Porque a veces el “diablo” no llega como un monstruo. Llega disfrazado de costumbre, de personas que te vacían, de noches donde te destruyes solo y dices “estoy bien”. Te alcanzó cada vez que dejaste de reconocerte por aguantar demasiado, por callarte cosas que sí dolían, o por convertir el cansancio en personalidad.

















