Como Kazuko miró al techo, Izumi la imitó, echando atrás la cabeza. Pegada directamente al irregular techo blanco había una caja de plástico blanco con dos tubos fluorescentes. Incluso mirándola directamente, la luz que proporcionaban al gran espacio que hacía las veces de sala de estar, comedor y cocina era todo menos deslumbrante.
—Triste ¿no? —rio Kazuko. Izumi asintió. Más parecía que la habitación se había oscurecido de repente.
—Es una vergüenza. Llevamos aquí cuatro años y nunca he quitado la tapa para limpiarla por dentro. Las mamparas dejan pasar los insectos y no sé cómo se meten dentro del plafón, pero se han ido acumulando ahí muertos con los años. Siempre me digo que tengo que arreglarlo, pero nunca encuentro el momento, y así han pasado cuatro años.
La sala daba sobre un parque. Y aunque estaba cruzando la calle, los frondosos cerezos junto a la reja eran de buena talla y desde el apartamento de Kazuko se veían tan cerca que parecía que se los podía alcanzar con la mano. Las farolas de vapor de mercurio que iluminaban el parque debían quedar más adentro, porque su luz difusa guiñaba tras el sombrío follaje. Según decía Kazuko había una animada calle comercial detrás, pero sus luces no se veían.
—Tienes muchos insectos aquí ¿no? —comentó Izumi apartando la vista de la noche afuera y mirando otra vez el aplique blanco del techo. En la tapa había tres surcos estrechos a todo lo largo y en el centro de cada uno de ellos una sombra negra y mugrienta. Ahora que sabía lo que era le parecía distinguir que los lunares más apartados de las manchas del centro tenían forma de insectos diminutos, con alitas transparentes y larguiruchas patas.
—Hasta cigarras vienen volando y se pegan con las mamparas.
—¡No me digas! ¿En el centro de Tokio? ¡Es increíble!
—Bueno, las prefiero a las esfinges. Mira que eso de ahí no serán más que mosquitas, pero como he dejado que se acumulen ya tantas muertas, me da reparo mirar. Al principio me daba igual, pero ya llevo un año o así que la verdad no me atrevo a abrirlo. Pero supongo que antes o después tendré que limpiarlo. —Dejó de observar el techo y le llenó la cerveza a Izumi. Su hijita de seis años dormía ya en la habitación contigua. Izumi había llegado después de la hora de meterla en la cama, como le había recomendado Kazuko. Llevaban seis meses sin verse.
—Hablar de polillas, cigarras y todo eso me trae recuerdos. Las esfinges se colaban a veces en casa, hasta cuando era ya adolescente. Hoy día con tantos edificios de cemento ya no se ve ni una hormiga.
—Nosotros nos encontrábamos a menudo babosas y grillos en la cocina, y en el sobrado se escuchaba escarbar a los ratones —dijo Kazuko regocijada. Habían ido juntas al mismo instituto en Tokio veinte años antes.
—Ya. Nosotros no armábamos un cisco por eso; menos con las esfinges. No sé por qué pero siempre estábamos cenando cuando entraba una y entonces se montaba un guirigay. Teníamos que apagar las luces y buscar periódicos mojados. Hasta que uno no la atrapaba no nos podíamos sentar otra vez.
—Las alas esas empolvadas que tienen, qué grima ¿no? Mi niña no soporta ni las mariposas de la col, esas blanquitas. Se echa a llorar cuando una se le acerca.
Izumi se rio: —Y luego estaban los escarabajos dorados. Ponerse a atraparlos era no acabar. Yo les retorcía la cabeza y los tiraba otra vez fuera. Aunque ahora me acuerdo que una vez me dio por juntar cada noche los bichos que mataba y contarlos —se le animó la voz recordándolo—. Ya sabes que el último año de instituto nos quedábamos despiertas hasta muy tarde. Pues bueno mi habitación estaba arriba y la luz de la mesa atraía miles de hormigas aludas. Eran una verdadera plaga. No era posible ignorarlas, así que cada vez que una aterrizaba en mi mano o en mi cuaderno, le daba un cate; hasta que un día se me ocurrió pensar que ya habría matado un porrón de ellas y empecé a preguntarme cuántas serían. Supongo que fue entonces que empecé a reunirlas. Cuando las conté me llevé una sorpresa, y luego seguí a ver cuantas podía juntar, por no sé qué morbo. Con que una se acercara a mi mesa... ¡zas! Creo que recuerdo un montoncito de aludas muertas junto a mis libros, ya me dirás las que habría. Tienen unos cuerpos tan chupados... era un poco como reunir las virutas de borrador. Bueno tampoco es verdad. Yo me daba cuenta que aquello no era muy sano y no debía darme por ahí. Cada vez que veía de soslayo el montón me tenía que parar de nuevo a contarlas, regodeándome en el puntaje. Aunque sabía que era absurdo —le sonrió a Kazuko. Ésta tenía una expresión típica de su etapa escolar, con la boca algo torcida a la derecha, enseñando los dientes como en una morisqueta: —¿Así que ése era el tipo de cosas en las que te entretenías, no? Después de todo no me voy a extrañar, es propio de ti.
—¿Ah sí? —Izumi trató de recordar cómo era ella en la escuela, pero no fue capaz de hacerse una idea. De su íntima Kazuko, sin embargo, conservaba la impresión de una chica arrojada pero que no parecía cercana a nadie en la escuela.
—Sí, desde luego —contestó Kazuko—. Todo el mundo hablaba de cómo te cambiabas para natación. Mientras las demás en el vestuario andaban con mil tapujos, poniéndose el bañador por debajo de la ropa, tú te quedabas completamente en cueros y luego te lo ponías la mar de a gusto.
—¿Y eso que tiene que ver con las hormigas aludas?
La carcajada de Izumi le pintó a Kazuko una agria sonrisa: —Pues sí que tiene que ver.
—Yo también tenía vergüenza, te diré. Pero era cabezona. Era como decir: ¿para qué tanta tontería si somos todas chicas y así es más fácil?
—Pues lo mismo es. Ser cabezona o tomarte las cosas demasiado a pecho. Meterte en camisa de once varas, vamos.
Izumi la miró a los ojos: —Si a eso vamos ¿y tú? ¿no hiciste lo mismo?
—Pero yo no tenía en la cabeza desde el principio tener a la niña —replicó Kazuko mirando fijo la palma de su mano.
—Había algo que te empujaba a meterte hasta las trancas en el asunto ¿o me equivoco? No era por la niña, pero tampoco por él...
Kazuko no contestó de primeras.
—Bueno, es una forma de verlo —dijo por fin—. Como su mujer no era de las que se alteran por nada, quizá quise ver cómo lo tomaba. Si ella no hubiera sido tan indulgente con el amorío de su marido igual nunca hubiera tenido al bebé... Poner celoso a alguien así cuesta trabajo.
—Yo hubiera pensado lo contrario.
—Mientras no te importa, pues sí. Pero cuando estás lista para el careo definitivo, y no pasa nada... Yo estaba loca por una gran escena; que su mujer se plantara aquí desquiciada con un cuchillo en la mano... Cuando leía tales historias en los periódicos, suspiraba. Aunque si lo piensas, ella podía haber estado deseando lo mismo. Igual no deseándolo, pero esperanzada quizá.
Izumi apartó la mirada y la dejó vagar tras las puertas cristaleras del balcón, a la par que decía: —En conclusión, que en verdad nadie quiere que lo maten por celos. O habría asesinatos por todas partes.
Kazuko miró también a los árboles: —Cierto, pero llega un momento en que (y una misma no sabe cómo llegó a eso) te parece que de verdad es lo que te queda. No es que quieras que te maten, es que llega un momento en que de pronto te das cuenta que ya lo han hecho... No te puedes distraer.