Las grandes heredades de la monarquía deben ubicarse en la extensión abierta de las campiñas, como si fueran paraísos perdidos inaccesibles al común populachista. Aunque así sea, siempre habrá quien pretenda detenerse ante las reales heredades y penetrar en ellas pero, si bien, deben dar alegría a la población por su esplendor y magnificencia, han de reservarse como sitios de especial retiro para los funcionarios royales, quienes se glorían en medio de la fronda ubérrima de las bosquedas, sanándose con los aires del campo, cazando, practicando deportes a caballo, cultivando la huerta, atendiendo a la granja doméstica, disfrutando de las bellas artes y la lectura al amparo de la real biblioteca del sitio o, cuando no, recibiendo instrucción o consejo espirituales. Ello es así porque el populacho es siempre más curioso que interesado, y solo le guía la cotillesca y, de los humos, nunca el hogar del que proceden sino la pieza de habitación a la que sirven sus chimeneas. La pulsión cotilla y no las rachas de ventolera, es la que hace necesarias las pantallas arboladas a modo de macizos forestales. Las grandes heredades de campo llenan otro orden en la vida de los reales funcionales, pues no son de geometrías rectilóneas ni de tierras batidas por cuerpos de jardineros de palacio, sino de espacios a modo de silvas bucólicas. En ellas la pilastra de arquitecto se confunde con los grupos de alamedas y fresnedas, con las hiedras o con las frondosas umbrías de pinos, hayas o castaños, mientras el sol ilumina las ondulantes praderas de tal edén, surcadas por regatos que se aquietan ante la heredad en forma de charcones o lagunillas. Constituyen, pues, otro mundo dentro del mismo planeta y por eso han de perderse en las soledades de la bucólica campiña. Dígase que sí, pues ya se tiene conocimiento de tan importante y principal causa.










