Ya no busco dejar huella como un acto simbólico. Busco que tenga sentido que el trabajo de mis huellas haya servido.
Que yo misma pueda mirar atrás, respirar y pensar que las huellas marcadas me han construido, incluso aquellas cuyo efecto aún no puedo ver.
En esas huellas me he estado construyendo, incluso en las amorfas, las impulsivas y las improvisadas, que acabaron llevándome a la búsqueda de un mayor orden y coherencia.
Ha pasado mucho tiempo de esfuerzo y, a la vez, siento que todavía queda demasiado tiempo por delante. Pero resulta extraño ver esas acciones concomitantes como algo agonizante, cuando precisamente el hecho de que aún quede tiempo es, o debería ser, una bendición.
Entre medias aparece la búsqueda de empleo, lo complicada que resulta mi profesión original, y me quedo con ese agobio al mirar los requerimientos de las ofertas y pensar que, en realidad, el trabajo que deseo es precisamente el último por el que he opositado.
He trabajado, he estudiado y, por priorizar la búsqueda de mi camino, he dicho que no a muchas cosas, a muchos planes, y he rogado paz en mi vida. Porque en los puentes entre etapas, como en el que estoy ahora, también hay soledad, hay rechazos, hay gente haciendo su vida y rechazando planes que ahora sí me nace proponer tras estar años sin permitirme tiempo libre. Y no sabes si corresponde a un rechazo genuino o, simplemente, a que cada persona ha seguido su propio camino.
He tenido que idear nuevas formas de sostenerme cuando las certezas faltaban, y dejar que algunas experiencias me rompieran y moldearan de nuevo.
Y se oye silencio. Y se oyen esperas. Entre medias, se siente un ápice de paz.
Y, sin embargo, conviven la incertidumbre y una confianza casi imperturbable en esta tercera vez.








