en ese momento román siente que vuelve al pasado, el retorno es violento y le sacude órgano rey. vuelve a una época en la que sentía todo demasiado fuerte— no cree haber dejado de hacerlo, después de todo, pero al menos había aprendido a manejarlo, a tener control sobre ello. no recuerda cuando fue la última vez que se sintió tan fuera de control, como si todo se le escapara como arena entre los dedos ( y si pudiese cruzarse alguna situación particular por su cabeza, la ignora, porque eso prometió ). mira a su alrededor porque, de pronto, tiene la necesidad de asegurarse donde está la salida más cercana ; por qué puerta puede huir cuando inevitablemente todo en su interior termine por derrumbarse. se recuerda a sí mismo llorando sobre la almohada, con el teléfono en la mano a la espera de una vibración que le devolviese el alma al cuerpo, y recuerda también, la nada misma. escucha su nombre, y lo siente tan lejano como cercano ; lo percibe distante en una montaña, y también acariciando canal auditivo como cuando la tenía entre sus brazos. román se lleva diestra a la mandíbula, contornea con fuerza intentando ablandar los músculos endurecidos a causa del estrés. la escucha cuestionar, y todo en su interior se revoluciona. sabe lo que aquello significa, sabe a donde los orilla esa inquisitiva, y sin embargo, no puede echarse hacia atrás. si sigue guardándoselo, va a ahogarse ; sin embargo, las palabras se quedan atoradas en su garganta. siente que no consigue una definición, que no puede interpretar verbalmente lo que su corazón siente en cada latido cuando se trata de ella. entonces, sin acobardarse más, moreno alza las manos para tomarla con cuidado del rostro, incluso si existe la posibilidad de que sea apartado con violencia. entreabre los labios para hablar, y por un instante agigantado, siente la necesidad de simplemente besarla y así hacerle entender. en su lugar, permanece allí, tembloroso y angustiado. “——— eres mi mejor amiga,” sentencia finalmente con un hilo de voz, y para él, esa es una confesión mucho más intensa que cualquier otra. quizás parezca poco, quizás sea mal interpretada por cualquiera que pudiera escucharlo, por cualquier testigo que se declarara mediador en un vínculo roto por la falta de comunicación. por tantos años, román no había sido capaz de pronunciar aquellas palabras, porque nadie nunca caló tan profundo para adueñarse de espacio tan delicado en su interior ; sitio al que le había puesto cintas amarillas, una escena de crimen que era incapaz de pisar, solo observar a la distancia mientras continuaba ardiendo eternamente. las lágrimas que intentaba contener se acumulan al borde de párpados inferiores y niega. ni siquiera cae en cuenta de lo que podría entender ella, porque a él le sale del alma. todo lo que componía a román le pertenecía a amelia melbourne: su nombre, su voz, su corazón, la sangre en sus venas y cada átomo que conformaba su cuerpo. y estaba dispuesto a extenderlo a la mujer que tenía en frente… si tan solo se lo permitiera. “yo no quería lastimarte, eleanora. no quería… dios,” exhala, traga con fuerza y arde. “te quiero tanto que es patético,” la vergüenza le pica con fuerza como la tela incómoda de un suéter que irrita el cuello, la espalda y los brazos. ¿cómo va a hacer eso cuando del otro lado el hilo no fue sostenido? se quedó solo en la pista. no es que le pese quererla, es que le destruye no haberlo hecho bien, no haberlo intentado más. pasa por alto la ambigüedad, la torpeza con la que se expresa al verse víctima de sus deseos y una oleada de emociones que se le mete por fosas nasales y lo ahoga ; que le irrita los ojos y los llena de lágrimas ; que lo arrastra por las piernas a las profundidades del mar salado. “——— no estaba jugando, ele,” reitera, allí la voz se suaviza / se quiebra, las cejas se juntan en gesto cargado de aflicción. entonces la toma de los hombros con sumo cuidado, como si fuese a lastimarla por accidente, y le pide amablemente toda su atención en dicho accionar: “por favor, dime qué pasa contigo. no puedo perderte”.