedo permitirme llorar.
Mirándome, sequé mi cara humedecida y ella misma me mostró la verdad, estuvo seca, se mojó y volvió a estar seca, nada está perennemente en el mismo estado, todo está en movimiento, todo está fluyendo, pero solo yo decido con qué cara al saldré a la calle.
Seguí mirándome, nunca había apreciado el marrón profundo de mis ojos, sabía que lo eran, pero nunca me había mirado, o por lo menos de esa manera; pude penetrar en ellos, mirar mis pensamientos, perdiéndome por primera vez en mí.
Me perdí, sí, pero a al mismo tiempo siento que me encontré.


















