Donde ves un muro no hay nada
Tan cómodo e incómodo a la vez estar al resguardo
El retorcido placer de permanecer de este lado del muro sin querer saber qué hay del otro lado,
conviviendo con las pirañas, que roen y roen en las mismas heridas.
Del otro lado del muro del orgullo está lo que juzgamos desconocido
Desde el centro del ser, desde el único lugar pacífico, surge el puente
Como una onda, se dirige impertubable hacia el muro como si este no existiera,
como si quisiera probar la realidad de ese hecho:
“donde ves un muro, no hay nada”.
Y el esfuerzo de sostener esa pared se convierte en un estado insoportable.
Exasperante y contradictorio.
La onda hace caso omiso del muro;
en su irradiación transmite plena confianza, la frecuencia de la verdad.
Y es tan incuestionable su expansión que seguir sosteniendo un muro inexistente se vuelve ridículo.
La risa empuja y empuja, presiona como la inundación
hasta encontrar las fisuras del muro,
las comisuras de la misma boca que ama y ataca,
tensionada para contener y mantener el personaje,
el único y débil recurso disponible ahora que la onda traspasa todo.
De la onda surge la risa que nos despierta del sueño.
Sacude la fantasía, interrumpe como una alarma,
cuando el cuerpo duele entero, después de tanto tiempo entumecido
en la misma estúpida posición.
Amanece todo el tiempo del otro lado del muro.
Amanece y todo se renueva reluciente.
Amanece cada una de las veces que elegimos quedarnos de este lado del muro.
++ Ilustración: autor desconocido















