Sus consuelos y afirmaciones no están ayudando en lo más mínimo. Una ira gélida continúa acumulándose en su puño, mismo que aprieta y aprieta la tela hasta que se escucha el desgarro de sus hilos. Sin embargo, tras miradas afiladas que intercambia entre Jaesun y el supuesto tutor, desiste de sus intenciones violentas y libera a este último; no sin antes propinarle un brusco empujón, por supuesto. Instantes después, se acomoda su chaqueta de cuero y le dedica un último vistazo al intruso en la habitación para girarse sobre sus talones. Aquel alma miserable deberá agradecer los ojos de cachorro y dedos suaves que endulzaron su voluntad, porque jamás le ha temblado la mano al repartir hematomas, huesos rotos y caudales de sangre. “Como quieras, Jaesun. Te veo más tarde.” Se despide con una mano en alto, dirigiéndose a la puerta como única alternativa para aliviar sus humos.
Pese al desconcierto y pánico invadiéndole las entrañas, no espera un segundo en corretear a sus espaldas, despidiéndose del tutor que probablemente no volvería a toparse de nuevo, y no por decisión suya. Dedica disculpas repetitivas y apenadas antes de esfumarse de allí, deteniendo como se le es posible el andar malhumorado de su... su pareja, sí, eso. "No te agrada, lo entiendo, no te gusta... bien, no lo entiendo, pero lo respeto. Ahora, ¿a dónde crees que vas sin mi, hyung?” le recrimina entre comillas, porque su voz permanece tan parsimoniosa y blanda como siempre. Interpone su cuerpito entre su camino y estira los brazos: como pidiendo un abrazo, o quizás deteniéndole. Ambas cuentan. “Primera regla: no puedes irte nunca de mi lado sin darme un beso. Segunda regla: tampoco puedes irte sin bajar tus berrinches conmigo.” así pauta con los mofletes inflados y un pucherito de cachorro mojado. Lo que menos, menos quiere es estar mal con la persona que le ha invadido hasta el alma. “¿He sido claro, hyung?”