❝ Por lo general tampoco lo mío, pero tengo mis días. ❞ añadió antes de darle otro bocado a su almuerzo. Iñaki nunca había sido un muchacho problemático, tampoco en su época escolar, sin embargo el día que se levantaba con el pie izquierdo era prudente no jugar mucho con su paciencia. Tenía fama de ser impulsivo y no se la había ganado por quedarse sentado. En lo que respectaba a Iker, no podía ocultar lo honrado que se sentía con tener a ese pequeñín en su vida, ¿y por qué no alardear con toda la felicidad del mundo sobre la persona que le había devuelto la sonrisa? Era un niño muy inteligente, dulce en demasía y a pesar de que la paternidad fuese el trabajo más difícil que le tocó a lo largo de su vida, con simplemente sonrisa de su hijo el día se le iluminaba. . ❝ Sí, la verdad es que estoy más preocupado por el bienestar de ellos. Desde que empezó a ver películas de terror con sus primos está peor que nunca. ❞ viró sus ojos con diversión. En su última visita a su tierra natal los hijos de sus hermanos mayores se encargaron de poner al día a su pequeño primo sobre todas las películas tenebrosas en la cartelera, y lo peor de todo era que Iker no tenía miedo, por la que las miraba con muchísimo gusto. A medida que hablaba, sacó el teléfono de su bolsillo y lo deslizó sobre la mesa, dejando ver en su pantalla una divertida imagen suya con él como protector. ❝ Es una pulga con energizante, a veces ya no sé qué hacer con él. ❞ y era cierto que en situaciones lo sobrepasaba, porque los niños eran niños, y por más maduro que uno los creyese no dejaban de ser criaturas con miedos y necesidades, así como millones de caprichos que terminaban en lágrimas. Ante la mención de su madre, una media sonrisa amagó en sus comisuras, pudiendo dar como única respuesta un profundo suspiro. ‘Ojalá’ pensó, mas su respuesta fue distinta: ❝ No. ❞ negó suavemente, hasta que finalmente le devolvió la mirada a su interlocutor, ❝ Ella falleció cuando Iker tenía un año. ❞ le contó con ambos hombros encogidos, adoptando una postura más recta antes de seguir hablando, ❝ Yo tengo toda mi familia en España, así que vivo con sus padres porque ellos me ayudan con el pequeño así yo puedo estudiar. ❞ y gracias a la colaboración de ellos fue que logró recibirse de médico, sin su ayuda jamás hubiese podido lograr la mitad de lo que logró y por eso les estaba muy agradecido. Era extraño seguir refiriéndose a ellos como ‘suegros’ ya cinco años después de haber perdido a Sofie, sin embargo era Iker quien los unía a los tres, razón por la que nunca dejaría de considerarlos su familia.
—Ya. Entiendo —responde, con la mirada puesta en su plato de ensalada y sus comisuras ladeadas de forma sutil. — ¿Se debe de tener cuidado contigo de todos modos, entonces? —inquiere luego, como para hacerse una nota mental. Las peleas para Andreas son algo ya olvidado en el pasado, él no solía ser un buscapleitos en el sentido amplísimo de la palabra, más bien era alguien con las defensas siempre en alto, casi desafiante, lo que lo llevó a alguna que otra riña y un hueso desencajado, no mucho más. Sus ojos sonríen para él mismo y para los fantasmas del pasado tras él, ocultándose de los contrarios al enfocarse con extraña fijeza en su comida. —Me imagino que debe de andar intentando producirles un infarto a tus suegros, ¿no? —una sonrisa entretenida, su cabeza meneándose de lado a lado en un movimiento negativo. Cuando vuelve a fijar la vista en su compañía, sin embargo, se encuentra con una imagen poco agradable, a decir verdad. Es entonces que su entrecejo adquiere una arruga adusta y sus pensamientos una paranoia bastante típica en él; Es entonces que comienza a pensar en que, quizá, el moreno ha sacado su móvil porque prefiere evitarle, para dejar así de hablarle de manera paulatina. El alivio es grande cuando cae en la cuenta de su fantasía al verse a sí mismo yendo en busca del móvil y tomándolo luego entre sus manos, una imagen haciéndose presente y sus inseguridades, a la vez, ausentes. La observa con atención, tomándose su tiempo en cada detalle ( los cerúleos cristalinos del niño, su cabello rubio, la cadena del hombre junto a él ), sonriéndole a ella y la ternura haciendo mella en él. Pensando en que el pequeño debe de ser feliz, realmente feliz con el moreno como su padre. Preguntándose al mismo tiempo cómo hubiese sido su propia vida con… Eso, una presencia familiar cercana o algo así. —Es una foto preciosa —comenta, dándole una última vista y haciéndole entrega del aparato a su dueño. —Los dos lo son —agrega luego, asiendo el vaso y tomando del líquido de su interior. —Estoy seguro que no sabrías qué hacer sin él —corrige con énfasis, dedicándole una sonrisa furtiva antes de volver la atención a su almuerzo, importándole poco qué es lo que se está llevando a la boca. Las próximas palabras que salen de los labios contrarios lo hacen parar en seco y morderse los propios, semblante culpable. —Ah, mierda —suspira, soltando los cubiertos y reclinándose en su silla para así rehuirle la vista. —Lo siento, a veces no sé callarme, de verdad —confiesa, oyendo aún curioso qué es lo que tiene que decir—. Creo que ahora sí estoy invadiendo tu privacidad— y vuelve a su postura inicial, con una mueca plasmada en sus facciones. —Así que España. Dicen que es precioso, ¿es verdad?—cambia un poco el tema, queriendo parecer natural. —Para ser honesto, es el primer destino que quiero visitar a penas contar con el dinero necesario. Granada es el lugar elegido.