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Mientras caminaban por la ancha acera en dirección al Palacio Imperial lo que más le preocupaba a Akio era encontrar dónde plantar el saco de lágrimas que llevaba a rastras. «¿Funcionarán las fuentes cuando llueve?», se preguntó disperso. ¿Por qué se le habría ocurrido la idea de las fuentes? A los pocos pasos se percató de la metáfora material que entrañaba su hilo de pensamiento.
El impermeable mojado de la chica, a la que rozaba en el apretado espacio bajo el paraguas —distanciado e insensible, por supuesto—, tenía el tacto de un reptil. Lo sufría, obligando a su mente a llevar el retruécano a su lógica conclusión.
Fuentes bajo la lluvia, sí; enfrentaría las lágrimas de Masako a las fuentes. Hasta Masako encontraría la horma de su zapato allí. En primer lugar, las fuentes eran del tipo que recicla sin fin la misma agua, de manera que la chica, cuyas lágrimas se desperdiciaban, difícilmente podría competir con ellas. Un ser humano poco podía hacer frente a un sistema de recirculación, seguramente se rendiría y dejaría de llorar. Entonces podría deshacerse de aquel aborrecido petate. La única duda era si las fuentes seguirían funcionando como de costumbre bajo la lluvia.
Akio caminaba en silencio. Masako lo seguía dócilmente, sin dejar de llorar, bajo el mismo paraguas. De modo que, por muy difícil que fuera sacudírsela, era fácil arrastrarla con él donde quería. Fuera por la lluvia, las lágrimas o ambas cosas, Akio sentía que se estaba empapando entero; Masako iba bien con sus botas blancas, pero sus calcetines dentro de los mocasines se sentían como algas espesas y mojadas pegadas a los pies.
Todavía quedaba tiempo antes de que los oficinistas salieran; la acera estaba desierta. Atravesando un paso de peatones se dirigieron al puente de Wadakura, que cruza el foso del palacio. Cuando llegaron a la boca del puente, con sus anticuados antepechos de madera rematados por perillas apuntadas, vieron a la izquierda, en el foso, un cisne bajo la lluvia y a la derecha, en la otra orilla, los manteles blancos y rojas sillas del comedor de un hotel, borrosos tras los cristales salpicados de lluvia. Cruzaron el puente. Pasando entre altos parapetos de piedra, torcieron a la izquierda y salieron al jardincillo con las fuentes.
[…] Masako seguía llorando, sin fin. No cabía duda de que estaba esperando que él dijera algo, lo que naturalmente le impedía a Akio romper su silencio, por orgullo. Se dio cuenta que desde que profiriera la ominosa frase no había vuelto a decir ni una palabra.
A poca distancia las fuentes lanzaban a lo alto sus exuberantes aguas, pero Masako no parecía dispuesta a mirarlas. Vistas desde allí, justo enfrente, las tres fuentes —dos pequeñas y una grande— aparecían en fila una detrás de otra, y el sonido, emborronado por la lluvia, era ahogado y lejano; pero como la distancia disipaba el efecto nebuloso de la rociada, los haces de agua abiertos en abanico mostraban la apariencia neta de curvos tubos de cristal.
No se veía un alma. El césped y el seto bajo delante de las fuentes eran de un verde brillante por la lluvia. Más allá del jardín, sin embargo, había un constante paso de capotas de camión mojadas y techos de autobús, rojos, blancos y amarillos. Se veía muy bien el semáforo en rojo, pero cuando cambió al verde, la luz desapareció tras la bruma de las fuentes.
El hecho de estar sentado, inmóvil y en silencio provocaba una ira inexpresable en el muchacho. La diversión de antes por su ocurrencia se desvaneció. No podría haber señalado qué era lo que lo enfurecía. Poco antes había estado exultante, pero de pronto se sintió acosado por un sombría sensación de disgusto. Tampoco era su incapacidad para deshacerse de la llorosa Masako la única razón de su frustración.
¿Ésta? Podría ocuparme perfectamente de ella si quisiera. No tengo más que tirarla a la fuente y salir de naja, pare usted de contar. Este pensamiento le hizo recuperar su anterior euforia. No, el problema radicaba en la frustración absoluta que sentía con la lluvia, el llanto y el cielo plomizo que pendía como una barrera ante él. Lo estaban agobiando por todos lados, reduciendo su libertad a un pingo mojado.
Rabioso, el muchacho cedió al simple deseo de hacer daño. Nada lo satisfaría ya a menos que dejara a Masako empapada de arriba abajo y le restregara bien la visión de las fuentes. Levantándose de repente echó a correr sin ni siquiera mirar atrás. Corrió por el sendero de grava que rodeaba las fuentes —algo elevado con respecto al paseo propiamente dicho—, alcanzó un punto que permitía ver bien las tres y se detuvo.
La muchacha lo siguió corriendo bajo la lluvia. Frenando justo antes de chocarse con él, se agarró firmemente al paraguas que él sostenía. Su rostro, mojado de lágrimas y lluvia, estaba demudado. «¿Dónde vas?», dijo resollando. Akio no tenía que responder, en teoría, pero antes de darse cuenta estaba respondiendo relajadamente, como si hubiera estado esperando que le preguntara precisamente eso. «Sólo mira las fuentes, ¡míralas! Puedes llorar todo lo que quieras, pero no podrás con ellas.» Los dos inclinaron la sombrilla y, liberados de la necesidad de mirarse a la cara, fijaron la vista en las tres fuentes: la majestuosa del centro y las otras dos menores, como escoltándola a ambos lados.
En el incesante tumulto de las fuentes y el estanque, las marcas de la lluvia cayendo en el agua no se distinguían casi. Lo chocante era que el único sonido que captaba el oído era el lejano zumbido del tráfico. El ruido de las fuentes se entretejía tan íntimamente con el ambiente circundante que a menos que hicieras un esfuerzo por escucharlo parecía que estabas recluido en un silencio perfecto.
Mishima Yukio
Chanza de la galera secreta.
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