Mi mamá dice que las personas que recuerdan de una manera muy clara su infancia fueron niños tristes, porque los demás –los felices- solo asumen que lo fueron y llenan su memoria de otras cosas.
En ella siempre tengo cinco, seis o siete años y estamos todos: mamá, papá, Anita, Maria y yo. Mi papá dice que va a la obra y yo pienso que es artista, ¡Mi papá es actor de teatro! Creo emocionada, así que practico todas las tardes mis monólogos para sorprenderlo, hasta que mi corta y nepotista carrera se ve frustrada al descubrir que su obra es en realidad una obra de construcción.
Entonces decido cambiar la actuación por la maternidad y me levanto a jugar con mi muñeca favorita, se llama Maria porque me la trajo el niño Jesús y de ponerle Jesusa le dirían Chucha y eso me parece casi tan desagradable como el dicurso de Ernesto Macías, ¿qué clase de mamá de cinco, seis o siete años sería yo si permitía ese maltrato?
Esos son los recuerdos que me gusta recordar para no hacer sentir mal a mamá, sé que tuve lo que Alejandro Ordóñez entiende como una familia en ella, sé que mamá y papá se amaron –aún lo hacen- pero un día mamá dijo que el amor tenía que ser algo más, y se fue, y nos fuimos, y lloró como lloran los valientes cuando hacen cosas de valientes ¿si sabes cuál es ese llanto? El de sentir que pierdes algo cuando en realidad solo estás ganando y todos se dan cuenta menos tú.
Aunque ahora que lo pienso un poco mejor recuerdo que mi cuarto tiene paredes rosadas –lo cual me da un motivo para considerar esta mi casa- y un ventanal vecino al jardín. Aquí las baldosas son blancas con manchas negras ¿o negras con manchas blancas? No lo sé, solo sé que en ella tengo cinco, seis o siete años y estamos todos: mamá, papá, Anita, Maria y yo, luego empiezan las peleas y de repente ya no estamos.
Estoy en el tejado y los vecinos asustados llaman a mis papás, espero que nadie este utilizando el internet porque las llamadas hacen que se caiga la conexión. Esos son los recuerdos que me gusta recordar para no hacer sentir mal a mamá, porque creo que tiene razón –como siempre-, también creo que no me gusta recordar, el jugo de piña o ser una persona triste porque ya no quiero tener cinco, seis o siete años y abrazar a Trompitas mientras lloro y me vuelvo actriz, mamá, trepadora de techos y quien sabe qué más para hacerme la que no se da cuenta de nada, pero lo recuerda todo.
El día en que llegamos aquí nos llevaron a piscina en el club, después de ese hubo muchos días de piscina y clases de tennis, natación o cualquier deporte que se nos ocurriera. También hubo comida sin sal porque el abuelo sufría del corazón, yo dije que me quería ir a vivir al frente, pero me dijeron que eso no era una casa sino un local.
Anita, Maria y yo llegamos en junio, mi mamá no sé cuándo, pero nos dijo que alguien compró la casa –sí, la que tenía paredes rosadas- y que ese alguien llegó a probar las cortinas -sí, compró las cortinas y después la casa para ponerlas-, pero bueno esta historia no es sobre eso sino de la fuente que nunca prendieron y de la biblioteca de la casa del abuelo.
Yo jugaba a ordenarla por colores, sacaba libros para que leyéramos juntos durante los fines de semana, durante la primera navidad sin él el gato me llevó a la biblioteca y cayó Mujeres de Galeano –que era el libro que en ese momento quería- supe que era el regalo de navidad del abuelo porque él hacía cosas así por mí, por ejemplo, meses antes de irse o de siquiera saber que estaba enfermo me dio un libro de gente que se muere y revive en cuestión de minutos, o algo así me dijo. Igual yo nunca lo leí porque creí que de no hacerlo no habría spoiler y él no se iría nunca o por lo menos no sin volver.
En esta casa busqué al abuelo cuando estaba en segundo porque las niñas del salón decían que el libro que nos habían mandado era muy difícil y leímos juntos el tal Principito, ese día el abuelo me explicó que los libros de “niños” no existen, que lo único que existe son los libros para adultos tan perdidos que necesitan dibujos.
También estaba la fuente que nunca vi encenderse, era de un niñito cargando una sombrilla, un jardín inmenso y claro la sala de televisión porque el abuelo decía que los televisores en los cuartos separaban a las familias así que era mejor tener una sala para ver tele juntos.
Cuando el abuelo dormía su siesta yo me quedaba en la sala de televisión haciendo maromas para alcanzar la foto de mi bisabuela Maria Elisa, a la que una vez mi tío abuelo Luis le regaló un orangután. La foto estaba en un mueble viejo junto a muchas otras cosas que no recuerdo y que seguro eran inútiles, pero estaba ahí en la sala de televisión donde me enteré que Juan Pablo II había muerto, también hice mi piñata de 15 en la que fui tan afortunada que mi tío abuelo Luis me regaló una foto de la mujer a la que alguna vez le llevó un orangután.
En esa casa me reventé la cabeza bailando, comí cazuelas de mariscos y hayacas. 12-06 decía en la puerta de la casa del abuelo, la casa donde no podía pasar nada malo, salvo la vez que él le dijo reina a mi prima Alejandra -cuando la reina era yo- y obviamente le reclamé, pero de resto, no pasaba nada malo.
Yo nunca he estado en Santorini, aunque creo por lo que he visto en Instagram que debe ser lindo, pero te diré que es insuficiente si lo comparas con el río Pamplonita y el malecón como vista, sus atardeceres podrán ser lindos, e igual nunca serán dignos de compararse con uno cucuteño.
¿Sabes que será lo más irónico? Que esta será la menos lujosa de las tres, llegará a mí en mi cumpleaños número ocho, recordaré que la casa estaba casi vacía porque no teníamos mucho y eso estará bien porque hará más cómodos mis juegos con las Barbies, pasaremos de ir a piscina al club por ir al colegio, ¿Por qué si estamos de vacaciones nadie me explicará qué hago en un colegio? Bueno, de pronto esto será como la canción de Rugrats adolescentes que dice “Pero sigo en la escuela me siguen educando, pero para mí es estar como vacacionando” entonces creeré que no debo tomarme el colegio tan en serio. Y no lo haré aunque el tiempo pasará y llegaré aquí a dormir luego de mi primer beso, mi primera borrachera y muchos primeros más.
Será mi casa, mía, de mi mamá, de Anita y Maria, donde volveremos a ser una familia, reconstruiremos nuestra vida, donde me asomaré por la ventana para decirle a mi mamá que leeré las estrellas y en ellas el futuro cuando sea grande, donde pelearemos con un vecino cura y su novia, donde Pedro nos ayudará con las bolsas del mercado, donde vivirá Donatella nuestra tortuga que aún no tenemos.
Ahora me doy cuenta del por qué el abuelo nos dirá lo que dirá y eso estará bien, porque en este lugar el abuelo nos dejará claro que no importa lo que pase porque aquí siempre tendremos donde volver y podremos jugar a conjugar la vida en futuro.
Nirvana era la contraseña del computador del abuelo, hoy me he acordado de eso y quería decirte que tú eras, eres y serás mi nirvana. Discúlpame por este interludio, no significa que ellas hayan sido más importantes que tú, pero sí que no sé hablar de ti porque nadie podría entenderlo, aunque podría contar sobre cómo de ser la casa 3 te convertiste en el número 5, no recuerdo el primer viaje hacia ti, pero sin querer queriendo me aprendí el camino y también sin querer queriendo lo llamé camino acaso. Eres, eras y serás austera, sencilla, casi una casa más del pueblo, podrías parecer insignificante y aun así eras, eres y serás todo. No puedo hablar de ti, porque para que alguien me entendiera tendría que haberlo sentido y nade sabe lo que uno siente más que uno, entonces todo lo que podría llegar a decir es mediocre.
Cambio todas mis rumbas, por un fin de semana otra vez en ti, al lado de los abuelos. En el lugar en el que tenía mi propio rosal y le llevaba ramos de rosas bebés a mi mamá, un árbol de naranjas que nunca supe calcular el momento indicado para cortar, un viejo y oxidado sube y baja en el que supongo alguna vez jugaron mi mamá y mis tíos, las sillas de mi bisabuela Maria Elisa, una chimenea que nunca vi encenderse, chocolate caliente todas las mañanas, el cuadro de Rasputín que el abuelo quitaría después porque a mí me daba miedo y sobretodo eso, los tenía a ellos.
A la derecha estaban Ramiro y Clemencia con su perrito Milú, su casa era grande y de dos pisos, ellos eran dos viejitos “rebeldes” porque tenían su césped más alto de lo que el manual de copropietarios permitía. Yo iba a su casa luego del almuerzo y llevaba el libro de filosofía que me había regalado mi abuelo y hablábamos sobre lo que yo había leído, ellos llegaban muy tarde y una vez me puse a tirar piedritas en el laguito que tenían, después me enteré que al parecer alguien se había metido a su casa y había matado a muchos peces de ese laguito. Nunca les pedí perdón.
A la izquierda estaba Bertha que era todo lo contrario. Bertha y su esposo, Gabriel, se habían conocido en la Universidad Nacional donde ambos estudiaron economía hace muchos años. Gabriel y Bertha tenía muchas cosechas, también tenían dos hijos es más me acuerdo que una vez uno apareció como extra en Tú Voz Estéreo.
Bertha rezaba mucho y al frente, en el bosque, había una estatua de la virgen a la que yo la acompañaba a ponerle flores. Esa virgen debería dar con mi casa, pero daba con la de ella y todos sabíamos que había aprovechado que Gabriel era el presidente de la corporación para que eso quedará así, pero nadie le decía nada.
Ella era muy buena conmigo y creería que con todos, aunque me hacía rezar rosarios. Yo siempre iba y me quedaba con ella hablando horas, una vez le mostré la versión “gomela” del Padre Nuestro y me regañó. Le dio cáncer y le dije que no se preocupara porque ahora todas las famosas se rapaban y que seguro se iba a parecer a Britney.
Murió cuando yo estaba en quinto y en su misa Gabriel me dijo que se nos había ido, recuerdo que lloré porque Bertha era mi amiga (aunque rezar el rosario con ella me diera mucho sueño), a mí me gustaba cortar flores junto a ella o ir a su cancha de tejo -aunque yo no supiera jugar tejo y nadie allá jugará tejo-.
Ellos eran mis vecinos: Gabriel, Betha, Clemencia y Ramiro. Nosotros llegábamos los sábados luego de comprar helado de tres leches en la Fuente de Soda: Don Pedro que atendía victoria y se llamaba así por su esposo pedro, después íbamos por pan a la panadería Rolón que quedaba en el parque central de Chinácota y al final llegábamos a ti, yo habría unas llaves que supuestamente daban agua y luz, luego el abuelo me ponía a leerle en voz alta, comíamos hayacas con chocolate, yo acompañaba a Yolanda y mi tía a hablar aunque siempre contaban lo mismo: Anita de Labrador se cayó, o Pepito y Pepita cumplieron 50 años de casados.
después me iba con el abuelo a ver sábados felices y me acostaba con la luz prendida porque me daba miedo la oscuridad, el me apagaba la luz y al otro dia despertaba, iba a ver mis flores, acompañaba al abuelo a caminar, escuchábamos a dina Uribe y me decía que le sorprendia que yo pudiera tocar la punta de mis pies con mis dedos, iba a piscina, veía the simple life, almozabamos, iba a robarle flores a los vecinos con mi tia, tomabamos más chocolate y nos íbamos. No suena como nada muy especial pero todos esos fines de semana marcaron mi vida, mientras el abuelo me daba Semana y mi tia una revista de Vanidades.