La dama de negro y el príncipe
Por la llanura campestre humedecida en una neblina caminaban la dama de negro, que era nigromante de nacimiento, y el hijo del rey. Un cortejo de esqueletos acompañaban su paso. Seríamos afortunados de hallar entero, con todos sus miembros, a alguno de aquellos horribles seres despertados del sueño.
La mujer llevaba puestas vestiduras negras y vaporosas, y en su cabeza un gorro también negro, de hebilla brillante y punta caída. Encabezaba la marcha sobre los altísimos pastos de los campos abandonados de Nah. En su mano derecha portaba un báculo tallado, de un material blanco. Material que seguramente no distaba mucho del hueso, y conociendo sus gustos, podíamos asegurar que el instrumento era de una peculiar rareza. En su otra mano sostenía una hoz con el mango envuelto en cuero negro y la hoja descuidada. Más que un arma uno podría deducir que era un artefacto ritual, los nigromantes eran muy conocidos por utilizarlos en sus conjuros. Unos pasos más atrás viajaba el joven príncipe, quien la juventud había otorgado toda belleza y madurez posible. Descansaba en una silla hecha de huesos, la cual los esqueletos de constitución más robusta se encargaban de trasladar y defender armados con cintos de cuero nacarados en mármol, espadas de oro y plata y yelmos grabados con extraños símbolos en tinta oscura.
Los cuerpos de los muertos se acomodaban en una formación de tres anillos concéntricos. Los esqueletos del circulo exterior llevaban atados a diferentes partes de su cuerpo pequeños cascabeles plateados. Instrumentos comúnmente usados en los hechizos de invisibilidad y camuflaje, y para repeler espíritus malignos. Los del medio se dividían en dos categorías, arqueros y guerreros, que que se intercalaban en orden. El circulo interno lo conformaban los guardias esqueleto que llevaban en sus hombros la silla del príncipe, en cuya parte inferior, si se miraba atentamente, se podía distinguir una jaula extraña y oscura de la cual no podía saberse lo que transportaba y que se agitaba de forma anómala. La nigromante de mueca nerviosa daba instrucciones desde el frente de la comitiva circular, permaneciendo atenta a los pastos trigueños que los rodeaban. Agudizaba vista, oído y olfato, vigilante.
La comitiva constituía un magnífico cuerpo de defensa, al menos, para los someros peligros que vagaban por aquellas tierras tranquilas…
—Tú no andas sin recaudo, ¿verdad Eddyn? —preguntó el muchacho siguiendo esta idea.
—No, su majestad —contestó ella sin apartar la vista de sus alrededores—. Debo estar alerta en todo momento. Como bien usted sabe, el peligro podría hallarse en lo más recóndito, en lo más ínfimo, en lo más inesperado. Si usted realmente me ha encargado su protección entenderá lo necesario que es esto —dijo, haciendo referencia a la cantidad ingente de guardias de hueso que había convocado —. Tal vez no sean de una gran sutileza, pero estoy segura de que pueden protegerlo, en caso de que surja alguna situación inesperada, donde yo no pueda intervenir.
—Si, lo entiendo —contestó él, que tampoco bajaba su guardia.
Había entendido lo que quiso decir
—La idea de la silla es una decisión inteligente —continuó diciendo—, de esta forma podré cerciorarme, en todo momento, que no halla moros en la costa. Pero me temo que lo tranquilo del campo, y la poca acción que tuvimos desde que abandonamos el castillo, adormecen mis sentidos — finalizó como para alivianar los ánimos.
Las mandíbulas de los esqueletos producían sonidos huecos al chocar con sus propios dientes. De vez en cuando alguno volteaba inesperadamente, dirigiendo la vista a un punto fijo.
—Trate de no quedarse dormido, su majestad. Mis ojos no alcanzarán para mantenernos a salvo —contestó con leve tono de reproche. También estaba cansada—. Los esqueletos nunca son buenos vigías, al menos en lo que a agudeza visual refiere. En la noche podremos descansar —dijo para calmar al príncipe. Ella sabía cuán nervioso estaba, porque sabía también cuan nerviosa estaba ella —, conversar, y observar el fuego. Entonces los guardias podrán hacer mejor su trabajo. Pero ahora le repito: debemos estar alerta, de lo contrario, nuestro reino perderá al único hombre que podría reconstruirlo.
La blancura de los esqueletos contrastaba enormemente con sus lujosas armaduras. Los pastizales, de color pardo y altura considerable, se mecían a intervalos irregulares a causa del viento que soplaba a la espalda de los viajeros.
—Admiro tu disciplina Eddyn, no recuerdo que tuvieras tanto… temple, cuando eramos pequeños —contestó el príncipe, meditando cuánto había crecido desde la última vez, y que diferente se encontraba, luego de tantos años sin saber casi nada de ella.
—Las personas cambian señor —contestó con cierta solemnidad—, el mundo las cambia.
-Extracto desconocido, Exonómio desconocido, Escriba sin nombre, Edad Anterior.