"Amor al más fuerte".
Me gusta el SuguSato, el NanaGo, el SukuGo, el NanaHiro y el SukuToji, así que puedo llegar a subir de todo un poco.
También puedo llegar a escribir para el fandom de Haikyuu!!, para el de Kpop Demon Hunters (male OC y ships del canon) al igual que el fandom de Percy Jackson (male OC y ships dentro del canon).
Sólo un nahual traumatizado al que le gusta escribir en lugar de enfrentar sus problemas.
Él/He/Him - AroAce.
Resumen: Ese sentimiento se había asentuado tanto en su pecho que a veces le era díficil respirar. Oculto en Hilltop, como si fuera una zarigüeya que temía estar afuera.
Y lo que más odiaba era que, en realidad, su cautiverio con Los Salvadores sí le había afectado. Al menos un poco, pero lo había hecho.
Link en Wattpad: https://www.wattpad.com/story/399669844-flufftober-desus
Link en AO3: https://archiveofourown.org/works/71888561
Suguru comenzó a visitarlo más seguido después de ese día. Vaya, si antes lo visitaba constantemente, ahora prácticamente vivía en la casa de los Gojo.
Aún así, cuando Satoru tuvo su primera cita con el ortodoncista para ajustar los frenos, Suguru debió ir a la escuela.
"¿Cómo va todo?"
"Voy a morir, ni siquiera he entrado y ya estoy temblando"
"Tranquilo, estaré contigo apenas pueda".
"¿No puedes salir de la clase? Decir que algo te duele y venir conmigo"
"Lastimosamente, sabes que no".
Suguru soltó un suave suspiró, mirando con una sonrisa reprimida todos los emoticones que le llegaban. Además de signos de interrogación, por alguna razón.
Apenas las clases terminaron, corrió hacia la casa de los Gojo, donde el silencio reinaba fríamente. ¿Silencio en la casa de Satoru? Las cosas iban mal.
—¡Satoru! —preguntó, dejando su mochila y zapatos— ¡¿Ya llegaste?!
Satoru bajó de las escaleras, tenía el cabello más desordenado que nunca, lo cual era decir mucho con lo corto que era, un suéter demasiado grande que le cubría las manos y tenía los ojos rojos.
—El dentista quedó peor.
Suguru soltó una risita, alzando la mano para acariciar con cuidado el cabello de su amigo.
—Me la creo, ¿Lo mordiste?
—Uf... Ojalá hubiera podido hacer eso, hablar también me duele mucho.
—Pobrecito —, Suguru le palmeó el cabello, sonriendo.
Satoru era... Algo lindo, bueno, muy lindo, él siempre era precioso, pero ahora se veía hasta un poco tierno.
—Gracias —susurró Satoru, acariciando su mejilla con cuidado antes de regresar sus pasos hacia su cuarto—. ¿Qué traes en la bolsa?
Suguru entrecerró los ojos, entrando a la habitación de Satoru, las cortinas estaban totalmente cerradas, había cajas de jugo vacías en la mesa de café y también una compresa fría. Satoru se dejó caer en su cama, acurrucadose ahí casi al instante.
—¿Tanto duele? —preguntó, dejando la bolsa en la mesa y observando a Satoru.
—No tienes idea —se quejó con la voz apagada—. Toda mi boca se siente horrible. Demasiado horrible.
Suguru sonrió, sentandose a su lado y acariciando su cabello.
—Te traje un regalo —le dijo con suavidad.
Satoru sonrió a penas, levantando la cabeza para ver. Le gustaban los regalos.
—¿Qué es?
Suguru levantó las manos, balanceando tres envases grandes de helado.
—Chocolate, vainilla y de galleta. Para que no digas que no pienso en ti.
Satoru casi saltó de la cama, sus ojos brillando alegremente al treparse en la espalda de Suguru.
—¿Helado?
Suguru soltó una risita, agachándose un poco para que Satoru no resbalará.
—Sí, helado. Está frío, es suave, no lo necesitas masticar y te gusta mucho.
Satoru sonrió, abrazando un poco más fuerte el cuello de Suguru antes de bajar para evitar lastimarlo.
—Por algo te quiero tanto.
Suguru se acercó a la cama, tomando las cucharas que le habían vendido junto al helado. Se acurrucó cerca de su amigo, ambos comiendo de los tres helados.
—¿Vemos una película? —preguntó con suavidad.
—Claro —dijo como pudo, pues ya tenía la boca llena de helado—. Y como soy tan bueno, te estoy compartiendo mi helado.
Suguru rodó los ojos, apuntandolo con la cuchara.
—No te lo termines.
—Trataré.
Suguru se levantó, colocando una de las películas que estaban cerca de la televisión, ni siquiera le puso atención al título, si era sincero, solo quería regresar y abrazar a Satoru un buen rato.
La película comenzó, abrazó a Satoru con cuidado, cariñosamente mientras ambos comían helado.
Satoru parecía muy feliz, el frío le relajaba la tensión sobre la mandíbula y lo hacía suspirar de alivió cada pocos segundos.
—Esto es lo mejor que me pasó hoy —susurró, recargando su cabeza en el pecho de Suguru.
—Me alegra ayudar —susurró, apretando más fuerte a su amigo.
Satoru sonrió, no le mostró los dientes, pero al menos le sonrió.
—¿Te quedas hoy? —le preguntó en voz baja, en ese tonito dulce que usaba cuando quería algo.
—No sé —susurró, pero a los pocos segundos, sonrió—. Claro que me quedo. Eso hacen los amigos, ¿No?
La sonrisa de Satoru cayó un momento, frunciendo el ceño, observando la película, el helado y por último, los brazos de Suguru alrededor de él.
—¿Qué sucede?
—Nada —respondió el albino—. Es que me volvió a doler.
Suguru asintió, acariciando la mejilla de Satoru con cuidado.
—No pasa nada, seguro que para mañana ya no duele tanto.
Satoru alzó los hombros.
—Eso espero.
Suguru se quedó a dormir esa noche, la mesa de café ahora también tenía envases de helado que Satoru prácticamente dejo limpios, pero ya no le ponía atención a la película, solo miraba al contrario como si fuera lo mejor del mundo.
—¿Qué? —preguntó Suguru, bajando la mirada para verlo.
—Nada —susurró, aunque sus mejillas estaban algo rojas—. Solo me alegra que hayas venido a cuidarme, mi papi tuvo que salir hoy después del dentista y mamá no está, ya sabes.
Suguru sonrió, alzando la mano para volver a acariciar el cabello del albino.
—No es ningún problema, siempre que lo necesites, estaré aqui.
—Podrías estar haciendo cualquier otra cosa.
—Tal vez, pero quise venir, eres más importante que otras cosas.
—Aún no hiciste la tarea para la escuela, te bajarán puntos.
—Nah, la haré después.
Satoru apartó la mirada, mordiendo su labio con demasiado cuidado antes de jugar con sus mangas para evitar hacerlo.
—Gracias.
Suguru se acercó más, sonriendo con suavidad.
—No tienes que darme las gracias.
Satoru levantó la vista, abriendo un poco más los ojos al ver lo cerca que Suguru estaba. Pero el otro solo sonrió, acomodando un mechón de su cabello y dejando un suave beso en su frente.
—Para eso son los amigos.
Satoru abrió la boca, casi indignado antes de que un quejido lo interrumpiera, murmurando algo entre dientes.
—¿Qué dijiste?
El albino negó con la cabeza, tratando de ocultar el sonrojo en sus mejillas, enterrando su rostro en la manta.
Satoru se movía nervioso en su lugar, mirando alrededor con una fingida curiosidad.
—¿Satoru Gojo? —preguntó una enfermera, saliendo del consultorio y buscando en la sala.
Pero él definitivamente no se llamaba así. En ese momento era Aiko Aoki.
Y Aiko Aoki no conocía a ningún Satoru Gojo.
—¿Satoru Gojo? —volvió a preguntar la enfermera, pero él se quedó en su lugar, quieto, casi sin respirar.
Se deslizó a los pocos segundos fuera de su asiento, caminando distraídamente por el corredor, listo para ir a ocultarse a cualquier lugar que no fuera su casa.
—¡Satoru!
Su padre frunció el ceño, venía con un jugo frío en mano, seguramente era para él, pero Satoru no quería jugos en ese momento, lo que él quería era largarse.
—¿Satoru Gojo? —preguntó la enfermera una vez más, girando la cabeza hacia ellos.
—Aquí —respondió su padre, tomando el brazo de Satoru y llevándolo hacia el consultorio.
—¡Papi! —se quejó el adolescente, tratando de zafarse del agarré, pero su padre no cedió, lo sostenía sin fuerza, pero no parecía querer soltarlo.
—Es por tu bien, ya te lo explicaron.
—No me importa, ¡No quiero!
No importaron sus quejas, su papá aún así hizo que entrará al consultorio y las horas ahí fueron una tortura para Satoru.
Aunque recibió su jugo frío favorito después, ¡Pero aún así seguía molesto!
—☺—
Suguru no era de los que se preocupaban fácil, claro que no.
De hecho, era bastante relajado, los sentimientos negativos solo venían en exámenes finales, pero esta vez, la preocupación se estaba adueñando de él.
No tomaba las mismas clases que Satoru, ya que su amigo estaba un grado más abajo que él, pero siempre estaba ahí.
Lo encontraba en la entrada de la escuela, saltando de un lado a otro mientras le contaba lo aburrido que era levantarse temprano, Satoru era ruidoso, era la emoción hecha persona, la alegría en los días tristes, se la pasaba riendo, sonriendo y bromeando con los demás.
¿Y ahora estaba así lejos de los demás? ¿En la sombra cuando amaba al sol a pesar de su albinismo? ¿Sin hablar cuando amaba hacerlo? ¿Con jugo de manzana cuando a esta hora comía dulces?
No, algo estaba mal.
No quiso alterarse cuando no encontró a Satoru en la entrada, a veces se le hacía tarde. No quiso parecer paranoico cuando no escuchó su risa traspasar las paredes hacia su salón. Pero se comenzaba a asustar en serio.
Dudó un momento, pero al final tomó las gomitas que él mismo había traído y caminó hacia él, dejándose caer a su lado.
—¿Quieres? —le preguntó, extendiendo la bolsa de gomitas hacía él.
Satoru miró la bolsa, sus ojos se iluminaron por un momento, estaba por tomar una, pero finalmente apretó su jugo y negó con la cabeza, sin mirarlo.
—¿No?
—No.
Satoru hablaba rápido, a veces era difícil seguirle el paso, pero, ¿’No’ y ya? ¿Sin nada más?
Bajó la bolsa de gomitas, ladeando la cabeza con curiosidad, lo conocía demasiado bien para saber que algo malo pasaba, algo malo de verdad.
—¿Sucede algo? —le preguntó, tratando de no irritarlo con un interrogatorio.
La verdad, lo quería agarrar y correr a la enfermería, pero se logró controlar.
—No —respondió Satoru, bebiendo un sorbo de su jugo.
Giró la cabeza al hacerlo, como si no quisiera darle la cara a Suguru. Eran sorbos pequeños, pero eran demasiados, casi parecía… Como si en serio no quisiera hablar.
Se quedó en silencio, observando las hojas del árbol. Tenía mil preguntas y en serio estaba a punto de llamar a Satoshi, el padre de Satoru, para recibir respuestas.
—¿Ya comiste?
Satoru se encogió de hombros, frunciendo los labios cuando su jugo se terminó.
—No tengo hambre.
Suguru arqueó una ceja, observando fijamente la cara de Satoru.
No parecía enfermo, sus ojos no estaban rojos por si el sol era el problema, estaba tenso, pero no de la forma que le pasaba cuando le dolía el estómago.
—¿Qué pasa? —le volvió a preguntar— ¿Te duele algo?
Satoru apretó los labios, volviendo a apartar la vista.
Suguru ladeó la cabeza una vez más, antes de darse cuenta de que Satoru no parecía enfermo, ni de mal humor, estaba más bien incómodo.
—Toru —susurró con voz más suave, colocando su mano contra la del contrario—. No tienes que decirme, pero estoy aquí si quieres hablar.
Satoru asintió, estaba por sonreír, lo vio en como un hoyuelo en su mejilla iba a formarse, pero de repente desapareció.
—Sí —respondió con rapidez, demasiado rápido, antes de girar la cabeza hacia otro lado.
Suguru recargó su cabeza en el hombro del albino, sonriendo mientras lo abrazaba por la cintura unos segundos. No iba a insistir, no si Satoru se sentía incómodo.
—¿Quieres venir conmigo a la tienda? —le ofreció, poniéndose de pie—. Voy a comprar una bebida antes de que empiece el club.
Satoru asintió varias veces, saltando de su lugar para seguirlo, parecía más feliz.
Pero seguía callado.
Durante el camino, Suguru trató de llenar los vacíos del silencio con sus propias palabras. Le gustaba hablar, claro que sí, pero era difícil hacerlo cuando Satoru solo respondía con gestos o palabras cortas.
Ni siquiera parecía querer abrir la boca, ¿Le habrían sacado una muela? Recordaba,aunque vagamente, que Satoshi había dicho algo de una cita con el dentista. Tal vez después de tanto dulce al fin se le había hecho una caries.
La tienda estaba al lado de una panadería, a Satoru le gustaba pasar por ahí para comprar pan glaseado recién horneado, pero Satoru ni siquiera se acercó a la puerta. No. Camino directo al refrigerador y tomo otro jugo, más grande esta vez.
Suguru fingía mirar los dulces de la estantería, pero lo miraba de reojo, estaba seguro ahora; Satoru evitaba sonreír.
De igual forma, no abría la boca y parecía pasarse la lengua varias veces por los dientes. Ni siquiera le preguntó a la cajera como estaba, siempre se lo preguntaba antes de pagar.
—¿Quieres que vaya a tu casa luego de la escuela?
Satoru negó con la cabeza, antes de parecer avergonzado.
—Las cosas… —giró la cabeza hacia otro lado, respirando hondo pero asegurándose de que no lo viera—. Mamá y papá volvieron a pelear.
Se sentía mal en mentirle, sí. No era su culpa realmente, solo necesitaba tiempo.
—Ay, Satoru —susurró él, abrazando por los hombros a su amigo— ¿Estuvo peor que la última vez?
El albino negó con la cabeza.
—Como siempre.
Suguru lo siguió abrazado, le aseguró que todo estaría bien cuando llegaron a la escuela y después se tuvo que despedir. Pero Satoru se sentía horrible por mentirle así.
Espero hasta que el club terminó, no quería que hubiera nadie más ahí.
—Te mentí.
Suguru giró su cabeza hacia él, frunciendo el ceño.
—¿Con qué?
—Mis padres no pelearon —le costó no girar la cabeza hacia otro lado, pero se mantuvo así, abriendo la boca un poco.
—Ah.
Suguru observó su boca, solo unos segundos, antes de regresar su vista a sus ojos.
—¿Frenos?
—El dentista insistió… Me había estado doliendo un poco la boca y dijo que era lo mejor, los tendré puestos todo un año.
Tenía las mejillas suavemente rojas y las orejas teñidas por completo, parecía nervioso, más nervioso que nunca.
—¿Por eso no quieres hablar?
—Me veo horrible —susurró, bajando la cabeza—. No quiero que me vean así. Que… Tú me veas así.
Suguru parpadeó, frunciendo el ceño con sorpresa.
Satoru no solía preocuparse demasiado por lo que otras personas pensaban de él, carajo, no era narcisista, era descarado, no era… Bueno, nunca lo había visto tan inseguro.
Ahora, al verlo así, encogido sobre sí mismo, le derritió el corazón.
—A ver, no te vi bien hace un momento. —Pidió con suavidad.
—Estás loco, no.
—¿Por favor?
—Que no —respondió, levantando un poco la voz, no parecía molesto, solo… Avergonzado.
—Está bien, está bien… No te obligaré.
Satoru asintió, sonriendo un poco, aunque sin mostrar sus dientes.
—Si me lo preguntas, no creo que se vean horribles —le dijo con suavidad.
No respondió, pero sus mejillas se volvieron a sonrojar.
—☺—
Al final, Suguru sí acompañó a Satoru a su casa.
No hablaron mucho, pero fue cómodo esta vez, sin nada incómodo entre ellos.
—¡Ya llegué, papi! —gritó Satoru, dejando su mochila al lado de la puerta, junto a sus zapatos.
Gritando de esa forma, los frenos brillaron por un momento gracias al sol que se filtraba hacia la casa, no se veía mal. No era raro, solo… Nuevo.
—Te quedan bien
Satoru dio un saltó en su lugar, como un gatito asustado que estaba por trepar al techo.
—¡No me mires! —le pidió, tapándose la boca con la mano.
Suguru terminó de quitarse los zapatos y se acercó a Satoru, volviendo a abrazarlo.
—Ya te vi —le susurró, apretando su cuerpo contra él—. No me vas a convencer de que se te ven mal. Te ves precioso, como siempre.
Satoru se soltó del abrazo, murmurando algo intangible, sus mejillas completamente rojas una vez más, pero sonriendo un poquito.
Se dieron cuenta de que había atisbos de recuerdos en ambos desde ese momento.
Soltaban comentarios al azar, se quedaban viendo un punto fijo en la pared u observaban su cuerpo con curiosidad.
Eran destellos, momentos de pocos segundos que ni siquiera traían secuelas. Pero ahí estaban.
Los dolores físicos eran lo peor. Los tiraba al piso, les sacaba lágrimas del dolor y una vez, hizo que ambos se desmayaran.
Recurrieron a Shoko cada vez que pasaba, su energía inversa los ayudaba a aliviar su dolor. Pero ellos solo seguían siendo niños alegres.
Teóricamente.
^_________^
—¿Podemos ir con Nanami-san?
Megumi apartó la mirada de los platos que lavaba, observando a ambos haciendo ojitos de cachorro.
—Está ocupado —les respondió— pueden ir más tarde.
Suguru asintió, agarrando la mano de Satoru y saliendo al jardín.
Estuvieron callados cinco minutos, lo cual era mucho, considerando que Satoru estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para quedarse callado.
—Listo —declaró, levantándose— Nanami-san ya debió haber terminado su trabajo.
—¿Tú crees?
—¡Sí! ¿No recuerdas que Megumi dijo qué es muy fuerte? ¡También debe de ser muy rápido!
Suguru lo pensó un momento, antes de asentir.
—Tiene sentido.
—¿Verdad? —Satoru dijo alegremente, tomando la mano de Suguru y saliendo de la casa.
—¿No deberíamos decirle a Megumi? O a Nanako…
—Nah —Satoru le cortó con rapidez— ya pedimos permiso, Megumi dijo que sí.
Suguru frunció el ceño.
—Es cierto.
El más pequeño sonrió, poniéndose de puntillas y dándole un besito en la mejilla antes de seguir caminando.
—Un día voy a ser más alto que tú, ¿Sabías?
—¡No! Yo voy a ser más alto.
—Nah.
Suguru frunció el ceño, apretando los labios en un puchero.
—¿Te enojaste?
—No.
—¿Estás haciendo berrinche?
—Sí.
El albino se volvió a levantar, colocando torpemente sus labios contra los de Suguru.
Fue solo un momento, un milisegundo antes de que Satoru entrará en pánico y aventara lejos a Suguru.
El mayor estaba por decir algo, pero el empujón casi lo manda al piso. Casi.
Porque fue atrapado en brazos.
—¡Ey! —Satoru, aún sonrojado, dió un pisotón en el piso, enojado— ¡Déjalo!
Estaba por lanzarse por quién sostenía a Suguru, pero una mano le cubrió la boca con un paño y lo agarraron por la cintura, comenzando a correr después de eso.
Suguru observó a su amigo con los ojos bien abiertos, mirando, en cámara lenta, como su cuerpo perdía fuerza y caía inconsciente.
Comenzó a patear como pudo, tratando de dar en la rodilla de quién lo sostenía, moviendo los brazos como loco.
—Quédate quieto —le susurraron de tal manera que, por unos segundos, le hicieron obedecer— ¿Sabes cuánto pagarán por un genocida como tú?
Suguru tenía ganas de llorar, el término le removió la conciencia tan fuerte que el dolor no se hizo esperar.
—¡Yo no…! —balbuceó, luchando contra su propia respiración para tranquilizarse— ¡Yo no maté a nadie!
—Ay, no te hagas el tonto, Geto. Mataste a toda una aldea.
—¡No es cierto! —sollozó, retomando los golpes que trataba de dar, pero sus músculos ahora pesaban, le dolía moverse y juraría que su cabeza podía estallar en cualquier momento.
El hombre lo sujetó más fuerte, haciéndolo soltar un quejido de dolor mientras lo llevaba lejos.
No podía controlar sus lágrimas, no entendía porque le decían cosas tan malas cuando él no había hecho nada.
Por una fracción de segundo, el recuerdo de la sangre llenando su cuerpo llegó a su mente, pero se fue tan rápido como llegó.
Aún así, le fue suficiente para que el dolor aumentará más y finalmente lo hizo desmayarse.
^_________^
Megumi salió al jardín de la casa, limpiando sus manos con un trapo al momento de levantar la cabeza.
—¿Suguru? —llamó— ¿Satoru? Hablé con Nanami-san y pueden ir a verlo…
Sus palabras se quedaron en el aire cuando se dió cuenta de que no estaban ahí.
—¡Nanako! ¡Mimiko! —les gritó— ¡¿Están con ustedes?!
Nanako revisó la lavadora, Mimiko debajo de las camas, Nue sobrevolaba la casa, pero no había rastro de ellos.
—Otra vez no —susurró Megumi, invocando a sus lobos divinos, que comenzaron a buscar el rastro de ambos, aullando de manera instantánea en la salida de la casa.
—¿Qué sucede? —Nanako bajo, corriendo mientras sostenía su celular— ¿Debo llamar a Nanami-san?
—Hazlo —Megumi le pidió, comenzando a correr detrás de sus lobos— ¡Qué Mimiko venga! ¡Tú busca a Nanami-san y Shoko-san!
Mimiko se unió a su paso, mirando a los lados, alcanzando a su hermano con un suspiró.
—¿Estarán con Nanami-san?
—Eso quiero pensar —admitió— Shoko-san dijo que el clan Gojo ya se había enterado la última vez que los llevamos al hospital.
La castaña soltó un suspiró pesado.
—Pero ellos no le harían nada a Gojo-san, ¿O si?
Una mueca se formó en su rostro.
—Nunca han querido a Geto-san.
No había nada seguro, tal vez los niños habían ido con Nanami-san. Tal vez estaban escondidos en la casa y ellos estaban como tontos buscándolos.
Al menos, eso esperaban.
Sin embargo, tenían un enorme presentimiento de que estaba en peligro. Era una sensación de angustia instalada en su pecho, apretando su corazón.
^_________^
Satoru se removió, abriendo los ojos como pudo.
Su cabeza dolía y su cuerpo se sentía muy débil, pero trataba de levantarse. Le había prometido a Suguru que lo iba a cuidar.
—Satoru.
Su cuerpo se tenso, esa voz. Esa horrible, espantosa y asquerosa voz.
Giró la cabeza hacia atrás, ahí, justo como pensaba, estaba el anciano que guiaba al clan.
Ese mismo que lo había alejado de sus padres cuando nació, quién lo obligó a entrenar apenas se logró poner de pie.
Tenía más recuerdos, borrosos, algo sobre la escuela de Jujutsu, y una pelea con Suguru de por medio.
No entendía que pasaba, pero su cabeza volvió a dolerle.
—Ponte de pie.
—Tú no me mandas —le respondió, quedándose en el piso solo para contradecir— ¿Dónde está Suguru?
—Muerto, tal vez.
El corazón de Satoru se detuvo un momento. Dolía. Dolía mucho pensar en esa posibilidad.
—No es cierto.
El anciano se elevó de hombros.
—Puedo llevarte con él —le propuso— si estás dispuesto a obedecer.
Apretó los puños, encajando sus uñas, cortas, ya que Nanako se las había cortado por la mañana, en la palma de su mano.
Suguru estaba en peligro, debía cuidar de él, como le había prometido.
Pero también sabía que Suguru era fuerte, lo sentía al estar cerca de él, lo veía cuando sus seis ojos escaneaban su energía maldita.
Confíaba en que estaría ileso hasta que llegara con él.
Con un suspiró, se levantó del piso y se acercó al anciano, que sonrió.
—Veo que escogiste lo más razonable. Ahora, ¿Por qué no vamos a que entrene…?
Satoru levantó la mano, haciendo un movimiento con ella antes de arrojarse contra él.
Trató de invocar Rojo, pero para su vergüenza, no funcionó.
—¡No me salió! —declaró, cambiando de movimiento y golpeando el cuello del hombre.
^_________^
Oscuridad.
Eso era todo lo que lo rodeaba.
Estaba seguro de que tenía los ojos abiertos, pero no podía ver nada más allá de pocos centímetros.
No sabía dónde estaba y eso lo comenzaba a asustar al recordar lo que había pasado antes de su desmayo.
Caminó cuidadosamente, el sueño crujía bajo sus pies e intensificaba su miedo.
Pero no podía dejar a Satoru solito. Le prometió que él iba a ser quién cuidara de él.
Tanteó una puerta, o algo que él pensó que era una puerta y la trató de abrir, empujando con cuidado, sin embargo, estaba cerrada.
Apretó los labios, apartándose lo más que el pequeño cuarto le permitió antes de lanzarse contra la madera.
Iba a tardar en abrirla de esa forma, pero no le importaba cuánta energía o cuanto dolor le provocará. Porque iba a encontrar a Satoru.
Aunque le costará todo su cuerpo en el proceso.
—Deja de hacer eso —le indicaron, abriendo la puerta justo al momento en que se volvía a lanzar contra la puerta.
Cayó en la tierra, lastimando sus manos en el proceso, aún así, se levantó lo más rápido que pudo.
—¡Satoru!
—Él está bien —le aseguró alguien, agarrándolo con fuerza del brazo— no podremos decir lo mismo de ti.
Suguru se asustó, tratando de zafarse de su agarré, pateando como podía.
—No, no —le dijeron, antes de recibir un golpe en el estómago que le sacó el aire— quédate quieto.
Lo arrastró hasta el patio, o al menos, lo que Suguru pensó que era uno.
Había gente reunida ahí, observando fijamente como tropezaba, riendo al verlo así.
—Vaya, si que es algo patético ahora.
Suguru se sentía humillado, sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no quería llorar, no frente a toda esa gente.
No mientras Satoru no estuviera con él.
Ni siquiera sabía porque pasaba eso, pero volvieron a golpearlo, alegando algo de que “les había arruinado a Satoru”.
¡Pero no era cierto! ¡Él nunca lo lastimaría!
Cayó al suelo, sosteniéndo su estómago y buscando aire, pero patada tras patada seguía llegando.
Se cubrió la cabeza con las manos, tratando de que las patadas no le llegaran ahí.
Espero el siguiente golpe. Golpe que está vez, no llegó.
Temblorosamente, abrió los ojos.
—¡Nanami-san! —Suguru gritó cuando el rubio se puso frente a él, desviando el ataque seguramente mortal que estaba por recibir.
No sabía cómo habían llegado, pero ahí estaban.
Los lobos de Megumi rodeaban a Suguru, gruñendo y listos para atacar si se le volvían a acercar.
Nanako estaba cerca, golpeando a quien se acercara y mandandolos lejos con su celular, quedando todos en una pila en la esquina.
Mimiko corría por todos lados, buscando a Satoru, quien no tardo en llegar.
Corría lo más rápido que podía, perseguido por, al menos, diez personas del clan Gojo.
—¡Suguru! —gritó Megumi, lanzando una pequeña bola hacia él.
El pequeño se distrajo de la pelea, mirando la pelota con curiosidad.
—¡Oh! ¡Es una maldición!
—¡Cómetela!
Suguru hizo una mueca de asco.
—¡¿Qué? ¡No! ¡Qué asco!
—¡¿Quieres salvar a Satoru?! —sabía que no debía decir eso, pero era la única forma.
Suguru soltó un lloriqueo, observando como Satoru peleaba contra cinco personas del clan. Mimiko detenía a la mitad, pero el albino estaba en problemas. Uniendo toda su fuerza de voluntad, se metió la maldición a la boca y trago.
Su reflejo de arcada llegó demasiado rápido, tirándolo al piso con un quejido.
Era como comer vómito, comida podrida y cualquier cosa horrible que existiera. Todo junto, como una bola de cosas asquerosas diseñada para que no le pase por la garganta.
Pero aún así, se obligó a tragar, guiado por el instinto casi primario de defender a Satoru a como pudiera.
Su mente se quedó en blanco por unos segundos y luego los recuerdos comenzaron a llegar. Demasiado pronto, demasiado rápido.
Él entrando a la preparatoria de Jujutsu. Satoru a su lado, riendo, burlándose, en misiones.
Un Satoru más grande, con gafas redondas y sonrisa engreída. Ya eran igual de altos y Satoru parecía que crecería un poco más que él.
Besos en los labios, más duraderos que el que me había dado por la mañana, pero su ¿Novio? Seguía igual de sonrojado.
Megumi, las gemelas y otra chica castaña como niños de su edad, con Satoru tratando de regalarlos con un delantal rosa puesto.
Y el recuerdo de la sangre, de las muertes, sus propios padres asesinados por su mano. No creía que había pasado tanto tiempo, tal vez solo unos segundos.
—Sato… ru —susurró con la última fuerza que le quedaba antes de volver a desmayarse.
Megumi corrió hacia el, pateando a los dos que lo rodeaban, pero le fue imposible acercarse a Suguru. Las maldiciones almacenadas que tenía comenzaron a salir, casi descontroladas.
Nanami-san fue quien lo empujó lejos, quitando a Megumi del rango del ataque, pero las maldiciones no parecían interesadas en ellos.
Rodearon a Satoru, casi protectoramente, antes de lanzarse contra los hombres que lo rodeaban.
El pequeño ya también se había desmayado, por lo que una de las maldiciones lo levanto en brazos, cuidando de él con cariño, antes de llevárselo lejos.
Nanako y Mimiko estaban por correr detrás de él, pero el adulto volvió a intervenir.
—No —les dijo, acercándose a Suguru y levantándolo en brazos— son maldiciones de Suguru. No le harán nada.
Los adolescentes asintieron, siguiendo a Nanami fuera de la residencia de los Gojo.
Cuando estuvieron en un lugar seguro, una maldición apareció, abriendo los brazos para depositar a Satoru casi cariñosamente al lado de Suguru.
—¿Shoko-san?
—Nanako, llama a Shoko —Nanami le pidió— Mimiko, trae agua y algo dulce, Geto-san tendrá asco si despierta. Megumi, trae una venda para los ojos de Gojo-san, seguro que le dolerán.
Cuando los adolescentes se fueron, Nanami miró a sus amigos y soltó un suspiró.
Suguru era el más lastimado, con heridas visibles en todo lo que la ropa dejaba ver. Seguro que le debió doler mucho, incluso más si no sabía porque estaba pasando eso.
Satoru estaba menos golpeado, seguramente no querían dañarlo en realidad, pero aún así, tenía un ojo morado.
—Van a estar bien —les aseguró, acariciando el cabello de ambos.
^_________^
Shoko curó sus heridas apenas llegó.
Arreglo las costillas rotas de Suguru, el ojo morado de Satoru… Todas y cada una de las heridas que tenían, las curo apenas las miraba.
—El clan de Gojo siempre fue horrible —le dijo a Nanami— pero no pensé que le harían esto a niños.
El rubio negó con la cabeza. Él tampoco podía creerlo.
—¿Se pondrán bien?
—Claro que sí —aseguró, levantándose y cubriendo a ambos con una manta— pero hay que dejarlos descansar.
No dejaron a nadie entrar ahí hasta la mañana siguiente, llamaron a Ijichi, quien colocó un velo en el lugar y se aseguró de que nadie, además de Shoko o Nanami, pudieran entrar.
Los dejaron dormir toda la noche, visitando el cuarto en la mañana para asegurarse de que seguían bien.
Lo estaban, pero aún no despertaban.
La siguiente visita autorizada fueron los adolescentes, quienes observaron a ambos en silencio.
—No fue su culpa —Nanami les aseguro— es la culpa del clan Gojo.
—Nosotros debíamos cuidarlos —susurró Megumi, apretando los puños.
Nanako lloraba en silencio, siendo abrazada por su hermana, quién contenía las lágrimas.
—Teníamos que estar más atentos… Esto no hubiera pasado si… Si…
—¿Si hubieran limpiado cuándo les tocaba?
Los cuatro dieron un pequeño salto, girando la cabeza hacia la cama.
Suguru se había despertado, una mano en su cabeza y la otra en la frente de Satoru, comprobando que estuviera bien.
La ropa se había rasgado y les sorprendió no haberlo escuchado, pero ahí estaban sus padres. Otra vez en su apariencia adulta.
—¡Geto-san! —gritaron las gemelas, corriendo hacia él.
—Megumi —se quejó Satoru— ¿No me vas a abrazar, mocoso?
—No —se negó el adolescente, pero sus piernas se movieron más rápido que sus palabras y en pocos segundos, ya lo estaba abrazando.
El albino sonrió, atrapando al adolescente en brazos. Nanami les dió una suave sonrisa y una reverencia antes de salir de la habitación.
Les dolía la cabeza y los recuerdos aglomerados eran casi imposibles de crecer.
Aún así, miraron a los adolescentes con una sonrisa.
—No lloren —Suguru les susurró, limpiando el rostro de las gemelas— todo está bien.
Satoru le sonrió a Megumi, besando su cabello y sacándole un quejido.
—Lo hicieron bien. Estamos orgullosos de ustedes.
Los tres adolescentes intentaron, en serio intentaron, pero las lágrimas ganaron.
—Lo lamentamos —sollozó Nanako.
—Debíamos cuidarlos mejor.
—Y también tratarlos mejor… No es fácil cuidar de niños.
Los adultos sonrieron, no querían discutir eso ahora, solo querían seguir así un rato más.
Suguru acercó a Satoru, uniendo a los cinco en un abrazo cariñoso.
Ya hablarían después, ya se burlarían después… Ya iría Satoru al clan a golpear a algunas cuantas personas.
Pero, por ahora, estaban bien así.
—Saben que los queremos, ¿Verdad? —Suguru les susurró.
—Aunque sean unos maleducados —añadió Satoru, sacándoles una risita.
Suguru y Satoru estaban en el sillón, en silencio, mirando la televisión.
No habían hablado en ningún momento.
—¿Nanami-san los descompuso? —susurró Mimiko con curiosidad.
Nanako se inclinó sobre el mostrador, observando con curiosidad a los niños.
—Es posible.
—Seguro que solo están cansados —Megumi dijo al fin, sirviendo la cena.
Las gemelas no estaban muy seguras de eso, después de todo, ellos habían dormido perfectamente toda la noche, pero terminaron por asentir.
—Suguru, Satoru, vengan a cenar.
Los niños se movieron casi de manera robótica, caminando hacia la cocina y soltando un suspiró pesado.
Comenzaron a comer, mirando el reloj cada bocado.
Megumi al fin frunció el ceño, dudando un poco antes de hablar.
—Niños —dijo con suavidad, tratando de imitar el tono suave que Suguru solía usar— ¿Sucede algo?
—Tu comida no sabe bien —Satoru susurró, mirando el reloj una vez más.
—¿Están esperando a alguien?
De repente, a Suguru se le cristalizaron los ojos, bajando de la mesa y corriendo hacia su cuarto.
Satoru miró mal a Megumi, antes de correr detrás del mayor.
—¿Qué dije?
—¡No sé! —Nanako soltó un suspiró, jugando con su cabello en un tic que le había empezado a ocurrir.
—Debemos ir a ver —Mimiko opinó— creo.
Megumi asintió, levantándose y caminando escaleras arriba en silencio.
—No pasa nada —Satoru susurraba, aunque su voz estaba rota.
—P-pero no quiero que le pase nada.
—¡Nanami-san…! —un sollozó se escapó de los labios de Satoru— Nanami-san es muy fuerte… Seguro que no le pasará nada.
Las gemelas observaron a Megumi, quien también las miraba, sin saber realmente que hacer.
—Hay que entrar.
Megumi tocó la puerta unos segundos, antes de abrir la puerta y observar a los niños.
Satoru tenía los brazos cruzados, una expresión enojada en su rostro. Sin importar lo rudo que quisiera verse, tenía los ojos rojos y sus hombros temblaban.
Suguru se escondía detrás de él, limpiando su carita.
—¿Qué quieren?
Las Hasaba se acercaron con cuidado, sentándose a ambos lados de los niños y elevaron la mano, colocándola sobre sus cabezas.
—Quítate —Satoru se quejó, apartándose, pero Megumi lo interceptó, abrazándolo con fuerza sobre su pecho.
—Nada le va a pasar a Nanami-san —le aseguró.
Satoru tembló, levantando las manos y golpeando contra sus hombros, pero Megumi no lo soltó.
—Él es muy fuerte, una de las personas más fuertes que he conocido jamás.
Satoru levantó la cabeza.
—¿Es el más fuerte?
—No —susurró, acariciando su espalda con una mano y acomodando su cuerpo contra su cadera.
Aún así, a Satoru se le resbalaba del agarré. No sabía cómo el albino lograba hacer eso con él.
—Pero es algo muy parecido. Y es bastante confiable.
Satoru recargó su barbilla contra su hombro.
—Sí… Él me cae muy bien, más que tú.
—¿No te caigo bien?
—No —el pequeño respondió, mirando a Megumi seriamente— y me estoy resbalando.
Megumi le sonrió, bajando con cuidado a Satoru.
—Lo sé, no sé la manera correcta de cargar a alguien.
Satoru soltó un suspiró.
—Pues ya qué —le respondió, aunque había una sonrisita en sus labios mientras regresaba con Suguru, quien era abrazado por ambas gemelas.
Su llanto también había disminuído, pero seguía ahí.
El albino se subió a la cama, colándose entre las gemelas y abrazando los hombros de Suguru, recargando su carita en su propio brazo.
—Él va a estar bien —le aseguró, dejándole un torpe beso en la mejilla.
Suguru dió un salto en su lugar, sin esperar la nuestra de afecto de Satoru, pero se relajo a los pocos segundos.
Regreso el abrazo y ambos se quedaron así. Sonrojados y sin saber que decir.
^_________^
—Que aparatito tan curioso —Satoru dijo, observando el celular de Megumi con curiosidad.
Habían muchas cosas que había visto que no conocía, las calles de Kyoto eran diferentes, pero trato de no alterarse por ello.
Sin embargo, el celular que el adolescente le había prestado sí que llamó su atención.
—Mira, Suguru —Satoru llamó, moviendo el hombro de su amigo y poniendo la pantalla muy cerca de su cara.
El mayor elevó una caja, viéndose reflejado en la cámara antes de sonreír.
—¿Me vas a sacar una foto?
—Sí —Satoru declaró, levantándose de su lugar y picando la pantalla— di ‘Satoru es muy bonito’.
Suguru soltó una risita.
—Satoru es muy bonito —respondió, sonriendo con todos sus dientes.
El menor sonrió, observando la pantalla y picando está con más fuerza de la que debería.
—Sales bien.
—¿Me veo guapo?
Satoru hizo una mueca, pensando.
—Sí —dijo al fin—. Mucho.
—¡Yo también quiero sacarte una!
Suguru extendió la mano, tomando el celular y enfocando al albino.
—Tu sonrisa es muy bonita.
—Tu sonrisa… —Satoru iba a decir, pero se le trabó la lengua, sintiendo como el sonrojo volvía a subir a su cara— ¡Eso es trampa!
—¿Por qué? ¡Es la verdad!
Satoru hizo un puchero, entrecerrado los ojos y soltando un suspiró, levantándose para ver la foto.
—Sí me veo lindo.
Suguru sonrió, balanceando el celular antes de colocar un besito en la mejilla de Satoru, sacando una foto en esa posición.
Satoru paso saliva pesadamente.
—Te odio.
—Me adoras.
Siguieron jugando con el celular, hasta que les comenzaron a arder los ojos, haciendo que lo dejarán y corrieran a ver la televisión.
Megumi observó su celular, sosteniendolo y entrando a la galería.
Ambos se habían sacado tantas fotos, con muecas diferentes, gestos raros… Simplemente eran demasiadas.
—Bueno —Megumi dijo, guardando su teléfono y mirando a los niños.
Estaba por decirles algo de que no debían ver la tele luego de tanto tiempo en el celular, pero la respiración de ambos se estaba volviendo irregular.
—¡Nanako! ¡Mimiko! —gritó Megumi, corriendo hacia los niños.
Suguru comenzó a llorar, abrazando su estómago y Satoru jadeaba, sosteniéndo su ropa justo encima de su corazón.
Nanako prácticamente salto del segundo piso para llegar con los niños, observando como los niños comenzaban a resbalarse del lugar.
Sacó su teléfono y en dos segundos, paso de estar en la casa a estar en el hospital de Shoko.
—¡Shoko-san! —gritó, balanceando a ambos en brazos— ¡Shoko-san!
La castaña salió de su consultorio, parecía cansada, pero al ver a los niños, guío a Nanako hacia adentro, revisando a ambos con la mayor rapidez que logro.
—No pasa nada —dijo al fin, pero aún así comenzó a guiar energía inversa hacia ambos para aliviar el dolor. No los iba a dejar al borde del desmayo.
—¿Cómo que no es nada? ¡Mire como están!
La mayor asintió, dejando a los niños después de que se calmaran.
—Solo es un efecto de la maldición —aclaró— seguramente el efecto está por pasar.
—¿Les va a pasar seguido?
La castaña elevó los hombros.
—No lo sé —admitió— tal vez sí.
Nanako soltó un suspiró tembloroso.
—¿Y qué hacemos cuando les vuelva a pasar? ¿Los traemos?
—No les durará mucho, pero si quieren traerlos, pueden hacerlo, solo no hagan un escándalo.
La rubia asintió, tomando en brazos nuevamente a ambos y llevándolos a la salida.
Encontró a sus hermanos unas cuadras adelante.
—¿Y bien?
—Shoko-san dice que no pasa nada —les aseguró— son efectos de la maldición. Puede que desaparezca pronto.
Los dos soltaron un suspiró de alivio.
—Se veía muy doloroso —Megumi opino, tomando a Satoru en brazos para caminar a casa.
—Sí —Mimiko soltó un suspiró, alzando en brazos a Suguru para que su hermana descansará— aunque la verdad, pensé que el efecto duraría más.
—Yo estoy feliz de que terminé —Nanako admitió— me estaban sacando canas.
Todo el segundo piso termino con espuma, shampoo y agua cayendo hacia el primer piso.
—Suguru —pidió Megumi, apretando el tabique de su nariz para tratar de tranquilizarse— ¿Podrías ayudar a recoger todo lo que tiraron?
—¿Por qué? —preguntó Suguru, mirando el piso— ¡Solo hay que esperar a que se seque!
—Va a quedar pegajoso.
Suguru elevó los hombros.
—Pero limpió.
Nanako comenzó a usar su técnica maldita para limpiar, pero el flash de su celular les dió el momento perfecto a los niños para volver a escapar.
—¡Mimiko! —Megumi le dijo, corriendo tras ellos— ¡Ahora sí hay que atarlos!
Satoru se encargaba de tirar todo lo que encontraba, dejando el paso libre a Suguru y encontrando el tiempo para hacerles muecas burlonas a los tres.
El oso de Mimiko ya tenía la cuerda lista, Nanako tenía su celular en alto y Nue los sobrevolaba.
Pero no olvidaron un pequeñito detalle.
Esos dos fueron los que los enseñaron a pelear en conjunto y parecían que, de alguna forma, lo lograban recordar.
Eran más pequeños, pero parecían tener más agilidad, no se quedaban en linea recta, para que el oso de Mimiko no los atrapará, se aseguraban de moverse mucho para que el celular de Nanako no los captará y corrían por dónde Nue no lograba entrar.
El jardín no era muy grande, así que en pocos minutos, Satoru levantó a Suguru y después ambos salieron corriendo por la reja de la casa.
Los adolescentes saltaron las maderas, observando a dónde los niños corrían.
—¡¿A dónde van?! —se quejó Nanako.
—Ni idea —Megumi suspiró, invocando a sus dos lobos divinos y a Orochi, quienes siguieron a los niños mientras el suspiraba.
—Yo quería dormir temprano hoy —Mimiko suspiró, volviendo a correr junto a sus hermanos.
^_________^
Satoru soltó una risita, sosteniéndo la manita de Suguru mientras corría sin detenerse.
—¿A dónde vamos? —preguntó Suguru.
—¡Con Nanami-san! —declaró— ¡Él me cae bien!
Suguru asintió.
—A mí también.
Un silencio.
—¿Y donde vive?
Satoru detuvo sus pasos, observando a Suguru fijamente mientras parpadeaba varias veces.
—No sé.
Suguru sonrió, levantando la mano y palmeando el cabello de Satoru.
—No pasa nada.
—¡Yo sé que no pasa nada! —Satoru se quejó, pero sus mejillas estaban rojas.
Suguru le seguía sonriendo, por lo que Satoru desvío su mirada, cruzando sus brazos y tratando de parecer genial.
—Pero aún hay rastros de su energía maldita —declaró— yo lo veo porque mis ojos son muy poderosos, ¿Sabes?
Suguru asintió.
—Son muy bonitos.
Satoru apretó los labios, tratando de mantener su fachada tranquila.
—S-sí —respondió, fingiendo toser para que no se escuchará su tartamudeó— eso también.
El mas pequeño volvió a tomar la mano de Suguru, guiando a su amigo por las calles mientras trataban de dejar atrás a los shikigamis de Megumi.
Suguru sonrió, corriendo a su lado sin problema.
—¿Ya casi llegamos?
—¡Creo que sí! —Satoru declaró, elevando los brazos.
No. No estaban ni siquiera cerca.
—¿Dónde estamos? —preguntó Satoru.
—No sé —Suguru miró alrededor— parece ser… ¿Kyoto?
—Sí, bueno, dah. Nos trajeron aquí.
Satoru soltó un suspiró.
—¡¿Pero dónde está Nanami-san?! —se quejó, dando saltos en su lugar.
—¿Estás haciendo un berrinche?
—¡No!
Pero aún así, Satoru tiró de su propio cabello con fuerza.
—¿Qué pasa?
—Me duele la cabeza —Satoru susurró— mis preciosos ojos me duelen.
Suguru se acercó, tapando con su mano los ojos de Satoru y guiando a este hacia una de las esquinas.
—¿Es por tu técnica?
—Sí —Satoru susurró— me duelen cuando los uso mucho… ¡Pero un día seré muy fuerte! ¡Y podré cuidar de todos!
Suguru sonrió, abrazando a Satoru.
—Yo te cuidaré a ti.
El albino sonrió, acurrucándose más cerca de Suguru y abrazando al contrario.
—Pero yo también te puedo cuidar.
—Sé que sí —Suguru le aseguró, palmeando su cabeza una vez más.
No supieron en qué momento se quedaron dormidos, pero cuando despertaron, ya no estaban en la calle donde se habían quedado, sino en una casa que no conocían.
Satoru miró a Suguru, zarandeando su cuerpo antes de gritar.
—¡Nos secuestraron!
Suguru despertó exaltado, mirando a los lados antes de gritar.
—¡Nos secuestraron!
La puerta se abrió, haciendo a ambos saltar fuera de la cama, listos para irse por la ventana.
—Oigan —Nanami les llamo— no los secueste.
—¡Nanami-san! —celebraron, corriendo hacia él— ¡No nos secuestraron!
El rubio soltó un suspiró, acariciando el cabello de ambos, antes de mirarlos seriamente.
—¿Por qué estaban afuera?
—¡Porque queremos vivir contigo! —Satoru declaró.
Suguru asintió varias veces.
—¡Tú nos caes bien!
El rubio elevó una ceja.
—¿Y me imagino que les dijeron que venían conmigo?
Satoru asintió, muy serio.
—Suguru, ¿Está diciendo la verdad?
—¡No! —Suguru miró a Satoru— perdón.
El albino lo miró mal por unos segundos, pero terminó por sonreír.
—Bueno, pues ya lo sabe.
Nanami soltó un suspiró.
—Les debo avisar que están aquí.
—¡No! —Satoru se quejó— ¡No quiero ir con ellos! ¡No nos han dado de comer en todo el día!
—¿No?
Satoru negó con la cabeza.
—¡Solo lo que tú hiciste! ¡Y yo tengo mucha hambre!
El albino fingió desmayarse, dejándose caer en brazos de Suguru.
Pero el mayor no estaba listo para sostenerlo, por lo que ambos terminaron en el piso.
El rubio soltó una pequeña risa, levantando a ambos.
—Les haré el desayuno, pero no pueden quedarse aquí.
—¡¿Por qué?! —ambos se quejaron.
—Tengo misiones que hacer. Muchas… Demasiadas.
—¡Yo te puedo ayudar! —Satoru declaró— ¡Soy muy fuerte! ¡Y hago chum y pum y y y ya no hay maldiciones!
Suguru asintió también.
—¡Y yo puedo atrapar maldiciones y las hago bolita! —presumió— ¡Y así ya no hay más!
Kento negó con la cabeza.
—No diré que no son fuertes —les dijo con suavidad, elevando a ambos en brazos— pero no pondré a niños en riesgo. Ni siquiera a ustedes.
—¿Por qué? —Satoru se quejo— ¡Si ayudamos ya no hay maldiciones y podemos vivir contigo!
—Soy un adulto y ustedes no.
Más o menos, pensó.
—Lo importante es que yo soy quien debe cuidarlos, no al revés. Yo puedo dar mi vida en una misión, ustedes no.
Los niños de repente parecieron muy asustados.
—¡Pero no quiero que mueras!
Nanami sonrió un poco, abrazándolos un poco más fuerte antes de dejarlos en el piso de la cocina.
—No moriré —prometió, aunque un hechicero nunca debía hacer ese tipo de promesas—. Ahora, ¿Qué quieren desayunar?
^_________^
—¡¿Cómo se les ocurre dejar que salieran así?! —Nanami les preguntó a los adolescentes, que bajaron la cabeza.
—¡Es que ellos…! Solo salieron corriendo.
—¿Y por qué no habían comido?
—Íbamos a darles de comer —aclaró Megumi— pero no sé querían bañar y luego comenzaron a correr por todos lados y ensuciaron todo…
—¿Y los castigaron dejándolos sin comer?
—¡Claro que no! —se quejó Nanako— ¡Ni siquiera tuvimos tiempo para castigarlos cuando ellos ya se habían ido!
Nanami elevó una ceja, observando a Suguru y Satoru, quienes veían Digimon en la televisión sin siquiera moverse.
—Sé que son difíciles. Los conocí de adolescentes y eran un desastre. De adultos no mejoraron mucho, pero aún así, ustedes aceptaron cuidarlos. Y cuidarlos significa no dejarlos sin comer y definitivamente no dejar que duerman en la calle.
Los adolescentes bajaron la cabeza, asintiendo con suavidad.
—Necesito que me aseguren que estarán bien. ¿Qué tal si el clan Gojo los encontraba antes que yo? ¿Sabes en los problemas en los que esos niños estarían?
Los tres asintieron una vez más, sin saber que decir.
—Lo lamento.
—No quiero hacerlos sentir mal —aclaró— pero esos niños necesitan seguridad que, como ya dije, ustedes se comprometieron a darles.
—Los cuidaremos mejor —susurró Megumi.
—Y no los dejaremos irse tan de repente.
—Y les daremos de comer —añadió Mimiko.
Nanami asintió, revolviendo el cabello de cada uno antes de ir con los niños.
Te sigo en wattpad y no sabiq que tenias tumblr!! Estou feliz de haberlo encontrado ya que paso mas tiempo aqui que en wattpad y la verdad me encantan tus historias 💓
¡Hola! Sisi, no suelo usar mucho Tumblr, lo uso más para short-fics y OS/Drabbles, pero me gusta mucho andar acá.
¡Muchas gracias por el apoyo! Tanto aquí como en wattpad. Enserio no sabes lo mucho que significa 💓
Y también, no sabes lo mucho que me alegra saber que mis historias te gustan tanto 🥹💞
Megumi salió de los límites de la casa, mandando a cada uno de sus lobos en ambas direcciones, tratando de encontrar a ambos.
Nanako usaba su celular, buscando la temperatura de un ser humano por toda la casa, pero tampoco tenía éxito.
Si no los encontraban rápido, tenían miedo de que algo les pasará.
^_________^
Satoru soltó una risita, pero su boquita fue tapada por las manos de Suguru, quien negó con la cabeza, pero a él también le costaba no reírse.
Estaban arriba de uno de los árboles, el más lejano a la casa, que estaba tan descuidado que las hojas los camuflaban de manera exelente.
—Creo que están asustados —Suguru susurró muy bajito.
Satoru río contra su palma, asintiendo mientras se agachaba más en la rama.
—Me pusieron ropa de ositos. Se lo merecen —le dijo suavecito.
Suguru no compartía del todo su emoción, pero le parecía divertido esconderse en un árbol tan alto.
Sin embargo, uno de los lobos de Megumi llegó a la base, olisqueando el aire antes de aullar.
—Chispitas —susurró Suguru, ganándose una mirada confundida de Satoru.
—Se dice “mierda”.
El mayor pareció asustado, antes de negar con la cabeza.
—¡Somos pequeños para decir eso!
—No es cierto —Satoru se dijo, tratando de levantarse en la rama, pero se tambaleó, quedando colgando en la rama.
—¡Satoru! —gritó Suguru, tratando de sostenerlo.
—No te preocupes —dijo con esfuerzo— soy fuerte…
Sin embargo, Satoru ya estaba luchando por sostener su peso, resbalandose por completo cuando Suguru se levantó para tratar de sostenerlo.
—¡Satoru!
El albino trató de no gritar, aunque admitia que le dió algo de miedo.
Ese miedo no duró mucho cuando unas patas lo agarraron de los brazos, elevándolo en el aire para depositarlo en brazos de Megumi.
—¡¿Qué hacías ahí arriba?! —preguntó el adolescente, zarandeando el pequeño cuerpo de Satoru.
Nue se volvió a elevar, también bajando a Suguru de la rama.
—¡Suguru! —Satoru respondió, ignorando a Megumi— ¡¿Viste como volé?! Lo tenía todo previsto, claro.
Suguru bajo de Nue, acercándose a Satoru con una gran sonrisa.
—¿En serio?
—¡Claro! —Satoru afirmó, bajando de los brazos de Megumi y saltando a los lados de Suguru— ¡¿Me viste?! ¡¿Me viste?!
Suguru asintió, comenzando a saltar de la misma forma.
—¡Te ví!
—¡Hay que hacerlo otra vez! —gritó Satoru, comenzando a trepar el árbol.
—Ni se te ocurra —Megumi interrumpió, volviendo a levantar a Satoru en brazos.
—¡Suéltame! —gritó el menor, lanzando patadas, pero Megumi extendió los brazos, evitando que le dieran directamente.
Satoru entrecerró los ojos, antes de asentir.
—¿No me vas a bajar?
—No —declaró Megumi, comenzando a caminar a la casa con Satoru en un brazo y tomando la mano de Suguru con la otra.
—Ah —Satoru susurró— ya veo.
Por alguna razón, el tono de voz que Satoru utilizo le dió miedo.
Satoru se inclinó un poco en su mano, antes de abrir la boca y comenzar a morder todo el brazo de Megumi.
—¡¿Qué carajo haces?!
—¡No sé dicen malas palabras frente a los niños! —Suguru declaró, pateando detrás de la rodilla de Megumi, quien resbaló por unos segundos.
Satoru se carcajeo, tomando la manita de Suguru y comenzando a correr una vez más.
—¿A dónde vamos?
—No sé —admitió Satoru, pero no por eso dejaron de correr.
—¿Qué hacen? —un adulto, muy alto para su ahora estatura, apareció frente a la puerta.
Tenía traje, lentes raros y era rubio.
Satoru frunció los labios, tratando de pasar por un lado para salir.
—¿A dónde vas? —volvió a preguntar, agachándose para quedar a su altura.
Satoru pareció un poco nervioso ante la vista de un verdadero adulto, empujando a Suguru hacia enfrente.
—¿A dónde vamos?
—No sé, ¡Fue tu idea!
—¡No es cierto! —Satoru se quejó.
—¡Nanami-san! —Megumi dijo con sorpresa, deteniendo sus pasos— ¿Qué hace aquí?
—Shoko-san le dijo que pasaba, tenía que ver si era verdad.
—¿Quién es choko? —Satoru le susurró a Suguru.
—No sé —respondió el otro.
Nanami volvió su rostro hacia ellos, Satoru ya parecía más en confianza.
—Nanami —dijo alegremente, cruzando sus brazos— ¿Por qué usas lentes tan raros? ¿No miras bien?
El rubio elevó una ceja, pero, para sorpresa de Megumi y Nanako, quién acababa de llegar, Nanami sonrió un poco.
—No, mi vista es buena.
—Entonces deberías usar unos más geniales —opinó Suguru, recibiendo asentimientos emocionados de Satoru.
—¡Exacto! —gritó, elevando los brazos— unos de sol, que sean redondos y muy geniales.
El rubio sonrió un poco, antes de asentir.
—Lo pensaré —les respondió, caminando hacia adentro, haciendo que los dos niños lo siguieran sin dejar de hablar.
—¿Por qué a nosotros no nos siguen así? —preguntó Nanako.
Megumi negó con la cabeza, sobando la mano dónde Satoru le había mordido.
—Ni idea.
^_________^
Nanami se ofreció a hacer la comida, por lo que puso a Satoru y a Suguru a acomodar la mesa.
Los adolescentes observaban, esperando que algo de la autoridad de Nanami se les pegará en esos minutos.
Bueno, ni siquiera era autoridad, solo pedía las cosas y ya. ¿Cómo le funcionaba?
Para su mala suerte, Nanami no podía quedarse para siempre, debía distraer a los altos mandos.
—Portense bien —el rubio les pidió cuando terminaron la comida.
—Pero, Nanami-san —Satoru se quejó— ¡Ellos no me caen bien!
—A mí tampoco —admitió Suguru en un susurró.
El rubio les volvió a sonreír, acariciando el pelo de ambos.
—Al menos traten de ser amables, ¿De acuerdo?
—Sí, Nanami-san.
Cuando el rubio se fue, Satoru y Suguru se miraron, como si planearan algo nuevo.
—¿Ese era Nanami-san? —preguntó Mimiko, entrando a la casa con bolsas llenando sus brazos y un bote de helado contra su pecho.
—Sí —Megumi respondió, sin dejar de ver a los niños para evitar que volvieran a desaparecer.
—Les traje la ropa.
—¿Si? ¡Pues tardaste! —se quejó su gemela, aún luchando por arreglar al menos un poco de la casa.
—¡Helado! —gritó Satoru, corriendo hacia la adolescente.
—No —Megumi respondió, señalando a Satoru— un baño primero.
—No quiero. Estoy lleno.
—¿Entonces por qué quieres helado?
—Intincis pir qii qiiiris hilidi —Satoru rezongo, rodando los ojos— ¡Porque es helado!
—Y los baños hacen daño después de comer —añadió Suguru— podía vomitar e irme al cielo.
—¡Lo que Suguru dijo!
^_________^
Después de dos horas de perseguir a los niños por toda la casa, finalmente los atraparon, llevándolos al baño para que tomarán una ducha rápida.
—¡No quiero! —Satoru se quejo, tratando de morder a Megumi una vez más.
El adolescente lo mantenía alejado de sus brazos, pero los golpes le daban justo dónde dolía.
Incluso sin la fuera suficiente, Satoru parecía saber dónde golpear correctamente.
Nanako ya parecía al borde del llanto mientras trataba de seguir limpiando la casa, pero cada vez que Satoru lograba salirse del agarré de Megumi, corría hacia donde estaba recién limpio y volvía a ensuciar.
Suguru se acercó a ella, palmenado su cabello con suavidad.
—No pasa nada —le dijo con suavidad, sonriendo.
La rubia levantó la cabeza, observando a Suguru.
—Si está un poquito sucio… Pero está bien.
Nanako sonrió un poco, asintiendo y acariciando con suavidad el cabello de Suguru, tal y como él lo solía hacer con ella.
—¡Suguru! —Satoru gritó, saliendo del baño con la bata aún puesta, pero el cabello lleno de shampoo.
A Suguru le ganó la risa, corriendo hacia su amigos para frotarle la cabeza, haciendo que más espuma saliera, cayendo en el piso donde Satoru se puso a saltar.
Le pareció divertido, así que hizo lo mismo, carcajeandose mientras saltaba sobre la espuma.
Mimiko soltó un suave suspiró, levantando su peluche y mirando a su hermana y hermano.
Brillaban de la misma manera que tenía cuando peleaba contra maldiciones, no había rastro del cariño silencioso que les proporcionaba cuando estaba con ellos.
El pequeño parecía cauteloso, como si observará más allá de toda la fachada de los tres.
Luego, lentamente, bajo la cabeza hacia su propio cuerpo. Su respiración se contuvo por unos segundos, antes de soltar un agudo grito que despertó a Suguru de lo alto que fue.
Los tres se cubrieron los oídos con desesperación. Nunca habían escuchado un grito tan agudo.
—¿Qué tienes? —Suguru le preguntó, bajando de su cama para ir a la de Satoru.
Ah, genial. Aún sin memoria esos dos no se iban a separar.
—¡Me veo pátetico! —Satoru le explicó, señalando su bata de pediatría— ¡Tiene ositos! ¡¿Por qué tiene ositos?!
Suguru miró su propia ropa, también era una bata que le llegaba hasta las rodillas, pero no le parecía tan malo.
—¿No te gustan los ositos?
Satoru negó con la cabeza.
Se sentían algo ofendidos, a Suguru no lo miraba con asco como a ellos.
—¡Me gusta Digimon!
Suguru sonrió, trepando a la cama para subir con Satoru.
—A mí también me gusta Digimon.
La cara de Satoru se iluminó, sonriendo grandemente mientras agarraba a Suguru de los brazos.
—¿En serio? ¡¿Cuál es tu Digimón favorito?!
Megumi negó con la cabeza, saliendo para buscar a Shoko.
—¿Cuánto tiempo se van a quedar así?
La castaña levantó la cabeza, estaba tomando una pequeña siesta en la sala de espera.
—¿Quién?
—Gojo-sensei y Geto-sensei.
—Ah —Shoko lo pensó un momento— no estoy segura, si estuvieran en la forma normal de su cuerpo, supongo que la maldición se dispersaría más rápido, pero ahora son más pequeños. Por los gritos que traté de ignorar, me imagino que no recuerdan nada.
—Gojo-sensei esta hablando de Digimón.
Shoko rodó los ojos por unos segundos, antes de sonreír.
—¿Y Geto?
—Fue quién le dio cuerda para que empezará a hablar.
—Bueno, mejor Digimón que gritos —Shoko se puso muy seria de repente— pero te das cuenta de esto es grave, ¿Verdad? Ni Satoru, ni Suguru logran controlar sus habilidades a esa edad, ¿Sabes cuantos enemigos tienen esos dos?
—Yo... No, en realidad no pensé en eso.
—Bueno, ahora deben pensarlo. Llevenlos a casa y no dejen que salgan hasta que se les pasé el efecto, le diré a Nanami que los cubra con los altos mandos.
Megumi asintió, dando una pequeña reverencia.
—Gracias.
—No me agradezcas. No creo que sea fácil cuidar de esos dos.
El adolescente elevó los hombros.
—No sé, además de los gritos, no creo que den muchos problemas.
Shoko elevó una ceja.
—¿En serio?
—Eso pienso, sí.
La mujer soltó una pequeña risa, antes de asentir.
—Bueno, entonces ve a cuidarlos, pero te advierto. Algo le pasa a esos dos y soy yo quién va a ir detrás de ti.
Con esa amenaza al aire, Megumi volvió a entrar a la habitación, observando como Satoru saltaba en la cama, seguido de Suguru. Emocionados mientras... ¿Luchaban con Digimones imaginaríos?
¡Se había ido menos de cinco minutos!
—Ey, bajen de ahí —les pidió, pero los niños ni siquiera lo voltearon a ver, aún riendo mientras saltaban más altos.
—¡Perdiste! —el mayor de los niños celebro, saltando hacia Satoru para derribarlo.
—¡No hagan eso! —gritó Nanako, observando, casi en cámara lenta, como gracias al rebote de la caída, Satoru resbalaba de la cama, golpeandose en la cabeza.
Suguru le siguió, cayendo encima de su estomago.
Mimiko corrió hacia ellos, apartando a Suguru y observando a Satoru, quién tenía los ojos cerrados. No parecía conciente.
—¿Gojo-sensei? —preguntó Megumi, acercandose.
—¿Gojo-sensei? —preguntó Satoru de regreso, abriendo los ojos con intriga—. Me gusta que me llamen así, me siento más poderoso de lo que ya soy.
Suguru soltó una risita, moviendo los pies con una sonrisa.
—Eres divertido, Satoru.
El albino sonrió, acercandose a su... ¿Esposo? Bueno, eran esposos, pero no creían que el término fuera adecuado ahora.
—¿Qué edad tienen? —Megumi preguntó.
—Nueve —respondió Suguru, palmeando la cabeza de Satoru porque el más pequeño afirmaba que no le dolía.
—¡Yo tengo 35! —Satoru declaró, antes de poner una mano en su barbilla— bueno, no. Eso me haría viejo. ¡Tengo siete!
Mimiko asintió, acercandose a Suguru y levantandolo en brazos.
—¿Por qué me levantas? —preguntó Suguru, elevando una de sus cejas y deslizandose fuera de su agarré— yo sé como caminar.
—¡Yo sí quiero que me carguen! —Satoru gritó, subiendo a la cama y lanzandose a la espalda de Megumi.
—¡No hagas eso!
—¡Tú me dijiste sensei! —Satoru le recordó, golpeando sus hombros— ¡Llévame, llévame!
Las gemelas lo miraron, elevando los hombros con una sonrisa divertida.
—¡Yo también quiero ir así! —Suguru declaró, lanzandose contra Nanako.
Mimiko aguantó la risa, abriendo la puerta para que ambos salieran.
—¡Más rápido! —Satoru jaló el cabello de Megumi— ¡Más rápido! ¡Caminas muy lento!
Shoko los miró salir de la habitación, también aguantando la risa.
—Creo que deberían comprarles ropa —les sugirió— no los pueden traer en todos lados con batas de hospital.
Mimiko asintió.
—Eso haremos —le prometió, observando como Suguru movía los pies contra los costados de Nanako y Satoru seguía tirando del cabello de Megumi—¿Quieren ir a la tienda ahora?
—Ve tú —le repondió Megumi— Nana y yo los llevaremos a la casa.
—¡No quiero! —Satoru de repente se puso algo histerico, tirando más fuerte del cabello de Megumi— ¡No quiero ir! ¡Quiero ir a la tienda! ¡A la tienda! ¡Y quiero helado!
—¡Yo también quiero helado! —Suguru dijo con una risita, antes de pensarlo un momento— ¿Por favor?
—Al menos Geto-sama tiene modales —susurró Nanako.
Pero había dicho las palabras equivocadas.
—¿Sama? —preguntó, una sonrisa en su cara, parecía muy complacido.
—No los podemos llevar a la tienda —Megumi se negó— no podemos dejar que nadie los vea así.
Satoru jadeó.
—Es cierto, no puedo dejar que me vean con bata de ositos, ¡Perdería mi reputación!
Suguru soltó una risita.
—Yo aún quiero el helado.
—Les llevaré el helado —Les prometió Mimiko— pero vayan con Megumi y Nanako a la casa.
—Voy a ir con ellos, pero porque yo quiero, no porqué tu me lo digas —Satoru declaró, antes de tirar una vez más del pelo de Megumi— ¡Rápido! ¡No dejes que me vean así!
No iban a llegar vivos para el final del día con Satoru comportandose así.
^_________^
No estaban equivocados al pensar eso.
—¡Esta casa esta horrible! —Satoru se quejó apenas llegaron— ¡Muy sucia!
Suguru, a su lado mientras tomaba su manita, asintió.
La rubia y el chico miraron a los lados. Para su pena. Los niños tenían razón.
Tenían un horario de a quién le tocaba limpiar, esa semana le había tocado a ellos, pero se la habían pasado procastinando.
Suguru declaró que debían hacerlo o no tendrían mesada. Satoru dijo que nadie los iba a ayudar esta vez.
Pero los días siguieron pasando y ellos no hicieron nada, ahora la casa verdaderamente parecía un desastre.
Habían tenido razón en ser tan duros con ellos.
—Megumi —llamó Nanako.
—¿Si? —preguntó, guiado por la verguenza mientras levantaba un bulto de ropa.
—Ya no están.
La ropa se le cayó de las manos, girando la cabeza para todos lados, pero no había ni un solo rastro de los niños.
—¿Gojo-sensei? —preguntó, antes de negar con la cabeza— ¡¿Satoru?!
Nanako corrió a la cocina y al segundo piso. Sin encontrar nada ahí.
—¡¿Suguru?!
Megumi invocó a sus perros malditos, quienes aullaron al instante, corriendo para buscar a los dos.
—No puede ser, no puede ser —Nanako susurró, dando otra vuelta por la casa— ¡No están!
Megumi salió al jardín, pero ahí tampoco había nada.
Sí, habían olvidado recoger un poco la ropa sucia, pero era solo eso. No era una razón suficiente para que ambos estuvieran enfadados.
Tsumiki se salvó, ella ya no vivía en casa, pues se había mudado a la residencia de la universidad.
¡Pero ellos seguían atrapados ahí! En tercer y segundo año de la escuela. Siendo alumnos de sus padres.
Y lo malo de ser sus hijos y alumnos era que lo que pasaba en casa, se resolvía en los entrenamientos.
Suguru fue el primero en entrar, en lo que cabe, fue más suave de lo que esperaban.
Pero Satoru no se contuvo como él.
El entrenamiento se había extendido más de lo previsto, Mimiko ya estaba en el suelo, sin poder moverse por el cansancio mientras Nanako y Megumi luchaban por tratar de dar, al menos, un golpe en Satoru.
—¿No está siendo Gojo-sensei muy... Estricto? —preguntó Itadori desde las gradas.
Nobara asintio, acomodando el parche en su ojo.
—Lo está siendo. Ni siquiera nos permitió entrar al entrenamiento, solo quiere golpearlos.
—¿Qué hicieron?
—Mimiko dijo que Gojo-sensei solo estaba exagerando.
Itadori asintió.
—¿Por eso Geto-sensei le puso a Megumi un examen que a nosotros no?
—Sí.
—¡Vamos! —Satoru les gritó cuando derribó a Megumi y Nanako— se supone que son fuertes, ¿No? Levántense. Ya.
Los tres soltaron un quejido al unisono.
Megumi trataba de limpiarlo el sudor de su cara, Nanako ya estaba recostada boca arriba con los ojos cerrados y Mimiko ni siquiera hizo otra cosa más que volver a quejarse.
La base de la experiencia les decía que se quedarán quietos, como si no hubieran escuchado. Usualmente funcionaba para que Satoru dejara de verlos fijamente.
Pero no está vez. No.
Suguru abrió la puerta del gimnasio, sonriendo al ver a los niños tirados en el piso, antes de ver a Satoru, acercándose a él y susurrando algo en su oído.
—Y ahora se coquetean frente a nosotros, genial.
—Ya es suficiente, cariño —Suguru dijo en una voz más alta, acariciando la cadera de Satoru.
Realmente no parecía una orden, ni siquiera una petición.
Era una burla y ellos lo sabían.
—Si los agitas, no sobrevivirán a la misión que acabo de hacer que les den.
Itadori y Nobara se miraron, antes de escabullirse por la puerta de emergencia.
Ya habían hecho más de veinte misiones esa semana, ¡Y ni siquiera era viernes! No iban a tener otra.
Satoru sonrió, inclinándose para besar la mejilla de Suguru.
—Tienes razón —dijo con el rastro de una sonrisa en sus labios— solo quería ver que tanto podían soportar.
Las gemelas y Megumi suspiraron un poco, dándose por vencidos finalmente.
Suguru los miro, señalando las mochilas.
—Vayan a sus cosas, hoy yo los acompaño a la misión.
Los tres adolescentes no pudieron moverse, es más, ni siquiera se levantaron de su lugar en el suelo.
—¿En serio van a hacer esto por lo de la ropa? —preguntó Megumi, levantando la cabeza.
—Sí —dijo Satoru, asintiendo.
—Era el plan. Completamente —añadió Suguru.
Las gemelas rodaron los ojos, sacándole un jadeó a Satoru.
—Y ahora son así de groseros, Suguru, ¿Qué hicimos mal con ellos?
—No tengo idea. Los criamos bien.
Nanako levantó una ceja.
—No digo que no esté agradecida, pero ustedes solo nos adoptaron. Cuando eso paso ya teníamos la edad suficiente para que fuera más fácil. Mimi y yo teníamos nueve, Megumi siente, ¡Tsumiki once!
Megumi asintió. No quería parecer desagradecido, pero sí estaba de acuerdo.
—Teníamos la edad suficiente. Sí.
Mimiko asintió, casi muy satisfecha.
—¿Lo ven? A esa edad uno ya sabe comer solo, bañarse, hacer la tarea. No debió ser difícil cuidarnos.
Suguru y Satoru no respondían, los miraban con las cejas alzadas y los brazos cruzados.
—Fue fácil —añadió Nanako, al fin levantándose de su lugar— de eso estoy segura. No sé porque lo cuentan como si fuera lo más difícil del mundo.
—Sí, no creo que haya sido un sacrificio enorme como lo llaman —añadió su gemela.
Megumi también asintió, de acuerdo con sus hermanas.
Cuando dejaron de hablar, los adultos al fin hablaron.
—¿Perdón? —preguntó Suguru, en voz baja, casi peligrosa.
Satoru se había quitado las gafas, sus ojos resplandeciendo con advertencia.
—¿Dicen que fue fácil? ¡Suguru acababa de matar a toda una aldea!
Suguru giró la cabeza hacia él, respirando hondo.
—Muchas gracias por el recuerdo, cariño.
—De nada —dijo Satoru, antes de disculparse con la mirada— a lo que quiero llegar es que no éramos maduros, ¡Yo ni siquiera sabía cocinar!
—Nos dábamos cuenta —dijeron los tres al mismo tiempo.
—No le hablen así —advirtió Suguru— ni siquiera éramos responsables. No éramos los padres que necesitaban y aún así dimos lo mejor que nos fue posible.
Nanako alzó la barbilla con desafío, aunque sus mejillas estaban teñidas de rojo.
—Aún así, los sostengo. No debió ser difícil.
Suguru negó con la cabeza.
—Teníamos su edad. Megumi, ¿Te imaginas cuidar de un niño a esta edad? Seguramente no, ahora imagina cuatro. Yo ni siquiera había terminado de aceptar mis responsabilidades como hechicero y de pronto, tuve que alimentar, educar y protegerlos a ustedes tres y a Tsumiki. No fue fácil.
Satoru asintió, muy decidido.
—Ni siquiera podía entender en su totalidad la capacidad de mis poderes cuando ya tenía que cambiar pañales.
—Ninguno usaba pañal.
—¡Es una expresión!
El silencio se extendió por unos segundos, antes de que Satoru negara con la cabeza, poniéndose una vez más sus gafas.
—Ya vámonos, deben enfrentar su misión y no voy a dejar que Suguru los ayude.
^_________^
La misión era en una escuela, maldición con categoría de primer grado.
Dejaron que los adolescentes entrarán solos, una maldición del arsenal de Suguru fue con ellos, solo para supervisar. No para ayudar.
—¿Puedes creer la estupidez que dijeron? —Satoru le susurró, aún ofendido— todas las noches sin dormir, tener que darle razones a los altos mandos para que no nos quitarán a los niños, pero sin poder hacer misiones...
—Las enfermedades repentinas —añadió Suguru— ¿Recuerdas cuando se enfermaron de viruela y luego nosotros también?
—Fue de las peores cosas que viví. La comezón era insoportable y teníamos que cuidarlos aún así.
Satoru desactivó sus seis ojos, frotando su frente.
—Y aún así son unos malagradecidos, ¿Qué hicimos mal?
—Seguramente todo —aceptó Suguru, abrazando a Satoru con ligereza— teníamos dieciocho.
Tenían un cosquilleo en la espalda, pero no sé giraron, no hasta que los adolescentes se asomaron por la ventana.
—¡Maldición!
—¿Y ahora nos insultan? Vaya hijos criamos.
—¡Geto-sama! ¡Detrás de usted!
Nanako teletransporto a sus hermanos junto a ella para estar a su lado, pero fue demasiado tarde.
La maldición, un tipo de serpiente con cabeza en ambos lados de su cuerpo, tomando de manera desprevenida a ambos, encajando sus dientes en los brazos de ambos.
Los adolescentes perdieron la respiración por unos segundos, pero los adultos solo extendieron la mano, sacándose la maldición con poco interés.
—Increíble que una maldición deba atacarme para que mis hijos se preocupen por mí.
—¿Verdad? —Suguru le preguntó, aventando a la maldición y luego convirtiéndola en nada más que una bola.
—Oigan —dijo Megumi, acercándose.
—¿Te vas a disculpar?
—¿Están bien? —preguntó Megumi, observando como comenzaban a sudar.
—Claro que no —Satoru dijo, limpiando su frente con su antebrazo— mis hijos piensan que fuimos inútiles en su crianza.
—No pensamos eso —Megumi le respondió— solo dijimos que no había sido tan difícil.
—Es lo mismo.
Satoru volvió a activar su infinito, evitando que Megumi la tocará antes de que Suguru abrazara su estómago, quejándose.
—¿Geto-sensei? —preguntaron las gemelas, corriendo a su lado.
Satoru sostuvo su cabeza, quejándose.
Los adolescentes no sabían que hacer, sabían que era por la maldición, pero no como revertir sus efectos.
Ambos adultos se sostuvieron del contrario, pero poco sirvió cuando comenzaron a tambalearse, hasta que cayeron el piso, sin lograr ser sujetados por los otros tres.
Hubo un silencio tan profundo que les dió miedo.
Corrieron a su lado, observando a los dos adultos en el piso, quienes se retorcían en su lugar.
—¡Sensei! —gritaron los tres, tratando de hacerlos despertar.
Mimiko se inclinó hacia Satoru, agitando su cuerpo por sus hombros.
—¡Sensei! ¡Despierte!
Megumi, con el ceño fruncido por la preocupación, agarro a Nanako de la manga.
—Llevalos con Shoko-san.
—No están heridos, no sangran, ni siquiera tienen cortes, ni siquiera se golpearon en la cabeza al caer —murmuró Nanako con preocupación, acercándose a ambos antes de girar su celular para que enfocará a los tres.
Mimiko se levantó, corriendo al lado de Megumi, de regreso a la escuela de hechicería.
^_________^
Shoko salió del consultorio, observando a los tres adolescentes en la sala de espera.
—¡Shoko-san! —dijo Megumi— ¿Qué le pasó?
La castaña frunció los labios.
—Mejor observando ustedes.
Los tres entraron a dónde descansaban sus padres, pero no estaban.
Dónde debían estar los dos hombres adultos, ahora se encontraban dos cuerpos mucho más pequeños.
Reconocía a Satoru, con el cabello más corto, pero igual de rebelde, con una bata de hospital del área de pediatría, parecía un niño de siete años, aferrándose a la almohada mientras seguía dormido.
No había ningún rastro del cabello largo que Suguru solía tener, ahora solo había un corte más pequeño, con un pequeño mechoncito en su frente, durmiendo tranquilamente del lado contrario a la cama, con sus piernas en la almohada.
Los tres adolescentes abrieron la boca, listos para hablar, pero nada salió de su boca.
—No puede ser —dijo Mimiko, llevando una mano a su boca.
Nanako soltó su teléfono, abriendo la boca para responder, pero de nuevo, nada.
Megumi, sin embargo, hablo en voz baja, aunque con voz forzada.
—Va a ser el infierno —susurró.
Si Shoko-san no podía solucionarlo, nada lo haría.
El silencio los abrazo, casi dolorosamente, roto solo cuando el albino abrió los ojos, estirándose en su cama y mirando a los, ahora niños, fijamente.
Parte anterior: https://www.tumblr.com/myoneand1/790611542752313345/xx-mami-satoru?source=share
Suguru sobó su nuca por un momento antes de abrir la puerta de su casa, siendo recibido por Satoru, quién tenía los labios temblorosos y caminaba con un poco de dificultad.
—¿Sucede algo?
El albino trató de decir algo, pero solo logró gesticular sus manos, antes de respirar hondo y soltar un respiró profundo.
—Megumi —comenzó con suavidad, soltando unas cuantas lágrimas— me llamo... Me llamo mamá.
Suguru abrió la boca con sorpesa, antes de abrazar con fuerza a Satoru, acariciando su espalda con suavidad.
—Cariño, eso es... Eso es...
—¡Mochi, no!
Suguru frunció un poco el ceño, observando como Megumi llegaba corriendo a la casa, con un perro blanco enorme delande de él.
—¿Satoru? ¿Por qué hay un perro en nuestra casa?
El albino rió con suavidad, apartandose del abrazo.
—Bueno, es que tuve que ir al hospital y de paso fuimos al refugio...
Suguru frunció el ceño.
—¿Por qué fuiste al hospital? ¿Estás bien?
Satoru asintió, moviendo la mano, restando importancia.
—No pasa nada, solo pise un vidrio por equivocación.
—¿Y por qué hay un perro aquí? Cariño, no entiendo nada.
—Mami —Megumi dijo con suavidad, tirando de la manga de Satoru— ¿Suguru está enojado?
Satoru bajó la cabeza, observando al niñito mirandolo con curiosidad.
—¿Enojado? Nah, Suguru nunca se enoja, solo se preocupa mucho.
Suguru soltó un suspiró, agachandose con cuidado al lado de Megumi, alzando la mano para acariciar con cuidado el cabello de Megumi.
—Es correcto, Megumi, no estoy enojado. Solo me preocupa que Satoru esta lastimado y no sabía que ahora teníamos un perro, pero no estoy molesto.
Megumi frunció los labios, entrecerrando los ojos, sin creer del todo sus palabras, pero asintiendo con suavidad al final.
Mochi llegó a su lado, moviendo la cola con velocidad y jadeando.
—¿Por qué no llevas a Mochi al jardín?
El pequeño asintió, corriendo al jardín y siendo perseguido por Mochi, sin detenerse incluso cuando estuvo a punto de resbalar en el piso.
—Satoru, ¿Un perro?
El nombrado soltó un suspiró.
—Lo sé, lo sé, y no quiero que Megumi piense que fuimos al refugio solo porque me llamó mamá, no es así, lo juro, solo estaba feliz y pasamos por el refugio, tenían una feria de adopción y Mochi simplemente resaltaba entre todos.
Suguru soltó un suspiró, colocando una mano en su hombro.
No iba a regresar a Mochi, solo le preocupaba todo lo que había pasado en menos de ocho horas.
—¿Tu pie es el lastimado? ¿Puedo verlo?
Satoru asintió, sentandose en el sillón y levantando su pierna, retirandose la pantufla, dejando ver la venda que lo cubría.
—¿El vidrio entró muy profundo?
—No, no, esta vendado solo porque sangro mucho, pero ni siquiera necesite puntos.
Suguru sonrió, volviendo a poner la pantufla en su pie antes de poner una mano en su hombro.
—Esta bien, cariño, me alegra que estes bien y Megumi igual.
—Y Mochi.
Suguru suspiró.
—Y Mochi.
✦﹒₊˚⊹𓂃。⋆☼⋆。𓂃⊹˚₊﹒✦
Megumi siempre estaba más comodo cuando Satoru estaba a su lado, sonreía más cuando Satoru lo despertaba o cuando era él quién lo llevaba al parque.
Satoru tenía manos suaves, feromonas con olor a pan recién hecho y sabía cuando necesitaba abrazos.
Incluso si Megumi no se los pedía.
Y a Suguru no le molestaba, bueno, no la mayor parte del tiempo.
A veces, cuando Megumi se escondía detrás de Satoru cuando él se acercaba o cuando le hacia mala cara cuando él lo ayudaba a bañar a Mochi y no el omega, sí le dolía un poco.
No lo tomaba personal, claro que no, pero era díficil no sentir que él iba un paso atrás.
Inlcuso cuando Satoru le dijo que solo necesitaba un poco, solo un poco más de tiempo.
Después de todo, Megumi ya llevaba casi un año y con ellos.
Pero, teniendo en cuenta que ambos trabajaban, ese día iba a llegar en algún momento.
—No —se quejó Megumi, aferrandose a la camisa de Satoru— no te vayas.
—Solo serán dos días —le dijo Suguru, sosteniendo la maleta de Satoru, pero Megumi solo hizo un puchero.
El omega sonrió, besando la frente de Megumi y bajandolo al piso.
—La fruta esta picada en el rifregerador, en cuadritos, como te gusta y tus tazas con perritos están lavadas, cuida bien a Mochi, ¿Si?
Megumi asintió, sus manitas se hicieron pequeños puños, antes de sonreír.
—Te voy a extrañar, mami.
Satoru le regresó la sonrisa.
—Yo a ti, corazón.
Satoru regresó la vista hacia Suguru, acercandose para besar sus labios.
—Te voy a extrañar a ti también.
Suguru le sonrió
—Cuídate, ¿Está bien?
—Claro.
Satoru le dio un beso en la mejilla a Suguru y un último a Megumi en la frente, le revolvió el pelo a Mochi y salió de la casa.
Megumi frunció los labios, moviendose en el mismo lugar con ayuda de sus pies, antes de cruzar los brazos, incomodo.
—¿Quieres hacer algo? —Suguru preguntó, alejandose unos pasos para que el pequeño no se sintiera tan incomodo.
—Quiero a mami.
Suguru le sonrió, asintiendo.
—Yo también —le respondió, antes de soltar un suspiró— pero se acaba de ir, debemos resistir algunas horas, al menos.
Megumi no contestó.
Y durante todo el día, solo hubo intentos fallidos.
Suguru le intentó leer un libro, pero Megumi le dijo que debían esperar a Satoru para que no se perdiera nada.
Le quiso poner caricaturas, pero Megumi cambió de canal a un documental de miel, ¡De miel! ¿Así de aburrido era estar con él?
Le ofreció hacer galletas, aparentemente no le quedaron tan ricas como a Satoru.
Suguru suspiró, sentandose en el sillón y observando a Megumi peinar el pelo de Mochi para sacar el pelo suelto.
No iba a forzarlo a convivir, así que lo único que podía hacer ahora era limpiar la casa.
Paso una hora, luego dos y después tres.
Megumi solo le llamó una vez porque tenía sed y no encontraba su vaso.
Pero más allá de eso, nada, porque fue al jardín y ahí se quedó.
Sin embargo, cuando las nubes comenzaron a oscurecer el cielo, Megumi regreso a la casa, abrazando a Mochi con un poco de miedo.
—¿Megumi? —preguntó Suguru con suavidad— ¿Está bien?
El pequeño asintió, pero antes de hacerlo, fue cuando un trueno retumbo por toda la casa, las luces parpadearon y seguido de eso, llegó el apagón.
El gritó de Megumi fue inmediato, los ladridos de Mochi acompañandolo.
La oscuridad lo ponía mal.
Suguru soltó la canasta de ropa que sostenía y corrió hacia él, extendiendo los brazos hacia él, Megumi corrió directo a él.
—Tranquilo, aquí estoy. No pasa nada. Estás a salvo.
—¡Quiero a mami!
—Lo sé —le susurró con suavidad, sentandose en el suelo con el pequeño en brazos, Mochi se acurruco con ellos rapidamente— le podremos llamar en un ratito, ¿Si? Solo debemos esperar.
Megumi dudó, pero luego, aún temblando, se acurrucó más cerca de él, buscando un poco de consuelo en él.
Suguru lo sostuvo, acariciando su espalda con paciencia.
—No pasa nada, peque, sé que da miedo, los trenos son muy ruidosos, pero estoy contigo, estamos juntos. No estás solo y no te dejaré solo.
Megumi sollozo un poquito, enterrando su rostro en su cuello.
—No te vayas.
Suguru respiró hondo, antes de negar con la cabeza.
—No me voy a ir nunca, Megumi. Nunca.
✦﹒₊˚⊹𓂃。⋆☼⋆。𓂃⊹˚₊﹒✦
Satoru regresó junto al aterdecer del día siguiente, un poco empapado, pero fue atacado por abrazos de Megumi y ladridos de Mochi apenas puso un pie en la casa.
Suguru le sonrió, caminando detrás de ellos.
—Hola —dijo con cariño, levantando en brazos a Megumi— ¿Cómo te fue con Suguru, Gumi? ¿Todo en orden?
Megumi enterró su cabeza en su hombro, antes de susurrar bajito.
—Papá me cuido bien, mami.
Suguru casi gritó al escucharlo.
Satoru le sonrió, levantando la mirada hasta su esposo.
—Solo un poquito —añadió Megumi luego del silencio.
Satoru soltó una risita.
—¿Sólo te cuido un poquito bien?
Megumi asintió.
—Así es —Megumi lo miró muy serio— porque tu me caes mejor.
Satoru sonrió, acariciando su cabello antes de que Suguru se acercará a ellos.
—¿No te caigo bien?
—Me caes bien —aclaró Megumi— pero mami me cae mejor.
El beta sonrió, antes de acercarse un poco y besar la frente de Megumi.
—Me conformo con eso.
El pequeño sonrió, antes de tenderle los brazos a Suguru.
—¿Me cargas, papá?
El beta asintió, sosteniendo con cuidado al niño, recargando su cabeza contra el cabello de Megumi.
Buscó la mirada de Satoru y gritó en silencio, solo abriendo la boca para demostrar su emoción.
Satoru sonrió, asintiendo con cuidado mientras acariciaba el pelo de Mochi.
Megumi bostezó contra Suguru y sus ojitos comenzaron a cerrarse, cómodo y al fin, confiando en Suguru.
Su familia había comenzado a ganar más dinero con el paso de las semanas, sí, pero no lo suficiente para lograr tener una casa así.
El simple cuarto de juegos donde esperaba era más grande que toda su casa, y su casa ya era más grande que antes porque habían comprado una nueva.
Las columnas blancas eran tan altas que lo mareaba si levantaba la mirada hacia arriba, las cortinas eran de encaje, seguramente habían tardado años en tejerlas, las vitrinas rebosaban en con juguetes de porcelana que parecían tan delicados que Suguru estaba seguro que si los tocaba, los iba a romper.
Estaba incómodo, su madre le seguía alisando el cabello más de cinco veces en diez minutos y su padre le seguía murmurando su discurso aburrido sobre que la empresa un día estaría a su nombre y por eso debía traerles honor.
Casandose con un omega de renombre.
Casarse.
Le estaban pidiendo que se casará.
Lo cual era rídiculo, teniendo en cuenta que apenas y podía multiplicar sin contar con los dedos.
—Suguru-kun —llamó alguien, entrando a la habitación con una reverencia—, él es Satoru-sama.
Suguru se volvió a enderezar, acomodando el pechón de su cara tras su oreja para verse más presentable.
Pero el omega no era realmente cómo esperaba.
Pensó que sería un tipo de omega estirado, de esos que hablaban en voz tan bajita que tenía que acercarse más de lo debido para escuchar, de esos que no hacian ruido ni cuando corrían.
No era nada parecído a eso.
O no lo sabía, no estaba.
—¿Satoru-sama?
—¡Ya voy! —gritó una voz chillona, peleando con algo parecido a ropa— ¡Ijichi, ayudame! ¡La tonta ropa esta...!
—¡Satoru-sama! —gritó Ijichi, tratando de que hablará correctamente.
—Bien, bien, lo lamentó, ¿Me vas a ayudar o no?
El omega llegó en brazos de uno de los sirvientes, rarfullando con molestía mientras pateaba para que su kimono no le estorbará.
Su kimono era claramente más grande que él, azul con todos dorados, rojos y un poco de azul.
—Satoru-sama —volvió a susurrar Ijichi.
El pequeño estiró las piernas con enojo, antes de bajar al suelo, aún con mala expresión.
—Hola.
Suguru asintió, levantandose para extenderle la mano a Satoru.
—Te imaginaba más... —Satoru movía la mano con desesperación, tratando de apartar la manga de su brazo para regresar el gesto.
—¿Más qué?
—No sé, más algo —el albino soltó un suspiró, antes de lograr darle la mano de misma manera.
Suguru sonrió, bajando la cabeza para poder ver al omega.
—¿Te estás burlando de mi altura?
—¿Qué? No.
—¡Sí lo haces! —declaró el pequeño— ¡Me estás mirando para abajo y te estás riendo!
—¡No me estoy riendo!
—¡Claro que sí! —Satoru levantó las manos, sosteniendo a Suguru de los hombros y lo zarandeó— ¡Sólo tengo la altura retardadá! ¡Crecere en unos años!
Suguru asintió.
—Sí, sí —le dijo, esperando que dejará de ser zarandeado— ¡Te creó!
Satoru respiró hondo, antes de asentir y soltarlo.
—Sí, me alegra que lo sepas.
Suguru se sobó uno de sus hombros, antes de volver a bajar la mirada para verlo.
—¿Cuántos años tienes?
—Nueve —Satoru le dijo, aún peleando con su kimono— ¿Y tú?
—Diez.
—¿Eres alfa?
—Sí.
—Pues no pareces.
Suguru abrió su boca, ofendido.
—¡Tú tampoco pareces omega!
—¡Pues que bueno!
Suguru gruñó, recibiendo un golpé en su brazo.
—¡A mí no me gruñas!
Suguru estaba a punto de gruñir otra vez, antes de asentir con suavidad, frotando su brazo.
—Perdón.
—¡No te perdono! ¡Y no me pienso casar contigo!
—¡Espera! —gritó Suguru cuando Satoru salió corriendo, pero piso su kimono, resbalando y cayendo— ¡¿Estás bien?!
—¡Me tiraste! ¡Claro que no estoy bien!
Suguru abrió la boca con ofensa.
—¡Yo no te tiré! ¡Tú te tropezaste!
—¡No es cierto!
Suguru estaba a punto de volver a gritarle cuando vio los ojos de Satoru, llenos de lágimas.
—Lo siento —dijo al fin— ¿Te lastimaste?
Satoru apretó los puños, negando con la cabeza mientras mordía sus labios.
—No.
Suguru se acercó, levantó la mano y con torpeza le acarició la cabeza.
—No soy un perro —se quejó Satoru.
—Lo sé.
El albino sorbió su nariz, levantó su kimono para que no se arrastrará y se dio la vuelta para irse.
Suguru miró a sus padres por un momento, pero después corrió detrás de Satoru.
Tardó en encontrarlo.
Vamos, la casa era como todo un complejo de apartamentos juntos y Satoru los conocía bien, él no.
Se perdió tres veces, terminando en el jardín, antes de lograr terminar en una de las habitaciones que estaba llena de comida.
No era una cocina, parecía más bien un almacén, pero Satoru estaba ahí, sentado en una de las esquinas donde había una pequeña televisión.
Satoru ladeó la cabeza hacia él, sus mejillas estaban llenas de polvo de galletas, su kimono manchado con chocolate y Digimón se reproducía en la pequeña tele.
Ya no parecía lastimado. Ni con ganas de llorar.
—Hola —dijo Satoru, pasando la galleta de su boca con esfuerzó, antes de tomar un sorbó de su jugo— ¿Te gusta Digimón?
Suguru asintió con cuidado, acercandose para sentarse a su lado.
—Ya no pareces lastimado.
Satoru elevó los hombros.
—Nunca dije que lo estuvierá.
El alfa frunció el ceño, apretando los labios.
—Estabas llorando.
—No, tenía lágrimas en los ojos, es díferente —Satoru se volvió a estampar una galleta— pensé que te irías después de eso... Pero aquí estás.
—Bueno, lo lamentó.
Suguru negó con la cabeza, observando la televisión antes de que Satoru volvierá a hablar.
—¿A ti te gusta Digimón? —le preguntó Satoru, tomando de su jugó— porque... No pienso casarme con alguien a quién no le guste Digimón.
—Me gusta —Suguru respondió, mirando las cosas alrededor de Satoru— también las galletas con mermelada y el jugo de uva... Y el de fresa y el de naranja.
Satoru sonrió, extendiendo una galleta para Suguru.
—Supongo que tienes buen gustó —Satoru asintió, colocandole chocolate a su galleta— ¿Te gusta el chocolate también?
—Sí —Suguru asintió— ¿A quién no?
Satoru soltó una risita, limpiando su mano con su kimono antes de soltar un suspiró.
—¿Entonces sí nos vamos a casar?
—Supongo —Suguru dijo, elevandó los hombros— pero no creo que ahora, porque tengo solo diez años.
Satoru frunció el ceño.
—Mi papi dice que él se caso con mi madre a los quince, ¿Crees que no casemos a los quince?
Parte 2: https://www.tumblr.com/myoneand1/790255762898288640/xix-megumi?source=share
¿Megumi era el más hablador? No.
Pero al menos ahora comunicaba las cosas básicas.
¿Estaba aburrido? Lo decía.
¿Tenía hambre? Lo decía.
¿Quería un abrazo? Eso no lo decía, pero le tendía los brazos a Satoru.
¡Comunicación familiar!
Incluso comenzó a pedirle cosas a Suguru.
Que lo ayudará con la corbata de su uniforme, que le ayudará a peinarse, también le pedía ayuda con las cosas que no lograba alcanzar.
Pero también había veces que, sin quererlo, Megumi se aislaba en su habitación.
No salía por horas, como si no estuviera, como si quisiera desaparecer de todo, como si no existiera nadie más en esa casa.
Ni siquiera él mismo.
Pero esperaban que la terapía le ayudará de a poco.
✦﹒₊˚⊹𓂃。⋆☼⋆。𓂃⊹˚₊﹒✦
Satoru observaba fijamente a Megumi mientras este hacia la tarea que su terapeuta le había encargado.
Estaba rodeado de hojas de papel, crayones, marcadores y un tazón enorme de galletas que Satoru había horneado para él.
Suguru se sentó a su lado, limpiando con suavidad la harina que seguía pegada en la mejilla de Satoru.
—¿Cómo van?
Su omega asintió, recargando su cabeza en el hombro de Suguru.
—Va bien, tenía que escribir algunas cosas, no me dejo leer, pero esta bien, ya la terminó. Ahora debe de hacer un dibujo de algo que lo haga feliz.
El beta asintió, observando como Megumi fruncía el ceño y sacaba un poco su lengua, coloreando con cuidado.
—Satoru.
—¿Si?
—Me salí de la raya.
El albino sonrió un poco, arrodillandose a su lado.
—¿Puedo ver?
Megumi asintió con cuidado, antes de que Satoru lo ayudará a borrar la crayola.
No porque el niño no pudiera hacerlo solo, sino porque ya llevaba dos 'intentos' de dibujo y cuando se salía de la raya, se desesperaba tanto borrando que rompió las hojas.
—¿Es una casa? —Satoru preguntó con cariño, terminando de borrar.
Megumi no respondió de inmediato, se dedico a buscar el color perfecto entre las crayolas antes de comenzar a colorear unos cuantos árboles.
—Sí —dijo al fin— es la casa donde vivimos.
Su voz era apenas audible, pero después de eso, comenzó a dibujar unos pequeños monitos de palo.
Uno muy largo, con gafas oscuras, otro con el cabello más largo de lo que verdaderamente era y uno más pequeño, con un perro.
—Es una caricatura —aclaró— ¿Puedo tener un perro?
Satoru sonrió, girando su cabeza para ver a Suguru, quién tampoco sabía que responder.
—Podríamos ir a un refugio —dijo con suavidad— pero debes entender que un perro es mucha responsabilidad.
—¡Yo lo bañaré! —dijo Megumi con rápidez— ¡Le daré de comer! ¡Hasta puedo trabajar para comprar su comida!
—No vas a trabajar —dijo Suguru con suavidad.
—Pero... ¿Cómo compraré la comida para Mochi?
—¿Quién es Mochi?
—Él —dijo, señalando el dibujo del perro— así se va a llamar.
Satoru sonrió, extendiendo la mano con suavidad para acariciar su cabello con suavidad.
—Lo pensaremos, ¿De acuerdo? Lo prometo.
Megumi asintió, sonriendo un poquito antes de volver a dibujar, detallando más el dibujo del mono largo.
—Este eres tu.
Satoru sonrió.
—¡Me veo súper guapo en caricatura! —dijo con una sonrisa, sentandose al lado de Megumi— Suguru también se ve bien, supongo, ¡Pero yo me veo mejor!
Megumi bajó la mirada, con las mejillas rojas, avergonzado.
Sin embargo, no se retiró cuando Satoru lo volvió a abrazar.
Cuando el pequeño terminó el dibujo, Suguru se agachó a su lado, acariciando con cudiado su cabello.
—Ya es un poco tarde —le dijo con suavidad— ¿Qué tal un baño y luego a la cama?
Megumi frunció los labios, antes de girar la cabeza hacia Satoru, buscando una señal.
Gojo le sonrió, terminando de guardar los crayones y comenzando a guardar los lapices.
—Hoy fuimos al parque y corriste mucho, deberías tomar un baño para dormir mejor, corazón.
El pequeño soltó un suspiró pesado, guardando su dibujo antes de asentir.
—De acuerdo.
✦﹒₊˚⊹𓂃。⋆☼⋆。𓂃⊹˚₊﹒✦
Satoru era cálido.
Sus abrazos de oso le quitaban el frío, sus besos en su frente le relajaban, sus palabras lo debajan sin miedo.
Sus canciónes no eran las mejores, pero lo intentaba mucho.
Megumi salió de su cuarto, bajando las escaleras para buscar a Satoru, quién estaba en la cocina, bostezando y meneando un sárten donde cocinaba lo que olía como un huevo revuelto.
—Buenos días, Megumi —dijo Satoru con una sonrisa— Suguru tuvo que salir a trabajar hoy, así que haré el desayuno yo, luego, podemos pedir algo de comida a domicilio, pero no le digas eso a Suguru.
Megumi sonrió un poquito, subiendo a la silla y recargando su cabeza en la mesa.
—¿Qué vamos a desayunar?
—Pensé en hacer un ommelet, pero no me salió, así que comeremos huevo revuelto. Esta rico. Lo prometo.
Satoru sonrió, estirandose en su lugar y bostezando profundamente.
Megumi levantó la botella de jugo, sosteniendo uno de los vasos de la mesa, tratando de servirse un poco.
Sin embargo, la botella se le resbalo de las manos, haciendo que Megumi entrará un poco en pánico, tratando de agarrar el vaso, pero solo lo terminó tirando al suelo.
Satoru giró la cabeza hacia él, apagando la estufa antes de correr hacia él, ocasionando que Megumi se agachará sobre si mismo.
—¡Lo siento!
—¡No vayas a pisar el suelo! —gritó Satoru, sosteniendo a Megumi como pudo para evitar que sus piecitos descalzos pisaran el vidrio roto esparsido por todos lados.
Megumi tembló en su agarré, escondiendo su carita en sus manos.
—Ey, ey, tranquilo —le susurró el omega con cuidado, sosteniendo más ligeramente al niño— lo lamento, ¿Te asusté?
—¿Me vas a pegar?
A Satoru se le rompió el corazón, negando con la cabeza y acariciando con cuidado su cabello.
—No, corazón, claro que no, no estoy molesto, ¿Parezco molesto?
—Gritaste.
—Lo lamentó —Satoru caminó hacia la sala, dejando a Megumi en el sillón— me asusté un poco al ver todo el vidrio, no quería te lastimaras.
—Pero te lastimaste tú.
Satoru sonrió un poco, observando sus pantuflas, una de ellas sangraba un poco.
—Pero tu no —dijo con una sonrisa, apretando con cuidado la mejilla de Megumi— eso es lo que me importá.
—¿Por qué?
—Porque te amo —Satoru le respondió con suavidad, recargando su frente contra el cabello de Megumi— sé que... Que aún no estás listo, tal vez no me veas como nada más allá de tu tutor, pero yo te veo como mi niñito.
El albino lo abrazó un poco más fuerte.
—Y quiero que mi niñito esté sano, feliz, que crezca mucho y que cuando sea grande me venga a visitar porque no lo traume al regañarlo porque ocurrió un accidente.
Megumi levantó la cabeza cuando Satoru acunó su mejilla.
—Porque un accidente no te hace malo, Megumi.
El pequeño dudó, se removió, incomodo en el sillón, no se alejó, pero tampoco se quejó cuando Satoru regresó a la cocina, limpiando el desastre.
—¿Qué tal si desayunamos en el sillón? —Satoru propusó, llegando con la comida— Podemos ver alguna caricatura.
Satoru se sentó a su lado, dandole su plato y encendiendo la televisión, sonriendo al ver que pasaban un episodio de Digimón.
—Te va a encantar esto.
Megumi desayunó en silencio, observando la televisión y en unos cuantos segundos, ladeaba su cabeza hacia Satoru.
Cuando terminó el capítulo, Satoru regreso a la cocina con los platos, comenzando a lavarlos.
—¿Mami? ¿Puedo ir a jugar al patio de atrás?
Satoru se quedó congelado, parpadeando varias veces.
—¡S-sí! —dijo al fin, sus manos temblando con la esponja en ella y un plato en la otra— Solo no salgas a otro lado.
Megumi asintió, caminando con una pelota hacia el jardín.
El pequeño no repitió lo que dijo, solo salió a jugar, pero Satoru se quedó ahí, observandolo desde la ventana mientras mordía su labio para evitar llorar.
Sus lágrimas se agolparon en sus ojos sin permiso, su corazón dolía, su cuerpo completo temblaba.
No podía crecer lo que había escuchado.
—Soy mamá —susurró, agachando la cabeza y tratando de limpiar las lágrimas que caían por sus mejillas— soy su mamá...
Parte 1: https://www.tumblr.com/myoneand1/790077015743217664/xviii-adopci%C3%B3n-parte-1-de-4?source=share
Satoru sabía que no podía adoptar a todos los niños por más que quisiera hacerlo.
Eran demasiados y no podría darles la atención y amor que necesitaban. Y sería injusto para ellos.
Así que, ante eso, comenzó a donar una gran cantidad de dinero, semanal, al centro.
Manami estaba más que encantada, podrían mejorar todas las instalaciones en poco tiempo gracias a las donaciones de Satoru, tenían más variación en las comidas y se permitirían algunos lujos, como juguetes nuevos.
Para algunos de los niños, sería la primera vez que pudieran abrir el empaqué de uno.
Así que hizo lo posible por mover las influencias que tenía y junto al dinero que Satoru siguió aportando, los papeles de adopción para Megumi llegaron en orden y más rápido.
Las inspecciones en la casa de los Gojo fueron rápidas y bastantes satisfactorias, era el ambiente perfecto para un niño.
Y Manami enserio esperaba que Megumi pudiera encontrar una familia en ellos.
✦﹒₊˚⊹𓂃。⋆☼⋆。𓂃⊹˚₊﹒✦
—¿Guardaste todo? —Satoru preguntó con una sonrisa, sentandose en el catre al lado de Megumi, quién asintió con suavidad, señalando una bolsa de plástico negra.
Suguru frunció el ceño.
—¿Sólo tienes eso?
El pequeño asintió, soltando un suspiró, aún no hablaba mucho, en realidad, no había dicho palabra hacia ellos.
—Bueno —Satoru dijo, levantando la bolsa y poniendola en los brazos de Suguru, antes de levantar a Megumi en brazos— le podemos comprar más cosas, vida mía, no tienes que preocuparte.
Megumi agarró a Satoru del cuello de la camisa, aferrandose a él, sacandole una sonrisa más grande a Satoru.
—Podemos comprar muchos peluches.
Le comenzó a decir, caminando hacia el auto, aún con Megumi en brazos.
—Todos serán muy lindos, los puedo mandar a traer, aunque podemos regalar los que no te gusten, Megumi. No creo que todos sean particularmente lindos, tal vez te gusten solo pocos, ¿No crees?
Megumi se dejó caer en el asiento cuando Satoru le abrió la puerta, antes de asentir y levantar sus manitas, permitiendo que el omega le abrochara el cinturón.
—Sí, eso mismo pensé.
Satoru le sonrió, acariciando su cabello antes de cerrar la puerta y subir al asiento del copiloto.
—¡Por cierto! —Satoru dijo cuando Suguru comenzó a conducir, pasandole a Megumi las cosas que habíra traido— una lonchera, tiene comida, por si te da hambre en el camino, es largo y una cobija también, lo sé, sé que hace calor, pero por si refresca.
Megumi aceptó las cosas, sosteniendolas cerca de su pecho y con cuidado, una pequeña sonrisa se plantó en sus labios antes de cambiarlo a una mueca.
Pero Satoru y Suguru lo notaron.
El beta le sonrió a Satoru con suavidad, poniendo una mano en el volante y la otra extendiendola, colocandola con suavidad en el muslo de su pareja, acariciando un poco.
El omega acarició su mano antes de solta un suspiró y ver por el espejo como Megumi abría su lonchera y sacaba su cajita de jugo.
Un progreso.
✦﹒₊˚⊹𓂃。⋆☼⋆。𓂃⊹˚₊﹒✦
Megumi observaba la casa en silencio, sin poder creerlo.
La casa era enorme, con una gran parte de jardín delanterlo y trasero, por los árboles que lograban verse desde la cochera.
—¿Te gusta? —le preguntó Satoru con suavidad, extendiendo la mano hacia él.
Megumi asintió con suavidad, parpadeando, aún sin poder creer que viviría en un lugar tan grande.
—Bienvenido a casa, Megumi —Suguru le dijo con suavidad, abriendo la puerta para que ambos entrarán.
El pequeño no respondió al instante, pero tampoco se apartó cuando Satoru se agachó a su altura para ayudarle a quitarse los zapatos, sonriendo y palmeando sus pequeños hombros, antes de, con cuidado y con una ternura bastante relevante, Satoru le alisó con cuidado el cabello.
Megumi no se apartó, se quedó quieto, en silencio, antes de abrazar a Satoru cuando el omega lo volvió a levantar en brazos.
—¿Tienes hambre? —preguntó Satoru, en voz baja— hoy le toca a Suguru cocinar, ¡Hace una pasta deliciosa!
Megumi asintió con suavidad.
Suguru le sonrió a ambos, acariciando un momento la cintura de Satoru para entrar a la cocina.
Los vio desde la cocina, Satoru sentado en el sillón y Megumi en su regazo, escuchando con atención todo lo que Satoru le decía de como podrían decorar su habitación.
Satoru brillaba. Siempre lo había hecho, con tanta intensidad que a veces superaba al sol y agotaba al mundo, a veces le costaba creer que verdaderamente se hubiera casado con él.
Pero aquí estaban, formando una familia juntos.
Y Satoru parecía saber eso, porque brillaba más que nunca.
Aunque la primera semana fue como caminar en hielo roto.
Megumi seguía sin hablar, así que era algo díficil tener que decifrar que era lo que necesitaba todo el tiempo.
Pero se lograron adaptar.
Satoru quería abrazarlo todo el tiempo, Megumi no se resistía, en realidad, parecía ser de las pocas veces que estaba seguro de aceptar algo, claro, se terminaba por apartar, pero se quedaba casi un minuto enteró en sus brazos.
Con Suguru parecía más cauteloso, no porque Suguru fuera una mala persona o le gritará, simplemente no parecía estar muy cómodo en la presencia de betas, lo cual era... Con muchas personas.
Le preguntaron a Manami si se debía a algo y la omega les dijo que era simple, su padre biologíco era un beta, así que atribuía las cosas malas a los betas.
Suguru lo entendía y no quiso presionarlo, más cuando observaba a Megumi dormir con los ojos entreabiertos, abrazando un peluche con miedo y acurrucado casi como si quisiera desaparecer.
No pensaba presionarlo cuando Megumi estaba claramente pasando por una transición de un lugar seguro a un lugar que apenas comenzaba a conocer.
Y a ambos tampoco les paso desapercibido que Megumi despertará por la noche.
—¿Crees que funcione? —preguntó Satoru— ¿No lo estaremos presionando?
Suguru negó con suavidad.
—Solo... Necesitamos que él entienda que no esta solo.
El albino asintió, sentandose en el sillón para esperar el momento, Suguru se sentó a su lado, acariciando su brazo con suavidad.
Y no tardó en suceder.
Pequeños pasos, seguidos del ruido al abrir la puerta y finalmente, Megumi bajando por las escaleras, frotandose los ojos, quitandose las lagrimas de su carita.
El pequeño observó a los adultos, haciendo una mueca antes de entrar a la cocina.
—¿Todo bien, pequeño?
Megumi no dijo nada al inicio, se quedó dentro de la cocina, tratando de alcanzar un vaso de agua.
Al principio, no pidió ayuda, no dijo palabra, ni siquiera los volteó a ver .
Pero después de unos segundos, asomo su carita, buscando a Satoru con la mirada.
Satoru le sonrió, levantarse del sillón y acercandose.
—¿Quieres un poco de leche caliente?
El pequeño lo pensó un momento, antes de asentir.
Suguru se acercó a los pocos minutos, sonriendo para ambos y sentandose al lado de ambos.
—Hice un poco de pan al vapor en la tarde —el beta le dijo a Megumi— queda bien con leche caliente, ¿Quieres un poco?
Satoru, sin esperar respuesta de Megumi, comenzó a sacar el pan, sosteniendo uno para si mismo y sumerguiendolo con cuidado en su vaso de leche.
Suguru le sonrió a su esposo, imitando sus acciones.
Megumi los miró confundido, mordisquiando un poco su pan, sin decir palabra.
No lo presionaron, Megumi hablaría cuando tuviera la seguridad para hacerlo, su trabajo en ese momento, era decirle que podía confiar en ellos.
Que ellos no lo lastimarían.
Aún así, el niño no dijo nada, se quedó quieto, pero dejo que Suguru colocará una manta sobre sus hombros y Satoru rellenará su vaso de leche una vez más.
Megumi los miró, solo una pequeña mirada, de pocos segundos.
Antes de tomar otro trozo de pan y sumergirlo en la leche, imitando lo que hacian Suguru y Satoru.
Fue un gesto pequeño, seguramente no significaba nada y solamente tenía curiosidad.
Pero para ellos, fue otro progreso.
✦﹒₊˚⊹𓂃。⋆☼⋆。𓂃⊹˚₊﹒✦
Las siguientes semanas, Megumi se comenzó a sentir mejor al rededor de ambos.
Era un día lluvioso, Satoru corría hacia la casa con un paraguas ya a medio despadazado por los vientos fuertes, no fue en auto porque 'había sido un día esplendido para caminar'.
Satoru abrió la puerta lo más rápido que pudo, entrando a la casa de un salto y empapando el piso.
—¡Estoy en casa!
Megumi, quién estaba en el sillón observando una caricatura, lo miró fijamente. una de sus cejas alzandose.
—Pareces un trapo mojado —dijo con suavidad, una sonrisa apareciendo en sus labios.
Satoru parpadeó, sorprendido.
Suguru, que preparaba el arroz, salió casi corriendo de la cocina.
—¿Dijiste algo, Megumi?
El niño regresó la vista hacia la televisión, como si quisiera evitar lo que dijo, acurrucandose sobre si mismo cuando Satoru se acercó.
—L-lo siento —susurró debilmente.
Pero Satoru, con el cabello y ropa aun goteando, abrazó a Megumi como si le hubiera dicho lo mejor del mundo.
—¡¿Escuchaste, Suguru?! ¡Me hablo! ¡Fue un insulto, pero lo hizo!
Megumi se quedó quieto en sus brazos, sin entender bien porque Satoru lo abrazaba, pero al final se acurrucó contra su hombro.
Suguru se acercó, abrazando a ambos y dandole un pequeño beso en la mejilla al pequeño.
—¡Aw, Megumi! —dijo con una gran sonrisa.
No eran las palabras que hubieran esperado escuchar, pero estaban felices de que al fin decidiera decir algo.
Pero no importo lo mucho que se quejó o las semanas completas de la ley del hielo que le hizo a sus padres.
Ni siquiera cuando se negó a comer y se encerró en su habitación sin dar señal de vida.
También pensó en huir a casa de un amigo.
Estuvo a punto de lograrlo, cuando recordó que no tenía amigos para refugiarse en la casa de alguien.
Y cuando trató de irse a un hotel, los guardias de sus padres lo atraparon y lo metieron al auto.
"¡Ijichi!" gritó, pateando la parte trasera del asiento del chófer.
El hombre soltó un suave quejido, apretando tanto el volante que sus nudillos se hicieron blancos por unos segundos antes de mirar por el retrovisor.
"Gojo-san, por favor, deje de patear el auto. Hará que pierda el control".
Satoru rodó los ojos, se detuvo por unos segundos, dándole a Ijichi un pequeño indicio de alivió antes de volver a patear el asiento.
"¡No me lleves a ese lugar! Da la vuelta y regrésame a mi casa".
"No puedo hacer eso" Ijichi le recordó, cerrando los ojos unos segundos cuando un nuevo golpe llegó.
Pero no se podía detener, ¡Los señores Gojo lo despedirían si lo hacía!
Así que siguió manejando lo mejor que pudo, recibiendo patadas en su asiento cada pocos segundos.
Satoru se rindió por un momento, tal vez era lo mejor. Sus padres debían de estar enviándolo a un campamento de verano cómodo.
Hasta que vio que Ijichi se desviaba de la carretera, en dirección al bosque.
"¡Ijichi!" gritó, pateando el asiento con más fuerza "¡¿Mis padres quieren que un oso me mate o qué?!"
El adulto soltó un quejido, pero no dejo de conducir.
"¡Hay que escapar, Ijichi!" Satoru gritó, tratando de tomar el volante cuando el auto se detuvo "¡vámonos! ¡Mis padres me quieren matar!"
"¡Gojo-san, por favor deje de hacer eso!" gritó Ijichi, siendo presionado contra la ventana cuando Satoru agarró el volante y trató de subir su pie al acelerador.
Pero Satoru no le puso mucha atención, con la boca, trató de girar la llave del coche, tratando con desesperación huir de ahí.
"¡Vámonos, Ijichi! ¡Rápido!"
Ijichi movió la mano, abriendo la puerta y cayendo al piso, corriendo a sacar el equipaje de Satoru y comenzando a tirar del joven.
"¡Tiene que bajar, Gojo-san! ¡Bajé de ahí!"
"¡Nunca!"
Ijichi volvió a tirar de él, logrando sacarlo de ahí.
"¡No se te ocurra!" el albino le gritó, saltando a la espalda de Ijichi para evitar que volviera a entrar al auto "¡No me vas a dejar aquí! ¡Me van a matar!"
"¿Quién te va a matar?" una nueva voz se escuchó, haciendo que Satoru bajará de la espalda de Ijichi y lo empujará hacia el chico que llegó.
"¡Llévatelo a él! ¡A mi no!"
Ijichi soltó un suave suspiró, haciéndole una pequeña reverencia ante el nuevo adolescente antes de correr al auto para irse.
"¡Ijichi, no! ¡No te atrevas!"
Pero era tarde, Ijichi ya había acelerado y desaparecía con rapidez del lugar.
"¡Te las vas a ver conmigo cuando regrese, Ijichi!" Satoru gritó, moviendo el brazo en el aire "Si es que salgo vivo de aquí..."
El albino susurró, dándose la vuelta, mirando al chico que probablemente se encargaría de su próxima ejecución.
"Creo que te conozco" susurró el contrario, mirando como Satoru se comenzaba a poner bloqueador solar en grandes cantidades.
"Sí, sí, soy yo, el gran Satoru Gojo, todos me conocen, lo sé. Pero ahora no doy autógrafos" extendió los brazos, sus dedos y gran parte de sus brazos aún llenas de bloqueador, mantenía la botella entre dos de sus dedos "Ahora, si me vas a matar, hazlo rápido".
Suguru levantó una ceja, ladeando la cabeza y tratando de no reír.
"No quería un autógrafo. Y no te voy a matar".
Satoru asintió, apartando los brazos y volviendo a ponerse bloqueador, antes de cerrar la botella y regresar el gesto de la ceja alzada a Suguru.
"¿Entonces tú llevas mis maletas o quién las lleva?"
Suguru miró las maletas dispersas por el suelo, antes de mirar nuevamente a Satoru.
"Llévalas tú mismo, princesa" Suguru le dijo, con una sonrisa mientras se daba la vuelta.
Satoru soltó un jadeó, mirando a Suguru marcharse. Dejándole todo el trabajo a él.
"No soy una princesa" se quejó, tratando de levantar las maletas y arrepintiéndose de haber empacado tanto "si fuera una princesa no tendría que estar haciendo esto..."
La piel se le pegaba a la ropa gracias a todo el sudor que estaba en su cuerpo, la cabeza le dolía todo el tiempo, los mosquitos no lo dejaban de atacar y no podía dormir por la noche.
Extraña el aire acondicionado de su casa, su repelente contra mosquitos que olvido por traer tanto bloqueador solar y su cama blanda en la que dormía perfectamente.
Enserio, ¿Cómo se les ocurrió a sus padres enviarlo ahí?
En palabras de sus padres 'era por su bien' para no terminar siendo un 'inadaptado social' cuando tuviera que ser independiente o lo que fuera.
Realmente no entendía como un golpe de calor y que los mosquitos drenaran su sangre le iba a ayudar en eso.
"¿Satoru?" Suguru preguntó, mirando hacia los lados, tratando de encontrar al albino, quién había dejado sus maletas afuera de una cabaña que no era la suya y ahora se saltaba la primera actividad del campamento.
Satoru rodó los ojos, usando su brazo para cubrir sus ojos del sol cuando se recostó boca arriba, agarrando con más fuerza su celular en su mano libre.
"¿Satoru? ¿Te comió un oso?"
Satoru se levantó con suavidad de la rama del árbol donde había logrado tener señal, antes de mirar a los lados.
Cuando comprobó que no había un oso cerca, se balanceo con sus brazos en la rama.
"¡¿Aquí hay osos?!
Suguru levantó la cabeza, mirando como Satoru se aferraba a la rama con fuerza.
Era algo divertido verlo así. Solo un poco.
"Claro que los hay, estamos cerca de Shinkoku, no sería raro que alguno saliera por aquí" Suguru le dijo, sonriendo, antes de darse media vuelta para irse.
Satoru dudo.
Realmente parecía una broma... Pero, aun así, se bajó de la rama y comenzó a seguir a Suguru.
Después de todo, ¿Qué podría ser peor que un oso tratará de devorarlo?
⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⁺₊⋆⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⁺₊⋆⋆⁺₊⋆
Los ejercicios de confianza.
"Prefiero al oso" Satoru le dijo a Suguru, dándole una palmada en el hombro para darse la vuelta e irse.
"No es tan malo" Suguru le contestó, tomando el cuello de la camisa del albino y arrastrándolo hasta el centro "Vamos. Yo seré tu compañero".
"No voy a hacer esto" Satoru se negó al instante, cruzando sus brazos mientras Suguru extendía los suyos, esperando que se dejará caer.
Suguru respiró hondo, bajando los brazos y luego de unos segundos, volvió a sonreír.
"Yo iré primero entonces" le propuso.
"No te voy a atrapar" Satoru le advirtió.
Pero Suguru, sin escuchar lo que le decía, se puso la venda en los ojos y se dio la vuelta, poniendo sus brazos en forma de X contra su pecho.
"Oye" Satoru dijo otra vez "Te estoy diciendo que no..."
Tarde. Suguru ya se estaba dejando caer.
Satoru se asustó un poco, extendiendo los brazos y corriendo detrás de él, tratando de sostenerlo, pero no logro alcanzarlo correctamente, solo logró jalar el moño a medio hacer de su cabello.
El quejido de Suguru no tardó en llegar, le siguió un sonido sordo contra el pasto cuando su cuerpo terminó de caer, sin importar cuanto Satoru jalara de su cabello para evitarlo.
"¿Estás bien?" apenas esas palabras salieron de su boca, el albino se dio cuenta de cuan estúpida era la pregunta, ¡Claro que no estaba bien!
"¡Suguru!" gritaron los demás campistas colectivamente, corriendo a revisar que era lo que había pasado.
"Estoy bien" Suguru les aseguró a ellos, moviendo la mano para que dejarán de preocuparse.
Se apresuró a agacharse a su lado, poniendo los cabellos que quedaron adheridos a su mano en la cabeza de Suguru, aunque se resbalaron de ahí rápidamente, antes de tratar de levantarlo.
"¿Te rompiste algo?"
Ya podía ver las noticias que la prensa amarilla daría a base de las miradas que le daba la gente a su alrededor.
'Satoru Gojo arremete contra estudiante en campamento y lo empuja para que salga herido'.
Pero Suguru negó con la cabeza, diciéndole a los demás que no había de que preocuparse, que podían relajarse y que estaba bien.
Trató de caminar hacia una de las sillas, pero terminó recibiendo un dolor punzante en su tobillo que se lo impidió.
No estaba roto, pero definitivamente estaba torcido.
O al menos, no estaba 'bien'.
"Yo te dije que no te iba a atrapar" Satoru se apresuró a recordarle, cruzando sus brazos mientras Suguru se recargaba contra él para evitar caer y asustar a los demás, que apenas comenzaba a alejarse "Técnicamente no es mi culpa"
Suguru respiró hondo, girando su cabeza hacia él, tratando de mantener la compostura.
"No me mires así" Satoru bufó "A mí también me duele, ¿Sabes?
"¿Y a ti por qué te duele?"
"¡Por culpa de tu cabello! Mi pobre mano está adolorida por sujetarlo.
Suguru, sin poder evitarlo, murmuró una maldición, soltando a Satoru para tratar de caminar por su cuenta.
"¿Entonces jalarme y arrancar mitad de mi cabello era parte de tu plan?"
"Fue un reflejo. No pensé que de verdad te arrojarías, ¡Te dije que no te iba a atrapar!"
"¡Era un ejercicio de confianza! ¡Se supone que debía confiar en que sí lo hicieras!
Suguru negó con la cabeza, dando pequeños saltos para llegar a la cabaña en la que había dejado sus maletas, donde algunas aún estaban dispersas cerca de la puerta.
"¿Dónde está la enfermería?" Satoru le preguntó, siguiéndolo.
"No hay".
"¿Qué?"
"No hay enfermería, solo tenemos un botiquín"
Satoru frunció el ceño, caminando más rápido para taparle el camino a Suguru.
"¿Qué quieres decir? ¿No hay enfermería? ¿O enfermera? ¿Doctor? ¿Al menos un paramédico?"
Suguru soltó un suspiró, negando con la cabeza una vez más.
"No".
"¡¿Y si hubiera un accidente más grave que tú tobillo?! ¡¿Qué tal si algo me pasa a mí?!"
Suguru rodó los ojos, apoyando su mano en el hombro de Satoru para dar el siguiente salto, apartándolo del camino.
"Pues te topas una píldora y ya".
Satoru bufó, volviendo a seguirlo.
"Claro, si caigo de un árbol y me rompo el cuello una píldora me va a ayudar."
"Si fuera grave te trasladarían al hospital. Ya cállate. El lastimado aquí soy yo".
"Imagínate si te hubieras roto el cuello" Satoru jadeó con suavidad, dándole una palmada en la espalda a Suguru "¡Solo imagina el trauma que yo me llevaría!"
"Trauma que no te hubiera pasado si hubieras extendido los jodidos brazos para atraparme".
Una vez dentro de la cabaña, Satoru se cruzó de brazos, mirando alrededor.
La cabaña no tenía mucha decoración, solo unas plantas en cada una de las esquinas, era grande, no tanto como su cuarto, pero podía servir si ponía un colchón mejor en lugar del futón.
Además, la puerta tenía reja contra los mosquitos, era lo mejor que podría pedir en ese momento.
"Es muy grande... Más que en la que me van a obligar a vivir, seguramente, ¿Puedo quedármela?
"No".
Satoru entrecerró los ojos, observando a Suguru, quién se sentó en una silla y sacaba una venda.
"Está mal" Satoru le informo, viendo como Suguru se envolvía la venda al tobillo.
"No. Está bien",
Suguru negó con la cabeza.
"Está mal"
Suguru soltó un suspiró, apretando los dientes para seguir atando la venda.
"¿Puedes explicarme en qué está mal?"
"Te digo sí me dejas quedarme con esta cabaña".
Satoru soltó una risita mientras terminaba de hablar, antes de acercarse y sentarse en la silla al lado de Suguru, tomando su tobillo con más fuerza de la necesaria para acercarlo a su regazo, sacándole un quejido.
"Ah" Satoru susurró, manteniendo el tobillo de Suguru cerca, comenzando a quitarle la venda "No quería hacer eso"
"¿Torcerme el tobillo? ¿O arrancarme el cabello?"
"Ya te dije que eso es tu culpa".
Suguru estaba por hablar, pero terminó por negar con la cabeza, quedándose callado, solamente viendo como Satoru trabajaba, esta vez con más delicadeza.
"¿Cómo sabes la manera correcta de hacerlo?"
Satoru soltó un suspiró, levantando los hombros.
"Mi trabajo, tuve que tomar un curso de primeros auxilios"
"Pero eres actor" Suguru dijo, levantando una ceja "¿Por qué deberías de aprender eso?
"Soy modelo, no actor" Satoru le corrigió, sosteniendo el pie de Suguru un poco más alto para pasar la venda "Y yo me preguntó lo mismo"
Extendió la mano, tomando los clips para sostener la venda, dejo con cuidado su tobillo en la silla donde estaba y se levantó.
"Con eso debería bastar, pero sería mejor si también tuvieras hielo" Satoru dijo con suavidad "¿Dónde consigo hielo?
"En la cocina"
Satoru asintió, saliendo de la cabaña como si supiera donde quedaba la cocina.
El bosque era lindo, cuando no había actividades u osos, tal vez podría decirle a sus agentes que tuvieran una sesión aquí.
Cuando se fuera y no estuviera retenido ahí tres meses.
"No encontré hielo" dijo Satoru, regresando con Suguru y presionando la bolsa contra el tobillo de Suguru.
"¿Zanahorias?"
"Fue lo único congelado que me pude robar" Satoru se levantó de brazos "Y ahora no te debo nada"
Suguru levantó la ceja, sosteniendo la bolsa con suavidad contra su tobillo.
"Si me debes, ¡Me torciste el tobillo!"
"Eso es tonto, yo te avisé y aun así decidiste dejarte caer, es tu culpa y yo ya pagué mi deuda para evitar un escándalo".
Suguru comenzó a levantar de la silla, listo para ir contra Satoru, pero el albino lo empujo de regreso a la silla.
"Te torciste el tobillo, debes quedarte sentado".
"No realmente, será mejor si sigo caminando, me va a ayudar con el dolor".
Satoru se levantó de hombros.
"Pues como quieras, si te quieres romper el pie, rómpetelo. ¡Pero ya no será mi culpa!"
"¡Ya duérmete, Gojo!" gritó Megumi, tomando una de sus almohadas y lanzándola contra la litera en la que Satoru dormía.
"¡No es mi culpa!" Satoru se quejó, tomando la almohada que cayó en su cara y lanzándola de regreso a Megumi "¡El mosquito no me deja dormir!"
"¡Pues deja que te piqué y cállate!
"¡Cállense los dos!"
Satoru resopló, antes de fruncir los labios, colocando la frazada encima de su cabeza para cubrirse por completo, tratando de dormir así.
Pero el mosquito no se daba por vencido y seguía zumbando en su oído cada pocos segundos.
Y para terminar de arruinar sus planes, el aire comenzó a faltarle, teniendo que quitarse la frazada.
"¡Carajo-!"
"¡Ya cállate!"
Satoru abrazo su almohada, haciéndose un ovillo en su cama cuando volvió a escuchar el irritante sonido en su oreja.
Odiaba estar aquí.
Y la mañana siguiente, las cosas no mejoraron.
"¿Qué te paso?" Suguru preguntó, levantando las cejas de la sorpresa al verlo.
"¿Tan mal me veo?" preguntó, esperando recibir una negación como respuesta.
Pero él mismo sabía que se veía mal. Horrible, en realidad.
Su cabello estaba hecho un nido de pájaros, tenía ojeras que se habían estado acumulando con el paso de los días y su oreja estaba roja e hinchada de tanto haberse rascado por los piquetes de mosquito.
Nunca se había sentido tan asqueroso. Y la comezón solo era la cereza del pastel.
Suguru asintió ante su pregunta, siendo completamente sincero, podía mentir en algunas cosas, como fingir que no olía el mal aliento matutino de Satoru, pero no respecto a su apariencia.
Eso nunca sería creíble.
"Creo que deberías usar algún repelente durante la noche".
"¡Use todo el repelente que me quedaba!" Satoru se quejó, clavándose las uñas en la oreja por un momento, esperando disminuir la comezón "lo que necesito es irme, no repelente, ¿Tienes un teléfono que pueda usar para llamar a mi casa? Mi celular murió y Yaga ni siquiera me deja conectarlo"
Suguru soltó un suspiró y negó con la cabeza.
"La señal se fue esta mañana, junto a la luz, así que, aunque quisiera..."
Satoru respiro hondo unos segundos, antes de agarrar los hombros de Suguru y comenzar a zarandearlo, ya no tenía el tobillo torcido, así que podía hacerlo sin remordimiento.
"¡¿Estoy aquí encerrado sin ninguna posibilidad de comunicación con el exterior?!"
"En realidad no estás encerrado, Go..."
"Pero es que sí lo estoy" Satoru lo interrumpió, antes de soltarlo, empujándolo un poco y comenzando a morder una de sus uñas, tratando de pensar en que hacer.
Suguru soltó un suspiró, poniendo la mano en el hombro de Satoru y guiándolo hacia la cocina.
"No es tan malo, la señal volverá en unos días".
"¿Crees que puedo aguantar otra semana aquí?" Satoru pregunto, sarcástico.
"¡Claro que sí!" Suguru le contesto, acomodando un poco el cabello de Satoru para que no se viera tan... Horrible "Solo serán otras cuantas semanas, no tienes de que preocuparte".
Satoru miró a Suguru, poniendo su barbilla en su mano y soltando un suspiró mientras recibía el desayuno.
"Otras cuantas semanas" murmuró de mala gana, metiéndose una cucharada de avena en la boca con una mueca "Me voy a morir".
"No te vas a morir" Suguru le respondió, rodando los ojos, poniendo su propio desayuno en la mesa.
"La avena esta cruda" Satoru dijo, apartando su plato y dejando la cuchara al lado "¿La puedes calentar?"
"Tal vez sí te vas a morir" pensó Suguru, fingiendo una sonrisa mientras tomaba el plato del albino.
⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⁺₊⋆⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⁺₊⋆⋆⁺₊⋆
"Ni que estuviera loco" Satoru dijo apenas escuchó lo que Suguru quería que hiciera "¿Qué tal el tipo de mi cabaña? ¿El que tiene nombre de niña?"
"¿Megumi?"
"Ese. Se ve que tiene mucha irá en su interior que necesita canalizar con algo que no sea yo, pídeselo a él".
Geto negó con la cabeza, sosteniendo el hacha una vez que Satoru se la regreso.
"Imposible, él está recolectando agua".
"Eso suena más fácil, no me parece justo. ¿Quién carajo reparte las tareas?
"Yo. Y tal vez suena más fácil, pero está cerca de dónde están los osos. Seguramente perdamos a Megumi" Suguru le dijo, regresándole el hacha y empujando a Satoru hacia la madera.
"Por dios, Suguru, ya no puedes engañarme con eso" El albino dijo, quitando la funda a la herramienta y pasando su dedo por el filo.
"Oye, no hagas eso..." Suguru comenzó a decir, pero era tarde, Satoru soltó el hacha y se puso a gritar como loco.
"¡Me corté!" gritó, mirando como un suave hilo de sangre salía de su dedo, cayendo sobre el pasto "¡Ya no puedo hacer esto, Suguru! ¡Ni ninguna otra cosa! ¡Estoy muriendo!"
"No seas baboso" Suguru murmuró, agarrando la mano de Satoru y presionando el paño que siempre cargaba sobre su dedo "Ni siquiera está saliendo tanta sangre, ¿Sabes?"
Sin embargo, Satoru ya se estaba arrodillando en el suelo, comenzando a fingir su muerte.
"Cuando vengan a buscar mi cuerpo..." Satoru dijo, jadeando como si le faltara el aire "Diles que fue su culpa por enviarme aquí y que todo se quedó a nombre de PomPom".
"¿Quién es PomPom?"
"Mi gata" Satoru aclaro antes de cerrar los ojos y dejar que su cuerpo cayera por completo en el pasto.
El sol apenas y llegaba a sus piernas, además de que no había mosquitos, así que era un buen lugar para su muerte. Era fresco, estaba lejos de los ojos y cerca de los árboles, los cuales se alimentarían de él para seguir creciendo.
Con eso en mente, cerro los ojos, aceptando su destino.
"Por Buda" Suguru susurró, soltando la mano de Satoru, que cayó al lado de este en un ruido sordo.
Espero unos segundos, aguardando que Satoru dejará el drama y se levantará para que hiciera lo que le había pedido.
Claro que, después de cinco minutos en la misma posición, terminó por fruncir el ceño.
¿Satoru se podría haber desmayado de verdad? Tal vez le daba miedo la sangre y no había estado fingiendo.
Con cuidado, se agacho a su lado, poniendo su dedo debajo de su nariz, pero sin presionar.
Una sonrisa y un suspiro de alivio lo recorrieron cuando confirmó que la respiración de Satoru seguía ahí.
El albino solo se había quedado dormido.
"Me vas a deber una" Suguru susurró, levantándose para tomar el hacha y comenzar a cortar el mismo la madera.
Yaga y Suguru estaban obsesionados con la convivencia.
Enserio, querían que todo se hiciera en equipos.
Si salían a recolectar agua, tenía que ser en equipo, si querían desayunar, debían esperar a un equipo, si sales a medianoche de la cabaña, debía de ser en equipo.
Satoru ya estaba harto de eso.
"No, mamá, no he hecho ningún amigo" Satoru contestó cuando al fin le dejaron hacer una llamada.
Pensó que después de todo lo que le contó, su madre al fin le permitiría irse, pero no, solo se reía.
"Debes esforzarte más, Satoru, el campamento está por terminar y tu aún no logras..."
Satoru colgó la llamada.
Respiró hondo y dejó el teléfono inalámbrico en su lugar, saliendo de la cabaña con pasos lentos.
"¿Todo bien?"
"Claro que sí, solo me van a dejar morir aquí, ¿Por qué no estaría bien?"
"Perfecto" Suguru dijo, tomándole la mano para llevarlo a otro lugar.
"Y ahora me secuestras, ¿Qué más puede salirme mal?"
Suguru rodó los ojos, pero no respondió hasta que llegaron a la fogata que los demás estaban creando.
"¿Por qué no nos ayudas?"
"¿Por qué no me matas?"
Suguru rodó los ojos, empujando a Satoru con suavidad para que comenzara a ayudar.
Tuvo que recoger leña, ¡Leña! Tres astillas se le encajaron en las manos hasta que al fin Suguru le permitió a descansar.
Un chico detrás de él se burló.
"Claro que el niño rico no puede hacer nada" murmuró, aunque detrás de Satoru, para que pudiera escucharlo "deberían sacarlo de aquí".
"Sí, por favor" Satoru le respondió, recostándose en el pasto "Yo también quiero largarme".
El chico rodó los ojos, lanzándole una rama a Satoru, que le dio directo en la cara.
"¡Suguru!" se quejó Satoru "¡Me están golpeando!"
Y, claro, Geto llegó con rapidez a su lado, observando fijamente su rostro.
"¿Estás bien?"
Satoru negó con la cabeza, sacando la lengua y ladeando la cabeza.
"No lo estoy".
Suguru miró a los lados, observando quién había sido, pero ya no había muchas personas cerca, así que solo le acarició el cabello a Satoru.
"Deberías venir conmigo".
Satoru sonrió, levantándose para correr detrás de Suguru, ayudando solamente a cargar una caja de cerillos, listo para encender la fogata cuando fuera necesario.
⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⁺₊⋆⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⁺₊⋆⋆⁺₊⋆
Lo estaban viendo mal, todos los campistas estaban enojados con Satoru por el "privilegio" que Suguru le daba, pero no le importaba.
Le gustaba no tener que hacer nada.
"Enciéndela, por favor" Suguru le dijo con una sonrisa.
Satoru asintió, sonriendo y sacando un poco la lengua mientras encendía uno, prendiéndole fuego a toda la fogata.
Suguru sonrió, acariciando con suavidad el hombro de Satoru.
"Lo hiciste bien".
Satoru asintió, sonriendo y cruzando sus brazos.
"Lo sé" le respondió mientras se sentaba en el tronco y esperaba a que Suguru lo acompañara.
Suguru no tardó en sentarse a su lado, dándole la bolsa de bombones.
"Gracias" Satoru dijo, metiéndose uno en su boca.
"Son para todos".
"Pero los quiero para mí".
"Gojo, son para todos" dijo Yaga, entrecerrando los ojos y haciendo a Satoru rodarlos.
"Bien" murmuró de mala gana.
Suguru sonrió, tomando uno de los bombones y viendo como Satoru se metía otro en la boca, sostenía otro y le pasaba la bolsa a la chica que estaba a su lado.
"No te comas este" le pidió, encajando el bombón en el palo, extendiendo este para que Satoru extendiera hacia la fogata.
"Ew, ¿Por qué haces eso? ¡Se va a quemar!"
Una pequeña risa colectiva se escuchó, haciendo que Satoru se rascará la mejilla, incómodo.
"Está bien" Suguru le susurró, sonriendo y entregándole el malvavisco "Ten, cómelo con cuidado".
Satoru asintió, abriendo un poco la boca y sus ojos se abrieron con sorpresa apenas lo provo.
"Está delicioso"
Suguru asintió, pasando su brazo por los hombros de Satoru, acercándolo a él, abrazándolo con suavidad.
"Claro" Suguru le extendió su propio malvavisco "Ten, si quieres come esto también".
Satoru sonrió, recostado con suavidad su cabeza en el hombro de Suguru.
En esos momentos, Satoru se sentía preparado incluso para enfrentar a un oso a puño limpio.
Había recogido ramas, quemó bombones en una fogata, incluso cuando estuvo a punto de quemarse y solo le quedaban tres botellas de bloqueador solar.
¡Podía con todo en ese momento!
"Satoru" le llamó Suguru "Es tu turno de ayudar en la cocina".
¿Lavar platos? ¡¿Debía lavar platos?!
"No puedo" dijo con rapidez "debo pelear con un oso".
Suguru soltó una risita, poniendo sus manos en los hombros de Satoru.
"Deja las tonterías, vámonos".
Suguru, aún las quejas de Satoru de por medio, lo arrastro hasta la cocina.
"Te ayudo, así que deja de quejarte".
Satoru sonrió, dejando caer su cuerpo, que fue atrapado por Suguru, poniéndole los guantes.
"Ya deja el drama, a lavar".
Satoru suspiró con fuerza, antes de asentir.
Si podía pelear con un oso, seguramente podría lavar platos.
⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⁺₊⋆⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⁺₊⋆⋆⁺₊⋆
Satoru suprimió sus ganas de vomitar cuando tuvo que tocar los restos de comida en el plato.
"Ew" susurró, respirando hondo, tratando de quitar un pedazo de comida que parecía masticada y escupida.
"Deja de hacer gestos, princesa" Suguru le dijo, arrebatándole el plato y quitando la comida él mismo "Solo es comida".
Satoru fingió una nueva arcada, que abrió paso a una de verdad.
"Dios, ¿Es qué nunca hiciste nada en tu casa?"
"Por supuesto que no, tengo empleados que hacen eso, sería ridículo que yo lo hiciera, ¿No crees?"
Suguru negó con la cabeza una vez más.
"Sigue siendo algo ridículo, sí lo piensas bien"
Satoru soltó un bufido, recargándose en Suguru y abrazando sus hombros.
"No es ridículo, es bastante comprensible"
Suguru dejó de lavar el plato, girando la cabeza con suavidad, observando como Satoru cerraba los ojos.
Sonrió con suavidad, levantando la mano para acariciar la mejilla de Satoru.
El albino abrió los ojos, observando a Suguru.
Antes de que un vaso lleno de agua se estrellará en su cara.
"¡¿Pero qué haces?!"
Suguru comenzó a reír, apartándose de Satoru, bajando el vaso que tenía en la mano.
"¡No es gracioso! ¡Es agua sucia!"
"Claro que no lo es!"
"Ah, ¿No lo es?" Satoru asintió, tomando el vaso y llenándolo de agua, arrojándola a Suguru, quién parpadeo, paralizado.
"Ahora sí" Suguru se limpió un poco la cara, arremangándose las mangas y acercándose a Satoru "¡Prepárate!"
Gojo ahogo un grito. Dando un suave salto tratando de observar a donde ir para ocultarse.
Pero no lo logró.
Suguru se acercó, como un felino listo para atacar y saltó contra Satoru, un vaso de agua lleno chocando contra su rostro.
"No!" gritó Satoru, tratando de ponerse las manos frente su cara, pero aun así, el agua calló contra su cabello, empapándolo por completo.
Gojo respiró hondo, tronando con suavidad sus dedos para tomar un plato, que aún tenía algo de avena de su propio desayuno y se la arrojó hacia Suguru.
"Pero como te atreves!" Gritó Suguru, tocando su cabello con una expresión de sorpresa, quitándose un pedazo de avena antes de lanzarse hacia el albino.
Ambos cayeron al piso en un sonido sordo, quejándose un poco antes de comenzar a zarandearse.
No era demasiado rudo, solamente rodaban de un lado a otro.
Hasta que Satoru quedó arriba de Suguru, en horcadas sobre su regazo y medio tirado contra el pecho del otro.
Levantó la cabeza, observando Suguru, demasiado cerca.
Muy, muy cerca.
"Perdón" dijo, apartándose de un saltó, acomodándose la ropa y tomando la esponja, comenzando a lavar un plato con manos temblorosas.
Satoru se había acostumbrado al calor, a los mosquitos, a no tener si teléfono celular y a saber que no había luz ni señal, aunque podía pasar una emergencia.
Así que cuando la lluvia comenzó a caer contra los vidrios de la cabaña, no se alteró, no se movió, no se asustó.
Ni siquiera le arrojo la almohada a Megumi para quejarse de que el clima cambiaba cada dos segundos y debía tener medio cuerpo entre mantas y la otra mitad sin ellas.
Mañana por la tarde al fin se largaria de ese lugar.
Podría volver a su casa, con aire acondicionado, internet ilimitado y sesiones de fotos donde él era el protagonista.
Era lo que importaba en ese momento.
Y aun así... Aun así no podía dormir.
No podía ver su maleta al lado de la cama, cerrar los ojos, sonreír y dormir con el pensamiento de que no volvería.
Había enfrentado tantas cosas que nunca creyó que haría esas semanas que irse así le dejaba un mal sabor en la boca.
'A la mierda' pensó, quitándose las mantas y levantándose de la cama.
Sabía que no podía salir sin un equipo o que empaparse probablemente le traería un resfriado.
Pero no le importo.
Salió de su cabaña y apenas puso un pie afuera, ahogó un gritó.
La lluvia no tardo ni cinco segundos en empaparlo por completo, cortándole la respiración y haciéndolo jadear por aire.
"Vamos, Satoru, tú puedes" se alentó a si mismo, abrazando su cuerpo y caminando a paso firme.
El barro le quitaba equilibro y le daba una advertencia leve de que probablemente se caería en cuanto se descuidara.
Pero siguió marchando, enterrando bien los pies en el barro, jadeando por aire y entrecerrando los ojos para evitar toparse con un oso.
"¡Suguru!" Gritó, golpeando con fuerza la puerta de madera "¡Abre!"
Comenzó a patear la puerta con desesperación, sentía su cuerpo temblar y no estaba seguro de si era por el frío que sentía o por la estupidez que estaba por hacer.
"¿Satoru?" Preguntó Suguru con el ceño fruncido apenas abrió la puerta "¿Qué carajo crees que estás haciendo?"
Satoru, sin pedir permiso, entro a la cabaña, empapando la madera bajo sus pies hasta que quedó en medio del lugar.
"¿Qué haces?"
Satoru respiró hondo, dejando que sus pulmones recibieran el aire necesario, tenía frío, pero ayudaba un poco que sus mejillas estuvieran completamente rojas.
Al menos sabía que no era un sueño.
"Yo..." Comenzó, enterrando sus uñas en sus dedos para evitar temblar demasiado "Suguru, yo... Yo nunca he sabido... Relacionarme correctamente con las personas"
Suguru se acercó con unas toallas en manos, cubriendo el cuerpo de Satoru y otra poniéndola en su cabello, ayudándolo a secarse un poco.
"Soy famoso desde que tengo memoria, tengo todo lo que deseo con solo chasquear los dedos y nunca debí sentir muchas cosas para seguir viviendo..."
"La lluvia te afecto de más, Satoru".
"¡No! Escúchame... Esto es importante" Satoru volvió a respirar hondo "Lo único que debo hacer en mi vida es hablar menos y verme bonito. Con eso tengo todo solucionado, verme bonito es fácil, quedarme callado no tanto y la verdad puedes notar eso, sé qué te hice la vida un poco imposible estas semanas, pero aún así... Una parte de mi quiere seguir haciéndolo"
"¿Hacerme la vida imposible?"
"No lo sé... Nunca me había gustado nadie, no estoy seguro de que se debe hacer".
Suguru detuvo sus movimientos, sintiendo como Satoru aún temblaba bajo su tacto.
"¿Te gustó...? ¿Cómo amigo o como... Novio?"
Satoru se encogió de hombros, lamiendo sus labios, aunque no estaban resecos.
"Me gustas y ya, ¿No te puedes conformar con eso?"
Suguru sonrió, negando con la cabeza.
"Realmente quisiera aclararlo".
"Me gustas-gustas, como a la gente le gustan los chicos, que se yo, finge que dije una cursilería, te encanta, me besas y luego puedo regresar afuera para que la lluvia me mate porque enserio, enserio quiero morir en este momento"
Suguru no hablo por un buen rato, se dedicó a secar el cabello de Satoru, pasando la toalla con suavidad, quitando los nudos y asegurándose de que estuviera bien presentable.
"Creo que aún estoy medio dormido para esto".
Satoru asintió.
"No debes decir nada. Sé que soy intenso".
"Me gusta que seas así".
Ahora fue Satoru quién se quedó callado.
"¿Sí?"
"Sí. Al principio lo odiaba, pero... Es refrescante tenerte a mi lado".
"Entonces yo... ¿Te gustó también?
Suguru sonrió, quitando la toalla de la cabeza de Satoru.
"Me gustas".
⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⁺₊⋆⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⁺₊⋆⋆⁺₊⋆
"¿Le vas a decir a tu familia?"
Satoru se levantó de hombros.
"Un día".
Suguru asintió, acariciando con suavidad la mano de Satoru.
"Me gustaría pasar más tiempo juntos".
"Te visitaré mucho, créeme. Prácticamente viviré en tu casa".
Suguru soltó una risita, levantando su mano libre para acariciar la mejilla de Satoru.
"Cuídate, novio".
"Tú también, novio".
Suguru recargo su frente contra la de Satoru, sus respiraciones mezclándose a los pocos segundos.
En sincronía, cautivados, por el contrario.
Sin decir mucho más, Suguru al fin unió sus labios con los de Satoru.
Los labios de ambos se movieron torpemente, Suguru atrapando el labio inferior de Satoru y esté tratando de averiguar cómo corresponder de manera correcta.
Y aun así, en medio del bosque a pleno verano, con una temperatura alta y mosquitos aún a su alrededor... Se sintieron felices.
Porque los labios del contrario se sentían como fuegos artificiales estallando en un cielo oscuro.
El beso se sintió como acostarse en las nubes, comer un caramelo dulce o beber un té caliente.
Relajante, algo asfixiante, emocionante y definitivamente, algo que no quieran parar.
⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⁺₊⋆⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⁺₊⋆⋆⁺₊⋆
Satoru bajo la mirada, observando su teléfono, leyendo el mensaje con sus labios aun sintiendo los de Suguru sobre los suyos.
(6:38 p.m.) ¿Llegaste bien a tu casa?
Una sonrisa se extendió por sus temblorosos labios, ignorando la sonrisa victoriosa que su madre le daba.
Le costó cinco semanas aceptar lo que sentía, en cinco horas no estaba listo para decir que estaba teniendo su primer romance de verano con el mejor chico que alguien podría conocer.
(6:40 p.m.) Sip, llegué bien.
(6:40 p.m.) ¿Y tú?
Un romance de verano con Suguru Geto que estaba dispuesto a repetir cuántas veces fuera posible.
(...)
¡Esta es mi aportación para la revista de GeGo! A cargo del perfil gegoweek en twitter, encuentran mi participación como: Summer Camp, por My_one_andonly1
Por otro año lleno de GeGo, ¡Feliz día del GeGo! (Atrasado)
TW: Satoru omega-bottom, Suguru beto-top. Megumi llamará mamá/mami a Satoru, solo porque sí.
Satoru sentía la respiración agitada, sus piernas aún temblando con suavidad, pero entonces vio a Suguru, con sus enormes ojos llenos de completa esperanza.
Una esperanza que ocasiono un nudo en la garganta de Suguru.
La cama estaba hecha un desastre, con la colcha revuelta y los cuerpos de ambos aún pegajosos por el sudor y fluídos, después de... ¿Cuántos intentos iban ya? Daba igual, si era sincero.
Sabía que tampoco funcionaría esa vez.
—¿Crees que esta vez sí? —preguntó Satoru, acurrucándose contra su pecho con una sonrisa, feliz mientras su mano iba a su vientre.
Hijos.
Después de casi diez años juntos, Satoru quería hijos.
Pero las probabilidades de que un beta lo embarazará eran muy bajas, sin importar cuantas lo intentarán.
Suguru trató de sonreír, pero solo logró abrazarlo, acariciando su cabello blanco con cariño, fingiendo que no sentía que le rompería el corazón.
—No lo sé —le susurró con suavidad.
—Sería lindo... tener un bebé. Uno con tu sonrisa y mis ojos —Satoru suspiró, casi soñador—. O viceversa. O los dos. Podemos tener dos, ¿no?
Su primer pensamiento fue 'No', era un no rotundo, sabía que sería imposible.
Y quería seguir mintiendole y mintiendose a si mismo, pero Satoru no se merecía eso.
—Satoru —comenzó con suavidad, apartándolo un poco para mirarlo a los ojos—. Tal vez no deberíamos intentarlo más... Quiero decir, no es tan fácil entre un beta y un omega... Tal vez todo esto no tiene sentido.
La expresión de Satoru cambió de golpe, sus labios, donde había una bonita sonrisa antes, ahora solo se apretaban juntos, no era enojo, sino una gran tristesa, como si quisiera llorar.
—... Veo —susurró con cuidado, desviando la mirada hacia las sábanas.
Era un desgraciado.
Había soñado con un hijo desde su quinto aniversario, Satoru era un omega alegre, impulsivo, brillante.
Era el amor de su vida.
Pero sabe que no va funcionar, sabe que va a fallarle, sabe que Satoru merece un alfa que le pueda dar los hijos con los que sabe el albino soñaba.
No quería arrastrar a Satoru a una vida a medias.
Pero tampoco quería dejarlo.
Esa era la razón por la que era un desgraciado.
—Lo siento —dijo con suavidad, tratando de abrazarlo otra vez, pero Satoru se alejó.
—No tienes que disculparte —dijo con suavidad, una sonrisa forzada en su rostro, levatandose de su cama y cubriendo su cuerpo con la sábana— debería ir a ducharme, estoy todo pegajoso.
Suguru asintió, sonriendo con suavidad.
Esa noche, no durmieron abrazados, Suguru ni siquiera se durmió, se quedó despierto toda la noche, observando el techo en silencio y con el corazón lleno de culpa.
✦﹒₊˚⊹𓂃。⋆☼⋆。𓂃⊹˚₊﹒✦
Manami, Miguel y Larue lo miraron con el ceño fruncido, antes de que Miguel levantará la mano y golpeará la nuca de Suguru.
—¡Ey! ¿Eso por qué fue?
—Porque eres un idiota.
Suguru estaba por hablar, quejarse, casi trato de justificarse.
Pero no había palabras para hacerlo.
—No lo puedo embarazar, ¿No entienden? Es practicamente imposible.
Manami suspiró.
—No puedo creer que le dijiste que no le ibas a dar hijos.
—¡No dije eso! —se quejó.
—Pero fue parecido —Larue dijo con cuidado— entiendo que, como betas, no podamos hacer algunas cosas, pero es demasiado soltarlo tan de golpe... Después del sexo.
Suguru suspiró, recargando con suavidad su cabeza en la palma de su mano.
—Sí, creo que fui idiota.
—Más que idiota.
—Un estúpido.
—¡O un tarado!
Suguru los miró fijamente.
—Ya entendí.
—Un baboso.
—Un pendejo.
—¡Ya!
Manami se quedó callada, antes de suspirar y decir lo que pensaba.
—¿Qué tal la adopción?
Suguru frunció el ceño.
—¿Adopción?
La rubia asintió.
—Trabajo en un centro de adopción, ¿Recuerdas? Hay muchos niños que sueñan con tener una familia, pero no hay muchas familias que quieran adoptar a un niño.
—No sé —fue lo primero que dijo Suguru— ¿Qué tal si a Satoru no le hace feliz?
—¿Y si sí?
Suguru soltó un nuevo suspiró, recibiendo suaves palmadas en las espalda por parte de Larue.
—Deberían ir al centro —Miguel le dijo —pero habla con sinceridad con Gojo.
✦﹒₊˚⊹𓂃。⋆☼⋆。𓂃⊹˚₊﹒✦
Satoru lo miró con una ceja alzada cuando Suguru llegó esa tarde, con muchos folletos entre sus manos.
—¿Adopción? —preguntó, leyendo con cuidado el título de uno.
—Manami, ¿Recuerdas a Manami?
—La rubia —Satoru lo pensó un momento— y no recuerdo más.
Suguru sonrió con suavidad.
—Sí, la rubia.
Geto se sentó a su lado, sosteniendo la mano de Satoru.
—No creo que... Podamos tener un hijo biologico, tal vez nunca lo logremos y lamentó mucho eso —Suguru suspiró— pero no quiero renunciar a la idea de tener una familia contigo, podríamos ir a visitar el centro, solo un poco, si te sientes cómodo con eso.
El albino no respondió al instante, solo lo miró fijamente, antes de sujetar el folleto un poco más fuerte, acariciando el título con cuidado.
—¿Hay muchos niños?
—Manami dijo que sí, algunos necesitarán cuidado constante, otros son más independientes, hay de casi todas las edades... Pero todos merecen un hogar.
Satoru pareció dudar un poco.
—No podemos darle un hogar a todos.
Suguru negó con la cabeza, acariciando los nudillos de Satoru con cuidado.
—Pero podemos darle un hogar a alguno.
Satoru lo observó fijamente, Suguru estaba seguro de que le diría que no.
Hasta que los ojos de Satoru brillo con alegría.
—Podemos ir mañana entonces.
✦﹒₊˚⊹𓂃。⋆☼⋆。𓂃⊹˚₊﹒✦
El centro de adopción no era grande, era una pequeña casa con jardín delantero y trasero, las paredes estaban pintadas con dibujos que seguramente los hijos habían hecho.
Manami había dicho que el centro se mantenía gracias a mucho esfuerzo, ayuda de voluntarios y donaciones, podía desaparecer en cualquier momento, pero ninguno de los trabajadores ahí se daba por vencido.
Satoru observó a su alrededor, observando a cada uno de los niños.
Aquellos que jugaban con una pelota desgastada, los que se perseguían entre risas y los que miraban fijamente a Satoru y a Suguru.
Sus ojos miraban a ambos con desconfianza, muy pocos con esperanza.
Y el corazón de Satoru se derritió por completo.
—Ay, Suguru, me quiero llevar a todos —se quejó Satoru, apretando la mano de Suguru— no puedo solo decir que no, observa como me miran, es demasiado desgarrador.
Manami apareció, sonriendo para darles la bienvenida.
—Me alegra que vinieras, Gojo-san.
El albino sonrió, asintiendo.
—Sí, aunque será un poco díficil irme de aquí.
La rubia sonrió, guiandolos a la sala.
—Llegan justo para la merienda.
La sala estaba llena de juguetes por todos lados, cojines pequeños alrededor de varias mesas estaban varios vasos con leche y galletas hechas a mano.
Satoru sonrió, arrodillandose con cuidado al lado de Manami.
Los pequeños lo miraban con ojos llenos de curiosidad, aunque no hablaban mucho con ellos, solo convivían entre ellos mismos.
Satoru examinó el lugar, antes de toparse con el único niño que parecía ver solo todo con odio, ni siquiera comía galletas.
—¿Y él? —Satoru preguntó con curiosidad.
Manami sonrió, bajando su platito de galletas, aunque pareció cansada.
—Megumi, tiene seis, llegó hace algunos meses, pero no habla mucho, ni se lleva bien con los otros niños porque es grosero con ellos. Dice que no necesita padres —la rubia suspiró— paso por demasiadas casas temporales antes de aquí, quedó huerfano de padre a los tres años.
—¿Y su madre?
—Murió cuando él nació.
Suguru bajó la mirada, era triste que alguien tan chiquito haya sufrido tanto.
Pero levantó la mirada cuando Satoru respiró hondo, su omega miraba fijamente a Megumi.
—¿Podemos hablar con él? —el albino preguntó.
Manami sonrió, asintiendo.
Satoru tomó la mano de Suguru, sosteniendo su plato de galletas y caminando hasta la esquina donde el pequeño se acurrucaba sobre si mismo.
Satoru le sonrió, agachandose para estar a su altura.
—Hola, corazón, soy Satoru —dijo con cuidado— él es mi esposo, Suguru.
Megumi lo observó fijamente, pero no respondió.
—Me sobraron algunas galletas —dijo Satoru, extendiendo el plato hacia él.
El pequeño lo observó fijamente, no dijo nada, pero su mano se movió con rápidez, arrebatando una de las galletas.
Satoru sonrió, recargandose en el hombro de Suguru.
—No hablas mucho, ¿Verdad?
Megumi se tensó mientras masticaba la galleta, no se fue, pero pareció avergonzado.
Satoru extendió la mano, poniendola con cuidado en el cabello del niño.
—No hay problema —le susurró— no necesitas hablar si no quieres, toma tu tiempo.
Manami los miró fijamente, esperando una reacción negativa de Megumi.
Y aunque el pequeño se apartó del toque de Satoru, no salió corriendo, ni los insulto.
Se quedó en su lugar, escuchando como Satoru hablaba demasiado y Suguru completaba sus frases vagas.
Reconocía a una familia cuando la veía.
Y aunque faltaba mucho progreso, que Megumi se quedará era un avance para una posible mejor vida.