Mil veces muerto y mal enterrado. Pero al final va a ser que sí. Que se muere el Rock. Escribo el mismo día en que se despidió Lemmy Kilmister, el bajista más salvaje de las tablas, el que fundó Motörhead. Esa banda que quiso que fuera así, tal que si se mudaba al lado de tu casa, se secara automáticamente el césped de tu puerta. Se acabó el bourbon, Lemmy, adiós.
Ya no hay rock. Por una vez los críticos y entendidos tienen razón. Hay poco. Y el que hay a nadie importa. Ya nadie va a sentirse rebelde porque un beatle aparezca en la tele con un flequillo demasiado largo. Ya nadie pensará en que el mejor medio para cagarse en el puto sistema sea aprender a tocar la guitarra y escribir canciones que choquen contra el establishment, demasiado trabajo. Y por supuesto, nadie comprará discos de rock. Quiero que se me entienda: nadie que no ronde ya la cincuentena como mínimo, como yo. No hay bailes en donde competir con nuevos temas y riffs pegadizos. Ni tampoco -joder, hasta eso- las chicas beben los vientos por un batería, ahora se reparten entre el baladista con ojeras y alma atormentada y el nota con chandal brillante y gorra del revés, que no sé qué coño de música -o lo que sea- es la que se supone que hace o le gusta.
Yo sé que el mundo gira. Ahora, y aunque me cueste un poco aceptarlo, los únicos que protestan son los raperos. Y encima hay que darles el mérito de que usan la palabra y hasta intentar rimar. Son los únicos que, cuando cantan, consiguen que suba el pan.
Pero yo, qué queréis que os diga: echo de menos la actitud. Que no sé muy bien qué es, pero que la echo de menos, porque la he visto. Nunca la tuve, pero la he visto y he estado tentado de tenerla o de hacer creer que la tenía. Vivir a tope. Tener una pose. Coger una guitarra como un hacha -no como un instrumento- y encima hacerla sonar como un dios. Subirme a una moto enorme después del bolo. Beber bourbon y poner a tope el ampli. Llegar a casa a una hora imprecisa, no sabiendo si quieres café o caldo calentito. Habiendo disfrutado. Que no es lo que hay que hacer con una noche, sino con la vida entera.
Mis otras dos pasiones -el Blues y el Flamenco- me tienen más tranquilo. Los dos son más antiguos que el Rock, pero gozan de buena salud. Puedo irme en paz, porque sé que ellos me van a sobrevivir. Pero el Rock…. ¿Qué voy a hacer? ¡¡Si el palo de la bandera lo siguen sosteniendo los Stones y los AC/DC!! Si da ternura verlos, como queriendo evitar lo inevitable. Como una legión de veteranos queriendo seguir en el frente: Gilmour, Fogerty, Gibbons, Iron Maiden, Scorpions y otros giraron o grabaron este mismo año. Hasta Ringo Starr, si no me equivoco. Ya sé que hay muchas bandas y que sólo me estoy acordando de los famosos. Pero…
Quiero que el tiempo me quite la razón, pero estoy depre. Es fin de año y noto como si fuera el fin de más cosas. Ya no hay rock. Habrá -seguro- más discos y más conciertos. Pero muy pronto ya no habrá rock. Que me reten y me desdigan. Pero de hecho hoy mismo -ya- no encuentro por ninguna parte la suficiencia con la que Mercury llenaba un escenario, por grande que fuera. Nadie compone música y letras tan alucinantemente buenas, brillantes y aún hoy actuales como esa máquina llamada Lennon/McCartney. Nadie tendrá nunca la jeta de Jagger. Nadie se va a parecer nunca a Page con una Gibson entre las manos. Nadie estremecerá una sala atronándola como los Who.
Por suerte, tampoco ya los rockeros mueren jóvenes, como Buddy Holly, Richie Valens, Eddie Cochran o Gene Vincent.