«Mentalidad soviética estadunidense: La satanización colectiva invade nuestra cultura», Izabella Tabarovsky.
A los rusos les gusta citar al escritor y disidente soviético Sergei Dovlatov, quien emigró a EEUU en 1979: «Solemos maldecir al camarada Stalin y, por supuesto, con justa razón. Pero yo quiero preguntarles: ¿quién escribió cuatro millones de denuncias? No fueron los temibles cabecillas de la policía secreta soviética quienes lo hicieron. Fue la gente común».
Los linchamientos de destacadas figuras culturales fueron parte fundamental de la cultura soviética de denuncia que permeó en cada oficina y cada edificio de vivienda. Quizá el más conocido de esos episodios comenzó el 23 de octubre de 1958, cuando el comité del Premio Nobel anunció que el escritor soviético Boris Pasternak había sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura, y de un jalón convirtió la vida del escritor en un infierno.
Desde que la obra de Pasternak: Doctor Zhivago fue publicada el año anterior (en Italia, debido a que el autor no podía publicarla en su patria), el Partido comunista y el establishment literario soviético empuñaron sus espadas hacia él. Para el establishment el reconocimiento del premio Nobel agregaba un insulto y una grave injuria.
En pocos días Pasternak fue el objetivo de una campaña pública y masiva de denigración. El prestigioso Periódico Literario soviético azuzó los ánimos con un artículo llamado “Condena Unánime” y una declaración oficial del Sindicato Soviético de Escritores (una poderosa organización cuya función primaria fue ejercer el control sobre sus miembros, incluyendo el acceso limitado a beneficios exclusivos y necesidades materiales básicas a las que ningún ciudadano común tenía acceso). Aquellos dos artículos comunicaban la percepción del sindicato de que “en vista de la hostilidad de Pasternak y de su desprecio por el pueblo soviético, el socialismo, la paz mundial y todos los movimientos progresistas y revolucionarios” él ya no merecía el distinguido título de Escritor soviético. El sindicato lo desterraba.
Días después el periódico dedicaba una plana entera a lo que era presentado como la demanda y lamento popular a propósito de la imputada traición de Pasternak. Reunidos bajo el gigantesco encabezado “Rabia e indignación, el pueblo soviético condena las acciones de B. Pasternak”, se encontraba una columna de condena, una acusación masiva hecha por un grupo de influyentes escritores de Moscú, además de enfurecidas cartas que el periódico alegaba había recibido de sus lectores.
La campaña contra Pasternak continuó por meses. Habiendo agotado la prensa central se trasladó a medios locales e incluso a instituciones fuera de los medios, con el escritor siendo reprendido en mítines políticos obligatorios, en centros de investigación, en universidades y en colectividades agrarias. Ni uno solo de aquellos que se sumaron al coro de denuncias había leído sus novelas. Obviamente (pues fueron publicadas en la URSS hasta 30 años más tarde). Pero aquello no los detuvo de vociferar y repetir los cargos inventados en su contra. Fue durante aquella época en que se acuñó el eslogan soviético: ne chital, no osuzhdayu: no lo leí pero lo condeno. Los perseguidores de Pasternak lo habían formulado incluso para protegerse a sí mismos: en contra de cualquier sospecha de haber estado en contacto con aquel material impío.
Días después de aceptar el premio Nobel, Pasternak fue obligado a declinarlo. Aun así, la satanización y el vilipendio continuaron sin disminuir.
Algunos de los más brillantes nombres de la cultura rusa fueron objetivos para el linchamiento y la condena, los compositores Shostakovich y Prokofiev, los escritores como Brodsky y Akhmatova, entre muchos otros. Los episodios de linchamiento podían durar meses o incluso años, destruyendo las vidas de las personas, su salud, e invariablemente su capacidad de crear. La brutal calumnia pública minó la salud de Pasternak, quien murió de cáncer tan sólo un año y medio después.
Pero la práctica del vilipendio no estuvo reservada sólo a los grandes nombres. Fábricas, universidades, escuelas, laboratorios, todos eran locaciones excepcionales en donde la colectividad se imponía sobre algún desafortunado colega quien, digamos, decidiera no continuar con las labores “voluntariamente obligatorias”, que como cliché soviético podían ser limpiar las calles los sábados, o contra algún científico que pensara siquiera en emigrar. El sistema exigía demostraciones públicas en torno a esas y muchos otros asuntos incluso políticos: maquinaciones e invenciones de ser reaccionario, imperialista, no estar en contra de las agresiones de Israel a los países árabes, apoyar el antisoviético movimiento internacional sionista. Era parte de la vida.
Twitter ha sido usado como una plataforma para ejercer demostraciones de condenas unánimes desde que ha existido. Innumerables carreras y vidas han sido arruinadas mientras muchedumbres iracundas atacan a personas por algún desliz en sus publicaciones o cuando publicaciones antiguas son extraídas y sometidas al escarnio público, juzgadas como deplorables e imperdonables. Pero no fue sino hasta hace un par de semanas que vislumbré con total claridad la similitud de esta cultura actual con las prácticas soviéticas de persecución colectiva. Quizás fue por lo específico de las profesiones y las instituciones culturales involucradas (y los específicos actos de los escritores reuniéndose para linchar y cancelar a sus colegas) lo que me rememoró aquella sórdida historia soviética.
El 3 de junio de 2020, el NYT publicó una columna que gran parte de su staff progresista encontró ofensiva y peligrosa. El autor, el senador republicano Tom Cotton, había llamado a utilizar la milicia para reducir la violencia y el saqueo que acompañaron a las protestas por todo el país en contra del asesinato de George Floyd. Los objetivos de la Condenación Pública le fueron alegremente colocados por el proletariado de Twitter, quienes encontraron gran placer en destruir en pedazos al otrora considerado por ellos mismo como periódico digno y noble.
El jefe de las columnas de opinión era James Benent, quien tenía la última autoridad respecto a publicar la pieza, aunque él no había supervisado a su subdirectora de ediciones Bari Weiss. A pesar de que Weiss no tuvo nada que ver con la edición o publicación de la columna, el 4 de junio publicó un hilo de Twitter describiendo la revuelta interna del New York Times como lo que ella denominó una “guerra civil” entre los “jóvenes woke que se autodenominan liberales y progresistas” y los “liberales mayores de 40″ quienes “se adhieren a los principios del liberalismo civil”. Ella atribuía la conducta de los wokes a la visión de “safetyism” con la que conciben el mundo, en la cual “el derecho de la gente a sentirse emocional y psicológicamente en seguridad se impone a lo que anteriormente eran considerados los valores centrales de ser liberal, como la libertad de expresión”.
Era únicamente la opinión personal de una periodista. Pero para los colegas de Weiss aquella no-halagadora descripción de la revuelta interna se sintió como un terrible ultraje contra la colectividad. A pesar de que Weiss no mencionó el nombre de nadie, ni en el bando woke ni en el bando liberal, sus colegas más jóvenes se sintieron y proclamaron violentadas y exhibidas. Ellas se unieron y atacaron de vuelta. Inmediatamente Weiss era trending en Twitter.
Conforme la furia de la runfla se iba encendiendo el lenguaje de la colectividad incrementaba también su nivel de estridencia. De violencia incluso. Goldie Taylor, escritor y editor en jefe en The Daily Beast, se preguntaba (en varios tweets ahora borrados) cómo era posible que a Weiss no le hubieran tumbado ya los dientes. Mientras las cabezas rodaban en el Times (James Bennet renunciando, y el encargado editorial James Dao reasignado a la sala de noticias), un miembro del staff demandaba que Weiss fuera despedida por ser una malhablada en contra de sus “jóvenes colegas” y por haber “insultado a todos nuestros corresponsales de guerra quienes sí han sufrido el reportar desde guerras civiles”. Por supuesto sin mostrar cómo es que Weiss hizo eso, fuera de sólo utilizar la frase “guerra civil” como una metáfora.
Mehdi Hasan, columnista de Intercep, azuzaba a sus 880,000 seguidores de Twitter, diciéndoles que sería muy “raro” si Weiss conservaba su empleo ahora que Bennet había sido removido. Sugería además que Weiss se había “burlado” de sus compañeras no-blancas. (No lo hizo). En tweets posteriores Hasan abundaba sugiriendo que defender a Weiss te convertía automáticamente en un mal antirracista. Todos esos tweets basados en una manipulada y sesgada interpretación de la publicación original de Weiss.
Todos aquellos que escapamos del sistema soviético portamos cicatrices causadas por la práctica de la Condena Unánime, habiendo sido víctimas objetivos o participantes de ella. Parte de ello es la razón por la cual los migrantes soviéticos somos a veces tan renuentes a cualquier expresión de colectivismo: porque hemos visto su más horrenda expresión en nuestra vida y en nuestros amigos y familiares y sus vidas. Es imposible leer las reprimendas y condenas que esgrimieron aquellos escritores soviéticos -de quienes Pasternak había sido amigo y mentor- sin sentir una vergüenza ajena. Vergüenza de ver tanta perfidia y falta de decencia ahí exhibida. Vergüenza de las calumnias y deformaciones de la verdad. Vergüenza del momentáneo y, ahora lo sabemos, mediocre triunfo de la mediocridad sobre el talento.
Es también imposible leerlo sin la molesta pregunta: ¿Cómo me habría comportado en sus zapatos? ¿Habría, yo también, sucumbido a la presión de la muchedumbre? ¿Habría, yo también, traicionado, condenado, tirado piedras? Solía estar agradecida de haber abandonado la URSS antes de que la vida soviética me hubiera puesto a prueba. Qué extraño y devastador darse cuenta de que estas “pruebas morales” están ahora frente a nosotros de nuevo.
En una cultura colectivista uno de los objetivos buscados con las condenaciones colectivas es el control, sobre el objeto del linchamiento pero también sobre la sociedad fuera de él. Cuando suficientes personas viviendo fuera de los linchamientos notan que el precio de la inconformidad es ser públicamente humillado, desterrado de la comunidad de “personas de bien” (otro cliché soviético) y ser cortado y excluido de todas las fuentes de ingreso, entonces los poderes tienen que trabajar menos para reforzar las leyes y reglas.
Pero aunque la política en la URSS era impuesta y ejecutada ampliamente por las autoridades, sería demasiado simplista imaginar que aquellos subordinados no tenían opción, y no que en realidad muchas veces la gente se sumaba gustosa y alegremente a estos rituales, obtuvieran o no alguna recompensa real o imaginaria, ya fuese para eximir heridas psicológicas propias e internas, o simplemente por obtener gozo del ejercicio de la crueldad sobre una persona que ha sido declarada un “legítimo objetivo de ataque de la colectividad”.
Según Olga Ivinskaya, quien era el amor y compañía de Pasternak por aquellos años, la embestida del Partido (encabezado por Jrushchov) fue sólo parcialmente responsable por la proscripción de Doctor Zhivago. El establishment literario tuvo un rol importante también. Releyendo sus memorias sobre las juntas en el Sindicato de Escritores, es difícil no sospechar que muchos de sus miembros estuvieron motivados no tanto por el miedo de represalias o por el fervor ideológico sino simplemente por conformismo y envidia. Algunos, supongo, no podían estar más felices de ponerle piedras en el camino a un escritor cuya novela (prohibida en el país pero publicada en el extranjero) estaba siendo traducida a docenas de idiomas y quien había sido galardonado con el premio literario más prestigioso del mundo.
Para la gente común (aquellos fuera de las prestigiosas instituciones culturales) participar en las versiones locales de linchamientos incluye sus beneficios subyacientes también. Puede ser la oportunidad de eliminar a enemigos personales, de deshacerse de alguien que es más exitoso, quizás el anhelo de obtener el puesto del vilipendiado. Puedes unirte a las condenas públicas en tu comuna vecinal, pensando que en cuanto echen a tu vecina la condenada, tú podrás añadir unos metros más a tu jardín.
Pero incluso en medio de este paisaje desolador hubo quienes se rehusaron a participar en este asqueroso ritual. Un puñado de escritores, por ejemplo, se negó a participar en satanizar a Pasternak. Y quizás sea karma o coincidencia que muchos de esos disidentes, quienes estuvieron fuera del establishment literario, son aquellos que continúan siendo apreciados entre los lectores rusos de hoy, mientras que los insidiosos, aquellos que traicionaron y calumniaron han sido olvidados.
Las runflas y muchedumbres que ejecutan las condenas unánimes de hoy no lo hacen siguiendo órdenes del gobierno. Pero eso no disminuye su poder de ejercer presión en aquellos bajo su influencia. Aquellos de nosotros que escapamos del colectivismo soviético entendemos estas dinámicas instintivamente. Han invocado aquel mantra de “no lo leí pero lo condeno” no sólo para protegerse a sí mismos sino también para recalcar la rigidez de ser parte de la kollektiv, sin importarles qué tan destructiva sea la siguiente acción en la agenda de la kollektiv. Se procuraron un grupúsculo de similares a su alrededor para crear su propia agencia, para ser una voz al unísono. Y es entendible: diluirse en la muchedumbre se siente mejor que pararse y mantenerse uno solo.
Aquellos que recordamos el sistema soviético entendemos el peligro de dejar que la práctica de la denuncia colectiva y anónima se salga de control. No hace falta imaginar un Stalin americano en la casa blanca para ver a dónde nos está llevando está maniobra de tolerar, normalizar y luego legitimar y hasta recompensar la asquerosa práctica de la condenación extraoficial.
Los estadunidenses han descubierto la manera en la que el miedo a la desaprobación colectiva cultiva y desarrolla la autocensura y el silencio, que empobrecen la vida pública y el espacio creativo. La doble vida a la que estamos siendo llevados (donde hay una creciente grieta entre la versión pública y la versión privada de uno mismo), eventualmente empieza a sentirse opresiva. Para una gran parte de la Intelligentsia soviética (artistas, doctores, científicos) el peso de llevar esa doble vida jugó un papel determinante en su decisión de emigrar.
Aquellos que se unieron a las hordas también tienen sus riesgos. Mientras más lealtad le juren a un grupo que espera que participen en rituales de condenación colectiva mayor será lo que pidan y pidan de ellos. Pronto serán controlados. ¿Qué tanta de la independencia como persona que piensa y siente están dispuestos a sacrificar por la agenda colectiva?¿Qué compromisos personales están dispuestos a hacer por el bien del grupúsculo? ¿A cuántas relaciones personales están dispuestos a renunciar?
Desde mi posición ventajosa este momento cultural en EEUU se percibe increíblemente precario. La práctica de la condena pública se siente como el síntoma de una cultura que abandona la individualidad y crea una sociedad opresiva y totalitaria. Sin importar cómo luzca esa sociedad; puede ser la Rusia soviética o el 1984 de Orwell o la Cuba castrista o la China de hoy, o una nueva y única sociedad totalitaria y estadunidense del siglo XXI, la caída de las instituciones y de los individuos para transformarse en runflas iracundas no es algo que nos podamos permitir.
Autor: Izabella Tabarovsky