Las Cosas de Él y de Ella. - Al desnudo.
Después de un tiempo, una “seguidora de tumblr” @pleasantdreamlandtaco me dijo que subiera una parte de esta saga en la cuál, los protagonistas son Sucrette y Castiel. Una relación diferente, diálogos reales del juego, modificados, con puntos de vista diferentes, cosas sacadas de mi imaginación y una Sucrette más avispada y directa.
En fin, os traigo un capítulo inspirado en el episodio 18.
Espero que lo disfrutéis.
Estaba un poco sorprendido cuando Peggy vino a buscarme. No me relacionaba para nada con ella y no me caía muy allá, era como muy metiche hasta para mí…
Es cierto que Sucrette es muy similar en algunas cosas, es metiche, pero ella lo hace con buena intención, así que, no me molesta demasiado, tampoco es tan absurdamente pesada como Peggy... después de todo era ella, era Sucrette. Y, Sucrette, tenía sus ventajas conmigo, por eso, no me importaba demasiado que ella viniese a buscarme, pero Peggy....
Resulta que quería que nos reuniésemos todos los alumnos en la clase en la que me encontraba, cuando se empezó a llenar del todo comencé a sentirme presionado porque al final ganó la opinión popular y me vi envuelto en el desastre.
El problema es que, no era mi mejor momento, así que tuve que volver a clase porque resulta que se había escapado de la caja y me habían encargado ir a buscarlo, y me la encontré, con una pequeña entrometida que se puso realmente pesada con el hecho de acompañarme.
- No veo ningún conejo- dije, frustrado, rebuscando por cerca de la mesa del profesor.
- Quizás esté escondido- dijo ella, sonriendo.
Rebuscamos un rato por todo el salón, pero no había gran cosa, ni rastro del estúpido conejo, había sido una auténtica mierda. Ella sonrió, mirando por toda la habitación, para relajarme y que no perdiese la confianza.
Intenté ayudarla, aunque, unos pasos que provenían del pasillo, me alerté enfadado.
- ¡Maldición!- gruñí, quejándome por mi desgracia. –Si nos pilla un profesor, ¡vamos a pagar por todos!
Mi tono de voz fue bajando, no quería que nos descubrieran y no pensaba pagar el pacto por todos, y una mierda. Ni aunque me matasen. Tomé el brazo de la chica y la escondí lo mejor que pude, junto a mí, pegados, no pensaba tampoco dejarla ahí al descubierto.
Su aliento chocó contra mi pecho y, el estrecho hueco que había entre la estantería del material y el armario nos ocultó lo mejor que pudo. Ella no hizo ningún sonido, solo la noté tensa sobre mi agarre, sin embargo, se mantuvo tranquila en todo momento.
El silencio invadía la sala y entonces, el sonido de la puerta cerrándose con llave.
Corrí hacia la puerta, gritando, no había nadie y por encima estábamos encerrados en el laboratorio de ciencias. Era lo que me faltaba para que mi día mejorase.
- ¡¿Estamos encerrados?!- preguntó ella, sorprendida y saliendo del hueco detrás de mí.
- ¡Esto solo te pasa a ti!- grité, enfurecido.
- Te recuerdo que tú también estás aquí.
Ella cruzó sus brazos sobre su pecho, con el ceño fruncido.
- ¡Esto me pasa porque estoy contigo! ¡Maldita sea!- me quejé. –Este profesor es increíble. ¿No se le ha podido pasar por la cabeza comprobar si hay alguien en el aula antes de cerrar?
- De todas formas, tú nos escondiste, no iba a encontrarnos.
Ella tenía un punto, sin embargo estaba molesto.
Estaba encerrado en el aula y tenía cosas que hacer, sabía que no debía haberme envuelto en esta absurda situación, siempre termina pasando lo que pasa, después de todo, Sucrette siempre se ve envuelta en cosas como estas.
Un ruido resonó cerca del escritorio irrumpió nuestro concurso de miraditas.
- ¡Oh, mira!- dijo la chica, correteando hacia donde se encontraba el conejo. -¡Es el conejito que veníamos a buscar! ¡Al final sí que estaba!
Recogió el conejo entre sus brazos y sonrió dulcemente.
- Genial… ¡estoy encerrado en el aula con una niña y un conejo!
- ¡Desfoga tu mal humor con otra persona!- gruñó mientras le abrazaba dulcemente.
- ¿Y con quién quieres que lo haga?- gruñí también, a su respuesta. -¿¡Con el conejo!?-
Mi voz fue tan fuerte que vi al conejo asustarse entre sus brazos. Aprovechando la longitud de su túnica se escondió debajo de su ropa…
- Ah…- dijo, al sentir aquel bicho en su piel, mi ceño se frunció más. -¡Socorro!- gritó toqueteando su cuerpo. -¡Me estás arañando!
Sin pensárselo dos veces, bajo mi atenta mirada y mi mala leche, Sucrette comenzó a removerse inquieta, y, sin demasiadas neuronas en su cabeza, lo hizo.
Maldita sea, este no era el plan. Yo no tenía pensado verla sin camiseta de este modo, y jodida mierda, se quitó la puta camiseta sin pensárselo nada, maldita sea, ella estaba en sujetador, un sujetador color chocolate con algunas flores de adorno que le quedaba estupendamente bien.
Estaba desnuda conmigo en una habitación cerrada y a solas. Su camiseta se encontraba entre mis manos y yo no podía creerme la escena. Ella semidesnuda, con el conejo agarrado por la piel de su cuello, yo mirándola y con la camiseta en la mano.
Y lo malo es que se podía malinterpretar y lo peor es que no estaba haciendo nada aposta.
- Pero… ¿qué haces?- gruñí sin entenderlo y sin saber que decir.
Nos observamos durante varios minutos y ella pareció pararse a pensar el hecho de estar en ese sujetador tan ajustado, rebelándome su piel tersa y pálida, una vez más, como en la playa pero más íntimo. No sabía que decir, y tampoco tenía claro cómo actuar.
Las puertas se abrieron antes de que ella pudiese hablarme, que se la veía con intenciones de contestarme.
- Pero… ¡¿qué es todo esto?!
Ella estaba completamente roja y, a pesar de que me costó dejar de mirarla, vi a Farres, flipando intensamente por la escena, no me di cuenta de que estaba completamente azul por esta estúpida mierda.
El profesor, totalmente aturdido, dio dos pasos hacia atrás.
- No es lo que usted cree…- intente justificarme, ahora rojo hasta las orejas.
Volvió a retroceder, pálido como la nieve, parecía que estaba completamente enfermo, yo no podía creérmelo, habíamos sido malinterpretados.
- Yo no he visto nada- dijo él, saliendo y sujetándose la cabeza sin poder dar crédito de eso.
Sucrette y yo nos miramos, avergonzados.
- ¡P-pervertido! ¡Es tu culpa!- me quitó la túnica de las manos, luego de arrojarme al conejo con un rubor tan grande y unos gritos tan claros que me dejaron realmente fuera de mí.
¿En serio? ¿Me estaba echando la culpa? No podía creérmelo.
- ¿Mi culpa?- tartamudee, entre enfadado y confuso. –¿¡Me tomas el pelo!?- grite alucinando. –Yo no te he obligado a desnudarte, que yo sepa.
Ella se sujetó la cabeza, realmente llena de tonterías, al menos eso creía yo. Mi mal humor desapareció. Sí, tenía un milagro enorme entre sus manos, la capacidad de, con su sola presencia, hacer que cualquier acción que realizase me pusiese del mejor de los humores.
- Oh dios mío…- dijo ella, más pálida que de costumbre. Estaba linda, pero no iba a decirlo. –Si Peggy se entera de que he estado contigo encerrada y en ropa interior…
Ella dio vueltas por la habitación y en mi mente divagó el pensamiento de volver a tenerla en ropa interior, a solas de nuevo, sin interrupciones, en otro contexto y, sobre todo y más importante, entre mis brazos, tocándola.
Sonreí, al menos me metería con ella.
- Bueno…- sonreí. –Piensa que hay algo positivo en toda esta historia…
- ¿Ah sí?- dijo, a la defensiva y angustiada. -¿Y qué?
- Ya puedo llamarte tabla de planchar.
Introduje la mano izquierda en el bolsillo, coloqué el conejo bien con mi mano derecha y me reí. Menudo espectáculo, que divertido. Salí del aula, tranquilamente.
Ella no dijo nada, y estaba bien que no lo hiciese, pero desde luego estaba partiéndome demasiado. Y había algo que no le iba a decir, de tabla de planchar nada… y eso era lo positivo.
Silbé más contento que nada y caminé hacia la salida, a soltar al maldito conejo.
Había decidido pasar por el club de baloncesto, el mío, y hacer algo en concreto, como no sé, limpiar, recoger u otras cosas, lo que los miembros me pidiesen, también me apetecía intentar tirar unas canastas, así que en todo el tiempo que estuve correteando por el gimnasio con mi ropa deportiva, sude un montón.
- Genial, Sucrette, ¡lo has hecho increíble!
Sonreí ampliamente y me senté en el suelo, algo agotada sí que estaba, lo suficiente como para tirarme y no levantarme en un buen rato. Dajan me dio unos ejercicios para estirar y relajar los músculos al finalizar el deporte y me quedé allí, realizándolos completamente tranquila.
Estaba deseando darme una ducha, secarme, ponerme la ropa e irme a casa a descansar un rato.
Me acosté en el suelo, para finalizar los ejercicios, poniendo las piernas apoyadas en la pared y el culo pegado también, mis piernas fueron abriéndose y estirándose hacia su lado concreto, dejándome allí apoyada durante cuatro minutos. Y finalmente, me estiré los brazos para irme a la ducha con una sonrisa, viendo como Dajan continuaba su entrenamiento.
Me desnudé, entré en la ducha y me relajé.
El tiempo pasó rápidamente con el agua caliente empapándome, que relajante.
Y salí, secándome y comenzando a vestirme, me subí los vaqueros y luego me abroché el sujetador, solo me faltaba encontrar mi camiseta, ahora que estaba al aire, tenía un poco de frío porque había estado sentada y envuelta en mi toalla mirando el móvil, básicamente, perdiendo el tiempo y el calor corporal que había cogido con el agua.
- Hostia- sentí una voz ronca y divertida.
Giré mi cuerpo bruscamente.
Allí estaba, Castiel sonriendo y apoyado contra la puerta, estaba sonriendo divertidamente, el muy capullo estaba disfrutando del espectáculo. Otra maldita vez, Castiel estaba allí, viéndome medio desnuda, ¿se iba a hacer costumbre ahora que nos encontrásemos así?
- Deberíamos dejar de tener encontronazos así- sonrió divertido.
Esto era impresionante, ni siquiera se le veía apenado, en cuanto a mí, poco más y me daría un chungo enorme, desde luego que iba a dármelo. Iba a venir hasta la ambulancia a recogerme porque no iba a sobrevivir a esto.
- ¡FUERA!- Mi voz se puso aguda por los nervios.
Y era costumbre que él se riese de mí.
Sabía que estaba al borde del colapso, ya estaba pasando las fases, apretando mi cabello con fuerza, con la voz más aguda de la que podrías imaginarte y mi cara al completo llena de un rojo pasión que empezaba a cubrir todo mi cuerpo, parecía que su pelo era más claro que mi cara.
- Pensaba que ya nos teníamos confianza- bromeó. –Después de todo parece que coges la costumbre de desnudarte delante de mí.
Mi cuerpo tembló ante sus palabras y me obligué a cerrar la boca.
Retiré mis manos, que querían permanecer retorciéndose el pelo y ocultando mi sujetador, que ya debería de estar un poco más curada de espanto. Corrí al banco a coger mi camiseta, para ocultar mi cuerpo de una vez por todas y que dejará de mirarme así.
- Este es el vestuario de las chicas- gruñí, mientras me metía en la prenda de una vez por todas.
- La verdad es que no hay demasiado que ver, así que, no tienes porqué estresarte tanto, ¿sabes?
- Pues tú no me quitabas ojo de encima.
Le metí el zasca, dispuesta a pelear con él, sin embargo, él solo sonrió con cierta diversión y camino hacia mí.
A centímetros de mí, nos quedamos observándonos fijamente, estaba cerca, muy cerca, hasta me daba miedo desviar la mirada hacia abajo, cruzarme con sus labios y caer en una tentación o que él se confiase y me besase.
No sabría cómo reaccionar, así que, me paralicé y continué mirándolo a los ojos.
- Vete antes de que me desnude y te desmayes de verdad.
Mis mejillas se recalentaron completamente.
- Ni que hubiese tanto que ver.
Retrocedió, se quitó la chaqueta y la arrojó al banco del vestuario de chicas y a punto de subírsela, mi cuerpo dio un tembleque muy molesto, tenía que ganar este asalto.
- De verdad que tenemos que dejar de desnudarnos- dije un poco nerviosa. –Y además, deberías dejar de intentar llamar mi atención, ya te lo he dicho, lo único impresionante de esta sala soy yo y el hecho de que un poco más y la baba que has soltado llega a mi casa.
Guiñé un ojo y salí pitando.
Un poco más y creo que hubiese sacados los banderines para animarle a sacarse la camiseta, y no quería babear más que él.