La situación en la que se encontraba definitivamente debía de ser su martirio personal, con su mejor amigo tan cerca, tan ensañado a descubrir que era realmente lo que ocurriría y con ella tan atada de manos por alguien que no le pasaba siquiera por la mente. Llevo su mirada hacia la oscuridad que invadía las calles en aquel momento, intentando mantener su postura, porque las consecuencias que ya había considerado antes si no lograba hacerlo, la aterraban. — No se me ha ido ningún cable, ni uno solo, Massimo. Nada de esta situación está bien, ni ahora, ni nunca lo estuvo. — Se aferró a las mentiras que atacaban sus propios miedos y que tal vez lo harían con los del castaño, el desacreditar la conexión que existía entre ellos, siempre tan palpable, como si fuese una cosa de nada, porque si lograba convencerlo, aunque un fuese un poco, podría dejarla e irse a casa, con Luka, quien podía cuidar de él, como ella ya no podía permitirse hacerlo. Se mantuvo inmóvil, siendo su mejor manera de no dar señales, de demostrar una indiferencia que no tenía cavidad alguna dentro de ella, aun cuando el pesar en su pecho iba aumentando con cada palabra que salía del italiano, que no hacía más que confirmarle lo bien que la conocía. Por supuesto que poco le importaba el tema de las chicas antes que ella, pero había sido una de las razones que había creído que serían suficientes. El hecho de que Massimo estuviera, hablándole sobre la luz que el aun parecía ver en ella. La desoló. Conocía la forma en la que el italiano miraba al mundo, tan crudamente y el cómo parecía creer, que pocas cosas en realidad valían la pena, así que formar parte de esa lista tan corta, se sentía como el privilegio más grande, y le dolía el hecho de no merecerlo más… tal vez hasta la idea de no haberlo merecido desde el principio, con ella involucrándolo inconscientemente en todo el desastre que cargaba consigo. — Quiero poner todas las cartas sobre la mesa, no podemos seguir siendo tan crédulos. Está bien, si ellas no importan, ¿Qué me dices de los territorios? ¿Qué creíste que pasaría cuando la guerra entre los rusos e italianos decidiera finalmente estallar? ¿Qué nos quedaríamos un lindo punto medio? ¿Qué dejaría a las serpientes? — Respondió ignorando cada palabra de Massimo, porque si pensaba de más en ellas, rápidamente la poca voluntad a la que se afianzaba se esfumaría. — Lamento haberte puesto en esta situación… yo solo quería… — “Conocerte”, fue lo que hizo decir, pero se detuvo en el momento que su mejor amigo coloco su mano en su barbilla y sus ojos se conectaron a los suyos, el acto tan familiar, la alejo así de fácil de todos sus pensamientos, haciéndola hasta dejar ir el aire que no sabía que había estado reteniendo durante todo ese tiempo pero sus ojos no hicieron más que ser casi un espejo de los de él, sin poder evitar el nublarse y a su labio inferior el temblar ligeramente, por todo lo que le estaba causando en aquel instante. Cada vez que Massimo, le demostraba, por más pequeña que fuese, la manera en la que sus palabras le dolían, Tessa se odiaba. Se odiaba por la manera en la que se había metido en su vida a la fuerza, la manera en la que ahora se tenía que retirar como si nada, por las promesas que había hecho y que ahora no cumpliría, sin embargo, lo que más la hacía detestarse, era el hecho de no poder entregar al creador de todas sus pesadillas en bandeja de plata, sin entender realmente por qué. En aquel instante que se atrevió y en realidad, se detuvo a mirar con más atención al italiano, hubo algo que no le gusto para nada. No era lo suficientemente egocéntrica para creer que el malestar de su mejor amigo se debía únicamente a ella, supo que algo mas ocurría sin la necesidad de que este tuviese que decírselo y a pesar de que su alma le clamaba que preguntase que era lo que pasaba, simplemente dejo salir un suspiro. — Tienes que dejarme a ir. — Fue lo último que alcanzo a decir antes que el italiano explotara. Volvió a ser reinada por el silencio mientras permitía que él, fuese dominado por su arrebato, ni siquiera se quejó en el momento que la aparto de la motocicleta, porque lo único en lo que podía concentrarse era en sus palabras y la manera a la que el ojiazul parecía oponerse a dejarla ir. Con el último movimiento, sin siquiera poder hacer más, las lágrimas que habían estado juntándose en sus ojos finalmente decidieron salir. Había repasado los diferentes escenarios en su mente, lo conocía, sabía lo que podía llegar a hacer cuando las cosas no salían a su parecer, pero lo que Tessa no se había detenido a considerar, había sido la manera en la que aquello le destrozaría el corazón como nada más, ni la muerte de su madre, ni el abandono de su hermano, la habían hecho sentir tan desconsolada como sus manos sobre un arma, que apuntaba directamente al pecho de su mejor amigo y su mente comenzó a trabajar a mil por hora. — No, no, no… estas fuera ti, no hay manera en este mundo en la que yo vaya a presionar este gatillo porque yo… — Sin otra salida, comenzó a asentir, al mismo tiempo que tomaba aire y se acercaba más al ojiazul, fingiendo resignarse, dejando que la única distancia que los separase fuese el arma. — Esta bien… — Musito con su voz aun quebrada al mismo tiempo lograba sacar una mano y colocarla en la nuca del chico, casi en señal de rendición, pero rápidamente aprovecho la distracción para proporcionarle un buen rodillazo en su zona intima, aprovechando aquel instante para comenzar a disparar el arma hacia el cielo, sin pausa alguna, hasta que se aseguró de que estaba vacía, para después lanzarla en la misma dirección en la que el italiano había tirado sus llaves. Se abrazó a sí misma, intentando calmarse después de lo acababa de ocurrir, las posibilidades de lo que pudo haber salido mal, no dejaban de darle vueltas en la cabeza y supo que un golpe sería mejor a cualquier cosa. — Lo siento… de verdad. — Soltó aun con las lágrimas en sus mejillas, esperando que después de eso, el italiano se resignara, y sin más comenzó a andar con paso fijo, sin mirar atrás.
Todo el cuerpo de Massimo pareció descomponerse. Era como si la soga al cuello se tensara más, asfixiándolo, cristalizando sus ojos y obligándolo a tomar un poco de aire. Era molestia, era impotencia y toda una sarta de maldiciones que se retenían en la punta de su lengua. Había algo dentro de él que le decía que Teressa no cedería esta noche. Ni para hablar ni para tirarse a sus brazos, como lo estaba esperando. Y era tan doloroso, que una parte de él, esa que describía como caótica y venenosa, necesitaba hacer su descargue con lo que estuviera a su alcance. No importaba que, no mientras los golpes cesaran tantito el tirón en su estómago, el escozor de sus ojos y la desolación en su pecho. — No te puedes ir, ¿no lo entiendes? — su voz áspera se cortó, era tan difícil para él hablar en esas condiciones. Nunca fue el tipo de quedarse sin palabras y ahora estaba obligando a su cuerpo a expulsarlas. Con rabia, desprecio y coraje. — Porque te di un espacio, Tessa. Te deje entrar, no puedes, t-tú no puedes hacerme esto — vociferó con pesar, en este punto sus argumentos eran balbuceos sin sentido, razones que él mismo se daba y que en su cabeza, tenían un poquito de poder de convencimiento. — Tú no puedes porque cedí y ¿para qué? ¡¿Para qué?! — gritó a pulmones y en su cara. Estaba molesto. Que sí, que él intentó deshacerse de Tessa durante mucho tiempo y ella nunca estuvo de acuerdo con eso. Los encuentros en el restaurante, los paseos a los clubes, su empeño por montar con él esa chatarra mierda que le encantaba. Tessa siempre metiendo las condenadas narices cuando él le suplicaba a la mala y a la buena que dejara su insistencia. Nunca la obligó, ella decidió inmiscuirse en su vida porque sí, porque le provocó, porque necesitaba rondarlo y ahora decidía hacerse con él y sus recuerdos y su amistad una bola de la nada misma, una porquería entera. En la cabeza de Massimo no tenía sentido que de un día a otro decidiera romper un trabajo que le costó hasta la mierda. Y no era por él, veía en sus ojos que no era por él, la puta madre. Estaba hastiado. Pero, ¿cómo obligarla a confesar? Massimo sabía que a esa pequeña luz de su vida le habían hecho algo. No le sorprendería en lo absoluto, era demasiado buena para esa pocilga asquerosa. La dulzura a Tessa le había durado demasiado y muy poco a la vez en su cabeza. Cuando ella comenzó a hablar sobre guerra y los rusos y los italianos, él no pudo estar más desconcertado. Casi se burló en su cara porque no había situación tan más estúpida y que le importara menos en ese momento. — Me sabe a mierda la maldita situación con los rusos. Y tú, especialmente tú sabes porque es así, sabes cuáles son mis razones. Si no le pido a él que renuncie a todo, menos lo haría contigo. Si hay una guerra, puedo jurar por ti y por el corazón de Luka, que seré el primero en mantenerse a raya. No pretendo jodernos ni arruinarnos. Son mi familia. La únic- mi condenada familia, ¿no entiendes? — todo su cuerpo era una caldera hirviendo, temblando, buscando en lo recóndito de su mente un interruptor de apagado. No terminaba de tragar sus argumentos y el dolor en su pecho se propagaba, lo consumía. La miró casi con desesperación porque no todo en su vida podía estar desmoronándose así. No estaba pensando en él. Era una egoísta, una maldita egoísta y si no daba el brazo a torcer, Massimo podría considerar que en verdad lo estaba dejando ir y que no había nada que él pudiera hacer para detenerla. Tan solo pensarlo le hacía temblar las piernas, lo desestabilizaba por completo. Era como si una pieza vital no estuviera y el piso en sus pies comenzara a deshacerse. Todo lo que dijera y todo lo que hiciera, podía retenerla con él o empujarla más lejos. No le importaba si era lo segundo, el italiano estaba empeñado en llevársela con él a la fuerza, hacerla recapacitar. De hecho, considerando su precaria condición, lejos de la razón, no se trataba de nada sorprendente el que necesitara usar la fuerza bruta. Había necesidad en su voz, en sus ojos. No sabía si hablar de la dependencia, pero era como si estuviera atado a ella. Si atrevía a romperlos no se lo perdonaría. Massimo no le perdonaría nada si ella decidía tomar su cara bien lavada y desaparecer en la oscuridad, dejándolo con el temblequeo absurdo en su cuerpo y las lágrimas acumuladas. No obstante, cuando fueron precisamente lágrimas lo que Tessa pareció mostrar ante su solución impulsiva y estúpida, lo supo. Nada de lo que estuviera haciendo en ese momento era algo que ella quisiera. Tragó saliva, preparado para lo que fuera. Más le temía a morir sin saber que ocurría con ella que morir con una razón contundente. Los tiros, la sangre, arrebatarse él mismo la vida, no era nada a lo que tuviera pavor. — Hazlo, dispara — le provocó empujando el arma todavía más sobre su pecho, ajustando su dedo en el gatillo. Si el corazón estaba dando latidos secos sobre su pecho, no era por el peligro y la posibilidad de morir. Confiaba en ella y era un error de mierda, si le preguntaban. Pero lo cierto es que no la creía capaz, no si todo lo que cavilaba en su mente era cierto. Teressa no tiraría del gatillo si la relación entre los dos era tan estrecha y valiosa como alguna vez presumió ser. — Eres una maldita mentirosa, pero no seas una cobarde conmigo. ¡Hazlo! — le exigió histérico, no pensando con tres dedos de frente. Massimo podía ser muy cauteloso con sus asuntos, pero una vez perdía la cabeza era tan insensato como un novato, tan extremista como un adolescente ridículo, tan poco compasivo con él y su bienestar. Cuando ella se resignó, su mirada repasó cada uno de sus movimientos, tan rápido como un gato y tan desconcertado por lo desconfiado que era. No quería creerle, no después de esa tramoya. Pero, luego de un segundo, uno mísero y donde no midió las consecuencias de la cercanía, relajó ligeramente los hombros. Otro grave error. Fue el tirón en sus testículos lo que le obligó finalmente a flexionar las piernas, erguirse en su lugar y emitir un gruñido desde lo más profundo de su garganta — Teressa, no — le pidió con la vista para este punto nublada, sus pulmones quedándose cortos de aire y obligado a buscar el aire a tientas con la boca. — ¡No te vayas! ¡Estoy hablando contigo, joder! — le gritó sosteniéndose de sus piernas, boqueando y apretando por alguna razón su estomago. Las lágrimas terminaron de salir justo cuando las rodillas impactaron sobre el suelo y tuvo que encogerse allí, apaciguando el dolor, maldiciendo y gritando. — Cuál es tu maldito problema — respiró hecho un ovillo, sus dedos enterrándose en la tierra a sus pies. Hubo un sollozo lastimero y un espasmo que sacudió su cuerpo de arriba a abajo. — No te vayas....no lo hagas. Tú no — pero los lamentos se quedaron en su garganta y enseguida el llanto, envuelto en toda la rabia consumida, fue lo único que sonó en esas callejuelas. No la dejaría ir...no por algo que no terminaba de comprender y que en ese momento, entre ojos llenos de lágrimas y la cabeza caliente, no veía.