(a kiss like medicine): sender is grieving and receiver is comforting them, in the midst of it all, sender kisses receiver.
Crosseyra veía las montañas alzarse y ondularse en el horizonte, lamidas por nubes flacuchas, húmedas por la brisa otoñal que circulaba entre los picos más altos del escarpado. El viento le revolvía el cabello del flequillo, sintió las lágrimas saladas del Arconte de Anemo mezcladas en él (mi dulce bardo, pensó la diosa) y pronto se preguntó si Barbatos percibiría también el llanto de la roca remecer la tierra bajo sus pies, más allá de los bordes que besaban Mondstadt y Liyue. Creyó que sí. Estaba segura que sí.
Se miró las manos desnudas por un segundo, contemplando la carne viva y la sangre que pulsaba en ellas. Jamás encontraría la manera adecuada para explicar la muerte sin la brutalidad de la mortandad, no a los mortales ni tampoco a los dioses. Todo el mundo clamaba un aquelarre con la pérdida, algo en el corazón de la gente se estropeaba. A veces nunca se recuperaban de la pena.
¿Pero qué hacer cuando no era una cuestión de la muerte, sino del juicio, del deber?
Miró a Morax. Se le desinfló el pecho de solo ver tanto su recipiente como su alma, el oro que brillaba inamovible en su interior cediendo y desdibujándose. Cross lo vio con claridad y aquello le quemó algo a la altura del escote. La mirada de Morax se hallaba perdida en las ruinas que Guili. Crosseyra había discernido esa mirada, en ocasiones, en borrachos que ya no podían levantarse de tanto beber y ya no tenían nada en la boca que tragar. Era la mirada de quien tiene la vista borrosa y la mente se abstrae en recovecos indefinidos, cansado de intentar entender la realidad, desairado, completamente ausente.
La diosa se acercó al Señor de Geo con lentitud y besó la piel de su frente. Cross lo había visto llorar una que otra vez, hace milenios, cuando todavía era un novillo destetado floreciendo en la adultez, un dios nuevo en un Teyvat nuevo. Sus dedos acariciaron su cabello marrón y sus elucubraciones hicieron el amago de agujerear el ensimismamiento de Morax, aunque Cross pensó que era en vano.
—Mi pequeño rayo de sol, todo lo aguantas con tu corazón de piedra, lo hiciste bien —susurró con dulzura, los labios pegados a su sien—. Vivo por el día en que la humanidad no necesite de sacrificios como el tuyo.
Sellar a Azhdaha en lo profundo de Nantianmen había tomado una parte del corazón de Morax, tanto así como la muerte de Guizhong le arrancó un pedazo enorme en el pasado. Había un límite (aunque Cross no terminada de saber dónde comenzaba y terminaba exactamente) de lo que un alma podía soportar en una sola vida. A veces tenía la sospecha de que Morax cruzó ese umbral y nunca volvería, y aquello la aterrorizaba.
En algún momento sintió los brazos lánguidos de Morax rodear su cintura. La apretaron contra su cuerpo y Cross creyó ver un destello de vida cuando su rayo de sol levantó el rostro y le besó los labios.
La tomó desprevenida, hundida en una oscilante amargura. No se apartó, no mostró rechazo alguno. La diosa cerró los ojos y correspondió esa muestra de afecto tan íntima con la persona que ocupaba tres tercios de su propio corazón. Había amor guardado para él en cada centímetro de su alma, por supuesto, y aunque dejó que sus manos recorrieran la extensión de su cuerpo a sus anchas, nunca se doblegó ante la ilusión de ser correspondida. Morax necesitaba todo el afecto y el confort que podía acaparar.
Se separó tras un largo y lento beso, apoyando su frente contra la del Arconte en un suspiro ciego.
—Sé que me necesitas —susurró sobre su boca—, también te necesito. Pero no es a mí a quien quieres. Lo sé bien, amor.
( @solidifaith ) ZHONGLI, ROYAL ROMANCE AND SPICE PART 2