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The Labyrinth at Chartres Cathedral
Device that emits the schumann resonance frequency (the frequency of the earth)
Chartres Cathedral was reportedly built beginning in 1145.
Almost a thousand years ago and it carries the same pattern.
Surface Tension (1992) by artist Rafael Lozano-Hemmer.
(via Pin auf We shall see)
John Christopher Jones, Design Methods
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György Kepes. Lichtenberg figures, 1951
LA MISION DEL CEREBRO NO ES QUE SEAMOS FELICES.
(en clave de Lacan)
"El deseo es la metonimia de la falta en ser."
— Jacques Lacan
"La misión del cerebro no es que seamos felices."
— Lucas Raspall /psiquiatra
El malestar no es un error
La frase de Lucas Raspall cuestiona una de las ilusiones más persistentes de nuestra época: la idea de que la felicidad debería ser el estado natural del ser humano. Desde una perspectiva científica, el cerebro no está orientado a producir felicidad constante, sino a garantizar la supervivencia. Sin embargo, desde una lectura inspirada en el pensamiento de Jacques Lacan, la cuestión puede formularse de una manera aún más radical: el malestar no es una falla del sistema, sino una condición inherente a la existencia humana.
Para Lacan, el sujeto nace en un mundo atravesado por el lenguaje. Y es precisamente el ingreso al lenguaje lo que introduce una pérdida fundamental. Nunca coincidimos plenamente con nosotros mismos, nunca obtenemos una satisfacción completa y nunca encontramos un objeto capaz de colmar definitivamente nuestros deseos. Hay una falta estructural que acompaña toda experiencia humana.
El espejismo de la felicidad completa
La cultura contemporánea suele presentar la felicidad como un estado alcanzable y permanente. Se la ofrece como una promesa: consumir determinados productos, alcanzar ciertos logros o desarrollar determinadas capacidades permitiría acceder a una vida libre de conflictos.
Sin embargo, el psicoanálisis nos enseña que el deseo humano funciona de otra manera. Cuando obtenemos aquello que creíamos necesitar, algo nuevo emerge en el horizonte. El deseo no desaparece al satisfacerse; se desplaza. Su movimiento constante es precisamente lo que mantiene viva la subjetividad.
Desde esta perspectiva, la felicidad absoluta no sólo resulta inalcanzable, sino que incluso podría equivaler al fin del deseo. Un sujeto completamente satisfecho sería un sujeto sin búsqueda, sin preguntas y sin movimiento.
El derecho a no estar bien
La lectura lacaniana de la frase de Raspall también permite cuestionar la creciente patologización del sufrimiento. No toda tristeza es depresión. No toda angustia es una enfermedad. No toda incertidumbre requiere una solución inmediata.
La angustia ocupa un lugar central en la teoría lacaniana porque revela algo de la verdad del sujeto. Allí donde las certezas se derrumban y los sentidos habituales vacilan, emerge la posibilidad de interrogar aquello que verdaderamente deseamos.
El problema no es sufrir. El problema es creer que el sufrimiento debería estar completamente ausente de la vida.
Del ideal de felicidad al encuentro con el deseo
Quizás la pregunta no sea cómo alcanzar una felicidad permanente, sino cómo sostener una relación más auténtica con el propio deseo. Mientras la felicidad aparece como un ideal homogéneo y universal, el deseo es singular. No responde a recetas ni a modelos predeterminados.
Lacan propone desplazar la mirada desde el ideal de bienestar hacia la pregunta por aquello que moviliza a cada sujeto. En lugar de preguntarnos si somos suficientemente felices, podríamos preguntarnos qué deseamos, qué repetimos, qué evitamos y qué estamos dispuestos a asumir como propio.
Conclusión
Leída desde el psicoanálisis lacaniano, la frase "La misión del cerebro no es que seamos felices" adquiere una resonancia más amplia. No sólo porque la biología no garantiza la felicidad, sino porque la condición humana misma está atravesada por una falta que ninguna satisfacción puede cancelar por completo. El malestar no constituye un accidente que deba ser erradicado, sino una dimensión constitutiva de la subjetividad. Tal vez la tarea no consista en perseguir una felicidad sin fisuras, sino en aprender a habitar el deseo, con sus búsquedas, sus contradicciones y sus inevitables incompletudes.
Quien lea entienda.