Todavía recuerdo cuando te compré en el Ikea. Llegaste a casa en tu cajita de plástico, con tus dos compañeros (fallecidos heroicamente) y tu vasito rosa. Te di de beber, te puse en la ventana y te vi crecer. Te hiciste alto y fuerte. Te salieron como una especie de dedos y yo te partí uno con una silla, pero ese no es el tema que quiero tratar.
Te trasplanté y te metí en un vaso transparente para verte mejor y creciste todavía más. Te puse piedrecitas de colores, para que estuvieras más guapo, y te regué cuando llovía porque aunque estabas metido en casa quería que te sintieras libre.
Y ahora te estás muriendo, Jake. Llevas un mes quedándote extrañamente flácido.
Todo empezó cuando se te puso un dedo negro. Tras una breve investigación en internet, tomé una decisión: lo mejor era coger un cuchillo y cortártelo. Y corté y corté y corté, hasta que casi no tenías dedo. Igualmente siguió poniéndose negro, pero no hay que buscar culpables. Hice lo que había que hacer en un acto de increíble heroicidad y sangre fría.
Ahora te saco algunos días a la ventana, como sacan a la gente mayor para que les dé el solecito, ya que estoy segura que estás muriendo de viejo, porque ¿de qué si no?
A veces me ilumina un rayo de esperanza y pienso que estás mejorando. Que tienes las ramas tiesas otra vez, pero luego veo que en realidad las he pillado con la puerta de la terraza. Ay, Jake, ¿qué intentas decirme?
Se me han ocurrido varias formas de volver a hacer que tus dedos estén firmes de nuevo, pero todas se parecen sospechosamente al capítulo de los Simpsons en el que ponen cuerdas al cadáver del Señor Burns al que le sangra un oído. La solución menos invasiva es cogerte todas las ramas en una coleta, pero puede que sea un plan con fallos.
Todavía no he tirado la toalla contigo, si sobreviviste a caerte desde lo alto de la mesa ¿por qué no ahora? En ese incidente descubriste tu fuerza ya que perdiste mucha tierra y se te puso un dedo raro, pero te recuperaste sin problemas.
No quiero recordar demasiado ese fatídico día pero debo aprovechar para decirte que juraría que te tiraste solo al vacío pero ¿por qué ibas a hacer eso? ¿EH, POR QUÉ? CON LO QUE YO TE CUIDO. Pero bueno, no quiero tener esta discusión otra vez.
Ay, ¡cuántos momentos hemos pasado! ¿Recuerdas cuando pensé que vibrabas de contento pero resulto que había dejado el móvil detrás de ti? Yo sí, jamás he pasado tanto miedo.
Eras demasiado perfecto para este mundo. Has sobrevivido a seis de tus compañeros, y has conseguido ser mi favorito porque conseguiste crecer de una manera rarísima e impredecible. A veces, de noche, parecías una terrorífica mano saliendo de la tierra, pero aun así logré quererte.
Adiós, mi pequeño cactus suicida.
PD: No he querido mencionar cuando casi te me caes por la terraza, porque insisto, no hay que buscar culpables.
PD2: Antes de hablar de quién ha matado a quién y esas cosas tan feas, habría que buscar fuentes fiables de tasa de mortalidad en cactus de tu raza, que es muy fácil señalar. “Mira la tía esta que mata cactus” PUES EH, NO, NO SE SABE.