El calor de los alientos ya agitados se mezclaba entre beso y beso, nuevo oxígeno para las células que parecían encargarse de sintetizar las hormonas faltas para la escalada de lujuria que explotaba a su organismo. Orbes de ajenos se posaban en ellos, probablemente intrigadas de identificar a los pecadores sin importar el pecado que los uniese, pero rápidamente seguían camino, enfrascados en una copa antes que en el par de figuras ocultas entre las sombras que parecía querer memorizar el sabor de la piel contraria para reconocerla cuando las apariencias cayeran y el aire a realidad lavara su memoria. Los cuentos como aquel cambiaban con el pasar del tiempo, una situación de teléfono descompuesto donde cada relator agregaba y eliminaba a su parecer, marcando su estilo con el correr de las sílabas, en una tradición de la antigüedad olvidada hace rato con el estándar infantil que todos conocían. Pretendía ser quien reescribiera la historia. El lobo cenó a Caperucita, pero no había necesidad de un leñador que la salvase, un hacha que la arrancase del confín y la devolviese pura e inocente, cuando el propósito de la muchacha era ser comida. Bien se aseguraba de hacerlo cumplir. Pero no es suficiente, la necesidad de más es corrosión en sus entrañas y carcome la poca castidad que aún podría resguardarse en la seda roja con identidad propia. Los labios rubí se apartaron del incendio, siguiendo el recorrido curvo de la máscara clásica por su mandíbula, cual camino señalizado que la guiaba a la tersa piel del cuello masculino. Alentó su avance, depositando suaves ósculos que aumentaban su intensidad con el correr de los segundos, escalando hasta la succión cuasi vampírica como firma de sus trazos, marca de que su boca había estado allí y de que, ensimismados en libido, era suyo para hacer lo que quisiera y alentaba al tacto contrario a lo mismo, urgencia clara en sus dígitos aferrándose a la tela que se alzaba como única separación aún entre ella y el físico del fantasma.
Afrodisíaco que penetra en las papilas gustativas de un simple mortal. Degusta el sabor de los pétalos de la flor que decide ser arrancada para que él pueda apreciar su belleza. Le priva a los demás de sus colores, gracia, y se adueña de su esencia para retenerla entre sus garras, así, mantendrá oculto todo lo que se alberga dentro de su ser. Es un ser celoso por naturaleza, culpa a sus antepasados, pero desde épocas antiguas se ha visto que el hombre protege con recelo lo que adora. Entrega una porción de su alma en cada beso, gesto que permite demostrar que se alberga una pizca de humanidad en su ser. La manera en la que embonan es casi perfecta, similares a dos piezas de un rompecabezas que lleva tiempo incompleto. Coloca los dígitos en la porcelana ajena, acariciando con sus dactilares a la creación más bella de todas. Realidad o ilusión, es el momento para deshacerse de las reglas, cambiando de manera drástica la historia infantil. Toma un final inesperado, la Caperucita Roja se doblega ante el lobo feroz. No parece pedir clemencia, en su lugar, permite que el pecado que reina en su ser se apodere de ella. La flor va cambiando sus colores, se cierra, pero no por eso deja de ser bella ante los pardos del depredador. Delicado es el tacto que le generan los labios femeninos, una sensación que no es capaz de explicar en ese momento. La posee, es el momento para separarse, meditar, pero el raciocinio ya no forma parte de él. Pobre e inocente Caperucita Roja, el cazador no logró salvarlas del villano del cuento. La hunde en el mismo abismo en el que él se encuentra, porque sabe que la miseria siempre exige un poco de compañía. El calor de su cuerpo comienza a mandarle señales a su cerebro, pidiendo más que un simple beso. Las manos masculinas descienden en la anatomía de la hija de Afrodita, se posan en la blusa femenina, la tela es fina, pero él logra colocar sus manos sobre el manto que le impide profanar lo poco que le queda a la imagen de la pureza y bondad. Suelta un jadeo, el placer comienza a crear una llama en su interior. Ella, tan delicada, él, un ser que aprovecha de la noche para permitir que sus demonios salgan a jugar. Interrumpe los besos, porque la situación lo amerita, el momento es el adecuado, y le susurra al oído que necesitan más privacidad.Necesitan un espacio para que las miradas curiosas se queden con las ganas de saber que aconteció entre ellos, la manera en la que terminará el cuento que promete una victoria para ambos bandos.