@silasvernon
El teléfono vibra en el bolsillo del pantalón y, tras sacudirse lo ausente de encima, lo saca de un tirón y se lo queda mirando un buen rato. Al cuerpo lo percibe con una liviandad exótica, obra y gracia del porro y la cerveza, pero la cabeza y el correr del corazón en el pecho ciertamente acucian, no dan descanso: hace rato el estallido producto del corte en el caño de escape de una moto lo hizo dar un salto de sorpresa y desde entonces se siente bastante inquieto. Va haciéndose más notoria la tensión en el cuello y, hasta que no le tocan el hombro para que caiga de nuevo a la realidad de la cerveza extendida hacia sí, no deja de pasear la mirada en torno con el ceño profundamente fruncido. Da un trago, el líquido tibio lo hace arrugar un tanto la nariz. En realidad no está pensando, no ve ninguna cosa fuera de lo común (¿por qué la habría?) ni se siente particularmente hostil pero esas explosiones… nada. Ir por ahí es un sinsentido, además de que no tiene retorno ni fin más allá de cagarse la noche. Abre la notificación, un mensaje de texto llano de otro de los tantos Bjornsen que plagan Manhattan que le dice vi a ‘x’ en tal lado. Al instante sale para ese lado sin molestarse en dar muchas más explicaciones. La mayoría lo ignora, sólo un par lo miran; ya cualquiera que no esté hecho a la idea de que así es como se maneja simplemente se lo deja pasar. En el camino compra dos cervezas y al abrir la propia se da cuenta de que le ha empezado a doler la pierna. La puta pierna. A Silas se lo encuentra de espaldas, lo cual resulta provechoso cuando le pone una mano detrás del cuello y el brazo contrario alrededor de los hombros y lo tira hacia sí en un gesto hosco— Eh. ¿Qué no miras el jodido teléfono? —espeta, los dedos que presionan contra la nuca ajena un momento y luego lo dejan ir casi… arrojándolo—. ¿O me estás ignorando? —al continuar fija los ojos castaños en sus facciones con insistencia. Las cejas arqueadas en ese gesto de fastidio tan suyo permanecen así durante más tiempo del que la broma debería durar para no tornarse incómoda y al final termina dándole un empujón en el pecho—. Vamos —y le pasa la bebida—. Hay un tipo con un Dodge que es un puto orgasmo.
Silas había conseguido, en una de sus tan propias formas, olvidarse por completo de sus compañías y de con quiénes debía encontrarse, aprovechando, con una lata de cerveza en la mano, el momento en que pudo encontrarse con uno de los conductores de autos. Siempre está en la de motos, por ahí en algún lado.
Se llevan bien, más allá de obvias diferencias en tanto a la forma de vivir -que Silas simplemente ignora, las deja fuera de todo-, y hoy Vernon está especialmente maravillado de cómo conduce. Así se pasó un largo rato: olvidó que había venido con Adam, y también que debía encontrarse con Mick. Y el chico y su grupo lo invitaron a un porro y una cerveza y no le ofrecieron nada más porque ya es sabido que eso no le va, y luego siguieron mirando los autos, él chequeando los interiores, oyendo el rugido del motor. Así como siempre, se le fue el tiempo.
Se despidió sólo para ir al baño, y es volviendo de ahí que Silas siente una mano que lo agarra. Mira, dos ojos un tanto rojos que van a los ajenos, luego la risa que escapa de los labios. Cuando se lo saca de encima, mantiene el equilibrio y endereza la postura y se lleva las manos frente a la cara en posición de boxeo, juega a dar un gancho a la costilla, pero en realidad ni lo roza: —Adivinaste. Quería ver cuánto tardabas en venir a buscarme. —Y después de eso, se rasca la nuca. —Calculaba que un poco más —sigue, a pesar de la expresión ajena, y mira el reloj en la muñeca y todo.—, pero fallé.
Al agarrar la botella, la mira un momento antes de llevarla a los labios. —Gracias.
— ¿Apostaste? —Pregunta, al emprender camino.
















