La Diosa Madre y el ciclo lunar: la Diosa como el ciclo eterno del todo en los mitos lunares
En la Edad del Bronce, a las fases de la luna se les da forma dramática a través de los grandes mitos que han llegado hasta nosotros desde Mesopotamia, Egipto, Anatolia, Siria y Grecia. Se transformaron en una historia que es vivida por diosas y dioses en sus relaciones cambiantes entre sí y con la humanidad entera.
El gran mito de la Edad del Bronce se estructura sobre la base de la distinción entre el “todo”, personificado como la gran diosa madre, y la “parte”, personificada como su hijo-amante o su hija. Ella da a luz a su hijo como luna creciente, se casa con él como luna llena, lo pierde en la oscuridad como luna menguante, va a buscarlo como oscura luna nueva, y lo rescata como luna creciente que regresa. La diosa puede entenderse como el ciclo eterno del todo: la unidad de vida y muerte como único proceso. La joven diosa o dios es su forma mortal en el tiempo, que, como vida manifestada –ya sea en un ser vegetal, animal o humano-, se halla sujeta a un proceso cíclico de nacimiento, florecimiento, decadencia, muerte y renacimiento.
Esta distinción entre la parte y el todo se formuló más adelante en el lenguaje griego mediante las dos palabras diferentes que designan la vida, zoé y bios, que encarnan dos dimensiones que coexisten en la vida. Zoé es la vida eterna e infinita; bios, la vida individual y finita. Zoé es ‘ser’ infinito; bios, la manifestación que vive y que muere de este mundo eterno en el tiempo.
Al poner esto en relación con la luna, zoé se convierte en la totalidad del ciclo de las fases lunares, y bios en las fases individuales. Zoé es entonces tanto trascendente como inmanente, y bios es la forma inmanente de zoé.
A la gran diosa madre se la puede reconocer como totalidad del ciclo lunar –como zoé- mientras que a su hija o hijo-amante, que emergen de ella y retornan a ella, se los puede ver como las fases lunares –como bios. Juntas configuran las dos “caras” de la vida: la eterna y la transitoria, la no manifiesta y manifiesta, la invisible y la visible. El hijo y la hija personifican las formas de la vida, que siempre mueren y siempre se renuevan, ya sean humanas, animales, o vegetales. Relacionados con los ciclos de las estaciones terrestres, el hijo y la hija encarnan la vida vegetal. Los momentos de transición del ciclo agrícola se conmemoran en fiestas de duelo y regocijo y en los grandes dramas míticos que expresan la misteriosa analogía entre la vida de la luna, la de las plantas y la de los seres humanos. El participar en estos rituales proporcionaba la confianza en que, de la misma forma que a la oscuridad sigue la luz, el renacimiento sigue a la muerte. Toda vida, por lo tanto, contiene una promesa de renovación. El matrimonio sagrado, en donde la diosa madre, como novia, se une a su hijo, como amante, vuelve a poner en conexión simbólicamente los dos “mundos” de zoé y bios, y es esta unión la que regenera la tierra.
Extraído de "El mito de la diosa" de Anne Baring y Jules Cashford.