A veces la vida no llega como una promesa, ni como una canción escrita especialmente para nosotros.
Llega sencilla, despeinada, imperfecta; y aun así, encuentra la manera de quedarse.
Llega en el café de la mañana, en una conversación cualquiera, en la sombra de un árbol que nos espera sin siquiera conocer nuestro nombre.
Hay días en que pesa. Días en que parece una puerta cerrada, un cielo sin respuestas, un camino demasiado largo.
Pero, cuando todo parece cubierto de niebla, algo pequeño insiste en permanecer: una luz, una voz, una esperanza mínima.
He aprendido que la felicidad rara vez hace ruido. No suele entrar por la puerta principal. Se sienta a nuestro lado en silencio y espera a que la reconozcamos.
Está en los atardeceres que terminan demasiado pronto, en la lluvia golpeando las ventanas, en la risa inesperada de alguien que amamos, en la extraña fortuna de seguir aquí.
Porque vivir también es perder. Ver partir personas, lugares y versiones de nosotros mismos. Es despedirse una y otra vez de aquello que creíamos eterno.
Y, sin embargo, qué hermoso resulta todo.
Qué maravilloso es despertar, mirar el cielo y descubrir que aún existen motivos para el asombro.
No porque sea fácil, ni justa, ni perfecta.
La amo porque está hecha de luces y heridas, de encuentros y ausencias, de preguntas y caminos.
La amo porque un día terminará, y precisamente por eso cada instante importa.
Porque somos pasajeros bajo las mismas estrellas y, aun así, tenemos la oportunidad de amar mientras existimos.
A veces pienso que eso basta: sentarse frente al mundo con el corazón abierto, agradecer el viento, la noche, los abrazos, y seguir caminando.
Sin entenderlo todo. Sin poseerlo todo.
Simplemente viviendo, simplemente maravillándonos por el milagro de estar vivos.