Odio verla vivir así, atrapada en una tormenta constante que le desgarra las entrañas y la hace llorar.
Se esconde tras una inquebrantable voluntad que la destroza, el valor convertido en espinas que la asfixian, como una soga al cuello.
Mira su reflejo en el espejo y no ve que haya cambiado nada, todo su esfuerzo se deshace como la arena y se escurre entre sus dedos, está cansada de intentarlo, de seguir luchando y solo quiere enmudecer al mundo, a su propia cabeza que le grita, la juzga, la golpea y la obliga a seguir caminando sobre cristales rotos.
No hay paz para ella, ni una respuesta, ni siquiera consuelo, nada parece hacerla del todo feliz y se ahoga en la culpa por no apreciar lo que tiene y maldecir al cielo por lo que siente; seguramente el dolor en su pecho sea la única prueba de que sigue respirando, de que es real.
Porque todos ven lo que quiere que vea, mentiras bien susurradas por una cara bonita en un escenario preparado, no sabrás que has caído en el juego hasta que es tarde y te ha robado lo que necesitaba para poder seguir caminando, porque nadie le importa y al mismo tiempo todo la destroza.
No hay descanso para el pecador,no hay piedad para el impío y no hay salvación para el loco.
La muerte parece una dulce melodía para calmar a las bestias, pero siempre hay un poco más que arriesgar, un poco más que luchar, un poco más que forzar, ignorando el dolor en los pies que se desangran por los cristales rotos que se rehúsa a dejar de pisar, creyendo en una especie de salvación que nunca llega.
Al final solo queda ella y el ruido.