Esa noche era la reunión por el cumpleaños de mi tía. Desde temprano estábamos todos en casa algo alborotados, no recuerdo muy bien por qué. Sospecho que era por el baño: era muy pequeño para tantos que éramos. Unos corrían sin decir nada. Otros caminaban, gritando si alguien sabía dónde estaban sus medias favoritas o su polo azul. Por mi parte, andaba muy tranquilo, no tengo muy claro por qué todos andaban así, ¡faltaban horas para la reunión!
En medio pestañear, pasamos de estar a tiempo a estar tarde. Tuvimos que corre al carro, que insisto, no sé cómo pudimos entrar todos. Cuando llegamos a la casa de mi tía, luego de una hora de viaje, que parecieron segundos, a decir verdad, entramos y todo estaba muy bien iluminado, con la mesa llena de comida a un lado del salón.
No quería saludar a todos, no había ni espacio por donde caminar, así que me quedé en la cocina. Y esto sí que me acuerdo con gran claridad: Éramos muchos y no había espacio por donde caminar porque todos eran gemelos o mellizos. Cada uno de mis hermanos, que son trillizos, tenía un gemelo cada uno. Mi madre, mi padre, mis abuelos, mis tíos, mis primos, todos, tenían sus gemelos. ¿Yo tenía un gemelo? No, sabía que no lo tenía.
Cuando me percaté que no tenía un gemelo, me agité, sólo un poco. Y como efecto de película, comencé a ver de un lado para otro y miraba a todos con poca claridad. No comprendía qué estaba pasando.
Al despertarme, la sensación de que algo no encaja persistía. Miré a mi alrededor, todo estaba normal, excepto por algo: me había quitado mis medias mientras dormía. Cuando busqué el par, no lo encontré, sólo tenía una, como muchas otras medias dispares que tenía en el último cajón. Quizá sea el único que había formado un club de calcetines solitarios, del que yo era el integrante principal.
Cuando llegué a la universidad, nos hicieron elegir un taller entre cuatro opciones: música, danza, artes visuales y teatro. ¿Música? Te lo diré rápido y directo: No tengo oído ni para una campana. ¿Danza? No hay necesidad de profundizar, pero mis pies son tan delicados como los de un elefante en una tienda de porcelana. ¿Artes Visuales? Te cuento que en mi familia hay artistas, sí, pero no esperes que yo herede ese talento. Mi abuela estudió en la Escuela de Bellas Artes, y mi padre pinta cuadros, o al menos eso le decimos. Así que, me opté por lo único que quedaba, el teatro, pensando que tal vez eso me ayudaría a sobrevivir como docente.
Pasaron cuatro ciclos y me sumergí en técnicas actorales basadas en Stanislavski, intentando ser la mejor piedra o el mejor árbol, bueno, nunca me dejaron ser piedra o árbol, pero sí personajes con los que pude conocer a las personas detrás de los otros personajes. Con algunos de ellos, quienes llamo amigos, formamos un pequeño elenco de teatro. Ensayábamos donde podíamos y presentándonos donde nos dejaban.
Un día de diciembre, no me acuerdo de qué año, planeamos un campamento en León Dormido, a pocos kilómetros de Lima.
Llegó el fin de semana y nos subimos todos a un bus. Después de diez minutos de caminata, llegamos a la playa, donde uno de mis amigos tenía un cuarto que parecía sacado de una película de emoción intensa, sin llegar a ser de terror: era oscura, de madera y sin pintar. El problema no era la madera y que no estuviera pintada, sino que todo en ella crujía, y en medio de la oscuridad, que mejor ni te cuento.
A pesar del calor y del cuarto de playa, fue un fin de semana memorable. Nuestra directora de teatro trajo una parrilla portátil que encendimos con piedras y troncos que encontramos por ahí en la orilla de la playa, y lo prendimos con un poco de alcohol que alguien trajo para emergencias. Todo para freír salchichas y papas sancochadas, y calentar el arroz y el pollo, porque, claro, la dieta no era nuestra prioridad.
Por la noche, apareció un profesor que nos enseñó en la universidad, con su guitarra. Alrededor de la fogata, comenzamos a cantar, acompañados de galletas de soda con atún y ron con gaseosa. Mientras preparábamos pinchos, perdimos la noción del tiempo y, como era de esperar, tomamos más de la cuenta. Recuerdo que, cuando se me cayó un pincho, la salchicha terminó llena de arena. Con una risa nerviosa, esperando que nadie se hubiera dado cuenta, soplé, agité y saqué la arena con la mano antes de comerla, disfrutando de esa textura crocante que, en mi estado, ni me interesó. Pensé que nadie sabría, pero al día siguiente todo sabían lo que pasó: no me lo acabé, y terminé con un poco de salchicha arenada en la mano. Han pasado casi veinte años. El equipo se disolvió, pero la amistad sigue en pie. Hablamos de vez en cuando por WhatsApp y nos juntamos al menos una vez cada dos meses, porque, ¿quién puede resistirse a revivir esos momentos?
Hoy es un día bisagra. Un día que marca un umbral entre lo que fue y lo que está por venir. Mientras otros pueden imaginar un puente que conecta dos orillas, yo veo una bisagra que, con un ligero giro, puede abrir la puerta a un nuevo mundo. Mañana podría ser el comienzo de un capítulo nuevo, pero todo dependerá de mis acciones en este preciso instante.
La carga que llevo hoy es abrumadora: la planificación del colegio y la universidad, la lectura y redacción de un artículo para mi doctorado, y la elaboración de un proyecto final de metodología de la investigación. Las tareas no son complejas, pero sí extensas, por eso tengo una imagen caótica en mi mente, haciendo una llamada a la procrastinación. Pero hay algo más, un susurro en el aire desde hace una semana que me llama: octubre, es un mes de preparación para el nanowrimo, para ello retomaré la planificación de mi novela.
La historia, que ya tiene su mapa trazado y unas diez mil palabras escritas el año pasado, ha estado dormida, esperando el momento adecuado para despertar. En estos meses, mis ideas han cambiado respecto a la historia. Ahora, con el inicio de noviembre a la vista, siento que es el momento de retomar esa historia.
Hoy, entonces, es una bisagra no solo en el sentido académico, sino también en mi vida personal. Cada decisión que tome, cada tarea que complete, me acercará a ese espacio de libertad y alegría, para disfrutar de los pequeños placeres que la vida ofrece.
Mientras miro por la ventana, el cielo se tiñe de matices anaranjados, como si el universo mismo estuviera celebrando este día de transformación. Tengo una mezcla de ansiedad y emoción, porque de no acabar lo pensado para hoy, seguiré aplazando la revisión de la novela. Hoy, más que nunca, comprendo que la bisagra de mi vida está en mis manos, y con cada decisión y movimiento, puedo abrir la puerta a un futuro más agradable.
Ese libro me gustó porque era una obra de fantasía que estimulaba mi imaginación, sino también porque me brindó momentos valiosos con mi abuela. En primaria, me asignaron la lectura de Charlie y la fábrica de chocolate de Roald Dahl, pero nunca fui muy aficionado a las lecturas del plan lector.
Un día, después de almorzar y antes de ir a mi cuarto a tirarme en la cama a mirar el techo un rato, mi abuela me detuvo, sabiendo lo que iba a hacer, y me preguntó si tenía tareas. Por alguna razón extraña, le mencioné que debía leer una novela, Charlie y la fábrica de chocolate. Ella pareció reconocerla. Recuerdo su expresión, dulce y clara, llena de entusiasmo por la historia. “Entonces te espero en el lonche para que me lo leas”, dijo. “Me jodí”, pensé mientras le respondía que bajaría más tarde con el libro.
Como no aparecía en la cocina, mi abuela María me llamó con gritos desesperados, un hábito que teníamos en casa, pues era antigua y sus paredes eran gruesas. Desperté y vi que ya era tarde para la merienda. Así que salté de la cama, agarré el libro de la mochila y bajé corriendo. Ella había preparado la mesa con leche, cocoa, pan, jamón y queso, todo listo para nuestra sesión de lectura.
“Cuando gustes, empieza que yo te escucharé”, me dijo mientras se preparaba un café. Con resignación, comencé a leer. Cada tres o cuatro páginas me detenía para preguntarle algo, a veces interesante y otras veces superficiales, pero sólo para saber si yo estaba atento, si realmente estaba entendiendo.
Ese lonche no fue la única en la que leí Charlie, sino que con cada encuentro pasábamos más tiempo juntos. Después del examen, la novela quedó en el estante, pero hasta el día de hoy, aunque no la leí en los lonches otra vez, la he disfrutado tres veces más, saboreando su presencia, ausente desde hace muchos años, con un pan con jamón y queso y una taza de leche chocolatada.
A finales de noviembre me acordé de mis abuelos (abuelo materno y abuela paterna, los únicos que conocí). Me acordé de ellos porque tenía unas ganas de conversarles, escuchar sus historias, contarles mis problemas, volver a ver sus sonrisas y perfumes.
Aunque reconozco que sólo los recordaba en tiempos difíciles, y sí que lo eran, en estos dos meses los he recordado más que en dos años. En verdad, aún me hacen mucha falta.
Entre ese momento, finales de noviembre, y ahora, segunda mitad de enero, estuve escribiéndoles algo como forma de conversarles y de seguir llevando su duelo, al menos, recordándo aquellas cosas que extraño de ellos.
Aquí, algunas cosas que les escribí:
** Como no extrañar sus sonrisas ante mis tonterías de niño y nuestros actos de rebeldía contra las prohibiciones de mis padres.
** Como no extrañar sus consejos cuando mis días andaban grises, con palabras de experiencia, de ternura y de perdón.
** Como no extrañar sus historias de juventud, narradas con alegría, nostalgia y enseñanza.
** Como no extrañar sus grandes brazos abiertos cuando corría abrazarlos cuando era pequeño, o su mejilla bien entregada para darles un beso en la adolescencia.
** Como no extrañar sus perfumes, olor que se han desvanecido en el tiempo.
** Como no extrañar cuando los creía eternos y que ahora me faltan mucho.
** Como no extrañar tu estrategia para que yo leyera los libros del plan lector, con cada vez que me preguntabas por algún personaje del libro. Yo, para no quedarme callado, tenía que leerlos constantemente para estar listo ante tus preguntas.Tarde me di cuenta de tu noble engaño.
** Como no extrañar que me enseñaste a llorar ante la ternura cuando veíamos tus novelas, acompañándonos durante la noche luego de hacer mis tareas.
** Como no extrañar el lugar más secreto de tu casa, tu ropero, donde guardabas celosamente los Sublime, que me dabas uno cada vez que te visitaba.
** Como no extrañar que me compartiste un poco de tu tierra, San Marcos en Cajamarca, cada vez que me llamabas para abrir la caja que te envíaba la familia desde allá, para comer un cuy con café o leche.
** Como no extrañar cuando me pedías ayuda para cosechar los higos en tu patio trasero, dos o tres veces al año, y me recibías con toda la indumentaria posible para que no me cayera la leche de la planta y estuviera con picor por varios días.
** Y gracias a que los recuerdo, puedo tenerlos de visita un momento, rastreándolos en el tiempo, aunque algunos sentidos me lo ponen difícil.
Beyond the Word Count: A Book Editor's Guide to Writing a First Draft
Every year, we’re lucky to have great sponsors for our nonprofit events. First Draft Pro, a 2023 NaNoWriMo sponsor, is a beautifully designed writing app for fiction writers. Today, they've partnered with Kelly Norwood-Young, former book editor for Pan Macmillan and Penguin Random House, to bring you some pro tips on writing your first draft:
In my career as a book editor, I’ve reviewed hundreds of manuscripts. I've seen the joy of authors creating compelling tales, but also how disheartening it can be to rewrite a disjointed story. I’m here to give you some strategies to address common pitfalls so that you not only reach your NaNoWriMo goal, but also lay the groundwork for a manuscript that truly deserves to be called a gripping novel.
1. Have a plan.
Even if you’re more of a ‘pantser’ than a ‘planner’, it's really helpful to have an outline. I have two favourite approaches for this: the structure-first approach, and what I call the ‘Phoebe Waller-Bridge approach’.
The structure-first approach
There are a lot of narrative frameworks for story structure, but the most foundational in Western fiction is the three-act structure. Here’s a handy guide that breaks each of the classical three acts into a day-by-day guide to NaNoWriMo:
8-day guide to Act 1
14-day guide to Act 2
8-day guide to Act 3
The Phoebe Waller-Bridge approach
I love this quote from Phoebe Waller-Bridge: ‘I’ve never thought structure first. I’ve always thought material first, jokes first, character first ... But knowing the end really helps. Then you just go as far away from the end emotionally as you possibly can.’
Sketch out your major story arcs, your character’s desires and conflicts, and the world they inhabit. The more you know your story's world and inhabitants, the less you'll stray into scenes that lack purpose or create plot and character inconsistencies.
2. Keep the story moving.
Each word needs to propel your story forward. Superfluous details or tangents that don’t serve the narrative stall the momentum you’re trying to generate for your reader.
There’s a trick you can use to move your story forward, called the question of reversibility. Ask yourself: How difficult would it be for my character to reverse their decision? The harder it would be for them to turn back, the more you’ve moved the plot forward.
3. Plant clues carefully.
Plant important elements early and make sure every element, however subtle, serves a purpose (i.e. Chekhov’s Gun).
Be sure to set up necessary components for your climax so that you can steer clear of Deus ex Machina (having that strong outline will help you here), and avoid red herrings unless they serve a clear, meaningful purpose (e.g. you’re writing a mystery and your readers expect some false leads). Misleading your readers without a payoff can erode their trust.
4. Write for the reader, not yourself.
‘There is only one thing you write for yourself, and that is a shopping list,’ insists Umberto Eco in On Literature. Even if writing, for you, is a therapeutic outlet, a form of self-expression, or a way to leave a legacy, you’re still writing to say something to someone else. Your story simply won’t be as strong if you forget your reader’s perspective.
5. Keep daily editorial notes for your future self.
While editing should wait until at least December, end each day with a brief reflection, noting any off-course deviations, potential inconsistencies, areas to research further, or moments of inspiration to revisit when you start editing.
These daily notes will be invaluable during the editing process, helping you to remember insights that are no longer fresh when you come back to the manuscript later.
6. Embrace the first-draft mentality.
There’s a lot you can do to ensure that your first draft is the best it can be before the end of November—but just as important is to understand that all first drafts have flaws.
As a book editor, I've witnessed manuscripts transform, sometimes unrecognizably, from their first drafts. Embrace the uncertainty and creative detours—because it's from this beautiful chaos that your story will find its true voice.
Kelly Norwood-Young is a seasoned book editor and proofreader with comprehensive experience across various facets of manuscript editing. Her background includes roles at Pan Macmillan and Penguin Books, extending into a successful freelance career working with award-winning authors. Kelly's work, known for its precision and sensitivity to the author's voice, has been integral to the success of both new and established writers globally.
Try out First Draft Pro: All NaNoWriMo participants can use the discount code NANOWRIMO2023 for 20% off a premium subscription to First Draft Pro! Offer expires January 31, 2024.
El camino a la oscuridad llega cuando menos se piensa. Incluso, puede llegar cuando las defensas se encuentran bajas y, sin darse cuenta, el dolor, la ira y la tristeza hecha raíces.
En la penumbra, el dolor se erige como un edificio sombrío, construido ladrillo a ladrillo con las experiencias malogradas. La tristeza, cual enredadera insidiosa, se aferra a cada recuerdo, empeñada en teñirlos de tonos grises y melancolía. La ira, como un fuego fatuo, danza en las sombras del alma, consumiendo la paz con su fulgor destructivo.
Cuando menos lo sospechamos, la culpa se cierne como una sombra persistente. Culpamos al tiempo, a las decisiones, a nosotros mismos. La nostalgia, entonces, se convierte en el eco lejano de lo que alguna vez fue luminoso, ahora oscurecido por los matices del arrepentimiento.
La noche se puso muy fría. Algo raro para este invierno tan caliente como un día fresco de verano. La nostalgia por un té en Europa nos encaminó a un restaurante oriental para tomar un té verde que nos quemamos la lengua y el alma. Saltando por dentro para no llamar la atención quedamos que soplar era muy necesario. Esperar a que enfríe, no era algo que deseáramos. Pero el té nos llevó a tomar sopa y makis. La noche dejó su frialdad por mucho. Este pedacito de vida no fue solo felicidad sino recordar aquellos caminos que hicimos hace mucho tiempo en el viaje de boda donde tomamos sopa oriental en Ámsterdam e infusiones en Roma.
Él es uno de mis hermanos trillizos, el más terco y resentido.
Un día, sin querer, borré su tesis de pregrado de la computadora, me hice el desentendido porque es bastante duro en el trato.
Cuando se sentó para avanzar la tesis, me llamó. Al verlo, su silencio era una sentencia, quizá de muerte, que estaba acompañada de su rostro color rojo ladrillo. Me pidió que lo recuperara mientras él iba por un café.
Intenté de muchas maneras, pero no lo logré. Cuando apareció nuevamente, y al darse cuenta que su tesis seguía perdida, sólo me pidió que desapareciera de su vista.
Consigna: Eres la última persona en el mundo. De pronto, alguien toca tu puerta.
Con curiosidad y preocupación me acerqué a la ventana. No vi a nadie y me retiré, quizá me estaba volviendo loco en la inmensa soledad, pero al dar la espalda otra vez sonó la puerta aunque más fuerte. Volvió a la ventana, con mayor cuidado, observé y no había nadie. Sin necesidad de retirarme, y sin que lo esperara, volví a escuchar el golpe de la puerta, más fuerte que la anterior. Tres golpe en seco, ninguna voz, ninguna persona. Me acercó, mientras agarro la escopeta que tenía cerca del umbral, y me preparo. Uno. Dos. Tres. Abro la puerta y vuelvo a sostener la escopeta, apuntando a quien estuviera enfrente, o lo que fuera. Pero sólo pude ver una contorno humano, o al menos eso pensé. Gracias a la luz del día, parecía una burbuja de jabón, con sus colores arco iris. Bajé la escopeta, no se veía peligroso, y al tocarlo, escuché una voz muy fuerte en mi mente que dijo "Hemos vuelto por ti. Empaca".
El día soleado no abriga, la playa con aguas cristalinas no tranquiliza y el viento no refresca en lo más mínimo.
La vida pierde su color y su sabor conforme la desesperanza hace de ella su nido, calando poco a poco su descolorido sentir por las delgadas fibras de cada segundo.
Y por más palabras ciertas del mundo, la desesperanza cobija y amplifica el espejo roto de una vida con problemas y sufrimientos.
Estoy parado en la ventana de mi cocina, a punto de lanzarme. El fuego se ha descontrolado y no tengo otra salida. Me lanzo.
Pero la escalera estaba dentro, ahora quemada. Trato de juntar algunas cajas que me sirvan para pasar la pared del patio trasero. Escucho a lo lejos a los bomberos y no puedo esperar. Mientras termino de juntar las cajas, grito con toda la potencia que me es posible pero mi voz se entrecorta, he tragado mucho humo.
Empiezo a trepar y cuando veo por la parte superior de la pared, están ahí parados. Los tres encapuchados, de negro siempre. Pensé que podía salir de la secta pero no fue así. Dijeron al unísono NUNCA PODRÁS IRTE.
Y las cajas no aguantaron más mi peso y caigo.en el piso veo que las cajas no estaban quemadas pero si parcialmente cortadas. El fuego ya estaba en casi todo el patio trasero.
Esta carta solo es para que sepan que no ingresen a la secta de... (manchas de sangre que hacen ilegible el nombre).
Los granos de la arena del tiempo llegaron a su fin. Cuando llegué al hospital, e ingresé al cuarto, vi cómo su mano caía lentamente por el borde de la cama. Su muerte fue como si una daga afilada atravesara mi corazón. Mis rodillas no me pudieron sostener más y caí, rendido.
Me levantaron y me inyectaron un líquido me ayudó a establecerme. En sueños, aún podía verla, como aquella vez que fuimos al valle a acampar con unos amigos, y donde supe que ella a quien quería acompañar en la vida.
Poco a poco fui despertando, y también recordando que ya no estaban aquí, conmigo. Aprovechando un momento de descuido de las enfermeras, me saqué la aguja y salí, como si fuera perseguido por la CIA, tratando de que nadie me vea, tomando lo que encontraba para verme diferente.
Mientras seguía recuperando la consciencia, estuve caminando por la ciudad. Las luces de las avenidas me guiaban porque mi alma se fue con ella, no tenía rumbo fijo. Sólo pensaba en todos esos momentos que compartimos, las veces que lloramos y que reímos, las veces que estuvimos desvelados uno por el otro, las veces que íbamos a reuniones que detestábamos y que al final caminábamos, como yo en esos momentos, por la ciudad, y gritando lo que nos daba la gana, sin importar las miradas.
Primero fueron pocos minutos y luego estos se volvieron horas. El dolor se mitigó con el dolor de su partida y el sueño se esfumó por sus recuerdos. Pero como toda avenida que llega a su fin, tuve que detenerme para dejar de imprimir mis huellas de sangre en el camino.
Pasé una pequeña valla de cemento y me adentré en la playa. Imagino que mis pies estaban ardiendo por el efecto de la sal del mar en mis heridas abiertas de tanto caminar descalzo por la calle. Pero seguí caminando, paso a paso, adentrándome en el mar. Tanto que no podía hablar, tanto que no podía ver.
Quizá solo tuve la fuerza y el rumbo para llegar a ella.
Subí la colina, luego de andar varios kilómetros con la mochila encima, la botella sin agua y deseando ver algún pueblo muy, pero muy cerca.
Cuando llegué, me paré erguido, con las pocas fuerzas que me quedaban, me agarré la cintura con una mano y, con la otra mano, me limpié el sudor que tenía en la frente. Cerré un poco los ojos para tratar de ver algún pueblo en medio de todo ese valle pero no había ninguna señal.
Pero al abrir lo ojos, se abrieron también mis ojos del espíritu y pude ver con claridad dónde estaba: el lugar donde necesitaba reposar, no tanto por el cansancio, sino por el paisaje, los colores de tonos verdes y amarillos y los olores. Había olor a tierra seca, olor a río, limpio y transparente, olor a espigas secas y a montañas duras.
- El camino debe seguir. Sí. - y seguí mi marcha, luego de tomar un descanso corto. - Ya llegará el pueblo así como llegó este paisaje- y seguí andando.
Al principio, no nos preocupamos. No verte la noche anterior no nos preocupó, pero no verte en la mañana siguiente para atracar el Banco… fue lo peor que nos pudiste hacer. ¡Eras nuestro camino de salida!
Sabíamos que sin ti, sería más difícil escapar, pero conocíamos el plan con detalle, incluyendo la ruta de escape. Sólo tuvimos que convencer a tu primo que se encargara del coche y que estudiara con detalle, y nuevamente, la ruta. No era complicado.
No sabes cómo te hemos odiado a los pocos minutos de salir del Banco... ¡tu primo tampoco estaba!. No tuvimos tiempo para pensar, algo que parece que tú si tuviste. Corrimos, aún encapuchados, con las bolsas en las manos.
Con cada paso, todos te odiábamos cada vez más. ¡Pudiste advertirnos de los cambios de las alarmas! ¿Cómo lo sabemos? Porque tu primo nos lo dijo por el auricular antes de desaparecer.
Estamos acorralados en el muelle. Nuestras armas son juguetes en comparación con las armas de la policía, que no sé de dónde han salido tantos. Espero que cuando recibas esta carta, te retuerzas donde estés.
Estoy seguro que seguirás fumando tus cigarrillos al atardecer, con tu cerveza importada en la mano y cerca del mar. Por eso, y atiende muy bien, la única forma de redimirte con nosotros es que, luego de leer esto, encadenes tus culpas y nuestras muertes a tu pecho y te dejes caer al mar, para vernos del otro lado.
No lo podía creer: llegamos al circo. Cuando pasamos el portal de ingreso, mi cuerpo no resistía la emoción. ¡Quería conocerlo todo! Pero la mano de mi mamá me detenía.
–Luego te vas a perder y terminas yéndote con la gente del circo– me decía, agachada y arreglándome el saco que me compró unos días antes. –Que no me voy a perder– le dije rápidamente. Pero en mi mente soñaba con quedarme ahí.
Volvió a agarrarme la mano y caminamos por todos lados. Vimos lanzadores de fuego, hombres y mujeres de piernas muy largas, pero muy largas, magos bastante excéntricos, hombres muy fuertes que rompían las herraduras de los caballos sin ningún problema. ¡Pobres caballos. No podrían andar bien!
–Mami, me compras eso– le dije al mismo tiempo que le apuntaba al cono de algodón. –Está bien hijo, ahora te compro uno–. ¡Era riquísimo! Y me dio más energía para seguir andando.
–Henry, vamos sentarnos un rato. Ya me cansé–
–¡No mamá! ¡Hay que seguir!–
–Que no. Descansemos un momento– dijo mientras se sentaba y, con sus manos en el rostro, se quedó callada unos segundos.
–¡Pero mamá!–Reclamé. No dudó en amenazarme cuando me dijo que nos íbamos a quedar un momento ahí sentados o nos íbamos de una vez.
–¿Irma? –dijo un hombre, como a tres metros, vestido de negro. Mi mamácontuvo la respiración, se levantó y se abrazaron. Noté que algo dijo pero no la pude escuchar.
–Samir… ¡Pero qué rayos haces aquí!– Le dijo mientras quedaba rodeada por sus brazos.
Pero a pesar de la sonrisa, note que ella estaba molesta y preocupada. Él se veía feliz, muy feliz, aunque ella rechazaba el evidente deseo de besarla, y no en la mejilla.
Aproveché para demostrarle a mi mamá que no pasaría nada, que ya era un niño grande.