Casas de madera, gran parte de ellas hechas con madera de bambú; poca gente, granjas, perros ladrando, en fin, un pueblo pequeño, más pequeño que el de su propio origen. Mihai valoraba la paz y superstición de lugares como aquél. Muchos aldeanos lo veían con miedo o lo trataban con profundo respeto, cosa rara para alguien de su oficio. El viaje había sido largo, los autobuses solo llegaban hasta cierto punto, más allá se acababa el camino y comenzaba el bosque, y, mucho más allá, el valle con el lago que daba vida a esa localidad.
“Ni siquiera creo que tenga nombre”, pensó, “no aparece en los mapas, de no haber anotado las instrucciones, habría aparecido en cualquier lugar”.
En esa clase de lugares no habían estructuras políticas establecidas. “No hay jefe de la aldea, qué envidia”. Al no existir un protocolo, se dedicó a consultar por la familia de la niña enferma.
—¿Es usted el señor sacerdote? —preguntó un campesino bajo, calvo y de hombros anchos que no llegaba a los cincuenta años.
—Podríamos decirlo de esa forma —contestó él—, ¿sabe algo sobre esto?
—Claro, todo el mundo lo sabe. El demonio llegó como una fiebre y ahora se ha convertido en locura. —Hizo una reverencia a alguna entidad invisible—. Los dioses la protejan, pobre Fuku.
“Interesante nombre. Desafortunado, claro está”.
—Es terrible, sin duda —añadió por cortesía—. ¿Podría indicarme qué casa es?
El hombre señaló una de las seis casas de la zona y, luego de otras plegarias y buenos deseos, se marchó. El pueblo parecía más una calle, contaba con una avenida, por así decirlo, y en sus extremos se ubicaban las viviendas, tres en cada costado. Había otros edificios más grandes, Mihai asumió que debían ser almacenes para la comida o corrales para animales.
“¿Qué tanta comida pueden necesitar veinte personas?”
Avanzó hacia la construcción indicada y, apenas se paró frente a la puerta, el rosario musulmán (llamado tasbih) que llevaba enrollado en la mano izquierda le apretó ligeramente la muñeca, haciendo tintinear el par de medallones que colgaban de uno de sus extremos.
“Al menos es un trabajo real y no una fiebre”.
Iba a empujar la puerta, pero se dio cuenta de que ni siquiera era corrediza, sino que era una especie de tela que colgaba desde la parte superior del marco. Sintió un escalofrío al pensar en lo fríos que debían ser los inviernos en aquella zona sin electricidad ni puertas.
—¿Hola? —preguntó asomando la cabeza luego de mover un poco la cortina con el brazo derecho.
Al interior de la vivienda, una mujer rezaba junto a una cama, que en verdad eran mantas en el suelo. “¿Futón se llamaba?”. En la cama estaba recostada una niña, Mihai pensó que probablemente no alcanzaba los quince años, pero como estaba tapada hasta el cuello era difícil saberlo. Junto a la cabecera había inciensos que emitían oscilantes ondas de humo, las cuales se combinaban antes de llegar al techo para crear una especie de nube gris que parecía empequeñecer todavía más la casita.
—¿El hombre santo? —preguntó la mujer de unos cuarenta años, cabello negro y liso, pero amarrado en un firme moño esférico, vestía una sencilla y tradicional yukata de color marrón, su cara casi no tenía arrugas.
—Señora, necesito que apague esto de inmediato —sentenció señalando los inciensos—, también quiero que ventile su casa, no debería ser muy difícil.
La mujer, dubitativa al principio, se puso de pie y se llevó los inciensos, luego comenzó a correr cada cortina, por pequeña que fuese. Mientras tanto, Mihai se acercó a la joven. Se percató de que, bajo las mantas, la habían atado de manos y pies, además de que las colchas estaban sujetas al piso por pesadas piedras.
“Me imagino la desesperación de ver a tu hija enloquecida corriendo desnuda por los campos, pero esto es un poco denigrante…”. De todos modos, no le quitó las amarras, aunque sí movió las piedras y la dejó destapada. Estaba vestida con una túnica larga hecha de algodón, probablemente un camisón para dormir, lo cual le daba un aspecto casi fantasmal. El hombre sonrió ante la cadena de ironías.
“Creo que se puede salvar. Los pueblerinos hablan de un zorro demonio, pero perfectamente podría ser cualquier otra cosa… O no, quién sabe”.
Como no podía confiar en simples corazonadas, decidió su curso de acción. Se arrodilló y abrió el bolso de mano que llevaba para ese tipo de ocasiones, era muy similar al que cargaban los médicos antiguamente, cuando hacían visitas a domicilio. De su interior sacó una botella plástica que dejaba ver un líquido transparente en su interior.
“Un clásico infalible”, pensó mientras miraba menearse el agua bendita dentro del recipiente.
De la nada, una voz femenina que no era la señora lo interrumpió, ante lo cual el exorcista se sobresaltó. Una joven lo miraba con interés, su cabello claro evidenciaba que probablemente era extranjera, como él.
—Si insinúas que no soy competente para este trabajo, lamento decir que te equivocas —dijo todavía de rodillas en el suelo—, no, espera, en verdad no lo lamento. —En ese momento, el tasbih volvió a apretarle la muñeca, lo que provocó una pausa en su respuesta—. De todos modos, será mi honor mostrarte mis conocimientos.
“Esta mujer apesta a espíritus”, pensó, “¿será posible que esté vinculada a esto?, el mensaje solo hablaba de una niña poseída, pero podría ser un enjambre de demonios…”.
Sin mayor vacilación, puso cuatro platos blancos y hondos hechos de cerámica en el suelo,proporcionados por la madre, que los veía asustada desde el marco de la puerta. Cada uno estaba cerca de una punta del futón. Luego, vertió un poco de agua bendita en los recipientes y, crucifijo en mano, susurró palabras en un tono muy bajo y rápido como para ser escuchadas.
“Maldito Credo, es demasiado largo”.
Cuando concluyó, la superficie del agua en cada plato dejó ver pequeñas ondas que fueron creciendo con el pasar de los segundos. Mihai sonrió levemente.
—Las criaturas transformadas o que poseen un huésped no sufren daños ante el agua bendita —comenzó a explicar mientras veía cómo se alteraban las aguas—, sin embargo, su poder sagrado las obliga a mostrar su verdadera forma. —En ese momento, Fuku empezó a retorcerse mientras apretaba los ojos con fuerza y su piel se adquiría un tono ligeramente azulado—. Ya debes sospechar algo… ¡Tú también debes estar sintiendo algo!
Mihai rodó por el piso y quedó de rodillas en la otra esquina, cubierto completamente por su capa, exceptuando la cabeza y mano derecha, en la cual sostenía la cruz de madera que enseñaba a la recién llegada.
Emi había visto a muchos exorcistas trabajar antes, pero en su mayoría eran todos monjes o sacerdotes de su Japón natal, por lo que fue interesante poder ver algo diferente por una vez.
Además comprobó que utilizaba aparatos de distintas religiones, lo que no le hizo mucha gracia. Pero de todas formas, tenía que reconocer que, sorprendentemente, aquel chico sabía lo que hacía.
A medida que avanzaba el ritual, dudaba más la especie del espíritu que había poseído a la joven. Si no era un nogitsune, eso explicaría por qué Inari había decidido no interferir. De todas formas, Emi ya había llegado hasta allí, por lo que irse no era una opción.
Tenía pensado no interferir en los rituales del humano, por lo que observó con atención. Sus métodos eran muy distintos a los que estaba acostumbrada a ver, pero parecían eficaces.
Poco a poco, la niña comenzó a tomar un tono azulado. «¿Qué es eso?» Fue lo primero que le cruzó por la mente.
—Jamás había visto un yōkai de este tipo... ¿Cómo habrá podido llegar hasta aquí?—Comentó, sorprendida.
A pesar de todo, Emi se quedó en su sitio. Viendo al humano apartarse, sonrió. Puede que al final sus sospechas fueran ciertas, no estaba en condiciones de enfrentarse a algo tan poderoso. Al fin y al cabo, no era más que un mortal.
Observó el crucifijo de madera con curiosidad. Le hizo sentir algo de repulsión, no por el objeto en sí, sino por el significado que cargaba.
Evaluando la situación, decidió que era el momento de intervenir. Canceló la ilusión que le otorgaba su forma humana, y volvió a su forma real. Ahora, en la habitación, un zorro blanco de cuatro colas clavaba su mirada en el hombre extranjero.
A pesar de no saber a qué se enfrentaba, confiaba en que sus poderes fueran suficientes para expulsar al espíritu. Al fin y al cabo ese era su plan inicial, cuando todavía no sabía que tendría “competencia”. En el fondo estaba preocupada por el hombre, no quería que le ocurriera nada. Parecía una buena persona, al final se dedicaba a ayudar a los demás.
—Creo que va siendo hora de que dejes esto a los profesionales, mortal—gruñó—. Y aparta eso de mi presencia—miró con desprecio el crucifijo de madera—, aunque ya no le sirva, yo consagré mi vida al dios Inari, y aún le guardo lealtad.