Casi ha pasado un mes desde que ya no estás,
desde que mi mundo se ha desmoronado
de una forma única y dolorosa.
El tiempo avanza, la vida sigue,
y yo me encuentro atrapado en una eterna pausa,
donde una falsa esperanza persiste,
convenciéndome de que esto es solo un horrible sueño,
una pesadilla tejida de mentiras.
Despierto y me doy cuenta de que no es un sueño,
que esta es mi vida, y no la quiero.
El sentimiento de culpa no disminuye ni crece,
solo permanece, un recordatorio constante
de todo lo que pude hacer y no hice.
El dolor, hay días en que lo soporto,
pero hay otros en los que se convierte en una herida
solo observar cómo mi sangre cae
y rezar por no perderme del todo.
Sinceramente, si aún no me he desangrado,
ha sido por ti, porque te prometí
que esto no me derrumbaría.
Sin embargo, hay días en que ni siquiera quiero salir de mi cama;
siento que nada vale la pena,
pero una promesa es una promesa.
Ya no me siento yo mismo;
soy solo el eco de un cuerpo vacío,
repleto de esperanzas, dolor y recuerdos.
Recuerdos que mi mente evoca,
recordándome que pude haber hecho más,
Las lágrimas recorren mi rostro cada noche,
cuando el silencio se convierte en tortura,
gritándome que ya no estás,
y con ello, he perdido un trozo de mí,
de mi alma, de mi vida, de mi sonrisa.
deseaba que se equivocaran.
Me desesperé al presionar ese estúpido botón,
con la esperanza de que todo fuera una mentira,
de que alguien hiciera algo,
lo que fuera, pero nadie hizo nada,
¿Recuerdas el relato anterior?
Seguramente no, jamás te lo leí.
Ese que hablaba de un acantilado,
donde ya no podía soportar tu peso,
pues todos ponían piedras en tus bolsillos.
Tus dedos se deslizaron de los míos,
y ahora estoy aquí, solo en ese acantilado,
sin ti, sin saber qué hacer.
No sé si debería usar mi mano libre para escalar
o simplemente quedarme ahí, inmóvil.
Me siento sin fuerzas, agotado,
como si cada día que vivo
fuera un día más en el que tú ya no estás.