Capítulo 1: Entre el Bosque y el Abismo
https://www.amazon.es/dp/B0866D448N Incontables años antes de la Gran Censura, cuando las montañas aún no habían recibido nombre alguno, un ser antiguo de linaje y edad desconocidas, con cuerpo y voz similar a los phragma más que en cualquiera de los otros hijos, apareció entre las sombras a la luz del atardecer de un día sin nombre y cruzó perdido la espesura de sus bosques y la desidia de las tundras. Siete años vagó aturdido por la tierra, solo y abatido, pues no había lugar que llenase su corazón de alegría, ni compañía que le alivie la pena de la desesperanza. Sin embargo llegó el día en que, escondido tras una serena arboleda entre las montañas, halló el valle que finalmente llamaría hogar. Siguió el caudal a través del valle y siete días de su tranquilo andar le tomó recorrerlo. Tanto amó ese camino que a cada uno de esos días le dio un nombre distinto: Quer, Doir, Vhat, Lar, Fav, Amun y Hov, y así fueron y serán llamados. Fue hacia el final del primer Hov que dio con el abismo que daba límite a la extensión que encendió su alma. El río caía abruptamente en cascada por el precipicio que se abría a un horrido pantano que alcanzaba todos los bordes del horizonte y continuaba más allá. Y entonces, frente a la inquietante inmensidad del vacío, y sobre el ruido ensordecedor del agua golpeando incansable contra las rocas, lo dijo por primera vez: Yo soy Agnus. Su nombre resonó entre las montañas llevado por el viento, y allí, en el valle sitiado por el abismo y el bosque, en una hondonada colmada de cavernas, estableció su hogar. Allí hubo bestias que le eran más caras a su corazón que otras y entre ellas eran los ciervos a los que más amaba, pues eran los más dóciles, fieles y hermosos. Tanto amó Agnus a esos vivientes que los maldijo con la facultad de la palabra. No soportaba la soledad al no poder hablarles como si fuesen sus hermanos, y tomó entonces algunos de sus rasgos y les dio la libertad de tomar ellos un aspecto similar al de él. Fue así como los ciervos se irguieron y tomaron la forma de quién sería su dios en la tierra, fue así que sus manos se hicieron fecundas de amor, destreza y traición. Fue así como aprendieron a mentir. Hizo Agnus aparecer, además, para que habitaran en su nueva forma, una ciudad que surgió de la tierra misma por la orden de su potente voz. Aquella primera polis se hizo una con el valle y enorgulleció a la montaña cuya ladera fue su cimiento. Grandes hizo los túneles y canales que recorrieron la ciudad para que el río que bajaba desde lo alto la atravesase, llenase sus fuentes, nutriera sus vidas y lavase sus miserias para luego continuar su camino cuesta abajo por el valle, saliendo de la ciudad en un peligroso discurrir lleno de rocas y meandros hacia el este. Agnus sin embargo, evitó que los túneles por él creados se conectasen con las cuevas que recorrían la montaña sobre la cual la ciudad se recostaba, pues no quería que nadie entrase sin permiso a molestar a sus hijos. Irrompibles e imperecederos construyó cada uno de sus muros, y de cristal de muchos colores los hizo, altos y relucientes como la luz del amanecer que acariciaba sus bordes cada mañana. El río dividió y distribuyó rápidamente los edificios, el comercio y el ritmo de las almas que allí comenzaron a agitarse. Dos curvas en su trayecto dibujaron barrios y pintaron el paisaje bajo las estrellas. Hacia el este, alejándose de la ciudad, el torrente se transformaba en un camino irregular que continuaba hasta el abismo. Allí Agnus levantó una gran muralla que dejaría pasar el agua sin profanar una sola piedra de la cascada, uniendo las cadenas montañosas del norte y del sur e impidiendo la vista del pantano. Generaciones enteras pasaron y tanto tiempo transcurrió desde el momento en que su Señor les dio estos dones, que ya nadie lo recordaba ni diferenciaban un avatar del otro, la forma del hombre o la forma del ciervo. Muchos había que mezclaban la imagen de Agnus con la de las bestias, algunos tenían pies y otros pezuña, unos llevaban un pelaje suave sobre el cuerpo, de colores similares a los que tenían sus antepasados en formas de bestia. Otros eran, en cambio, completamente lampiños, siendo sus pieles desnudas de diferentes tonalidades, similares a las que pueden adoptar los otros hijos. Negros eran los ojos de todos y cada uno, grandes y casi completamente ocupados por sus irises, y negra era también su sangre, pues como en toda ciudad no faltaba la muerte y, por haber sido malditos por el habla, muchas veces se la otorgaban entre sí. Allí, rápidamente, los ciervos aprendieron las distintas variantes del arte, pero el grabado, la pintura y la música fueron sus preferidos, y nunca hubo alguna plaza que no gozara del canto de los artistas todas las tardes. Llenaron cada muro con grabados que contaban las historias de su gente, pues el cristal era imposible de mancillar, pero podía ataviarse si Agnus lo permitía. Irguió luego, emplazada en la ladera, una ciudadela alrededor de la cual se organizaron los edificios en enormes hemiciclos, entre los cuales los corredores y pasillos creaban surcos irregulares organizados por los templos, el comercio y las plazas de los artistas. Azules y brillantes eran los muros de la ciudadela, como un cielo nocturno lleno de estrellas abrazadas por la luna. Cincuenta pilares sostenían las paredes que se abrían alejándose de la montaña, muros inmensos de cristal cerúleo sostenían la edificación y prismas piramidales apuntaban amenazantes hacia el cielo más allá de la altura de las habitaciones más altas, haciendo del gran edificio una descomunal corona que guardaba el trono en su sala central. Luego de muchos años, y habiéndoles contado Agnus mismo sobre los otros Astros y su poder, los ciervos comenzaron a levantar templos en honor a ellos, convirtiéndose en la religión imperante dentro de la civilización. El Señor no se vio muy complacido con este accionar, pero los dejó hacer, no solo porque él mismo les había dado la libertad de pensar y crear, sino también porque los templos que habían levantado fueron unas de las más hermosas edificaciones de la ciudad, teniendo algunos más de cien columnas y otros colosales cúpulas colmadas de obras en su superficie. Sin embargo, el tiempo hizo que el Señor se vuelva cada vez más receloso y desconfiado de que cualquier otro hablante creado por los Astros pudiera corromper su creación entrando por sus puertas, y por ello encomendó a los cuervos de las montañas, grandes y despiadadas aves más negras que la noche, que cuidasen sus murallas y tomaran la vida de cualquier hablante que se atreviera a cruzar el bosque. La Ciudad de los Ciervos fue la ciudad más hermosa del mundo, pero su antesala era un gran cementerio. Puede adquirirse en: https://www.amazon.es/dp/B0866D448N
















