Una de las voces con las que convivo es la hipocondría selectiva. Por alguna razón no se dispara con cualquier dolor o molestia real/imaginaria, lo hace solo en casos puntuales y con la fuerza de un huracán. Clasifico los dolores en tres: muscular, interno o misterioso. Generalmente mi hipocondría selecciona al misterioso para desplegar todo su arsenal.
La primera de sus apariciones fue con una leve molestia que sentía en la entrepierna, de inmediato abracé la posibilidad de cáncer al testículo hasta que quedó más que claro que solo era un síntoma muscular pasajero que desapareció para siempre con sus fantasmas.
En verano una vena de mi pie derecho resalta por encima de las demás y siento que eso se convertirá pronto en un problema y me van a tener que amputar.
Ya más recientemente una incomodidad en el costado del estómago me llevó a la ineludible conclusión de que pronto tendría apendicitis. Nunca sucedió tal cosa, el síntoma desapareció y hoy escribo sobre esto porque volvió, aunque no se si es la misma sensación, una nueva, o la misma acompañada de amigos. Como soy una persona completamente razonable ya descarté la posibilidad de apendicitis así que ahora manejo las variantes de cáncer (siempre es cáncer hasta que se demuestre lo contrario), enfermedad de Crohn (esto lo descubrí hace poco leyendo sobre la muerte de Frank Fritz), colon irritable (me enteré de su existencia este año, por supuesto), algún tipo de podredumbre que tenía latente por la vez que besé una mosca ahogada en café, dispepsia, úlcera duodenal, hernia, un nuevo y desconocido órgano que lucha por buscar un espacio en mi cuerpo que no hay, o magia negra.
Sin embargo es molestia, nunca dolor, probablemente causada por estar sentado cada segundo que estoy despierto. Además, ya debería estar muerto si tenemos en cuenta que la última vez que vi un médico fue un pediatra. Por lo tanto, fiel a mis contradicciones, además de hipocondríaco y Drama King me declaro inmortal.