No es la más hermosa. Ella lo sabe. Pero creo que lo mas importante acá es que a mí me gusta tal y como es.
Nunca me gustaron los pies de nadie, ni siquiera los míos, siempre creí que eran todos iguales, pero no es así: los de ella si son lindos. Me gustan. En verdad son lindos, en verdad me gustan. Me gusta besarlos. La curva de los suyos pareciera ser más larga, más pronunciada. Es tan profunda que encaja a la perfección en la curva de mis ojos y mi sonrisa enamorados cuando los contemplo. Me gusta descubrirlos con la yema de mis dedos, las curvas, los abismos de su piel donde caigo sin resistencia, como un niño, hipnotizado por el horizonte de aquel majestuoso paisaje. No importa si acaba de llegar, si se levanta o se va a dormir, si tenía babuchas, botas o baletas, siempre me gusta quitarle los zapatos y detallarlos antes de besarlos. Me gustan sus lunares. En el empeine de su pie izquierdo tiene uno, dos en la parte lateral derecha de su cuello y cómo adoro los lunares en su espalda, pequeñas estrellas en esa efímera y colosal galaxia.
Puede que sea fetiche o algo muy común, pero si hay un lunar que en verdad me gusta es el que tiene en su pecho, cerca de su seno derecho. Me encanta, me fascina, me enloquece. Me gusta mirarlo cuando ella no se percata -cuando estamos a solas claro está- y cuando puedo, me gusta jugar a redescubrir cada uno de los matices que se encuentran escondidos bajando por la ruta que va desde esos dos lunares de su cuello hasta el de sus senos. A veces, solo a veces me encuentro a mí mismo plasmado en las vibraciones de su cuerpo cuando dibujo mis sentimientos en aquellas caricias a lo largo de su piel.
Su pancita... ¡Ah! su pancita. Es lo más hermoso. Como diría Arjona, adoro ese par de libras de más. Esta no merece observación, descripción o comparación alguna. Solo merece ser besada, ser palpada y recorrida. Eso sí, siempre y cuando las cosquillas nos permitan continuar con mi ritual de amarla...
Tal vez sea raro, tal vez sea loco, tal vez sea amor.