En algún momento se ha vivido el 12 de mayo más de una vez.

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@margaretltm-blog
En algún momento se ha vivido el 12 de mayo más de una vez.
Si todos los cerebros fueran así.
Venus & Marte - Botticelli
No hables, solo escucha.
La Habitación - Fito Espinosa
Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
Capítulo 1. (via detrasdelapiel)
Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.
Rayuela - Julio Cortázar (via chumbichumbos)
Capítulo 7 de Rayuela - Julio Cortázar
Siempre seré un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños que llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega verdaderamente a adulto ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño y en medio del camino se da una coexistencia pocas veces pacificada de por lo menos dos aperturas al mundo
Julio Cortázar
El sueño de la razón produce monstruos - Goya
capricho 43
WHAT IS YOUR FAVORITE INANIMATE OBJECT?
my pencil
Alégrate: sonrío en tu lugar
Recuerdo que la vez anterior que estábamos al lado de este mismo poste, sin las franjas blancas y negras, yo tenía 14 años y era usado por mi padre: cargaba el estuche de su violín. También recuerdo que era la fiesta de Maira: la única amiga que no se burlaba de mi ineptitud en la lectura. No llegaría a tiempo para decirle lo bonita que lucía porque el conductor del bus que nos recogería del local, en el que habíamos tocado por cuatro noches, había tenido un inconveniente: no se había recuperado de la borrachera la noche anterior. Entusiasta y esperanzado en que nos iríamos pronto, mi padre enumeraba, en voz alta, las presentaciones que tendrían durante el mes. A todas esas, aburrido y cansado, yo debía ir a cargar su instrumento.
Recuerdo que la vez anterior, Marcelo, el guitarrista, no podía caminar: le había caído un ladrillo en el pie durante la construcción de su casa; Mario, el trompetista, no paraba de mencionar cuanta sed tenía; Martín, el arpista, no dejaba de quejarse del dolor de estómago que le habían ocasionado los 4 tamales tragados esa noche; Mariano, el flautista, no aguantaba sus ganas de orinar y lo hizo en el poste. Mi padre, el jefe de orquesta, no dejaba de sonreírles.
Él nunca se sentía enojado ni triste; tampoco nervioso ni asustado. Yo, por el contrario, nunca dejaba de estarlo. Él no mostraba la verdad a cerca de sus intenciones, sensaciones, angustias, horrores o alteraciones. Sonreía a pesar de haber perdido un contrato. Sonreía a pesar de dar una penosa presentación. Sonreía a pesar de haber sido estafado. Sonreía a pesar de la mísera atención del público. Sonreía a pesar del cansancio, sueño, hambre. Sonreía a pesar de mi cansancio, sueño, hambre. Sonreía desde que mamá nos abandonó.
Preocupado, pedía a Dios no ser como él. No obstante, en el fondo lo admiraba, creo; de modo que, por obra del Señor, heredé su violín luego de que ebrio perdiera el sentido de la razón y una madrugada, maldita madrugada, fuera atropellado después de la amanecida de 4 noches.
Recuerdo que la vez anterior me confesó que de regreso a casa buscaría una escuela para mí. Sorprendido por la noticia, solo le sonreí. Estaba maravillado por usar un uniforme de colegio, inquieto por estudiar, entusiasmado por leer, impaciente por dejar la orquesta. Pero no se cumplió: él murió y mi emoción murió con él.
Recuerdo que la vez anterior que estuvimos aquí yo olvidé cuanto me cansaba cargar el violín, olvidé su horrible sonrisa, olvidé su empalagoso entusiasmo, olvidé que no lo quería. Razón suficiente, decían sus compañeros, para no dejar de tocar en su velorio y estar parado, en este preciso momento, al lado del mismo poste. Los músicos necesitaban un violinista; yo, algo en que trabajar; mi padre, alguien quien sonría por él.
Estrategia para enamorar a la muerte
Como de costumbre, la muerte, esqueleto de mujer con un vestido blanco parecido al de las novias en el altar, sale a buscar su nueva compañía al campo de velas encendidas a medio consumir. Deseosa de tener una víctima, va lentamente por un camino estrecho. Encuentra una llama al ras del suelo; sin esperar, hace aparecer una guadaña en su mano izquierda; en seguida, un reloj de arena en la otra mano; y se dirige, con su objetivo en mente, al encuentro de su esencia: la vida.
Concentrado en lo que escribe, el músico, un joven que disfruta lo que hace, al parecer, compone una melodía solo en su habitación en una pequeña casa. De pronto, en su tranquilidad, algo llama su atención mientras revisa su composición; mira por la ventana, se asusta y sabe que su hora ha llegado: su corazón dejará de latir.
Sin duda alguna, el músico, desesperado por no morir, busca un lugar donde esconderse. Todo intento, sin embargo, es fallido: ella lo ve todo. Ni debajo de la mesa o detrás del armario, ni disfrazado o escondido, él, un simple músico, podrá burlarse de ella. Con ganas de seguir viviendo, busca un lugar para salvarse en la otra habitación: encuentra la ventana que da al campo. Agitado y emocionado por salir, empuja las lunas pero siente la ausencia de algo: sus instrumentos musicales. Entonces, sin respirar, coge con la mano derecha su violín; con la izquierda, su clarinete; entre el brazo y sus costillas, la trompeta; finalmente, el chelo cargado en la muñeca. Se encuentra a pocos centímetros de salir: la muerte cierra la ventana. No lo deja escapar.
Resignado y sin esperanzas para seguir, suspira. Hace, sin embargo, lo único que le faltaba para morir tranquilo: tocar la melodía que había compuesto antes de ser interrumpido por quien le quitaría la vida. Vuelve a poner sus cosas en su lugar. Con la trompeta en los labios y las manos sobre el instrumento, da inicio a su obra. La muerte se sienta para presenciar el último momento de vida que le quedaba al joven músico. Él, apasionado por lo que hace, toca como si se despidiera del mundo entero. Morirá en unos instantes, claro está. El reloj de arena está casi vacío. En su última presentación toca la trompeta, asombra a la muerte; sopla el clarinete, moviendo los pies al compás, haciéndola danzar y ganando minutos de vida; y con el violín y el alma en las manos, la enamora. La melodía es un hechizo: cambian las intenciones que ella tiene con el joven. Se alza el velo, muestra su rostro, inclina su cabeza hacia un lado, lo mira con ternura y se queda inmóvil. La ha iluminado; la ha derrotado. Con tristeza, disfruta unos segundos lo que jamás volverá a sentir fuera de la vida: pasión. La muerte, resignada, se marcha.
no hay necesidad de mirar fuera. Por Fito Espinosa
El porqué de quien soy.
A Troll in Central Park (Absolutely Green)
The lyrics are really touching if you listen :D