Mis pies hinchados ahora descansan a una altura 40 centímetros más alta que la de mi cabeza, como dijo el doctor. En mis manos un libro, de portada negra. Ahora está de moda lo negro, lo misterioso, lo oculto, lo elegante, lo aburrido. Es otro autor hablando de la vida. Que tormentosa vida. Jamás entenderé el victimismo. Jamás entenderé esa necesidad extraña de parecer una criatura devastada. Yo de carne propia te puedo decir que aún con el corazón roto comes, bebes y respiras. Los pies siguen andando. Ni tu madre lo nota. Digo que, es simple el asunto, la tragedia pasa, la tragedia se respira, la tragedia se vuelve tu compañía y sigues yendo al sushi. No escribes un libro. Ya hay bastante de esa tontería de autosuperación por todos lados. Quién escribe libros de ello es otro tonto igual que uno, que no ha salido de ningún lado, porque nunca ha entrado. Nadie sufre tanto como el protagonista, pobrecitos, seres cuya existencia miserable se crea para ser solo un ser en pena eterna. Que lento y que tonto. Los hacen caer a un abismo de miseria y cuál ave desde lo más profundo los hacen querer subir, para ser ejemplos. ¿Ejemplos para qué? ¿De qué? Todos nos caemos y todos nos lastimamos. Que locura caer tan bajo para levantarte y darte cuenta que llegaste a la misma altura de los demás y ahora, apenado, buscar la forma de expresarlo para querer hacerlo más dramático de lo que fué. Inventar un protagonista, ser un protagonista... Bueno, pero que yo, solo estoy hablando de un libro, un libro aburrido de portada obscura.
Erán














