La belleza se esconde tras las imágenes, tras las palabras "impasible", "ulterior", por nombrar alguna. Terremoto con helado de lúcuma, la esposa rubia del mentally handicapped, Redbull y pisco en el auto de vuelta, enmendando el error en Maitencillo: en Los Ángeles están las mujeres más feas de Chile, lo comprobé, para mi desgracia. Fondas. A caballo sobre la colina por entre el bosque de pinos y hacia el delicado tranque de postal con esos cowboys de mojito y viceroy lights. Anticuchos, televisión por cable y fonoaudiología: Santiago en un findesemana de horror y apoyo. Hice notas para el noticiero de Canal13. Mira que bien -le respondí a la chica de los ojos de serpiente, ayer en la madrugada, fumando en el balcón en su departamento en Portugal, mirando el patio interior. Vamos, Vicente: yo pago el sexy show. Su nombre era Sandra. Tomaba en copa de Martini, recolectaba pulseritas relucientes vistiendo su colaless verde turquesa. Nick le agarraba el culo a la suya, tomábamos Jack Daniel's mientras otra bailaba deshaciéndose de su ropa, usando el caño frente a nosotros. Rick, el novio de Estephanía, las cervezas en el Journal y el feliz cumpleaños a los mellizos. Me desperté sentado en el inodoro del Pronto Copec de Las Salinas con los pantalones en los tobillos, frente a la playa Los Marineros. Ven a buscarme, donde estás weon? Me subía los pantalones. Me despertó la llamada de Ignacio en la casa de Nick unas horas después: Te paso a buscar en 10 minutos. Dúchate: nos vamos al Jardín Botánico. Sábado, 10 a.m. Ponche, cerveza, butifarras, llegaron algunos. Salad Bar en el Ruby Tuesday, bebida infinita, Kipling en el ascensor Reina Victoria antes, con Santiago y Dahlia, también Días de Campo de Federico Gana y las conexiones con Kipling, así iba. Así. Loca, de Chico Trujillo en yatoka.org. Llegaron todos ese día por la tarde: el Jardín Satánico se encendía en el frenesí previo al amenazante nacionalismo dieciochero. Estamos bien los 33, la foto de rigor y la bandera. Cómprate esos botines, María. Los botines negros del catálogo. Lamento informarles que se tienen que ir; sé que se sienten bien aquí -decía el comprensivo guardia del parque, tomándonos del hombro. A ver, explícame en palabras como nos sentimos -lo desafiaba Ricardo, vaso en mano. Se sienten como un corazón, que late bajo los pies de un caballo, que cae a través de las nubes, más allá de la cúpula del trueno. Lo entendía bien. Para eso pagas los gastos comunes, weon. No te pongas quisquilloso ahora -enfrentaba al novio de Estephanía, ganándome la amenaza de unos cuantos pelotudos sin nombre. A buscar leña, el mirador de golondrinas y Morrison avivando el fuego desde los parlantes de la Cherokee. Redbulls al bolsillo en el Unimarc de 7 norte, Sunshower de Soundgarden en el auto de Superville por Libertad hacia la fogata. Yamaha de 250cc, indoor profesional y el viaje en yate alrededor del mundo el 2011 debajo de la parra, a un lado de la parrilla humeante. Los caballos. Cacho. De ostión, de macha, una napolitana y tres cervezas negras, porfavor. La mesera desaparecía dejando la vista limpia hacia la desembocadura del Aconcagua sentados Ricardo, Ítalo y yo, al día siguiente. Ayer me comí a dos minas a la vez -recordaba Ricardo. Homosexual -indicaba yo con el dedo índice a cada uno de los asistentes al club La Máscara en Aníbal Pinto, sin discreción. El Kindle de Amazon como la revelación, los llantos del hijo de la hermana de Ítalo, la gentileza de su madre. Me bajo aquí, quiero leer. Ortega y Gasset en la playa de Reñaca, que es también mi casa. El lunes próximo nace mi sobrino, María. Te llamo luego. La profunda chica de la librería Ulises, a quien secretamente amo.