Soy el accidente de mi padre
pero nadie le enseño a usar un condón.
Era antisexy para la mercadotecnia.
Soy la casi dueña de una perra blanca,
soy la nostalgia que se me clavo en el
pecho cuando estaba sola en los
columpios mientras los otros niños
Soy mi abuelo David Pérez cayéndose
de borracho en las peleas de gallos de la feria,
soy parte de su madera dura de roer,
de su madera de árbol viejo que se pudre
en una silla de ruedas sin reconocer a nadie,
como un árbol gigante que sobrevive sobre un lago.
Soy el rosario entre las manos de mi abuela,
ella que vivió con ese hombre,
soy esa vela al final del pasillo encendida
para la virgen de Guadalupe.
Mi abuela penetrada por una erección que lo mismo daba
erguirse para ella que para cualquiera de calle o la cantina.
Mi abuela pesaba sobre la conciencia de mi abuelo
como una pluma de canario.
Lo único que le dio peso fueron los 12 hijos que nadie
le ayudo a mantener y el rosario de cada noche:
Ave María sin pecado concebida,
que no le huelan los pies,
que se haya limpiado el sudor del trabajo,
que no huela al sexo de otra y me lo meta así