Conversar con él es como perderse entre las luces de la madrugada: todo se detiene, y solo existe ese instante donde su voz roza mi calma. Cada palabra suya despierta una sonrisa que no planeo, una de esas que nacen desde el alma. Hablarle transforma los días grises en destellos, y cada conversación nos lleva, sin darnos cuenta, al recuerdo de aquella primera noche en que el destino decidió cruzarnos.
Nos reencontramos sin planearlo. Dudamos entre un café o una clase de baile, pero bastó un cruce de miradas para entender que el destino ya había elegido por nosotros. Caminamos juntos hacia un rincón secreto, uno de esos lugares que parecen suspendidos en el tiempo. Era acogedor, con luces que bailaban entre sombras y un aire que invitaba a quedarse. Subimos a la terraza, donde una fogata respiraba lentamente. El calor del fuego se mezclaba con el de nuestras miradas.
Hablamos sin prisa. Le conté partes de mi historia, y él escuchó con una atención que desarmaba. Cada palabra mía parecía reflejarse en sus ojos. Entonces se acercó, con ese silencio que anuncia algo inevitable, y sus labios buscaron los míos. Fue un beso tierno, profundo, de esos que hacen olvidar el ruido del mundo. Deslicé mi mano por su rostro y él, con voz suave, me dijo:
—Tus manos parecen un suspiro.
Sonreí. No pude evitar morder sus labios, apenas un instante, y su mirada me sostuvo con una mezcla de deseo y ternura.
—Aún quedan sorpresas —susurró.
Me tomó de la mano y me llevó a un lugar desconocido. Había misterio en su gesto, una travesura en su sonrisa. Me pidió que cerrara los ojos, y confié. Caminamos entre risas hasta que sentí cómo me empujaba suavemente. Caí en una piscina de pelotas y mi grito se convirtió en carcajada. Él se lanzó detrás de mí y el tiempo se detuvo. Éramos dos niños jugando a ser eternos, lanzándonos risas y miradas que decían más de lo que podíamos admitir.
Entre la diversión, volvió a besarme. No hubo aviso, solo el impulso. Luego llegó un mesero con un trago especial.
—Prueba, pero sin mirar —me pidió.
Seguí sus instrucciones: mordí el limón, sentí el sabor en mis labios, bebí el shot. La mezcla me estremeció, y él observaba cada uno de mis gestos como si fueran poesía.
La noche siguió entre confesiones y carcajadas. Hasta que sonó una canción: Permíteme de Tony Dize y Yandel. En ese momento, supimos que se convertiría en la banda sonora de nuestra historia.
No hicimos promesas. Solo nos dejamos llevar. Aquella noche fue un pacto sin palabras, un secreto compartido entre el fuego y la luna. Nos entregamos a esa conexión que no buscaba lógica, solo sentir.
Y así, sin quererlo, descubrimos que hay encuentros que no se planean… simplemente suceden, como la magia.